
Quien vive de la compasión
no está lejos del Reino de Dios,
aunque esté lejos de la Iglesia...
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1. Regresar a la praxis fraterna de Jesús
Los cristianos creemos que la práctica histórica de Jesús es el criterio de discernimiento para comprender nuestra relación con la política, la economía y la religión, así como las relaciones cotidianas familiares y laborales en las que nos desenvolvemos. De ese modo aprendemos que la vida de cada persona es sagrada y que todo vínculo debe buscar la humanización en el marco de una libertad corresponsable que nos haga sujetos y no objetos o súbditos de alguien.
Cuando olvidamos o desconocemos la práctica histórica de Jesús aparecen varias tentaciones. Por una parte, pensar que el cristianismo es apolítico y asocial, es decir, que se vive en el marco de una fe sin relación con los procesos de humanización en los distintos ámbitos de la sociedad, desde la economía pasando por la política y hasta la misma religión. En este sentido son muchos los que limitan su fe a una experiencia ensimismada que gira en torno al rezo de devociones y a la participación asidua al culto, separando así de la fe el discernimiento en las decisiones familiares y sociales que se toman día a día. Por otra parte, hay quienes creen en un cristianismo politizado, identificado con sistemas de gobierno e ideologías o con formas culturales determinadas que se proponen como la presencia del Reino de Dios en este mundo. Así se incurre en el error de caer en un cristianismo cultural que abandona sus dimensiones profética y mística, perdiendo el valor de su trascendencia en medio de la sociedad.
En buena parte, esta forma de entender la fe como algo ajeno a la cotidianidad humana y a nuestros propios procesos de desarrollo personal tiene que ver con una crisis en el cristianismo, en la manera de transmitir sus contenidos, cada vez más a través de palabras vacías, sin implicaciones para el modo en que nos hacemos humanos. Se nos enseñó a vivir una sana doctrina cristiana, centrada en la práctica del «credo, mandamientos, oraciones y sacramentos», y alimentada solo por la escucha de los «sermones» dominicales. Esto ha dado lugar a un estilo devocional ensimismado, muy distante y olvidadizo, que ha desplazado la centralidad de la praxis fraterna de Jesús como aquello que da sentido al cristianismo y su inclusión en lo social.
Debemos regresar a Jesús de Nazaret, leer los evangelios, preguntarnos si nos relacionamos personalmente con él o, por el contrario, si apenas nos limitamos a practicar la formalidad del culto. Al meditarlo, recordaremos que Jesús se dio a todos por igual, que nunca antepuso la condición social, política o moral de alguien para acogerle y amarle. Es tiempo de discernir cómo estamos viviendo, qué entendemos por cristianismo, cuál es nuestra vinculación con los problemas que padecemos. Es hora de asumir responsabilidades y proponernos cambiar, comportarnos como personas que procuran devolver la esperanza anhelada a tantos que no la encuentran, intentar con toda nuestra voluntad ser «buenos».
Es posible que estemos viviendo un estilo de catolicismo que ha olvidado su centro y fundamento: la puesta en práctica del Reino predicado por Jesús a partir de una vida que se inspira en la compasión fraterna y el servicio solidario. Regresar a Jesús significa que el criterio central de todo nuestro discernimiento ha de ser siempre su humanidad. Hemos de fijar nuestras miradas en su estilo de vida, aprender a escuchar las palabras que él usó, observar cómo trataba a las personas, su forma de orar. Así descubriremos qué fue lo que tanto lo inspiró para actuar de ese modo atrayendo a tantos hacia sí.
Si él no es el criterio último, caemos en la tentación de estar viviendo una fe desfigurada, vacía, que se quedó en el culto y la devoción, como si estos fueran actos mágicos que sustituyen la relación personal con Dios y con el hermano. Una religión sin religación; un dios sin rostro. ¿Nos mueven aquellas palabras que Jesús aprendió desde niño: «Amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy» (Dt 6,4-6)? Pero, ¿acaso recordamos que el mismo Jesús las releyó a la luz de la fraternidad, agregando: «... y amarás al prójimo [próximo] como a ti mismo» (Lc 10,27)? ¿O será que no hemos aprendido a buscar a Dios donde Jesús lo encontró: en cada otro, ese próximo a mí, mi hermano? Porque Jesús halló a Dios donde menos lo esperamos, ahí, en la fila de los olvidados, de los desesperanzados, entre aquellos que otros rechazaban por ser pecadores. Lo descubrió en los rostros de las viudas, los ciegos, los leprosos, los jóvenes; pero también en un centurión y en una mujer cananea, a los que algunos, que se creían piadosos y justos, acusaban de no tener fe. Entre todos ellos, a su lado, Jesús consiguió la compasión que Dios, su Padre, había tenido con él, y que entonces él traducía y compartía a través de sus palabras, gestos y padecimientos.
Tengamos presente en nuestras memorias ese recuerdo fresco que nos dejó Santiago inspirado en la praxis de Jesús: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Idos en paz, calentaos y hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (Sant 2,15-17).
No podemos dejarnos encantar por el anhelo de un estilo de vida que puede brindarnos seguridad y bienestar individual mientras, teniendo excedentes, vamos dando migajas a los demás de lo que nos sobra. Eso es del todo insuficiente; es la patente insuficiencia de lo humano. Es desde una entrega frágil, pero sin condiciones y total, reconociendo lo más propio e íntimo de cada uno, desde donde podemos vivir relaciones personalizadoras que expresen nuestra filiación con el Padre bueno de los cielos. Estamos llamados a sacar lo mejor de nosotros mismos y a generar, en todo momento, solidaridades fraternas, relaciones de complementariedad y una potenciación de los dones de cada uno para servir, cada vez mejor, a los demás, tratándolos con la dignidad filial que se merecen.
2. Humanizar la vida, fraternizar las relaciones
Es muy fácil dejarnos seducir por el fin último y las metas que ofrecen ciertos estilos de vida o incluso que promueven algunos sistemas políticos, económicos o religiosos en la actualidad. Es posible que nuestras relaciones estén basadas en el interés respecto a personas o instituciones y no hayamos descubierto aún la experiencia de la gratuidad fraterna. Si queremos recuperar una humanidad que nos haga sentir de nuevo el talante de su frescura es urgente discernir la validez ética y la verdad moral de los medios que utilizamos y el modo como vivimos cotidianamente, así sabremos en qué tipo de sujetos nos estamos constituyendo.
¿Acaso discernimos el modo en que nos tratamos los unos a los otros? ¿Asumimos solo a unos pocos como nuestros «hermanos» mientras desechamos –personal, laboral y religiosamente– la vida de tantos otros? Debemos, pues, fijar el discernimiento que hagamos sobre aquello que nos lleve a ser verdadera y plenamente humanos, que consiste no en otra cosa que en procurar siempre la fraternidad, en actuar siempre con un corazón compasivo.
Podemos reconocer la veracidad de una determinada acción política, analizando si acierta respecto a los problemas reales de la sociedad o no. Incluso es posible formular un juicio sobre su eficiencia o no. También podemos dejarnos embriagar por ambientes y espacios religiosos en los que nos sentimos seguros, confortados ante los problemas que vivimos, como si la vida estuviera fuera de las iglesias y ámbitos religiosos, mientras que la fe y todo aquello que consuela, dentro. En tales escenarios tenemos que preguntarnos si estamos midiendo la altura de nuestra humanidad, si somos conscientes de su peso y trascendencia; si hemos sopesado las consecuencias del contenido de nuestra fe, teniendo como criterio la fe de Jesús, pues es en su humanidad donde se nos revela lo más pleno y verdadero para todo sujeto humano, más allá de las propias creencias o lugares de acción.
Las prácticas políticas, económicas o religiosas, así como el modo en que nos han educado en nuestras familias, no son moralmente válidos si promueven discursos y actitudes de desintegración social, exclusión de individuos o grupos y manipulación de conciencias, o si generan cultos idolátricos a personas, proclamándoles incluso una adhesión absoluta. Esto ocurre, por ejemplo, cuando una familia absolutiza la figura de los padres y no potencia ni promueve lo propio y distinto de cada uno de sus miembros. O cuando en la religión se escucha más la palabra de un ministro que la de Jesús, emanada de los evangelios. O al dejar la cuestión política en manos de líderes públicos a quienes les profesamos una obediencia casi absoluta sin ningún discernimiento ético propio, movidos solo por la conveniencia y la ambición que brotan del poder.
En todos estos espacios es donde medimos nuestro verdadero talante humano y lo que entendemos por fe. Como enseñó Jesús: «Uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8). Hay un solo Señor, no dos o tres. Y la relación necesaria entre los seres humanos es la de la fraternidad y no la de súbditos leales o fieles ciegos. Cuando asumimos que todos somos hermanos, entonces no hay espacio para la exclusión –política, económica, familiar o religiosa– de ninguno, porque la humanidad de cada uno se juega, y así se sostiene y realiza, en la fraternidad solidaria y no violenta con los otros.
Todos somos hijos de Dios y hermanos unos de otros antes que hijos de una patria, compañeros de un régimen, miembros de una religión o integrantes de una determinada familia. En fin, para los cristianos «no hay griego ni judío; circuncisión ni incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos» (Col 3,11).
3. La compasión que nace de la fraternidad
Descubrir el talante fraterno como una realidad propia de la realización de cada sujeto pasa por iniciar un proceso de conversión o cambio de paradigma que nos lleve a despojarnos de actitudes y palabras excluyentes, fruto del maniqueísmo moral heredado que separa a justos y pecadores. Tal cambio obliga a entender al cristianismo no más como una religión del pecado, la culpa y la purificación, sino como un acontecimiento del Espíritu, que nos mueve a vivir con la misma compasión con la que Jesús lo hizo para ser tan bondadosos como el Dios que él proclamó: un Padre bueno y misericordioso que no exige sacrificios ni pide algo a cambio. No podemos hacer del cristianismo una religión sin religación, más sensible a la lógica del cumplimiento formal de ritos y preceptos que al dolor y el sufrimiento del otro, porque es en la relación con el rostro de cada otro, ese prójimo o próximo a mí, donde nos jugamos la salvación propia al iniciar un proceso de verdadera humanización.
Para entender este cambio de paradigma hay que buscar dónde discernieron las primeras comunidades la presencia de Jesús. Y revisar dónde la discernimos nosotros, si en los espacios personales del culto o en nuestras relaciones, entre los problemas cotidianos con los otros, los sufrientes, los dolientes. Según la comunidad mateana, los que se creían justos, fieles cumplidores de lo normado por la religión, fueron los que se preguntaron dónde estaba el Señor; no lo veían en la vida porque se aferraban a su presencia cultual. Ante esa realidad comienzan a discernir en torno a ese encuentro personal y actual con Jesús.
Podemos imaginar el momento en que esa comunidad se reunió para discernir estas cuestiones que definirían la práctica de su fe, y «los justos respondieron diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?”» (Mt 25,37-39). No creían que Jesús pudiera estar presente en el rostro del otro, del que sufre. Estaban desconcertados, porque leían su experiencia religiosa no desde la novedad del acontecimiento de la vida de Jesús, sino desde sus antiguas formas de practicar la religiosidad, esas que habían aprendido desde niños y que les costaba cambiar. La respuesta la encontraron solamente cuando hicieron memoria de la vida de Jesús en Galilea, recordando nuevamente sus acciones y meditando sus palabras: «Cuanto le hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Qué difícil es que entendamos que es en esta vida, en medio del entramado de nuestras relaciones cotidianas, donde se juega la propia trascendencia, y así la eternidad de nuestras vidas. Es aquí donde encontramos definitividad a nuestras historias de vida y sentido a nuestros interrogantes, aunque aún no haya plenitud, pues esta será en el Reino, junto al Padre. La consecuencia es clara, labramos aquí y ahora nuestra propia muerte o vida eternas. Se comienza a morir o a vivir para la eternidad desde la densidad de este presente en el que vivimos. El rostro del otro carga con el peso de nuestras acciones y omisiones, de nuestros anhelos y fracasos; carga con la responsabilidad de haber recibido ese precioso, aunque frágil, tesoro de la fraternidad, que revela nuestra vocación de ser guardianes de nuestros hermanos (Gn 4,9). Vivamos con la esperanza de no tener que pasar por ese penoso y triste momento en el que nos tengan que decir: «Tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis» (Mt 25,41-43.46).
Estamos a tiempo. Podemos vivir con la esperanza de querer cambiar y hacer todo lo posible para ser buenos y compasivos. Pero esto exige un compromiso personal con el desarrollo de todo el sujeto humano y de todos los sujetos, independientemente de su posición social, ideológica, económica, laboral o religiosa. No se trata de dar de comer a unos pocos mientras excluyo a muchos otros de mi vida, como tampoco de visitar a los que me son cercanos abandonando a los que no conozco. Menos aún de compartir y ser generoso solo con los que son afines a mi forma de pensar y ver la vida.
Se trata, pues, de ir tejiendo relaciones de entrega gratuita, movidas por la compasión fraterna, alimentadas de un espíritu solidario. De otro modo nunca se podrán practicar esos hermosos, aunque duros, consejos de Jesús: «Amad a vuestros enemigos, haced bien y prestad sin esperar nada a cambio» (Lc 6,27-28.35). ¿Alguien puede entender esta paradoja? Solo quien apuesta por la causa fraterna de Jesús, que es la del Reino, y se deja sorprender por sus frutos (1 Jn 2,4).
Gaudium et spesGaudium et spes
Esto implica, pues, estar ahí, con el otro, a su lado, para consolarlo, escucharlo, acompañarlo, compartir sus dolores, preocupaciones, ilusiones. Únicamente de este modo comenzará un proceso en cada uno de nosotros que nos irá sacando de ese hechizo mortal que es el propio ensimismamiento, el acostumbramiento al propio rincón, a esa falsa seguridad desde donde no se puede ver la amplitud de la vida y sus inmensas posibilidades. Será necesario dejar de alimentar la indolencia y la desesperanza, y no seguir justificándonos bajo la sombra de la omisión o el desconocimiento de la realidad que nos circunda.
Regresar a Jesús de Nazaret significa discernir la realidad como él lo haría. Aceptar que Cristo es el centro y el sentido de la fe (Mater et Magistra 236ss), y no la Iglesia; que es la paz, y no el carrerismo, el poder o las ideologías, lo que hay que construir (Pacem in Terris 161ss) para encontrar la verdadera vocación. En fin, estamos llamados a «dar razones de esperanza» y «contribuir a la humanización de la familia humana» (Gaudium et spes 40), pues el futuro del cristiano no es la Iglesia, sino el Dios del Reino que se revela en Jesús. Y cuando él sea todo en todos, la Iglesia como institución y mater convocans cesará para que permanezca la fraternitas convocata, la verdadera fraternidad entre las hijas e hijos de Dios, más allá de todo sistema político, económico, religioso o de pertenencia familiar. El reto está, pues, en asumir que «es la persona humana la que hay que salvar, y es la sociedad humana la que hay que renovar» (Gaudium et spes 3). Creer, como lo hizo Jesús, que quien vive de la compasión fraterna no está lejos del Reino de Dios, aunque esté lejos de la Iglesia o de la religión.