Suena el timbre. Bajo el volumen del televisor. El ventilador de techo tira aire caliente. Tengo la remera mojada. Pienso que son los gendarmes que andan allanando casas y recuperando lo saqueado. Pero yo no tengo nada. ¿Cómo les explico que la mochila la tiré en medio de la avenida? Y a mis viejos, que duermen en su pieza con el aire al máximo, ¿qué les digo? ¿Que su hijo además de drogón, vago, ahora es ladrón?
En la televisión pasan imágenes del centro de la ciudad. Hay cientos de gendarmes con uniformes verdes y botas lustradas a pesar del calor. Sus vehículos estacionados alrededor de la plaza. En un vértice levantaron una carpa blanca y pusieron sillas y mesas. Ahí reciben denuncias de los dueños de comercios y de vecinos que dan nombres, apellidos y direcciones.
El timbre suena otra vez y me levanto de un salto. No quiero que mis viejos se despierten. Corro hasta la puerta. Miro por la ventana sin que me vean desde afuera. Es Sergio, mi vecino. Levanto la cabeza. Me chista y hace señas para que salga. Abro y con la mano le digo que espere. Vuelvo a la pieza, busco las zapatillas y me cambio la remera.
En la tele muestran un allanamiento en Villa Saavedra. Tres camionetas de gendarmería se detienen afuera de una casa y cerca de quince oficiales bajan y entran. La cámara ingresa con ellos. Es una vivienda humilde; una cocina precaria y un fondo gigante con piso de tierra y un árbol que da sombra al patio entero. Los gendarmes revisan las habitaciones y miran de arriba a abajo un televisor. El dueño tiene el torso desnudo y cada vez que lo enfocan agacha la cabeza y con la mano pide que no lo filmen. Al final uno de los gendarmes grita y el resto de los uniformados salen hacia el patio. En la parte de atrás, abajo de unas chapas, hay una montaña de tierra. Con la pala sacan arena y descubren la punta de un minicomponente. El reportero levanta la voz. Siguen cavando y aparece un parlante. Quiero subir el volumen pero la puerta suena y en voz baja lo puteo a Sergio. Apago la tele y salgo.
—¿Qué querés? —le pregunto.
—Vení primo, te tengo que mostrar algo.
—No puedo Sergio, estoy ocupado con la revista.
—Ayer me dijiste que la habías terminado.
—Sí… pero ya empecé con el próximo número. Para salir a tiempo.
—Dale primo, vamos. Te quiero mostrar algo.
—Decime qué, y voy.
—Algo que te va a volar la cabeza.
Sergio siempre usa esa frase y habla susurrando como si estuviera contando un secreto. Busco las llaves y lo acompaño. Pasamos por la casa de doña Ayo. La vieja está durmiendo en la galería que da a la calle, en una reposera verde. Tiene un abanico blanco abierto sobre la panza. Me alivia que no esté despierta, sino cada vez que me ve se pone a gritar y pregunta por mi hermano. Y cuando se acuerda de los pomelos que le robaba se pone mucho peor y me insulta.
Abrimos el portón y cinco perros se cruzan y ladran. Sergio levanta la pierna y hace el amague de pegarles. Los animales se esconden abajo de las sillas. Atrás, dos cachorros duermen sobre unos almohadones gastados. Son muy parecidos al perro que matamos. Hay mucho olor a mierda. Caminamos por un pasillo que está al lado de la casa y llegamos al fondo. El árbol de paltas todavía tiene los frutos verdes. Sobre el piso hay algo cubierto con un mantel de flores rojas. Lo descubro, es un televisor enorme, envuelto en tergopol y plástico con las iniciales de Casa Argüello.
—¿Qué haces con esto? En cualquier momento te cae gendarmería —le digo.
—Mirá, acá murió Roberto —dice.
—No cambiés de tema. ¿De dónde lo sacaste?
—Necesito que me ayudes.
—Estás loco.
—Pará primo, no seas así.
—¿No viste la televisión? Están en todos lados.
—Es sólo un ratito. Mirá.
Sergio camina hacia un costado y abre uno de los pedazos de madera que dividen la casa con la vecina loca. Hay tres pozos tapados y uno al descubierto en el patio de doña Ayo.
—Hay una tele, un musiquero para escuchar cumbia a full y dos equipos para DVD primito —dice.
—¿Cómo trajiste esto?
—Tenía la carretilla, pero la tuve que devolver. Si vienen los perros verdes se van a cansar de revisar y no van a encontrar nada.
Lo miro a Sergio y recién me doy cuenta de que tiene las manos llenas de tierra, igual que las piernas y la ropa. Me sorprende la idea, es buena. La distancia es corta, sin decirle nada agarro el televisor de un lado y él lo hace del otro. Lo levantamos y mis músculos se tensionan. Es pesado, muy pesado y demasiado grande. Lo llevamos con pasos cortos. Dejamos el tele en el piso y sacamos la madera. Empujamos: no pasa. Sergio con una pinza afloja el alambre para que el espacio se agrande.
Sin cuidado metemos el televisor en el pozo. El plástico choca contra la tierra. La parte de arriba queda al descubierto pero Sergio parece estar muy cansado para volver a levantar el aparato y sacar tierra.
Desde ahí veo la tapia de mi casa y el aro de básquet.
La puerta de atrás se abre y doña Ayo sale con el abanico blanco. Lleva una manguera en la mano.
—La vieja —digo.
—Shh, no ve nada.
Doña Ayo riega el patio. Sergio arroja arena al hueco y el televisor comienza a desaparecer. En ese momento escucho una frenada. Voy hasta el pasillo, son los gendarmes. Vuelvo.
Mi primo tapa el pozo y mira hacia la calle. No me importa la vieja. Las botas chocan contra el piso. Mi cuerpo se endurece. Sin pensarlo dos veces me agacho y paso entre las maderas. Corro, cruzo el patio de la vecina y de un salto subo a la tapia. Me raspo la rodilla y siento un ardor suave. Me doy vuelta. Caigo a mi patio. El sonido de la pala incrustándose en la pila de arena todavía me retumba en los oídos. Cruzo la galería y el pasillo. Me seco la transpiración de la cara con la remera y me limpio las manos en el pantalón. El corazón se me quiere salir. Espero en el garaje unos minutos hasta que por fin simulo calmarme. Salgo. Afuera hay tres camionetas de Gendarmería detenidas en medio de la calle, pero están en la casa de los Gómez. Por un lado respiro aliviado y por otro no puedo creer que don Gómez haya robado algo. Me quedo un rato en la vereda y observo el allanamiento. Antes de que los gendarmes se vayan, Sergio sale lo más tranquilo y se sienta en la entrada. Me hace una seña con la cabeza. Se la devuelvo. Entro a casa.
Recién en el living me doy cuenta que me sale sangre de la rodilla. Busco algodón, le pongo agua oxigenada y aprieto sobre la herida. Cuando la sangre se detiene vuelvo a la pieza y cierro las cortinas. Miro el canal local hasta que me canso. No sé en qué momento se hace de noche y de vez en cuando se escuchan explosiones lejanas como si afuera una guerra estuviera llegando a su fin. Con esa sensación me duermo.
A las ocho de la mañana suena el teléfono. Al segundo ring abro los ojos y corro hasta el living. Levanto el tubo y es Carlos, de la imprenta. Ellos nunca hablan, siempre soy yo el que llama una y otra vez para ver si están las revistas. Carlos se hace el interesado por Tartagal y por mi familia, pero en realidad quiere saber si tengo la plata. Lo dejo tranquilo, le digo que está todo bien, que tengo cobrada la mayoría de las publicidades y que apenas estén las revistas le hago llegar el efectivo así arman la encomienda y la mandan para acá. Antes de colgar su voz suena más aliviada. Soy un gran mentiroso, a veces. Lo cierto es que no tengo nada.
En la cocina me sirvo un vaso de leche y lo mezclo con cacao y azúcar. Mi vieja se levanta y se sorprende de verme despierto
—Recién volvés —me dice, y se va a caminar con las amigas.
No contesto. En el mismo momento que ella se va se me viene a la cabeza lo que soñé anoche. Otra vez el descampado y nosotros corriendo hacia el precipicio.
Camino por las calles de Tartagal. La ciudad parece extraña. Las oficinas están cerradas igual que las dependencias públicas. Quemaron el edificio donde funcionaba la biblioteca y rompieron la entrada de la Municipalidad. Restos de hojas sueltas y tapas carbonizadas cubren la calle.
En cada esquina hay un gendarme firme con el uniforme verde y el FAL cargado sobre el pecho. Permanecen en silencio y observan lo que pasa a su alrededor o por lo menos eso simulan hacer. Por la Warnes pasa una camioneta de Gendarmería con cinco motos de Casa el Gato pintadas con aerosol.
En el Banco Nación hay un montón de personas. La puerta principal está en el suelo, los vidrios desparramados y el cajero forzado. Adentro, los documentos carbonizados cubren el piso. Me acerco pero uno de los oficiales con la vista me manda para atrás. Las huellas del fuego también se observan en las paredes. “Deudas quemadas, deudas olvidadas”, grito, y me miran mal. Me voy.
Por la avenida hay un par de autos quemados, una camionetita dada vuelta con la compuerta abierta. Pienso en los pibes que se hacían llamar Los Dioses del Fuego y en las noches de invierno quemaban vehículos. Nunca los encontraron pero todavía los buscan. Me dijeron que un remisero tiene tres balas guardadas para ellos.
Llego a la plaza. Frente a la carpa blanca una fila de personas esperan para hacer la denuncia. Alrededor sólo hay autos de Gendarmería.
En los locales chapas y maderas mal cortadas reemplazan las vidrieras. En la plaza los canteros están destruidos, igual que los tachos de basura. Los residuos se expanden por el piso. Hay sillas y mesas dañadas apiladas cerca del carrito que sigue dado vuelta, y mucho olor a gas lacrimógeno. Los ojos se me ponen rojos y me pican.
Apuro el paso. En la esquina, el dueño de la heladería acomoda un freezer. Una mujer lo ayuda.
Doblo y el cartel luminoso de Casa Argüello está partido al medio sobre la vereda. ¿Cómo lo pudieron sacar de ahí arriba? El increíble Hulk estuvo de paseo por esta ciudad y lo hicieron enojar, pienso. Me acerco hasta la puerta. Como en los otros locales, las chapas cubren la entrada y el ventanal gigante. Adentro sólo hay oscuridad. Asomo la cabeza y toco las palmas, que retumban como un eco en la habitación. Corro una madera y entro. El lugar está vacío. Los estantes tirados en el suelo. Bolsas, cajas, planchas de telgopores y maderas se cruzan en mi camino. Hay mucho olor a plástico quemado. Grito el nombre de Marcelo. Entro por un pasillo, los focos están quemados, tanteo las paredes para guiarme. Escucho voces y percibo luz a lo lejos. Luego de unos metros llego al otro salón que da a la calle del costado. En el suelo hay como veinte televisores con las pantallas rotas y equipos de música desarmados. Ahí, en medio de los artefactos, está el padre de Marcelo, parece un viejo arruinado. Lleva la camisa por fuera del pantalón, completamente mojada. Está inmóvil, sólo contempla los desechos. A veces mueve algún accesorio con los pies, sólo eso. ¿Qué me va a dar Marcelo? Un televisor roto. Paso al lado del viejo y ni se da cuenta de mi presencia. Unos empleados intentan levantar un estante. Lo hacen en completo silencio. A una de las chicas que conozco de vista le pregunto por Marcelo. Me dice que está junto a la madre en el local de Mosconi. Que allá sí que no queda nada. Le agradezco el dato. Salgo por una de las ventanas rotas, caigo sobre unas cajas desarmadas y siento pedazos de vidrios abajo de los píes.
En la esquina me detengo y me siento en los escalones de los videojuegos. Adentro las máquinas están apagadas y un candado enorme cierra las puertas. Pienso en la revista. No tendría problemas en cerrarla, ¿a quién le va importar lo que escribimos si la ciudad está destrozada? Pero ya está impresa y Carlos es capaz de cualquier cosa por cobrar su guita. No me va a quedar otra que recurrir a Emilio.
Una guirnalda navideña cuelga sobre el letrero quemado del local del frente. Ya estamos en diciembre, pronto vendrán las fiestas.
Los oficiales siguen llegando y partiendo hacia los rincones de la ciudad. Parecen que se multiplican y a donde mire veo uniformes verdes. La carpa se llena cada vez más de vecinos que realizan sus denuncias. Seguramente a la tarde habrá más escuadrones buscando casa por casa a los piqueteros y tratando de recuperar los artefactos robados.
El Culón tenía razón. Esta ciudad iba a arder.
Cierro los ojos y apoyo la espalda en los escalones. Al rato vuelvo a abrirlos y es la misma imagen, no hace falta repetirlo.
Me levanto y camino.
Antes de llegar a casa entro a una telefónica. Marco el número de la Gringa.
—Hola demente. ¿Cómo está la cosa por allá? —pregunta.
—Todo destrozado. Parece que Goku y Freezer se hicieron cagar en medio de la plaza —digo.
—Te lo dije Martincho. Las cartas no mienten.
—¿Cuándo nos juntamos?
—Esta noche. Yo le aviso al Culón y al Porteño.
—¿Y el veneno?
—Yo me encargo de todo —dice la Gringa, y le sube el volumen al equipo y el mismo tema que me cantó la otra tarde suena nítido.
Arreglamos el horario, nos despedimos.
Salgo de la telefónica y empiezo a caminar, sin rumbo fijo.
Caminamos por medio de la avenida. A lo lejos aparecen dos puntos amarillos. Rápidamente se vuelven nítidos. Es un Ford Sierra a una velocidad descomunal. Nos hace cambio de luces, toca bocina, aturde. Bajamos la mirada y seguimos. El auto nos esquiva. Las gomas se queman en el asfalto. Una corriente de aire helado envuelve nuestros cuerpos. Son las cinco de la mañana de un lunes de invierno y desde el viernes nos estamos reventando la cabeza.
No podemos parar.
Con el Culón llevamos el cajón con siete cervezas y tres cocas. En la esquina doblamos. De la casa de Sergio, mi vecino, sale un perro pequeño con el pelaje sucio. Se acerca y olfatea las zapatillas del Porteño, que se agacha y lo levanta del cuello. El perro mueve la cola y le lame los dedos. El Porteño le examina la boca como si supiera algo de animales.
—Es de raza —dice, y se lo lleva.
Entramos a casa. Dejamos cinco cervezas en la heladera y el resto, al fondo. La Gringa nos espera con dos cigarrillos armados. Enciende uno y le da una seca larga y se lo pasa al Porteño.
—Por qué mierda tardaron tanto. Éste fumen con Martín —dice.
Enciende el segundo, hace otra seca, mantiene el humo en los pulmones y recién después de un tiempo lo larga. Una nube blanca se forma cerca del cielorraso. Olor a caucho quemado impregna la galería.
El Porteño deja el perro en la mesa. El animal se queda inmóvil y esconde la cola entre las patas, no sabe dónde ir. Quiere volver al piso pero tiene miedo de saltar.
—Va a tirar la base, pelotudo —dice la Gringa y tapa con un repasador los papeles plateados y el plato con tabaco negro.
El Porteño alza al perro y lo pone a la altura de los ojos.
—Nadie te quiere —dice, y lo arroja al suelo.
El Culón termina el cigarrillo y mete la colilla en la bolsa de residuos. Sube el volumen al equipo y la voz de Kurt Cobain suena rasposa y el bajo retumba en los vidrios de la galería. Es la primera vez que nos quedamos callados. La claridad del amanecer entra por la ventana. Falta poco para que los vecinos se despierten y salga el sol porque a pesar de que estamos en invierno, en Tartagal siempre sale el sol y quema.
La Gringa mira el reloj y le pide ayuda al Culón para que desarme el cigarrillo y ella lo rellena con base y tabaco. Tira la mitad del filtro y lo deja listo.
Sirvo cerveza y la mezclo con coca.
El Porteño tiene los ojos rojos y los pelos duros y parados. Respira como si le faltara el aire y se toca el pecho.
—Andá a buscar más cerveza —le digo.
El Porteño tarda en reaccionar. Se levanta, se moja la cabeza y el cuello en el caño que está junto al asador. Tiene la cara colorada como si le hiciera mucho calor. Se saca la remera y la deja sobre la silla. También su cuerpo está colorado como si fuera a explotar. Abre la puerta y le pega una patada al animal para que se quede adentro.
La Gringa enciende otro cigarrillo, fuma y habla de YPF y los piqueteros que amenazan cortar la ruta. El Culón cambia el tema y analiza las letras de Hermética pero la Gringa insiste con lo mismo y cuenta, otra vez, la historia de su padre que fue sindicalista del SUPE. Yo hablo de la revista que se quedó sin anunciantes y nos peleamos para decir lo que sea. El Culón levanta la voz y dice que este pueblo no da para más y que nos deberíamos ir a la mierda. Al sur. A trabajar de perforines, en medio del campo, cubiertos de nieve, lejos de los mosquitos, el calor y de esta ciudad que se está muriendo.
El Porteño vuelve con las cervezas y se calienta porque fumamos sin él. A mí me dan ganas de cagar, otra vez.
Entro a casa. Las habitaciones están vacías, las camas sin tender y el piso pegajoso por la fiesta del sábado. Hay mucho olor a vino podrido. Me duele la panza y los intestinos me suenan. El domingo al mediodía fue la última vez que comí. Entro al baño y escucho las voces del Porteño, el Culón y la Gringa, que se entremezclan y crean un gran bullicio como si fueran muchos más que tres.
Vuelvo y los pibes están abajo del aro de básquet. La Gringa cuenta que de pendeja salía con su hermano a buscar gatos callejeros y los metían en una bolsa, la ataban y los tiraban bien lejos. Después corrían y desataban el nudo y los gatos salían hechos mierda. El Porteño dice que el hermano de la Gringa es un gordo puto y la Gringa se calienta y le mete una cachetada. La mano queda marcada en su mejilla. El Culón lo agarra al Porteño para que se ubique y mientras ellos se bardean yo busco los papeles de base, abro uno y lo vacío en el plato. Con un cuchillo sierrita armo dos líneas gruesas y las miro un largo rato. Son perfectas.
Aspiro. Le meto de un lado y del otro. Me arde la nariz y siento que algo adentro mío se parte. La Gringa entra y me dice que soy un pelotudo. Que me va a salir sangre. Pero estoy cansado de fumar esa mierda que me hace ir al baño a cada rato. Quiero merca. Y de la buena. La Gringa enciende dos cigarrillos y salimos. Me lleno un vaso de cerveza y hago fondo blanco.
El Culón sigue hablando del sur y los perforines y el Porteño y la Gringa, que ya se amigaron, le abren el hocico al perro y le tiran humo. El perro lanza un tarascón y agarra la mano del Porteño. Los dientes quedan marcados y pequeños hilos de sangre brotan de la herida. La Gringa putea. El Culón se caga de risa. El Porteño se envuelve la mano con la remera y persigue al perro. Tira patadas. Lo arrincona. Lo agarra de las patas y lo zarandea. El animal ladra y gruñe. Lo vuelve a morder y se suelta. El Porteño entra a la galería y sale con la bolsa de residuos. Corre atrás del perro. Cerca de los bananales lo atrapa y lo mete en la bolsa. La cierra. El perro se mueve. Rompe el plástico con dientes y uñas. Sale cubierto de cenizas y con tapitas de cerveza en la cabeza.
—Qué mierda hacés —grito y me caliento porque ensucia el fondo.
La Gringa busca una bolsa arpillera abajo del asador y se la pasa al Porteño.
—Que vuele —le dice.
El Porteño está más colorado que antes. Ahora sí que explota. Parece un tomate jugoso. Mete al perro en la bolsa, entra a la galería y lo arroja sobre la mesa. Cierra la puerta con el pasador. Busca algo entre los platos y papeles. Tira un vaso de aluminio que cae debajo de una silla y gira. Levanta un cuchillo.
—Cuidado con la base, demente —dice la Gringa.
—Qué hacés, boludo —grita el Culón.
—Hijo de puta —repite a cada rato el Porteño.
Lo que estaba partido adentro mío se termina de romper. Me sale sangre, mucha sangre de la nariz. Llevo la cabeza hacia atrás. El cielo está claro, ya amaneció.
El Porteño clava el cuchillo en la bolsa, una y otra vez y grita cosas que no se entienden. El Culón quiere detenerlo, empuja la puerta, le pega un par de hombrazos y la traba se parte. Entra a la galería y lo agarra del cuello. Pero el Porteño parece poseído y lleno de furia.
El CD de Nirvana se acaba. El perro llora y chilla, chilla como un cerdo y el Porteño hunde, por última vez, el cuchillo y la tela se tiñe de rojo.
La bolsa cae al suelo.
—Morite hijo de puta —dice el Porteño ya sin fuerzas y con la respiración agitada.
La bolsa se mueve, el animal sigue vivo. El nudo se abre y el perro sale. Renguea, tiene un ojo enrojecido y está lleno de heridas. La Gringa grita y se tapa la cara. El perro sigue chillando como un cerdo. Deja manchas oscuras en el camino. Se acurruca cerca de unas cajas llenas de carpetas viejas. El Porteño suelta el cuchillo y corre al patio. El cuerpo le tiembla y lanza arcadas. La Gringa vomita. A mí me sigue saliendo sangre. Mucha sangre. Los chillidos del animal se vuelven leves gemidos pero su cuerpo se estremece como si le agarraran pequeñas convulsiones.
—Matalo —digo, pero nadie se anima.
—Que deje de chillar —ruega la Gringa, y se tapa los oídos.
El Culón sale, busca un ladrillo abajo del asador y vuelve. Se para arriba del perro. Contiene la respiración y con las dos manos lo arroja sobre la cabeza. Los huesos del cráneo se parten. El azulejo se raja.
Algo explota.
Silencio.
La sangre mancha el piso.
El mundo puede dividirse en dos grandes grupos:
los que pensaron en suicidarse y los que no.
Federico Leguizamón
Tomo cerveza en un vaso chopero, como debe ser. Lo cuento porque un montón de salames disfrutan sus bebidas en plástico barato. Pido la segunda birra y Vaquita, el dueño del pub, dice que ya no puede fiarme más. Lo miro a los ojos, los tiene rojos e hinchados como si viviera en un estado de permanente resaca. Saco la billetera y pago.
—Que esté fría —le digo.
Me doy vuelta, las mesas están llenas, la cumbia retumba en los ventanales y yo sigo con la idea fija.