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Textos de Historia del Arte




Edición de

M.ª Esperanza Torrego

Ant Machado Libros

www.machadolibros.com

Plinio el Viejo

Textos de Historia del Arte


La balsa de la Medusa

La balsa de la Medusa, 13


Colección dirigida por

Valeriano Bozal





© de la edición, M.ª Esperanza Torrego Salcedo

© de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L.

C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino

28660 Boadilla del Monte (Madrid)
editorial@machadolibros.com


ISBN: 978-84-9114-319-2

Índice

Introducción

Libro 34

Libro 35

Libro 36

Apéndice

Introducción

1. Plinio el Viejo


1.1. Datos biográficos


Los datos que poseemos sobre la vida de C. Plinio Segundo –Plinio el Viejo– proceden, sobre todo, del breve resumen de la biografía que Suetonio había incluido en su De Viris Illustribus y de las cartas de su sobrino, C. Plinio Cecilio Segundo –Plinio el Joven–, que mantenía con él estrecha relación. De estas últimas proceden la mayor parte de los datos sobre el carácter y las costumbres del autor de la Historia Natural.

Plinio el Viejo nació en Como, una ciudad situada en el extremo sur del Lacus Larius, en la región de la Galia Transpadana, actual Lombardía1. La fecha de su nacimiento no se conoce con seguridad, aunque puede determinarse con bastante aproximación: por una carta de Plinio el Joven sabemos que, cuando murió, el 24 de agosto del 79, durante la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya, Herculano y Estabia, contaba 55 años. Debió de nacer, por tanto, en el año 25 o 24 d. de C.

Su vida, como la de cualquier ciudadano romano con el rango de caballero, tuvo una larga vinculación con el ejército. Inició su carrera ecuestre con el grado de oficial de caballería2. Pasó un tiempo en Germania, posiblemente entre los años 47 y 50 d. de C., bajo el reinado de Claudio. Allí tomó parte en diversas campañas, primero como prefecto de una legión auxiliar y después como prefecto de un ala de caballería3.

Durante el tiránico reinado de Nerón (54-69 d. de C.), época poco favorable para la literatura y la filosofía, Plinio se mantuvo en una prudente oscuridad, dedicándose a los estudios de retórica, poco comprometidos.

La etapa más brillante de su vida, en la que escribió, además, gran parte de su obra, estuvo ligada al emperador Vespasiano (70- 79 d. de C.), que encomendó a Plinio tareas que encajaban muy bien con su talante erudito: por una parte, se encargaba de contestar la correspondencia que le llegaba al emperador y, por otra, de preparar toda la documentación literaria y científica, administrativa y jurídica que el príncipe necesitaba para desarrollar su tarea de gobierno. Su inmensa capacidad de trabajo le permitía compaginar estas tareas con la actividad del estudio y la lectura, como atestigua Plinio el Joven en el fragmento siguiente (Ep. 3, 5, 9 ss.):

9. Iba al palacio de Vespasiano antes de amanecer –pues también utilizaba las noches– para recibir el trabajo del día. De vuelta a casa, dedicaba al estudio el tiempo restante. 10. A menudo, después de tomar algo de comida, que durante el día era ligera y sencilla según la costumbre de los antiguos, en verano, si tenía algún descanso, se tumbaba al sol a leer un libro, tomaba notas y hacía resúmenes. No leía nada sin resumirlo y solía decir que no hay ningún libro que sea tan malo que no tenga ninguna parte aprovechable. 11. Muchas veces, después del sol, se daba un baño frío, tomaba un tentempié y dormía un ratito. Después, como si fuera un nuevo día, estudiaba hasta la hora de la cena; durante la cena le leían en alto un libro y él tomaba notas rápidamente. 12. Recuerdo una vez que uno de sus amigos, cuando el lector pronunció algo mal, le hizo retroceder y le obligó a repetirlo; entonces mi tío le dijo: «seguro que lo habías entendido, aquel lo admitió; «entonces, ¿por qué le has hecho retroceder?, hemos perdido más de diez versos con tu interrupción». Tan grande era su afán por ahorrar tiempo [...]. 14. Solo durante el baño quitaba tiempo a sus estudios. Cuando digo baño me refiero al tiempo que pasaba en su interior, pues cuando recibía masajes o se frotaba, siempre estaba escuchando o dictando.

15. Cuando salía, como liberado de cualquier otra preocupación, se entregaba únicamente al estudio; llevaba a su lado un escribiente con un libro y tablillas –pues en invierno se protegía las manos con unos manguitos– para que ni siquiera la aspereza del cielo le arrebatara un momento de estudio; esa es la razón por la que hacía que lo llevaran en silla también en Roma. 16. Recuerdo que una vez me reprendió porque estaba paseando; «podías», me dijo, «no haber perdido estas horas», pues para él era perdido todo el tiempo que no se dedicara al estudio.

En el año 79 d. de C., en los primeros momentos del reinado de Tito, tenía a su cargo la comandancia de la flota de Miseño, muy cerca de Nápoles, donde se hallaba cuando tuvo lugar la erupción del Vesubio. Por las circunstancias especiales en las que ocurrió, el episodio de su muerte es el mejor conocido de su biografía. Guiado por su deseo incontrolable de conocimiento directo, murió en Estabia, a donde había acudido para ver de cerca el fenómeno de la erupción, asfixiado por los gases que emanaban del volcán, el 24 de agosto del año 79. Esta es la versión del hecho que nos ha legado Plinio el Joven (6, 16, 4 ss.):

4. Estaba en Miseno pues era comandante de la flota. Aproximadamente a la hora séptima del día noveno de las Calendas de septiembre4 mi madre le mostró que se veía una nube de un tipo y tamaño inusitados. 5. [...] Él subió al lugar desde donde mejor podía verse aquel extraño fenómeno. La nube se elevaba – al mirarla desde lejos no se sabía de qué monte surgía; luego se supo que había sido el Vesubio– parecida a un árbol por su forma, más concretamente a un pino [...].

7. Le pareció curioso, como hombre eruditísimo que era, y algo digno de ser conocido desde más cerca. Ordenó preparar una barca liburnia5. A mí me ofreció ir con él, si quería. Yo le respondí que prefería quedarme estudiando, pues por casualidad él me había dado trabajo de la escritura. 8. Salió de casa; recogió una nota de Rectina, la mujer de Casco6 (su finca se hallaba en bajo y no podía huir más que en barco), le suplicaba que la sacara de tan gran desastre. 9. Entonces él cambió sus planes y lo que había empezado con afán de estudio acabó con la mayor magnanimidad. Sacó las cuatrirremes y subió él mismo para ayudar no solo a Rectina sino a muchos otros [...]. 10. Él se apresuraba hacia el lugar del que otros huían y mantenía rumbo directo y derecho el timón hacia el peligro, libre de miedo hasta tal punto que dictaba o anotaba todas las fases de aquel mal y todos sus aspectos según los iba percibiendo con la vista.

11. A medida que las naves se acercaban, iban cayendo sobre ellas cenizas más densas y más calientes y ya incluso trozos de piedra pómez y piedras calcinadas y partidas por el fuego; ya había un bajo fondo y las rocas desprendidas del monte hacían inaccesibles los litorales. Dudó un momento si retroceder, pero al punto le dijo al timonel que siguiera: «a los valientes les ayuda la fortuna», dijo. «Pon rumbo a la casa de Pomponiano»7. 12. Este se hallaba en Estabia, al otro lado del golfo (pues el mar llena la curvada costa que insensiblemente se cierra en círculo). Allí, aunque todavía no se hallaba cerca el peligro, se había visto que crecía y se aproximaba. Por eso, Pomponiano había cargado sus cosas en unas barcas dispuesto a huir, si el viento se hacía contrario. En ese momento a mi tío le condujo hasta allí un viento muy favorable. Abraza a su amigo, que se hallaba tembloroso, le consuela, le anima y para aliviar los temores de aquel con su propia tranquilidad ordena que le bajen al baño, y después de lavarse, se reclina a la mesa y cena alegre o, lo que es igual de meritorio, aparentando que lo estaba.

13. Entretanto, desde muchos puntos de la cima del Vesubio relucían llamas muy grandes y altas columnas de fuego cuyo resplandor y claridad se avivaban en las tinieblas de la noche. Para atenuar los miedos, mi tío no dejaba de repetir que estaban ardiendo en solitario las villas abandonadas y los fuegos encendidos dejados por los campesinos en la precipitación de su huida. Entonces él se acotó y descansó con un sueño no fingido [...]. 14. Pero el área desde la cual se accedía a la quinta se presentaba ya tan cubierta de cenizas y piedra pómez que, si se demoraban más en la casa, les iba a ser imposible la salida. Le despiertan y se unen a él Pomponiano y los otros que habían permanecido despiertos toda la noche. 15. Discuten entre ellos si permanecer bajo techado o salir fuera. Los fuertes y frecuentes temblores de tierra agitaban las casas, que parecía que, arrancadas de sus cimientos, oscilaban en una dirección y en la otra. 16. Al aire libre temían la caída de fragmentos de piedra pómez, aunque ligera y porosa. Esta fue, sin embargo, la opción que les hizo tomar la comparación de los peligros [...]. 17. [...] Se decidió acercarse a la costa y ver desde cerca si en ese momento era posible hacerse a la mar; esta permanecía todavía encrespada y adversa. 18. Allí recostado sobre una sábana pidió agua fría dos veces y se la bebió. Después las llamas y el olor a azufre, mensajero del fuego, hicieron huir a unos y a él le excitaron sobremanera. Apoyándose en dos de sus siervos se levantó, pero volvió a caer, según colijo asfixiado por el denso humo y con el corazón paralizado, pues lo tenía débil y estrecho por naturaleza, y a menudo sufría congestiones [...]. Su cadáver se encontró intacto, ileso y vestido tal y como había salido; el aspecto del cuerpo era más el de un dormido que el de un muerto.



1.2. Obra


Aunque la mayor parte de su labor literaria y científica se remonta a los años que pasó junto al emperador Vespasiano –es cuando escribe la Historia Natural –, su producción se distribuye a lo largo de toda su vida. Durante su estancia en Germania escribió obras diversas8: un tratado sobre el empleo de la jabalina en caballería, una biografía de Pomponio Segundo, militar y poeta, bajo cuyas órdenes participó en alguna campaña, y 20 volúmenes sobre las guerras de Germania, impulsado por un sueño en el que Druso, el hermano de Tiberio que murió en Germania el año 9 a. de C., le pedía que le salvara del olvido; esta última composición, que escribiría para honrar al emperador reinante, Claudio, hijo de Druso, la concluyó con posterioridad a su salida de la armada.

En la época del emperador Nerón publicó dos obras, una sobre la formación del orador, Studiosus, y otra sobre la lengua, de la que da cuenta el propio Plinio en la Historia Natural (Praef. 28). Sin embargo, de toda su producción solo han llegado hasta nosotros los 37 libros de la Historia Natural.

Esta obra, de estilo desigual y, en general, poco cuidado, es una inmensa compilación, realizada sin un método muy estricto y sin grandes aportaciones originales pero valiosa por el volumen de datos que contiene. Comienza con la descripción del mundo, sus elementos y la geografía (libros 2-6); el libro 7 está dedicado al estudio del hombre; los libros 8-19 tratan de los demás seres vivos, los animales (8-11) y las plantas (12-19); 20- 32 contienen algunos aspectos de medicina y en 33-37 se tratan los seres inanimados, es dedir, los metales, los colores y las piedras. La diversidad del contenido y el afán más compilador que literario de su autor, que declara en el prólogo haber leído 2.000 volúmenes para la elaboración de esta obra (Praef. 12), hacen que en algunas ocasiones el texto no sea más que una mera transcripción de las notas o resúmenes tomados en sus lecturas, sin elaboración posterior. Con todo, por la variedad de los aspectos que toca y por la manera, cuando menos curiosa para un lector moderno, en que son tratados, la Historia Natural debe ser considerada una de las grandes obras que nos ha legado la antigüedad.



2. Los textos de Historia del Arte


2.1. Su inclusión en la Historia Natural


Los textos de la Historia del Arte incluidos en este volumen se hallan insertos en los tres últimos libros de la Historia Natural, que están dedicados, como antes se indicó, al estudio de los metales, los colores y las piedras. Ellos constituyen un conjunto cuyo interés principal radica en que pueden considerarse el tratado de historia del arte más antiguo que ha llegado hasta nosotros.

La inclusión de estos textos en la obra mencionada se explica, por un lado, por la concepción de los escritores antiguos acerca de la composición literaria y, por otro, por el afán de totalidad de la obra en concreto. Para los antiguos la acotación temática de las obras se establecía de un modo muy difuso, de manera que cualquier aspecto que pudiera relacionarse, aun remotamente, con los que constituían el objeto de estudio directo podía ser incluido en el conjunto. En el caso de Plinio, hay, además, una voluntad explícita de abarcar todo lo referente a la historia de la naturaleza, incluyendo, junto con la historia natural, la de las ciencias y las técnicas. Cuando Plinio define en el prefacio de la obra cuál es el tema de la misma, afirma que se trata de «la naturaleza, es decir, la vida» (Praef. 12).

En principio, los textos artísticos podrían considerarse la ejemplificación material del uso de los elementos de la naturaleza descritos, pues están concebidos como ejemplos de la utilización de los metales, de los colores o de las piedras. En el libro 339, dedicado al estudio de los metales preciosos, el oro y la plata, después de describir todo lo referente a tales materias, sus propiedades, los lugares donde se encuentran, etc., pasa a explicar para qué sirven, lo que da lugar a la descripción de las estatuas elaboradas con ellos, además de un número sin fin de otros objetos. El libro 34, que está dedicado al cobre y sus aleaciones, contiene toda la historia de la estatuaria en bronce. En el 35, después de la descripción de los colores y los minerales con que se producen, explica su utilización, lo que da paso a la historia de la pintura. En el 36 procede del mismo modo con el mármol y otras piedras y, por tanto, incluye en él la historia de la escultura y la descripción de obras arquitectónicas, que pueden considerarse relacionadas con el uso de las piedras, que van desde las maravillas de Egipto y Grecia hasta las obras públicas de Roma.

Aunque en un principio Plinio trata de mantener la estructura de esta parte de su obra y el entramado de las diversas secciones en la secuencia prevista por medio de explicaciones continuas sobre lo que va a venir y referencias a lo que ya se ha tratado, basta con leer los textos en cuestión y apreciar la extensión de los mismos para darse cuenta de que forman excursos cuya conexión con el resto de los temas considerados es muy leve.

Dos características, aparte de la propia extensión de los pasajes correspondientes, contribuyen también a convertir en algunos casos los textos sobre la historia del arte en secciones independientes dentro del conjunto, apartándolos de la secuencia general: por un lado, el afán por describir la totalidad de los aspectos relacionados de alguna manera con los elementos de la naturaleza y, por otro, una cierta forma de nacionalismo presente en el tono de las descripciones de Plinio. La primera característica explica la introducción de descripciones de objetos o edificios solo indirectamente relacionados con el tema concreto del que se trata. Así, por ejemplo, la inclusión de las maravillas del mundo en el libro 36, aun cuando algunas de ellas solo muy vagamente pueden sentirse relacionadas con el uso de las piedras. Este es el caso de la mención de Tebas de Egipto, la ciudad suspendida sobre pilares. El segundo aspecto es la causa, por ejemplo, de la mención de todas las estatuas y monumentos honoríficos de Roma, en el libro 34, de un valor artístico desigual, pero que constituyen un repaso casi completo por la historia de Roma de los primeros tiempos; la misma razón podría aducirse para la descripción de las obras públicas de Roma, en el libro 36. Todo ello hace de estos textos un apéndice aislado, que puede desgajarse del conjunto y que constituye por sí mismo una de las partes más interesantes de la obra pliniana.



2.2. Las fuentes


La importancia de los textos de Plinio para la historia del arte no reside solamente en la transmisión de datos únicos sobre el arte antiguo. Es muy valiosa, además, la información que puede obtenerse a través de ellos de tratados de arte anteriores, todos ellos perdidos, utilizados por el autor para la composición de su obra y que pueden ser restituidos parcialmente gracias a su labor compiladora. Los nombres de los autores que han servido a Plinio como fuente de información son conocidos para nosotros a partir de los índices de autores manejados, elaborados por el propio Plinio, que constituyen, junto con el prefacio, el libro primero de la Historia Natural 10.

De los autores mencionados en los índices de los libros que nos ocupan, las aportaciones más importantes en el terreno del arte se deben a Jenócrates de Sición, Duris de Samos y Antígono de Cáristo, entre los autores extranjeros, y Licinio Muciano, Pasíteles de Nápoles y Varrón, entre los latinos11.

A Jenócrates se le atribuye una gran parte de lo relativo a la estatuaria y a la pintura, en los libros 34 y 35, que permiten restituir parcialmente sus obras sobre las vidas de pintores y escultores, ambas perdidas. De Duris de Samos y Antígono de Cáristo proceden las anécdotas biográficas de los pintores o las leyendas atribuidas a diversas obras o artistas. Entre los autores latinos, Muciano, que pasó una parte de su vida en las ciudades de la costa de Asia Menor y las islas adyacentes, es el responsable de todos los datos sobre las obras del arte y los artistas de aquella zona. Los datos de Muciano revelan en muchos casos un conocimiento directo de las obras descritas. La influencia de Pasíteles de Nápoles se ha descubierto en ciertos criterios para la estructuración de parte del contenido: el orden alfabético en las relaciones de artistas, combinado con el de calidad en la historia de la estatuaria o de la pintura puede remontarse a su tratado. Por último, hay que mencionar a Varrón, que asumió en su tiempo una labor de lectura y compilación de gran parte de los autores griegos. Su obra fue conocida y utilizada por Plinio y sabemos que de algunos de los autores citados en los índices de la Historia Natural solo tenía referencias a partir de las obras de Varrón.

Además de los mencionados, los textos de Plinio deben otros datos a analistas, historiadores y escritores latinos, tales como Valerio Antias, Cornelio Nepote o Anio Fetial, todos ellos citados en los índices.

Las aportaciones del propio Plinio, compilador de todo el conjunto, consisten en la información referente a la museografía romana y en un conjunto de opiniones sobre el arte en general y su desarrollo en el mundo romano en particular, que merece la pena especificar.



2.3. Opiniones de Plinio sobre el arte


Aunque no puede decirse que la obra de Plinio tenga casi nada de teoría del arte, el autor, y en esto no hace sino seguir a sus fuentes, asume los cánones artísticos de la antigüedad que, como es sabido, se caracterizan, en líneas generales, por un gusto por la imitación de la naturaleza. Ejemplos de esto podrían citarse muchos: las mejoras en el terreno de la escultura se cifran siempre en que tal o cual parte del cuerpo, el cabello, las venas o las proporciones estén representadas con mayor realismo; en definitiva, que la obra imite más fielmente el natural. No obstante, donde el afán por el realismo en las obras de arte es más admirado es en la pintura. Son conocidas las anécdotas, que Plinio reproduce con entusiasmo, referentes a los cuadros que representaban naturalezas muertas y que engañaban a los seres vivos: así, por ejemplo, las uvas de Zeuxes que vienen a picar los pájaros, o las tejas de un decorado de teatro en el que unos cuervos vinieron a posarse, o el cuadro que representaba una tela de modo tan real que el pintor Parrasio fue a retirarla para admirar la pintura que debía hallarse debajo.

Por otra parte, el autor de la Historia Natural es un romano a la antigua. Esto se manifiesta en la austeridad y en el sentido de utilidad que domina en muchos casos su opinión sobre las obras de arte. Así, se manifiesta partidario de una austeridad y una exagerada moderación en el lujo que le lleva a criticar ferozmente obras que, según él, no son sino manifestaciones de la ostentación y del despilfarro: las pirámides, los mausoleos, las figuras fundidas en materiales nobles. El uso de los mármoles en las construcciones públicas o privadas es para él casi siempre un motivo de queja por lo que tiene de superfluo. En cambio se muestra ferviente admirador de las obras públicas, tales como canales y acueductos. En este sentido, es característica la inmensa admiración que le suscita la cloaca máxima de Roma, que le hace equiparar esta ciudad nada menos que con la Tebas de Egipto, que se hallaba suspendida sobre pilares. La consideración de las obras por lo que tienen de útil es, por lo demás, un tópico compartido por otros autores romanos que describieron grandes obras de ingeniería, como Frontino y Vitruvio.



2.4. Estructura y contenido de los textos sobre arte


2.4.1. Libro 34, 5-93: la estatuaria en bronce12


La historia de la estatuaria en bronce está concebida por Plinio como una digresión que, como él mismo indica (§§ 6-7), tiene la intención de datar los bronces de Corinto. Para ello, se propone establecer la cronología de los artistas, cosa que no hará hasta §§ 49-50. Antes de eso, recorre la estatuaria de Italia y Grecia, para describir después, a partir de § 49, la historia de la estatuaria propiamente dicha. En estas secciones, sin embargo, ya no se sigue el criterio cronológico estricto que parecía enunciarse, sino el de la calidad: agrupa a los artistas por grados de importancia de mayor a menor; solo después, dentro de cada grupo, se introduce un orden cronológico, en el caso de los más insignes, y un orden alfabético en los otros casos. La estructura del contenido es la siguiente:


1. Introducción.


1.1. Metales que forman parte de la aleación del bronce: § 5.

1.2. Justificación de la digresión artística: anuncio de la cronología a propósito de los bronces de Corinto: §§ 6- 7.

1.3. Tipos de bronce y objetos para los que se emplea: §§ 8-14.


2. Las primeras estatuas de bronce en Italia y Grecia. Otras manifestaciones honoríficas: columnas, arcos triunfales. Estatuas colosales: §§ 15-48.


3. Historia del arte de la estatuaria.


3.1. Cronología de los broncistas griegos: §§ 49-52.

3.2. Estudio de los broncistas más insignes: §§ 53-71.


3.2.1. Los grandes maestros (criterio cronológico): §§ 53- 71.

3.2.2. Lista alfabética de escultores y sus obras: §§ 72- 8313.

3.2.3. Los escultores de los combates de Atalo, Boeto: § 84.


3.3. Otros artistas menos insignes: §§ 85-91.

3.4. Artistas y obras menores dignas de mención por diversas razones: §§ 85-93.


2.4.2. Libro 35, 1-173: la pintura y el modelado


El libro 35 es el mejor estructurado de los dedicados al arte. La sección de la pintura (§§ 1-150) se organiza en dos partes, dedicadas, respectivamente, a la pintura en Italia y a la historia de la pintura en general. En esta segunda parte el criterio principal para el agrupamiento de pintores es el de la calidad. El contenido es el siguiente:


1. La pintura.


1.1. Introducción: § 1.

1.2. Abandono del gusto por la pintura en su época; comparación de la costumbre antigua: §§ 2-14.

1.3. Orígenes de la pintura y su evolución en Italia: §§ 15-28.

1.4. Los colores utilizados por los pintores: §§ 29-50.

1.5. Las pinturas colosales de Nerón: §§ 51-52.

1.6. Los pintores: §§ 53-148.


1.6.1. Introducción y problemas cronológicos: §§ 53-55.

1.6.2. Primeros pintores célebres: §§ 56-60.

1.6.3. Las lumbreras del arte: §§ 61-111.

1.6.4. Otros maestros: §§ 112-137.

1.6.5. Pintura a la encáustica: §§ 122-137.

1.6.6. Los que «siguen a los más importantes»: §§ 138- 145.

1.6.7. Otros pintores conocidos: § 146.

1.6.8. Mujeres pintoras: §§ 147-148.


1.7. Apéndice sobre la pintura a la encáustica: § 149.

1.8. El teñido de las telas: § 150.


2. El modelado.


2.1. Historia del arte del modelado: §§ 151-158.

2.2. La alfarería y los materiales de construcción en terracota: §§ 159-173.



2.4.3. Libro 36, 9-125; 171-179; 184-189: La escultura y las maravillas del mundo. Procedimientos de construcción


El contenido de este libro es muy variado. La primera parte está dedicada a la escultura en mármol, los artistas y las obras, así como a otros usos del mármol en la decoración de edificios. El criterio organizativo en lo que se refiere a los escultores es, como en ocasiones anteriores, el de la calidad. Se introduce, sin embargo, dentro de esta sección en §§ 33-39 una revisión museística de los grandes depósitos de obras de arte de Roma.

A continuación, trata de las maravillas del mundo, lo que le da ocasión de introducir su nota patriótica describiendo la ciudad de Roma como un microcosmos en el que se hallan toda clase de maravillas. Se encuentran entre ellas las construcciones de utilidad pública, como los acueductos y las cloacas. Por último, en nuestra edición, hemos incluido los aparatos donde habla de materiales de construcción y pavimentos.

La estructura del contenido es esta:


I. La escultura.


1. Los artistas: §§ 9-43.


1.1. Los primeros: §§ 9-15.

1.2. Los clásicos griegos: §§ 16-32.

1.3. Las grandes colecciones públicas de Roma: §§ 33-39.


1.3.1. La de Asinio Polión: §§ 33-34.

1.3.2. El Pórtico de Octavia: §§ 34-35.

1.3.3. El Palatino y los jardines Servilianos: § 36.

1.3.4. Los palacios imperiales y el Panteón: §§ 36-38.

1.3.5. El Hércules «sin honor»: § 39.


1.4. Otros escultores: §§ 39-41.

1.5. Curiosidades: Saura y Batraco; los miniaturistas: §§ 42-43.


2. Historia de los usos y las técnicas del mármol: §§ 44-54.


2.1. Diatriba contra el uso de los mármoles de colores: §§ 44- 46.

2.2. Su uso en la decoración doméstica: el palacio de Mausolo: § 47.

2.3. Su adopción por parte de los romanos: §§ 48-50.

2.4. Forma de cortarlo: §§ 51-54.


II. Las maravillas del mundo.


3. Enumeración: §§ 64-126.


3.1. Las maravillas de Egipto: §§ 64-83.


3.1.1. Los obeliscos: §§ 64-72.

3.1.2. Las pirámides y la Esfinge: §§ 75-82.

3.1.3. El faro de Alejandría: § 83.


3.2. Los laberintos: Egipto, Creta, Grecia (Lemnos), Etruria (Clusio): §§ 84-93.

3.3. La ciudad suspendida sobre pilares: Tebas de Egipto: § 94.

3.4. Las maravillas de Grecia: §§ 95-100.

3.5. Las maravillas de Roma: §§ 101-125.


3.5.1. Introducción: § 102.

3.5.2. Extravagancias y dispendios: §§ 103-104.

3.5.3. Roma, ciudad suspendida: las cloacas: §§ 104108.

3.5.4. Casas de lujo: §§ 109-112.

3.5.5. Los teatros: §§ 113-120.

3.5.6. Los acueductos y otras obras: §§ 121-125.


III. Los procedimientos de construcción: §§ 171-179; 184-189.


1. Diferentes tipos de muros: §§ 171-172.

2. Construcción de las cisternas: § 173.

3. Recubrimientos y estucos: §§ 174-177.

4. Las columnas: §§ 178-179.

5. Diferentes tipos de pavimentos. Los mosaicos: §§ 184-189.



2.4.4. Los textos del Apéndice


Además de los epígrafes procedentes de los tres libros de la Historia Natural que se ocupan del arte de una forma más amplia, se han seleccionado e incluido en un apéndice otras menciones relativas al arte dispersas por toda la Historia Natural, que suelen ser menciones breves de aspectos desarrollados en alguno de los libros básicos sobre estos temas.



3. La traducción


En la traducción de este volumen se sigue el texto de la edición de Les Belles Lettres (L. XXXIV, ed. de H. Le Bonniec y H. Sallet de la Santerre, París, 1983; L. XXXV, ed. de J. M. Croisille, París, 1985, y L. XXXVI, ed. de J. André, R. Bloch y A. Rouveret, París, 1981).

La transcripción de los nombres propios griegos se ha llevado a cabo de acuerdo con las convenciones establecidas por M. Fernández Galiano (La transcripción castellana de los nombres propios griegos, Madrid, S.E.E.C., 1969).

Las notas tienen por objeto la explicación de las referencias culturales, de los episodios históricos o mitológicos del mundo antiguo y de los datos geográficos de los topónimos mencionados. Los nombres se han anotado, generalmente, la primera vez que aparecen, aunque en alguna ocasión se ha reservado el comentario para el pasaje en el que Plinio proporciona la información más relevante. Para facilitar la localización de lugares geográficos y de edificios de Roma, se incluyen al final del libro un plano del Mediterráneo (plano I) y uno de Roma (plano II) a los que remiten las coordenadas que aparecen en las notas.

No me ha parecido pertinente, dado el carácter de primera fuente que tiene el texto pliniano, incluir notas sobre datos biográficos o de otro tipo referidos a los artistas citados en el texto que no hubieran sido, en muchas ocasiones, más que un mero resumen de la información que Plinio proporciona. Los datos de este tipo pueden consultarse en las ediciones comentadas de Les Belles Lettres, ya mencionadas, o repertorios enciclopédicos como el de Pauly-Wissowa (Real-Encyclopädie der klassischen Altertumswissenschaft).

Al final del texto se incluyen un índice de nombres y un índice específico de artistas citados.

He respetado los sistemas de datación de Plinio, así como los de pesas, medidas y monedas, manteniendo la notación numérica o descriptiva según aparece en el propio texto. Para no multiplicar en exceso el número de notas aclaratorias correspondientes a las equivalencias actuales de tales datos, presento a continuación unos cuadros de equivalencias cronológicas, así como de pesas, medidas y monedas. A ellos puede remitirse el lector en los casos pertinentes.



CORRESPONDENCIAS CRONOLÓGICAS:


Sistema griego: Las Olimpiadas. Se cuenta a partir de la fecha de la 1.ª, en el 776 a. de C. Se celebran cada cuatro años.

Sistema romano: La fundación de Roma (ab Urbe Condita –AUC–), datada en 754, 753 o 750 a. de C. Plinio toma 754 a. de C.



SISTEMAS DE PESOS, MONEDAS Y MEDIDAS:


1. Pesos

Onza: 27,5 g.

Libra = 12 onzas: 327 g.



2. Monedas

2.1. S. I a. de C.


Sestercio (bronce): 36,38 g.

Denario (plata) = 4 sestercios: 3,89 g.

Talento (plata) = 6.000 denarios.



2.2. Imperio


As (bronce) = 1/3 de onza: 9 g.

Nummus o sestercio (latón) = 4 ases: 27 g.

Denario (plata) = 4 sestercios: 3,41 g.

Aureus (oro) = 25 denarios: 7,79 g.



3. Medidas


Dedo: 1,84 cm.

Palmo (= 4 dedos): 7,36 cm.

Pie (= 4 palmos): 29,44 cm.

Codo (= 24 dedos): 44,16 cm.

Paso (= 5 pies): 1,472 m. Milla (= 1.000 pasos): 1.472 m.

Estadio (= 125 pasos): 164 m.

Notas al pie

1 Algunos Mss. dan Verona como su ciudad de nacimiento porque llama a Catulo, el poeta veronés, coterraneus. Sin embargo, este término hace referencia a la región y no a la ciudad. Verona pertenece, efectivamente, a la región de la Galia Transpadana, al igual que Como.

2 Suet. Rel. 80.

3 Plin. Iun. Ep. 3, 5, 3 ss.

4 El 24 de agosto, a media mañana.

5 Una embarcación de pequeñas dimensiones. En cambio las cuatrirremes eran barcos grandes, de 250 remos, aproximadamente.

6 Conocidos solo por estas citas.

7 Amigo de Plinio que vivía en Estabia, al SE del golfo de Cumas (Miseno se encuentra al NO).

8 Plin. Iun. Ep. 3, 5, 1-6.

9 Los textos del libro 33 se hallan incluidos en el apéndice.

10 Cito a continuación los índices de fuentes relativos a los textos artísticos de los libros 34, 35 y 36; aparecen en cursiva los nombres de aquellos que escribieron sobre arte.

Contenido del libro 34 [...]. Autores: L. Pisón, Ancias, Verrio, M. Varrón, Cornelio Nepote, Mesala Rufo, el poeta Marso, Boco, Julio Baso, que escribió en griego sobre medicina, Sextio Negro, que escribió sobre el mismo tema, y Fabio Vestal. Extranjeros: Demócrito, Metrodoro de Escepsis, Menecmo, que escribió sobre escultura, Jenócrates, que también escribió sobre este tema, así como Antígono y Duris, Heliodoro, que escribió sobre las dedicatorias de los atenienses, Pasíteles, que describió las obras curiosas, Timeo, que escribió sobre los usos medicinales de los metales, Ninfodoro, Yola, Apolodoro, Andrea, Heraclides, Diágoras, Botrio, Arquedemo, Dionisio, Aristógenes, Democles, Mnesis, Jenócrates el de Zenón, Teonmesto.

Contenido del libro 35 [...]. Autores: Mesala el Orador, Mesala el Viejo, Fenestela, Atico, M. Varrón, Verrio, Cornelio Nepote, Deculón, Muciano, Meliso, Vitruvio, Casio Severo, Longulano, Fabio Vestal, que escribió sobre pintura. Extranjeros: Pasiteles, Apeles, Melantio, Asclepiodoro y Eufránor, Parrasio, Heliodoro, que escribió sobre las dedicatorias de los atenienses. Metrodoro, que escribió sobre arquitectura, Demócrito, Teofrasto, Apión el Gramático, Timeo, que escribió sobre los usos medicinales de los metales, Ninfodoro, Yola, Apolodoro, Andrea, Heraclies, Diágoras, Botrio, Arquedemo, Dionisio, Aristógenes, Democles, Mnesis, Jenócrates el de Zenón, Teomnesto.

Contenido del libro 36 [...]. Autores: M. Varrón, C. Galba, Cincio, Muciano, Cornelio Nepote, L. Pisón, Q. Tuberón, Fabio Vestal, Anio Fecial, Fabiano, Séneca, Catón el Censor y Vitruvio.

Extranjeros: Teofrasto, Pasíteles, el rey Juba, Nicandro, Sotaco, Sudine, Alejandro Polyhistor, Apión Plistónice, Duris, Heródoto, Evémero, Aristágoras, Dionisio, Artemidoro, Butóridas, Antístenes, Demetrio, Demóteles y Liceas.

11 Estudios detallados sobre las fuentes de Plinio pueden encontrarse en las introducciones de las ediciones de E. Sellers, The Elder Pliny’s chapters on the History of Art. Londres-Nueva York, Macmillan & Co., 1896; Le Bonniec y Gallet de la Santerre (Pline L’Ancien, Histoire Naturelle, Livre XXXIV, París, Les Belles Lettres, 1985); J. M. Croisille (Livre XXXV, París, Les Bely Lettres, 1985), y J. André, R. Bloch y A. Rouveret (Livre XXXVI, París, Les Belles Lettres, 1981). En ellas puede encontrarse, además, abundante bibliografía.

12 Los §§ 140-141 están dedicados a las estatuas de hierro.

13 El criterio alfabético se rompe, a veces, en castellano por la transcripción de los nombres.

Libro 34, 5-93; 140-141





Tipos de bronce. Utilizaciones diversas


En otro tiempo, el cobre se mezclaba y se fundía con oro y plata, a pesar de lo cual el arte seguía valorándose más; ahora no es seguro si ha empeorado el arte o el material y es extraño que, cuando los precios de las obras han crecido hasta el infinito, la dignidad del arte haya desaparecido. En efecto, como en todas las cosas, el amor a la ganancia es lo que ha empezado a cultivarse, cuando antes solía prevalecer el amor a la gloria –por eso incluso se adscribía la actividad artística a ocupación de dioses, cuando los próceres de las familias buscaban también la gloria por esta vía–. Hoy, el procedimiento de fundir el apreciado bronce está tan perdido que durante mucho tiempo ni siquiera el azar ha podido reemplazar el arte en este dominio.

De los bronces antiguos el más apreciado es el de Corinto. La aleación de Corinto se produjo por casualidad, cuando fue capturada esta ciudad, en un incendio1, y es admirable la pasión que suscitó en muchos; en efecto, se dice que no fue otra la causa por la que Verres2, al que había condenado M. Cicerón, fue proscrito por Antonio, junto con Cicerón, sino la de haberse negado a cederle sus bronces de Corinto3. Pero para mí que la mayor parte de los que parecen conocer este bronce lo simulan para distinguirse de los demás sin apreciar en él nada especial, y esto lo mostraré brevemente. Corinto fue capturada en el año tercero de la olimpiada 158, el 608 de nuestra ciudad4, un momento en el que habían dejado de existir hacía siglos los célebres cinceladores autores de todas las obras que esos llaman hoy «bronces corintios». Por esta razón, para confrontarlos, fijaremos las edades de los artistas5, pues será fácil colegir los años de la fundación de Roma a partir de la correspondencia con las olimpiadas mencionada más arriba. Por tanto, los únicos vasos corintios auténticos son los que esos delicados utilizan bien como platos, bien como lucernas o palanganas, sin reparar en su valor.

Hay tres tipos de bronce corintio; uno blanco, que resplandece casi con el brillo de la plata, el metal que más domina; otro en el que domina el amarillo del oro, y un tercero, aleación de los tres metales en las mismas proporciones. Además de estos, hay un tipo del que no puede darse la proporción, por más que se deba a la mano del hombre, sino que es una aleación producto del azar, muy apreciada en las estatuas de dioses y hombres por su color, parecido al del hígado, por lo que se le llaman hepatizon 6; es de menor calidad que el de Corinto pero de mejor que el de Egina y Delos7, que durante mucho tiempo mantuvieron la primacía.

El más famoso de todos en la antigüedad fue el de Delos. El frecuente comercio de todo el orbe con esta isla hizo que se extremara el cuidado en su fabricación. Le vino la fama primero de su utilización para los largueros y las patas de los triclinios; después se llegó a utilizar para las estatuas de los dioses y las efigies de los hombres y de otros seres vivos.

Le sigue en renombre el bronce de Egina, isla que se ennobleció gracias al bronce, y no porque se criaran allí las materias primas, sino por las aleaciones de sus talleres. De este lugar se tomó el buey de bronce que está en el Foro Boario89