Imagen de portada

Narrativa argentina 2.000

NARRATIVA ARGENTINA 2.000

Lecturas azarosas de libros de este siglo

NICOLÁS SCHEINES

Scheines, Nicolás

Narrativa argentina 2000 : lecturas azarosas de libros de este siglo / Nicolás Scheines. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Eliana Galanda, 2019.

Libro digital, EPUB - (Pensar el mundo / Galanda, Eliana; Scheines, Nicolás; 1)

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-86-2951-3

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

© 2019, OyD Ediciones

© 2019, Nicolás Scheines

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446 de la República Argentina.

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

Dirección editorial: Eliana Galanda y Nicolás Scheines

Dirección de arte: María José Galanda

Maquetación y diseño de tapa: Gabriela Florencia Calvo

Corrección: Eliana Galanda

Fotografía de solapa: Catalina Bartolomé

Digitalización: Proyecto451

OyD Ediciones forma parte del portfolio de servicios literarios de De la Ortografía y otros Demonios.

www.ortografiaydemonios.com.ar

editorial@ortografiaydemonios.com.ar

Olazábal 4477 7ºB, Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

A Silvana y Fanny,

lectoras

Algo, sí, pero ¿qué? Emprendo este libro para averiguarlo.

LIMÓNOV, DE EMMANUEL CARRÈRE

NOTA PRELIMINAR

Este libro reproduce un proyecto de lectura publicado mensualmente entre febrero de 2014 y enero de 2018 en el blog del sitio web www.ortografiaydemonios.com.ar. Los textos que aquí publico fueron adaptados para su incorporación en este libro, sin cambiar el «espíritu» original: agregué algunas notas al pie, pulí ciertos conceptos, quité hipervínculos e hice una revisión integral del contenido. Además, pasé de la tercera a la primera persona todos los textos.

Ese proyecto fue nombrado «Nueva Narrativa Argentina en 4 párrafos» y consistía en «microcríticas» de cuatro párrafos de literatura contemporánea. En la presentación, aún disponible en la web, aclaraba que no se leerían obras de poesía y que la consigna de «contemporánea» se iba a circunscribir a obras publicadas a partir del año 2000, un poco por la arbitrariedad del número redondo y otro poco por las siguientes palabras de Daniel Link: «Algún día los sociólogos e historiadores de la cultura deberán explicarnos por qué durante el año 2000 pudo sentirse algo así como un renacimiento de la ficción argentina» (Link, 2000).

Las reseñas podían ser breves porque contenían muchos enlaces para resumir algunas explicaciones, puesto que todas las publicaciones fueron escritas en computadora y pensadas para ser leídas en computadora, en el marco de una web 2.0, en la que todos podíamos ser, además de consumidores, productores de información. Hoy, cuando ya no necesitamos de una PC para ingresar a la web, sino que estamos inmersos en ella, la materialidad del libro puede conjugar perfectamente con el mundo digital más al alcance de la mano que nunca, con nuestros celulares que no soltamos más que para bañarnos y dormir. Para la lectura de este libro imagino, entonces, que todo lector tendrá a mano un celular con conexión a Internet y que podrá profundizar en cualquier concepto o autor según lo crea conveniente, generando sus propios hipervínculos.

No era un especialista en narrativa argentina contemporánea en aquel comienzo, y tampoco lo soy ahora, aunque mis lecturas de los últimos años (las que figuran en este libro, y las que no están aquí) me permitieron un mayor acercamiento a la materia. Desde el comienzo, este proyecto fue concebido como una «búsqueda» y no como un trabajo de crítica especializada. Esto explica cierto desconocimiento en algunos casos, la falta de exhaustividad en otros, y la arbitrariedad del corpus en su conjunto: en este proceso de búsqueda se podrá notar que no se leen únicamente autores jóvenes, sino que la investigación incluye una revisita a autores anteriores, con libros publicados después del 2000.

Tampoco se trata de un compilado de notas promocionales propias del periodismo cultural: antes de escribir los artículos no conocía personalmente a ninguno de los autores (luego de encontrar mis textos en la web, algunos me contactaron) y solo un libro fue acercado por una editorial (lo reseñé porque me resultó interesante luego de haberlo leído, y no porque haya asumido algún tipo de compromiso); el resto de los libros, los busqué y los compré yo mismo.

Al ver todas las reseñas, descubro muchos huecos y ausencias de libros y autores: algunos los leí y no los consideré interesantes; otros, los leí y no los comenté; el resto de las ausencias (la gran mayoría) se deben a ignorancia, porque si consideramos las miles de novedades que se vienen publicando desde el 2000 para acá (1), podría decir que lo que leí no alcanza ni siquiera a ser una muestra representativa.

Entre las deudas que me quedan no quiero mencionar autores, sino editoriales: observando la bibliografía, descubro que muchas se repiten, mientras hay muchísimas otras de las que ni siquiera leí un libro. La otra deuda es federal: llamo a esto «Narrativa Argentina», pero solo leí a un puñado de patagónicos, una entrerriana, un rosarino, un cordobés y algunos bonaerenses no porteños, casi todos con residencia permanente y/o difusión en Buenos Aires. Sin embargo, considero que esta deuda me excede: sobre todo en los últimos dos años del proyecto, cuando me había agotado de tramas que sucedían entre Palermo y Caballito, busqué autores de otras regiones, con muy poco éxito. Ni en los stands de las provincias en sucesivas Ferias del Libro, ni en las librerías de algunas ciudades que visité logré conseguir información sobre escritores jóvenes locales. Esto se puede deber a asesores ignorantes, a la escasez de editoriales locales o a que efectivamente son pocos los escritores jóvenes en el interior del país. De todos modos, mi búsqueda tampoco fue exhaustiva: confío en que debe existir alguna movida joven de nueva narrativa, aunque sea en grandes ciudades, como Rosario o Mendoza, pero en mi pequeña investigación solo encontré algo así en Córdoba.

Como todo libro de crítica literaria, este puede ser leído en cualquier orden; decidí conservar el original de publicación, porque creo que una lectura de principio a fin ayudará a entender el concepto de «búsqueda» al que me referí antes. Ensayé otras dos variantes, que el lector puede intentar: en una, presentaba las obras analizadas según su orden cronológico de publicación; en la otra, las asociaba por «series», en una lectura que al principio creí más productiva, pero que luego me hizo temer el encasillamiento. Titulé así aquellas series: «Textos generacionales», «Los que publican desde hace rato», «Escritores a medio tiempo o con obras breves», «El cruce: literatura y cine», «Los descubrimientos», «Voces fuertes», «Voces suaves», «El nuevo boom».

También conservo en este libro los fragmentos seleccionados de cada obra analizada, que acompañaban a mis textos en cada una de las publicaciones. A veces pienso que esa selección es más relevante que los comentarios, y que esos fragmentos podrían ser leídos de corrido y en forma independiente de las críticas, armando una serie nueva.

Por último, agregué un prólogo: lo incluyo no tanto para contar mi historia personal como para explicitar desde dónde fue que escribí estas reseñas; su lectura es totalmente accesoria.

Buenos Aires, septiembre de 2019

1. Según estadísticas de la Cámara Argentina del Libro, solo entre 2007 y 2017 se publicaron unas 300.000 novedades (es decir, 300.000 títulos únicos) en el país. Si imaginamos que apenas el 1% son libros nuevos de literatura argentina, igual son 3.000 libros, lo cual creo que es una suma mucho mayor a todos los libros que leí en toda mi vida (¿quién lleva la cuenta?).

PRÓLOGO

ESTE LIBRO DE CRÍTICA LITERARIA ES UN LIBRO SOBRE MÍ

A la carrera de Letras uno ingresa queriendo ser escritor, se forma para ser crítico y sale siendo docente.

PROVERBIO DICHO EN PUAN

Desde siempre quise ser Escritor. Va más allá de la edad a la que llega mi memoria. Si lo que dice Freud es correcto, las personas tenemos recuerdos conscientes recién a partir de los 6 años, a menos que hayamos vivido alguna experiencia traumática antes. No podría asegurar que quiero ser Escritor desde aquella edad, no lo tengo tan claro, pero sí puedo decir que, cuando me mudé de mi casa de toda la vida, a los 26 años, encontré un cuaderno de primer grado donde yo contaba una historia ilustrada de cuando Colón llegó a América. Supongo que ese día en el que escribí aquel cuaderno habré tomado la decisión, pero no lo sé, no lo podría saber.

Hasta cuarto grado fui a una escuela progre y a partir de quinto me cambié a un colegio bien, en el que aprendí a decir «colegio» en vez de «escuela». En la escuela progre era líder (en un curso de veinte alumnos, en una escuela en la que se fundaban grados a medida que avanzábamos), todos me conocían (todos nos conocíamos) y a las maestras y directoras se las llamaba por el nombre de pila (nada de «señorita» o «miss») y se las saludaba con un beso. En el colegio bien me llamaron por mi apellido desde el primer día casi hasta el último, compartí año con unos ochenta chicos separados en tres divisiones y comprendí desde el comienzo que la sociedad puede ser más compleja que ese pequeño mundo donde formaba parte de un grupo selecto que mandaba sobre el resto, con paternalismo y crueldad por partes iguales, como cualquier chico sabe aplicar.

En la escuela progre, aprendí a leer y a escribir, pero no tengo registros de haber ahondado en ninguna de las dos tareas: me gustaba más dibujar y pintar, hacer cuentas y jugar al fútbol, al handball o al quemado. El gesto de escritura más grande que recuerdo de aquellos tiempos no lo hice yo: una vez, en la puerta de uno de los cubículos del baño de varones, apareció como por arte de magia la siguiente expresión: «CAGÁ BIEN, GORDO». Rebeldía. Iconoclastia. Hoy diría que fue un perfecto gesto sarmientino, pero la verdad es que por ese entonces solo sabía que Sarmiento había sido un maestro que nos regalaba un feriado una vez al año. No sé cómo soy capaz de recordar tan claramente mis sensaciones frente a aquel episodio, pero estoy viendo las letras blasfemas (incluso para los parámetros de la escuela progre) como si hubiese sucedido ayer. La malapalabra, la orden, la asociación infantil entre el excremento como un peso en el cuerpo que hace que las personas sean gordas (¿y luego de expulsarlo, más flacas?), todo me pareció aberrante, pero me daba tranquilidad saber que no había sido uno de los míos (porque, claro, era líder: me hubiese enterado). Bueno, estaba equivocado. Había sido uno del grupo privilegiado de los cinco. Con la complicidad de otros dos. Sin la mía (que, por supuesto, me hubiese negado, invalidando el uso de la palabra como herramienta para el humor y clausurando de plano todo el chiste).

Eso fue en cuarto grado. El mismo año se fundaba un club al que para entrar había que recibir en cada brazo diez latigazos de la banda elástica de una carpeta A4 que todos teníamos para Plástica y había que oler durante medio minuto los aparatos movibles de Matías, un outsider al grupo de los cinco que tenía intenciones de asumir el liderazgo, sin mi presencia. Fui el último en unirme al club, justo cuando ya se empezaba a disolver, cuando ya perdía la gracia.

De los cinco amigos, cuatro integrábamos un grupo aún más exclusivo: «la banda». Yo, como buen líder que me creía, tenía el privilegio de tocar la guitarra. Íbamos a los ensayos (la mayoría, individuales; algunos, de la formación completa), y en las prácticas para el concert escolar de fin de año simulábamos que tocábamos: teníamos que preparar una canción de los Beatles que íbamos a tocar solo nosotros cuatro, destacándonos por sobre el resto. Mi guitarra era eléctrica, lo que la hacía más difícil de transportar y me obligaba a usar un cable y un amplificador. En casa me hacían practicar sin enchufar, para no hacer mucho lío. Realmente no me importaba: no me gustaba tocar la guitarra, me salía mal y no me interesaba la música. Tanto, que mi profesor (el padre de uno de los chicos) lo notó, y una clase en la que tocaba sin esmero y fallaba en recordar los acordes me sugirió que si no me gustaba, podía hacer otras cosas con la música. Esa clase practicamos «composición». Me preguntaba qué me pasaba que tocaba con tanto desgano, y yo le respondía que estaba cansado. Esa vez compuse una canción, de la que aún conservo la melodía en la cabeza y los primeros versos: «Tengo sueño / quiero dormir / en la cama / hasta morir. / Hoy desperté / junto al sol», y seguía, pero tanto no me acuerdo. A la distancia, oigo la melodía como una vulgar copia de «De música ligera» y la letra suena un tanto depresiva para un nene de 10 años, pero eso era lo que me salía en ese momento. Nunca escribí esos versos en un papel, pero un poco estaba escribiendo ya.

A fin de año, mi supuesto liderazgo estaba en ruinas: no pude tocar en el concert porque mi mamá me sacó de guitarra debido a mi falta de interés (me enojé mucho en su momento, pero fue un poco un acting, porque en verdad odiaba la guitarra; el dolor, claro está, era ver que mi lugar de privilegio en la composición social de esa microsociedad de veinte chicos de 10 años era desplazado: pasaba de la élite que tocaba aparte en el concert a ser un niño más dentro del coro); ya no estaba entre los mejores en fútbol ni tampoco en Plástica; hacer cuentas había perdido prestigio y ya no otorgaba ningún tipo de distinción social; la interacción con mujeres comenzaba a ser un factor de importancia, pero a mí me interesaban menos que la guitarra.

Tuve una oportunidad de remontar, ya no con la aprobación de mis pares, sino de mis superiores: además de la música, a fin de año todos los más grandes del colegio (desde cuarto hasta séptimo grado) presentábamos una obra de teatro. Todos nos postulamos para ser piratas, pero alguno de cuarto tenía que ser Peter Pan: la directora de inglés me sacó del aula una tarde para ofrecerme el desafío. Primero me hice el duro, el «yo quiero ser pirata como todos los demás», pero pronto acepté, inflado el ego por la vanidad, seguro de que iba a hacer mi mejor papel, de que «claro, ¿quién mejor que yo para hacerlo?». Nos habían anunciado a todos los Peter Panes (uno por curso) que íbamos a volar, que todo iba a ser grandioso. Luego, cuando estuvieron los libretos listos, descubrí que tenía apenas tres líneas para memorizar, menos que mi amigo que había sido designado para ser el Capitán Garfio de mi año, y que los arneses no funcionaban: no habría vuelo.

Irremontable por donde se lo mire, ese año no me trajo ninguna satisfacción (ni siquiera la de un campamento que prometía ser mágico y salió espantoso). El grupo que antes había sido de cinco y que luego conformábamos cuatro, ahora había pasado a ser un grupo de tres —sin mí—, fomentado por el profesor de música, que se maravillaba con las habilidades de mis amigos y los llevaba a un lugar secreto —del que mis propios amigos no me podían contar nada— llamado «Lavanda», con un juego de palabras lastimoso, donde todos aprendieron a tocar «Cantaloop» y se perfeccionaron en sus destrezas. Yo ya no tenía nada que ver con ese micromundo de la música, y en paralelo, el resto del curso se resquebrajaba con deserciones aquí y allá. Lejos había quedado mi pudor aquel día en que el mismo chico que había escrito «CAGÁ BIEN, GORDO» me había bajado los pantalones durante una persecución por el aula, dejando a la luz (y, sobre todo, a la vista de las chicas del curso) mi nalga derecha, en el hecho más vergonzoso del que tenga memoria. Nunca lo perdoné por aquella ignominia, que visto a la distancia, fue una clara condensación de mi pérdida total de autoridad dentro de ese grado.

Ese diciembre en mi casa se hizo una pileta de material y recuerdo que su estreno con el grupo de cinco amigos fue la última vez que los vi a todos. Casi como una distinción de clase propia de las sociedades de adultos, los dos amigos que teníamos pileta de material nos cambiamos al colegio bien. Yo no volví a hablar con los otros; mi amigo siguió vinculado a través de «Lavanda». Por esos años escribir no era ni siquiera un anhelo, y apenas si me entretenía con algunos libros infantiles, entre los que se destacaba El pequeño Nicolás, menos por las destrezas de René Goscinny que por la homonimia que compartía con el protagonista, un niño de mi edad.

Entrar al colegio nuevo fue una experiencia movilizante. Todo era distinto, desde el uniforme con camisa, corbata, pantalón de vestir y zapatos hasta el trato con los docentes, compañeros y personal que no sabía que podía existir en un colegio, como una señora con un megáfono encargada de entregar chicos a sus padres o un hombre grande con un triciclo que transportaba cosas entre el edificio de primaria y el de secundaria. Hasta había un kiosko en el patio. Recuerdo que mi papá me dio un billete de dos pesos mientras hacía la fila para saludar a la bandera el primer día de clases. En el recreo me compré una barrita de cereal Felfort (cuando eran las únicas que existían en el mercado y nadie las compraba) y un jugo Baggio. El vuelto se lo presté a un compañero, que nunca me lo devolvió, pese a que se lo pedí reiteradas veces. Otro chico se encargaba de pedir comida a los que salían del kiosko. Uno de los más grandes me dijo que no me sintiera obligado a darle, que ese chico siempre hacía eso. Cuando terminé la fila del kiosko el recreo casi había terminado. Me senté en un escalón, comí lo que había comprado y sonó el timbre, otra novedad.

En el siguiente recreo me preguntaron que quién me gustaba. Como no entendí la pregunta, me la repitieron. Dije que nadie. No fue una buena respuesta. Pronto descubrieron que mi interés por las mujeres —y por cualquier elemento vinculado al sexo— era nulo. Mi amigo, en cambio, rápidamente logró ponerse de novio durante un recreo. Después cortó. No me contó nada, yo me enteré por terceros. Se lo recriminé. No me dijo nada. Nunca decía nada él, y sin embargo encajaba mucho mejor que yo.

Todos pensaban que él y yo veníamos juntos, así que cada vez que lo querían invitar a él a una casa se sentían obligados a invitarme a mí también. Yo aproveché ese viento de cola para ganarme cierta popularidad, pero rápidamente comprendí que mi lugar estaba más vinculado al de «manager»: era el que hablaba por mi amigo, el que organizaba los planes, el que contaba historias sobre él que todos querían saber. Por ejemplo, cómo era que tocaba así el piano. Una nueva profesora de música también se maravilló con su habilidad, mientras yo tenía serios problemas intentando dominar una flauta (otra novedad del colegio bien). En el fútbol también era mejor. Y a nivel académico no había nada que cuestionar: ambos éramos buenos, ambos teníamos la capacidad de entender sin prestar atención y de charlar en clase y aprobar con buenas notas para cerrarles la boca a las maestras que nos separaban de nuestros asientos: pero él siempre era un poco mejor.

Resignado a que todos me llamasen por mi apellido y a que todos me creyesen un anexo menos interesante de mi amigo, ocupé el lugar que los demás me asignaron en esta nueva sociedad, entendiendo que para que exista un líder tiene que haber un pueblo, y que mi rol ahora era el de ser «uno más».

Creo que por esa época —más o menos mitad de año— surgió uno de los tantos concursos que organizaba el colegio, el primero que me interesó: escribir un cuento. Era como debían ser los concursos: con un pseudónimo, poniendo los datos del pseudónimo en un sobre dentro de una urna, un texto de tantas páginas y determinado tipo de hoja; el tamaño de letra no se especificaba, porque se escribía a mano. El anonimato me daba impunidad, me ofrecía la chance de destacarme en algo sin arriesgar nada: si ganaba, era toda gloria; si perdía, nadie se iba a enterar de que había participado. Era mi modo silencioso de intentar recuperar mi lugar como líder, volver a ser un faro para mis compañeros, aunque sea en algo tan nimio como escribir.

La concatenación de los hechos haría pensar que gané ese concurso. No. Por supuesto que no. Por supuesto que el que ganó fue mi amigo. Un relato maravilloso, que llenó de miedo a todos, que erizó pieles púberes y que suscitó el aplauso conjunto e inexpugnable. Yo también aplaudí. En última instancia, era mi amigo quien había ganado, y no alguien de otro curso. Pero la sangre me hervía por dentro: descubría que mi amigo era mejor que yo incluso en algo que casi no le interesaba. Es posible que ese día —sí, ese día— haya decidido ser Escritor, para poder adquirir algo de prestigio entre mis pares, para poder ser motivo de orgullo para mis padres, que me creían más cerca de las matemáticas, por las Olimpíadas en las que participé y llegué lejos (aunque claro, no tan lejos como mi amigo).

De mi amigo recuerdo miles de cosas (prefiero no llamarlo por el nombre, no tanto por preservar su identidad como por no volverlo, una vez más, más importante que yo), pero una que viene a colación de esta historia es que él me introdujo en el mundo del rock nacional, que me permitía entretenerme con las letras. En realidad, a mí ya me gustaba (cantaba canciones de Fito Páez y de Los Pericos con fervor desde los 4 años), pero él me amplió el espectro. Seguro hoy lo negaría, pero en su momento (a los 11, 12) le gustaba mucho León Gieco. Con él escuché «Los Salieris de Charly». Cada vez que la escucho vuelvo a pensar en él. En él y en mí, en mi lugar de Salieri, en mi germen de niño odioso embebido en la envidia y el rencor silencioso, siendo mejor amigo de mi Mozart, confidente, seguro de que yo entendía mucho mejor que él cuál era el lugar que le tocaba cumplir en nuestra sociedad, que ya no era de veinte, sino de ochenta. No se debe juzgar a un niño, pero cuando miro hacia atrás aborrezco a ese ser envidioso que dio origen a mi deseo de ser Escritor, que hoy no temo en admitir vano, un vehículo más hacia la fama, como cualquier otro. Tal vez el vehículo más lento, el más complejo, el de menos prestigio y el más inútil en estos días. Pero fue el que elegí, sin saber por qué y sin haber leído demasiado, allá por la primaria, tal como otros sueñan con triunfar en la tele o con ser futbolistas. Yo quería ser Escritor, y uno de los problemas de ser Escritor es que a los 20, cuando ya no se está jugando en Primera, el sueño no se pasa. La meta sigue ahí para toda la vida, y solo en la muerte podremos saber si le cumplimos o no el deseo a ese niño de 10 años.

En su momento lo viví como una tragedia, pero visto a la distancia, lo mejor que me pudo haber pasado fue que mi amigo (en realidad, los padres de mi amigo) decida (decidieran) cambiarse(lo) al Nacional Buenos Aires. Habían pasado solo dos años de nuestra excursión en ese mundo de nenes bien a los que se los llamaba por el apellido, novios que ni se daban la mano y partidos de rugby donde ninguno de los dos se destacaba. Ese año, el de séptimo grado, me hice un nuevo mejor amigo, y por primera vez empezaba a tener relaciones con otros compañeros por fuera de la sombra de mi ex mejor amigo, a quien seguí viendo los viernes durante un año más por pura cortesía suya (cuando yo dejé de llamarlo ya no nos vimos nunca más).

Además, en séptimo tuve otro hito que me marcó: estábamos escribiendo un cuento en grupos, y como fue mi tendencia desde siempre, me distraje en una charla que poco tenía que ver con el cuento. Todo nuestro grupo estaba a la deriva cuando comenzó la ronda de lecturas en voz alta. Yo pedí las hojas que contenían los tres sólidos párrafos que habíamos garabateado. Cuando fue mi turno de leer, leí. Leí primero un párrafo, luego el otro, y por último, el tercero. Y noté que nuestra historia era mucho más corta que la de los demás y que terminaba en cualquier parte. Así que seguí «leyendo»; es decir, inventando. Imitando el tono que traía de la lectura, avancé con un nuevo relato oral que emanaba de mi boca sin que estuviera escrito en el papel. Tan largo fue que consideré que debía cambiar la hoja. Pasé una de las hojas Rivadavia con ojalillos que estaba archivada en mi carpeta número 3 y seguí con la historia, con una fluidez notable. Solo me detuve cuando vi la sombra de la profesora sobre mí, que no podía evitar sonreírse ante la inventiva de su alumno de 12.

Al día de hoy, podría decir que ese fue mi único éxito en relatos de ficción. Es más, envalentonado por el suceso y ya con las credenciales de Escritor del curso, me presenté al concurso literario de ese año, seguro de ganar (porque había mejorado y porque mi ex mejor amigo ya no estaba). Escribí una historia en Sicilia donde gente con nombres italianos circulaba, peleándose por algún tesoro de vaya a saber qué, queriendo imitar infantilmente lo que había visto en El Padrino (aquella gloriosa primera vez en la que vi El Padrino) tiempo atrás. No solo no gané, sino que luego recibí una calificación por el cuento (en séptimo el concurso ya no era tan voluntario y anónimo como lo había sido en años anteriores), y fue lastimosa. Una vez más, mi deseo de ser Escritor se topaba con la realidad.

Durante la secundaria me aparté un poco del rumbo, más allá de haber hecho algún seminario optativo de periodismo o de historieta. En el de historieta me fue mal (no tenía gracia, no sabía dibujar) y en el de periodismo era el mejor, pero sin que me diera ninguna satisfacción, porque me resultaba casi una obviedad: leía el suplemento de Deportes del diario todas las mañanas y no había más que imitar aquello que leía, que era bastante sencillo. Encima tenía práctica, porque desde que mi nuevo mejor amigo se había ido a vivir a España en el obvio año 2002, le mandaba las crónicas de los partidos de Argentinos Juniors, que debutaba en la B Nacional. Recuerdo la primera línea de la primera crónica: «Pitó Abal. Cinco minutos habían pasado nada más, y Argentinos ya tenía un penal a favor. El “Topo” Gómez, gran refuerzo del Bicho, lo cambió por gol». Desde entonces, cada vez que veo a Abal en una cancha pienso hace cuánto tiempo que está dirigiendo, y siento un pequeño orgullo de haberlo «descubierto», como si su carrera hubiese tenido un quiebre luego de mi crónica que viajó miles de kilómetros a través de los primeros mails que enviaba.

Con profesoras de Literatura y Literatura Inglesa que no despertaban mi interés en nada, mi camino hacia la meca, el ser Escritor, se borroneaba, pero así y todo no dejaba de leer. Mi mamá alguna vez le contó a mi psicóloga un mito fundacional de mi afición a la lectura vinculado a una lesión que tuve, que me obligó a estar tres meses sin hacer deporte. Es falso. Sí, leía más, pero porque tenía más tiempo, no porque me interesase más.

En el colegio odié a Borges y a Shakespeare con pasión: juré no leer nunca más al primero y pensé que tal vez el segundo pudiese interesarme más si lo leía en español. El mundo me encuentra hoy un fiel devoto de Borges y aún sin haber leído una palabra más de Shakespeare que aquellos dos libros que leí en el colegio. En cambio, llegar a Cortázar y a García Márquez sí me significó un interés especial. Hoy no sabría explicarlo, pero como todos (en Puan) dicen que son «literatura de adolescentes», podría conceder que eso debió haber tenido algo que ver. El caso es que de Cortázar tenía los cuentos completos en mi casa, entonces le pedí a la profesora que me marque cuáles leer por mi cuenta, además de los obligatorios de Bestiario y Todos los fuegos el fuego. Terminé leyendo casi todos, ahora sí con cierta admiración, recuperando mi pasión oculta por ser Escritor. Tal vez veía en Borges y en Shakespeare algo imposible de hacer (ese lenguaje recargado, todas las citas, la cantidad de conocimiento acumulado), pero con Cortázar encontré juegos y palabras más comunes, sentí que era un amigo el que me contaba las cosas que sucedían en una Buenos Aires más o menos reconocible, y no ruinas circulares con minotauros y cuchilleros que se pelean en un mundo olvidado, entre miles de palabras extranjeras y libros y personas que no conocía.

Con García Márquez me pasó lo mismo: era un amigo contándome una historia. Primero, de un náufrago; después, de una chica con el pelo muy largo, hasta que por fin me animé, me subí a un colectivo, fui hasta la única librería que conocía y me gasté parte de mis ahorros en Cien años de soledad, no sin antes consultarle a la empleada si ese libro era «como para mí». Tenía 14 años y estaba acostumbrado a que mi mamá me diera los libros o a que estos tuvieran la leyenda «A partir de 12 años». Cien años de soledad no decía nada de eso, pero la vendedora me dijo que lo leían en los colegios, así que lo compré. Demoré en leerlo, pero lo leí completo. Era difícil, entendía poco, me molestaba que todos los personajes se llamasen igual, pero así y todo me gustó. Me gustó más el hecho de haberlo leído que el libro en sí. La seguridad que me daba haber podido leerlo, una literatura para grandes en la que no necesité la ayuda de mi mamá. Ese mismo año también me compré Plata quemada (vi la tapa en la librería en la que compraba mis manuales de texto y me tenté por el fuego y porque el título me hacía acordar a una película; además, el precio era ínfimo) y El Padrino, que se lo encargué a mi mamá y lo consiguió solo usado. Descubrir que se podían comprar libros usados a precios accesibles fue toda una revelación para mí, y desde que egresé del colegio y «salí a la vida» nunca dejé de recorrer las librerías de viejo.

Con la edad fui descubriendo que escribir a los 16, a los 18, no tenía mucho sentido, así que fui postergando mi sueño de ser Escritor, que además cada vez tenía menos peso en el orden social, en el que ya claramente había fracasado en el plano de las mujeres, pero donde al menos me había podido hacer un nombre dentro de ese colegio que me siguió resultando tan ajeno hasta el último día.

Llegó la hora de elegir la carrera y el Periodismo se me apareció casi como una obviedad. No sabía si estudiar Comunicación Social en la UBA o si ir a TEA (única opción posible para ser periodista en aquel tiempo, según mi mirada) y complementar en la UBA con otra cosa. Finalmente me incliné por este formato, sin saber que el desdoblamiento iba a ser una constante en mí (un modo de tener siempre una alternativa, de tener una mayor amplitud pero sobre todo, una vía de escape a poner todos los huevos en la misma cesta, un temor reverencial por apostar un pleno y perder).

Primero fue Periodismo y Sociología, pero una visita a la Feria del Libro mientras cursaba el primer año de la carrera me hizo entender que lo que yo quería era leer todos los libros de literatura que se hayan impreso alguna vez, y que existía una carrera dedicada a ello: Letras.

Tomé la decisión de abandonar Sociología una tarde en la que había ido a la Biblioteca Nacional a estudiar para el primer parcial de Economía y en lugar de leer sobre Smith, Marx y Keynes, me devoré un montón de historias de cronopios y famas acostado en una de las colinas de pasto de Plaza Francia. Mi camino estaba decidido: quería ser Escritor.

Esa tarde, sentado en la colina y luego de haber terminado mi libro, miré a una chica que también leía. Tenía más o menos mi edad, escuchaba música en uno de esos reproductores de MP3 de tubito de paso efímero en este mundo, tomaba sol, leía Sábado, de Ian McEwan (lo recuerdo porque luego lo leí yo también, en honor a ella). Me imaginé acercándome a ella, hablándole. Luego me imaginé que un personaje se acercaba a una chica y le hablaba. Y qué pasaba después. Lo escribí en una de las hojas de mi cuaderno A4 que tenía en su tapa mi letra en indeleble: «Economía». Después, intrigado por cómo seguir la historia, me le acerqué y le hablé. Copié el parlamento que me había inventado en la hoja: una sutil invitación a almorzar, puesto que era el mediodía. Como era de esperarse, me dijo que no. Pero esa noche llegué a mi casa y escribí con fervor un relato de ese encuentro que ya no recuerdo ni a dónde quedó.

Luego, ante cada situación en la que me sentía angustiado o distraído, escribía. La mayoría de las veces eran ficciones altamente inspiradas en la realidad. Algunas eran ejercicios de escritura, con cierto estilo intencionalmente buscado, y otras, eran chorradas de palabras que me salían solas. Cuando la primera chica que me gustó me rechazó, escribí en las hojas en blanco de un libro de chistes que tenía a mano una historia acotada al espacio dado, en el que un chico se tiraba a la pileta sin saber si había agua o no. Cuando lo terminé me pareció una buena metáfora (hoy, obvia) y me sentí más feliz que antes de haberlo escrito. Sabía que no era para publicar, que no tenía ningún valor, pero escribirlo me ayudó a entender qué era lo que había hecho la noche anterior.

También escribí cosas sueltas sobre otras chicas que me gustaron (por largo tiempo o por unas horas), sobre mi amor por el fútbol (hasta envié mi cuento a un concurso, otra vez seguro de que iba a ganar, otra vez decepcionado por la derrota), sobre las muertes de mi tía y de mi abuela, sobre cosas que se me venían a la cabeza asociadas a la justicia social o a un gran proyecto de libro que se moría a las cinco páginas. Rara vez pensaba en una novela, o al menos, rara vez la pensaba en el sentido tradicional. Por ejemplo, un proyecto fue componer la historia de un personaje únicamente a través de lo que de él fuera publicado en los medios, como si fuese un compendio de notas periodísticas sin narrador. No me parece mal la idea, aunque una búsqueda en Google haría ese libro hoy en día. Además, hubiese sido verdaderamente difícil de llevar a cabo. «Los papeles de Mariano Stiffemberg» se iba a llamar: todavía conservo la carpeta en la computadora. También imaginé novelar de atrás para adelante la canción «Ruido», de Sabina, en otro complejo proceso de literaturización de otro género (primero el periodismo, luego la canción). Nunca tuve un verdadero proyecto de novela, como supongo que tendrán casi todos los estudiantes de Letras antes de ingresar a la carrera. Ni siquiera tenía cuentos escritos, sino apenas algunos pequeños relatos aislados. No sé muy bien cómo pretendía llegar a ser Escritor sin siquiera contar con un proyecto de escritura.

La carrera de Letras (y la vida en general) me hicieron más escéptico, más realista: rápidamente descubrí que no tenía sentido escribir nada antes de terminarla. Que para escribir primero hay que saber. Sé que es una noción un tanto falsa o sesgada, pero me resultaba conveniente. Me angustiaba enterarme de Escritores que habían triunfado a los 20 años; me alegraba saber que Cortázar apenas publicó algunas cosas menores antes de cumplir los 40.

Como periodista desempleado y sin experiencia y como estudiante de Letras, se me abrió una veta a través de la corrección de textos. Era bueno (soy bueno) casi sin proponérmelo. Los errores ortográficos los veo desde siempre sin necesidad de saber de memoria todas las normas; sintaxis me gustaba en el colegio y en la facultad me apasionó, y ser observador es una de mis cualidades principales desde siempre, según me repetía mi mamá.

Empecé a corregir textos de mis padres que tenían que publicar en ámbitos académicos, y luego pasé a corregir textos de sus colegas. Primero publiqué un aviso en una revista especializada, y después creé una página web para ofrecer mis servicios. ¿Cómo llegarían los clientes a la página web? Descubrí Google AdWords y los clientes empezaron a llegar. Mientras, mantenía actualizado el sitio con un blog sobre escritura.

Mi búsqueda de un trabajo fijo no cesó, y finalmente ingresé en una agencia de prensa y relaciones públicas. De allí me fui a hacer carrera en comunicación y prensa en una empresa grande. El sitio de corrección nunca lo cerré, pero ya le daba menos importancia en mi vida. En paralelo, seguía cultivando mi fantasía de algún día convertirme en Escritor, y tanto la carrera de Letras como los libros que leía por mi cuenta me proporcionaban el escape necesario para mantener viva la ilusión de que mi vida no iba a suceder por siempre adentro de una oficina, cumpliendo horario de 9 a 18.

Poco antes de recibirme, descubrí que mi escape se terminaba y que ya iban quedando pocos espacios para la literatura en mi vida. Así fue como me propuse, en un viaje en subte, dar comienzo a un blog distinto del que llevaba, que cada vez actualizaba menos. En vez de escribir pequeños consejos para escribir mejor u observaciones que llevaran a concluir sobre la importancia de contratar a un corrector de estilo, pensé en escribir sobre literatura. ¿Sobre qué literatura? Sobre la que más me entretenía leer, sobre la que menos conocía, sobre la que menos cosas se habían escrito: literatura argentina contemporánea. Yo lo llamé «Nueva Narrativa Argentina» antes de ser consciente de que ese término había sido acuñado ya. Pero no me importó, porque tan errado no estaba y, sobre todo, porque lo que estaba haciendo era un ejercicio de exploración: estaba tanteando el terreno, conociendo qué era lo que se estaba escribiendo, quiénes eran los Escritores actuales, cómo tendría sentido insertarme en ese círculo sin ser repetitivo, sin sumar un libro más a todo lo que ya se había escrito.

Rápidamente comprendí el sinsentido de ese planteo: desde siempre estuvo todo escrito, no es nueva mi angustia por irrumpir con algo novedoso. Para mi sorpresa, sin embargo, las lecturas me fueron revelando un montón de excelentes Escritores, mayores o de mi edad, pero que en cualquier caso yo no conocía. En realidad, en su mayoría eran desconocidos por todos, excepto los 5 mil o 10 mil lectores que conforman un mundo aparte. Es más, una vez les pregunté a mis alumnos de periodismo quiénes conocían a Aira, Piglia o Fogwill y ni uno solo de los 33 levantó la mano. ¿Qué pensar si les llegaba a preguntar sobre Eduardo Muslip, Patricio Pron o Selva Almada? No tengo por qué juzgarlos: yo tampoco conocía a Aira ni a Fogwill antes de entrar a Letras (a Piglia sí, pero solo por la casualidad que ya conté) ni a Muslip, Pron y Almada antes de embarcarme en este proyecto. (1)

Este es el origen de este libro, de esta búsqueda. No es una búsqueda canónica ni enciclopedista, sino puramente personal. Es una excusa para leer algunos autores actuales, algunos viejos que publicaron en los últimos años y algunas otras cosas que se pasan de los límites estipulados originalmente. Pero es, ante todo, una búsqueda por intentar entender qué significa ser Escritor en estos días. Me pregunto si haber escrito sobre este tema durante cuatro años no fue una vía tangencial para abordar la problemática, si no fue una forma de zanjar la cuestión sin ningún tipo de rigor científico, si no fue un manotazo de ahogado para finalmente publicar un libro y ser llamado Escritor pese a carecer de cualquier tipo de ideas para una ficción. Supongo que hay mucho de verdad en cada uno de estos planteos. Pero también creo que fue una forma de entender este período de mi vida que he narrado —y que, ya escrito, espero poder dejar atrás—, una manera de mirar qué puede buscar un millennial de veintipico en la literatura, un intento de comprender por qué cada vez que se hace crítica literaria se está dejando una buena cuota de historia personal en ese texto.

Alguna vez leí un artículo en el que Martín Kohan defendía a una investigadora del CONICET que estaba en el eje de todos los medios por una causa ajena a ella. Ella no se exhibía y generaba guardias periodísticas en la puerta de su casa noche y día. Kohan, astuto, dijo que si querían saber de ella no les convenía buscar en su basura o en lo que les pudiera decir en la puerta de la casa en el medio de un asalto periodístico: si querían saber de ella —de una investigadora, de una crítica, de una Escritora— debían buscar entre sus publicaciones, que allí se revelaba mucho más fielmente, casi desnuda ante la excitación de tener algo para decir sobre tal o cual libro.

Todavía no estoy seguro, pero creo que ejercer la crítica es, en cierta forma, ser un Escritor.

1. En realidad es justo decir que a Muslip y a Pron los conocí gracias a un seminario de Graciela Speranza sobre literatura y arte contemporáneos en América Latina que me sirvió de faro en todo este proyecto.