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Portada
Ediciones Granica
Créditos
Agradecimientos
Advertencia
El insulto es un arma cargada de futuro
De qué va este diccionario
A
B
C
D
E
F
G
H
I
J
L
M
N
Ñ
O
P
Q
R
S
T
U
V
Y
Z
Anexos
Anexo I: Gestos insultantes
Anexo II: Cómo se construye un insulto
Anexo III: Guía de insultos para padres
Bibliografía
Los autores
Mentira TV
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Créditos
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Marchetti, Pablo Puto el que lee: diccionario argentino de insultos, injurias e improperios.–1a ed.–Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Granica, 2015. E-Book. ISBN 978-950-641-829-8 1. Diccionarios. CDD 463 |
Fecha de catalogación: 05/09/2014
www.mentira.tv
© 2014 en español para todo el mundo, Pablo Marchetti
Idea y edición general: Pablo Marchetti
Editor adjunto: Fernando Gato Mazzeo
Colaboradores: Ingrid Mariana Bekinschtein, Javier Aguirre, Fernando Ariel Sánchez, Eduardo Blanco, Daniel Carlos Riera, Mariano Horacio Lucano, Mariana Pellegrini, Paula Sokolovsky
Conversión a EPub: Daniel Maldonado
Reservados todos los derechos, incluso el de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.
Agradecimientos
Ariel Granica, Carlos Inzillo, César Marchetti, Carola de la Vega, Claudia Acuña, Federico Marquestó, Sergio Ciancaglini, Ariel Navarro, Franco Ciancaglini, Susy Shock, Bruno Ciancaglini, el Espíritu Santo, la Virgen que nos acompaña y el Señor que nos recoge.
Advertencia
Los editores de este diccionario no coinciden con las expresiones vertidas en los ejemplos de uso de los términos aquí definidos. Simplemente se reproducen porque fueron escuchados en distintos rincones del país y, por lo tanto, los autores consideran que forman parte del habla cotidiana de los argentinos. Pero de ninguna manera reflejan la opinión de los editores ni la de los autores.
El insulto es un arma cargada de futuro
Sólo existen dos motivos por los cuales una persona puede no haber proferido un insulto jamás en su vida: que sea un pelotudo de mierda o que sea un hijo de remil putas.
Proverbio chino
No hay sociedad, cultura o civilización en la historia de la humanidad que no tenga o que no haya tenido insultos. Desde la prehistoria hasta nuestros días, las mujeres y los hombres han necesitado de los insultos, esas descalificaciones, entre burlonas y violentas, para desahogar tensiones, descomprimir conflictos y continuar con los quehaceres cotidianos. En ese sentido podría afirmarse que el insulto tiene una función liberadora en los espíritus de la gente, y que resultan indispensables a la hora de saldar conflictos, hacer borrón y cuenta nueva, y seguir adelante con el espíritu libre de rencores.
Cierto es que las modalidades de insulto han cambiado a lo largo de los siglos. Pero más allá de lo formal, los hombres y mujeres de todo el mundo se han valido de mil maneras, palabras y gestos para “ofender a uno provocándolo e irritándolo con palabras o acciones”, tal la definición del término “insultar” que da el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE). No hay más que echar una mirada a la historia de la humanidad para darse cuenta de que, cuando se trata de usar una injuria (“agravio, ultraje de obra o de palabra”, según el DRAE) o un improperio (“injuria grave de palabra, y especialmente la que se emplea para echar a uno en cara una cosa”, también según el DRAE), ningún pueblo ha escatimado gastos. Y cada cual, a su modo, ha hecho su aporte a la humanidad.
Los comienzos
Los primeros testimonios sobre insultos nos llegan desde el Neolítico inferior. En los dibujos que se encontraron en las cuevas de Altamira, por ejemplo, se puede apreciar claramente cómo la mayoría son escenas de caza, que seguramente servían como registro para que las generaciones posteriores supieran cómo se desarrollaba esa actividad, algo que permitía la supervivencia de la especie. Sin embargo, algunas de esas imágenes tienen una intención bien distinta que la de las demás (es decir, que la mayoría) y contienen cierta ironía. Por ejemplo, llama la atención la representación de un hombre enorme que caza un animal minúsculo, probablemente un insecto; ese hombre tiene un miembro viril también minúsculo. Hoy los estudiosos coinciden en señalar que ese dibujo hace referencia, de modo paródico, a la impotencia del personaje retratado, que podría ser un importante jefe del lugar. Es decir que ese dibujo es el testimonio de un insulto a una autoridad, en un momento previo a la invención de la lengua escrita.
El insulto va a ser una constante en el mundo antiguo. Los sumerios, por ejemplo, tenían entre sus principales injurias los términos eijínises (“tallador de ramas de olivo”), que es la primera alusión a quien realiza tareas poco provechosas, precursora del moderno “estar al pedo”. A ese pueblo de la antigüedad le debemos también el término “la concha de tu madre”, que proviene de la locución sumeria conjstismánis, que significa literalmente “punto de partida del vuelo de los pájaros”, pero que en la práctica se utilizaba como “origen de la vida” y que degeneró en un insulto, pues cuando una persona invitaba a otra a partir hacia ese sitio estaba sugiriendo que no debió haber nacido.
Otro insulto fuerte en la antigüedad es la voz babilonia olfjstangan (algo así como “será mejor que te calles, bribón”), y que dio origen al “no me rompas más las pelotas”. Pero sin duda el legado mayor de Occidente proviene, como en todo lo demás, de la cultura griega. En la ilustrada Atenas los filósofos utilizaban los términos pelitnipólesis (“que expone sus ideas con mucha pompa y poco fundamento”) y bolictinémines (“que no ha estudiado lógica”) para defenestrar las ideas de sus adversarios. Según los estudiosos, de pelitnipólesis deriva “pelotudo”, y de bolictinémines, “boludo”.
Mientras tanto, en la bélica Esparta, los insultos de contenido sexual estaban a la orden del día. Y si bien no existen registros en Grecia del uso como insulto de ninguna de las palabras que definen la condición homosexual, sí se puede rastrear en Esparta los orígenes de “mal cogido” (cogitisnule, o “fornicio no concretado”), del uso del término “culo” como sinónimo de suerte (a partir del término fortinculenis, “el que posee la fortuna de la buena digestión”) y, como buen pueblo especialista en hacer la guerra, del término “guerrera”, un derivado de gerertagolis, término que significa “la que hace con igual entusiasmo la guerra y el amor”.
Pero es en la Roma clásica donde se afianza y se expande el insulto tal como lo concebimos hoy en día en la lengua castellana y, específicamente, en la Argentina. Ya durante el reinado de César aparecen como insultos violentos los derivados de la prostitución y la homosexualidad, principal corpus de cualquier estudio serio sobre la materia, incluido este diccionario. El término “bufarrón”, por ejemplo, deriva del latín tupnagnius, que significa “cariño indiscriminado hacia los niños”. Y la palabra latina grullius (“quien lleva la túnica corta”) podría ser el origen del argentinismo “trolo”.
De puta madre
La censura que reinó en la oscuridad medieval no impidió el desarrollo de numerosos insultos. Señala Bordelois que, “muy por lo contrario, las sociedades que, como la medieval, se vieron sometidas a fuertes restricciones en su idioma, público fueron aquellas que, paralelamente, crearon y difundieron una mayor cantidad de insultos”. Entre los siglos VII y IX se difunde y se afianza la idea de la prostitución como la actividad más denigrante que una mujer puede desarrollar. Podría decirse también que es la actividad humana más denigrante, pero en el ideario medieval, la mujer no formaba parte de los seres humanos.
Paralelamente a la idea de la prostitución como último escalón en la escala sociomoral se erige, como contrapartida de la prostituta –es decir, como compendio de todas las bondades y virtudes–, la figura de la madre. Madre y puta son algo así como la versión femenina de Dios y el Diablo en el universo medieval. No es de extrañar entonces que todos los sinónimos de “prostituta” sean el más alto insulto que pueda recibir una mujer que no se dedica a la prostitución.
Sin embargo, el concepto de “prostituta” como insulto funciona sólo para las mujeres, quienes como ya se dijo, para los hombres del medioevo no eran un ser humano; de tal modo que la idea de insultar a una mujer era más o menos lo mismo que insultar a un perro, a un caballo o a un burro. Esto es, no tenía mayor atractivo y mucho menos vértigo o riesgo, un componente fundamental cuando se insulta a alguien. Porque, importante es aclararlo, el insultar siempre implica un riesgo: el riesgo de que el otro monte en cólera, el riesgo de tener que dirimir el pleito con la violencia física, el riesgo de una venganza posterior, etcétera. Y nada de ello aparecía cuando se insultaba a la mujer, aunque por motivos bien distintos que en el caso de los animales. Mientras al insultar a un animal no se obtenía respuesta por la imposibilidad de un perro o caballo de entender qué se le estaba diciendo, las mujeres no respondían por el profundo estado de sumisión en que se encontraban inmersas.
La dicotomía madre/puta creada en el ideario medieval permitió la aparición de un insulto superador (siempre de acuerdo con las costumbres de la época), perfectamente utilizable entre los hombres: el muy occidental “hijo de puta”. De este modo, el insultado pasó a ser el hombre a quien se le decía la expresión. Cierto es que la madre del aludido también era insultada con violencia, pero, como ya se dijo, el insulto a una mujer era en la Edad Media un asunto menor. Lo que importaba era recordarle a quien se quisiera insultar que si su madre (valor sagrado) era una prostituta (valor más humillante), él no podía ser otra cosa que una lacra, un ser personal y socialmente despreciable que no merecía más destino que el de terminar sus días en la más absoluta de las soledades y la más ruin de las miserias.
Detritus y dudas sobre Dios
El Renacimiento puso en duda, por primera vez en siglos, la existencia de Dios. Entre los siglos XVI y XVII, los descubrimientos astronómicos y físicos de Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, Galileo Galilei y, posteriormente, sir Isaac Newton, si bien no hicieron tambalear la idea de un creador supremo, al menos pusieron un signo de interrogación delante de ella. No es casualidad, entonces, que en esos siglos, en España, en lo que se conoce como Siglo de Oro, haya surgido, paralelamente a las letras de Lope de Vega, Miguel de Cervantes Saavedra, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, o las pinturas de Diego Velázquez, Esteban Murillo o José de Ribera, una expresión que será fundante del habla popular de la hispanidad: “me cago en Dios”. Que a su vez derivará en el igualmente castizo “me cago en la hostia”, es decir, en la comunión, es decir, en la práctica religiosa.
Pero más que la duda sobre la existencia de Dios, lo que impera a partir del Renacimiento es la idea del hombre como centro de la creación, como eje de toda existencia. El hombre (y “el hombre” en este caso se refiere al ser humano, pero en realidad el hombre es el hombre y no la mujer, que sigue relegada tanto como en el medioevo) aparece en el Renacimiento en el centro de la escena y en el centro de la historia. Y en ese sentido hay que entender también el “me cago en Dios”. Es decir, descalifico a Dios, pero no lo niego. Dios sigue existiendo pero yo (este yo gigante de donde surgen los monumentales trabajos de Miguel Ángel, Leonardo, Rafael o Boticelli) me pongo por delante de él. Yo soy más importante y para demostrarlo ejerzo y hago apología de mi ejercicio de la actividad humana que nadie puede dejar de hacer: defecar. Mas no en la soledad del arbusto ni al abrigo del rincón oscuro, sino que procuro que mis heces bañen a Dios; me defeco sobre él para comunicarle que el maloliente y blanduzco fruto de mi ano representa todo el respeto que a él puedo ofrecerle, toda la ofrenda que, entiendo en mi furia, se merece.
En efecto, a partir del siglo XVI aparecen con fuerza nuevos insultos relacionados con los detritus humanos y la acción de expulsarlos del organismo. Las palabras “mierda”, “cagar”, “sorete” y otros tantos sinónimos, que se habían insinuado en varias culturas antiguas y en algunos momentos de la Edad Media, salen ahora impulsados con un nuevo ímpetu. En una carta fechada en 1598, Miguel de Cervantes Saavedra le escribe a su amigo Don José de Ibarburu Torres Santiagués, desde su celda en la cárcel de Sevilla:
“Dolido estoy, querido amigo, pues buenos no son los ayres que respiro en este calabozo. Los carceleros trátanme con hidalguía mas amplios dolores me aquejan en el brazo que me ha sido hurtado en el campo de batalla. Las pústulas bullen sobre mi muñón y el bonito espectáculo que forman el rojo de la sangre y el amarillo del pus no logran desviar mi atención ni acallar mis quejidos. Muy por lo contrario, los acentúan. Dígole asimismo que una profunda soledad es la dueña de mi tiempo, soledad que ni la compañía de las moscas, que se juntan alrededor de las ampollas de mi cuerpo en procura de alguno de mis líquidos, logra paliar. Lejos estoy de aquel muchacho fermoso que algún día partió a la guerra. Diría en cambio que, haciendo una evaluación general de mi existencia, estoy hecho mierda”.
Modernidad y racismo
Hasta el siglo XIX, la expresión “de mierda” sólo es utilizada como despectivo simple, es decir, para descalificar a una persona o a una idea. Puede decirse que el rey Fernando VII es “una mierda”, que Luis XIV tiene una corte “de mierda”, o que la idea de Napoleón de invadir Europa es “una cagada”. Pero jamás sirve para descalificar a un grupo humano, ya sea social, religioso o étnico. Sin embargo, a partir del siglo XIX empiezan a ser “de mierda” judíos, moros, gitanos y, a ellos se suman los grupos más insultados desde épocas remotas: homosexuales y prostitutas.
Como señala Kovacci, “los excrementos, que habían formado parte de los suburbios del lenguaje, de repente comenzaron a invadir el habla cotidiana no sólo de las clases más humildes, sino también de los más poderosos”. Olsen de Serrano Redonnet coincide en esta apreciación y no duda en afirmar que, “durante el siglo XIX, el habla se llenó de mierda”.
Cierto es que los insultos de discriminación hacia las personas de otro credo, nacionalidad, etnia o color de piel no surgieron en el siglo XIX. Ya en el Siglo de Oro español, el poder blanco y católico refirmó su poder distinguiéndose del Otro al resignificar despectivamente términos como “gitano” (estafador, ladrón, embaucador), “judío” (avaro, ventajero, traicionero) o “moro” (infiel, avasallador, sodomita). Y, luego de la llegada a América, rápidamente convirtió al “indio” (el original de Indias, según los pueblos conquistadores) en un término que significa también, y principalmente, bruto, ignorante, primitivo.
El uso de muchos de esos adjetivos, con la carga descalificadora que poseen, persiste hasta el día de hoy, tanto en el habla cotidiana, como en ciertos sectores ilustrados de España. Por ejemplo, recientemente, el diario El País, de Madrid, publicó con motivo de la asunción de Evo Morales: “Por primera vez asume un indio como presidente de Bolivia” (el subrayado es nuestro).
Sin embargo, es a partir del siglo XIX cuando estos términos se popularizan más que nunca, seguramente producto de las migraciones; porque, aunque América fuera antes un territorio dominado principalmente por los españoles, era difícil importar términos como moro, gitano o judío cuando no había por aquí ni moros ni gitanos ni judíos. Pero luego, con la llegada de los inmigrantes (entre el siglo XIX y principios del siglo XX, la Argentina es uno de los países que más inmigrantes europeos tiene), el idioma inmediatamente encuentra el modo de recibir a los nuevos vecinos con todos los honores; es así como “moishes”, “turcos” –y más tarde “chinos”, “rusas”– tienen su insultante bienvenida como “todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. A cada uno se le atribuye una particularidad, que es también un insulto: avaricia, falta de higiene, torpeza, pocas luces, extrema dedicación al comercio; modalidades dignas de ser destacadas de un modo cada vez más fervoroso.
Luego, ya entrado el siglo XX, las migraciones de países limítrofes dan pie a los “bolitas”, “paraguas”, “chilotes” y “boliguayos” y las migraciones internas a los “cabecita negra”, los “negros cabeza”, los “pajueranos” y otros tantos nuevos visitantes que tienen un insulto esperándolos en la estación de tren de la gran metrópoli, la ciudad de Buenos Aires.
Otras culturas
Si bien está más que probado que todas las civilizaciones de la historia de la humanidad tuvieron y tienen insultos, no menos cierto es que no todas las culturas insultan o insultaron del mismo modo. Mientras en la lengua castellana, así como en toda América y Europa Occidental, los insultos más gruesos hacia una persona tienen que ver con injurias a la madre (con “hijo de puta” como caso paradigmático, como ya fue dicho), en otras culturas no existen este tipo de agresiones verbales, pues es inconcebible el insulto por carácter transitivo.
En China, por ejemplo, la actividad que desarrolla la madre de una persona no toca en absoluto la reputación de esa persona, ni para bien ni para mal. Insultar a una persona significa espetarle un improperio directo, sin intermediarios. Si llamamos a un chino “hijo de puta”, éste seguramente contestará: “Si quieres decirle algo a mi madre, arréglate con ella”, pues los chinos no hablan de vos, sino de tú.
Sin embargo, es muy probable que a cualquier occidental le llamen la atención otro tipo de insultos de los chinos. Por ejemplo, está muy mal visto calumniar alguna parte del cuerpo de las personas. No su anatomía general (“gordo”, “flaco”, “lungo” o “petiso”, del mismo modo que “sidoso”, “anoréxico”, “paralítico” o “mogólico” no sólo no son insultos sino que a nadie en sus cabales se le ocurriría llamar así a una persona), ni las partes sexuales en particular, es decirle a alguien “piernas de bambú”, “codo de oso panda” o “cuello de arrolladito primavera” lo que resulta tan ofensivo como lanzar un “pene de maní”; porque en esa cultura lo que está en juego como insulto no es la insuficiencia sexual sino la anomalía física, sobre todo si esa anomalía es inexistente.
En Persia, recordarle a alguien la ocupación de la madre, por más que esta ocupación sea la más indigna (que en el caso de los persas no es la prostitución, sino la de cajera de un ciber), tampoco representa un insulto. Pero, a diferencia de China, en Persia sí existe el carácter transitivo del insulto. En efecto, entre los persas resulta una blasfemia atribuirle una condición indigna o anómala al camello de una persona. Es así como decirle a alguien “hijo de recontramil putas” no es una ofensa, pero espetarle en el rostro “beduino de camello de triple joroba” puede ser causal de una guerra de dagas que sólo se resolverá cuando la sangre de uno de los contrincantes riegue la arena del desierto.
Algo similar sucede en ciertas regiones de Japón, donde también existe el carácter transitivo. Pero, al igual que en Persia, no es ofensa invocar la forma en que se gana la vida la madre del injuriado, sino que hay que aludir a la tía. Es así como el “sobrino de geisha” es un equivalente a nuestro “hijo de puta”, aunque mucho más duro, pues resulta un improperio capaz de generar una gresca. De todos modos, señala Brizuela Méndez que esta clase de insultos “sólo se conserva en algunas regiones rurales, pero que su uso prácticamente cayó en desuso en las grandes ciudades del Japón, donde el concepto tradicional de familia se perdió a manos de la explosión tecnológica que sufrió el país en las últimas décadas, con sus cámaras digitales, sus laptops, sus celulares y sus tamagotchis”.
Otra singularidad aparece en el África negra, donde la feroz rivalidad intertribal, a veces llevada al paroxismo, redunda en que aquello que para Occidente parece una mera confusión genealógica (llamar “hijo de Nwanko, el hutu” a quien en realidad es orgulloso vástago de Dikembe, el zulú), en el continente negro sea una ofensa capaz de acabar con la matanza –acaso merecida, para los parámetros africanos– de cientos de miles de insultadores tutsis.
Hechos y palabras
Referida que hemos una sucinta historia del insulto, veamos ahora las características de éste.
Existen dos grandes grupos de insultos: los términos o construcciones que no tienen más acepción que la de una afrenta, y los términos que sólo se convierten en insulto dentro de un contexto. Para los primeros está la mayoría de los términos insultantes puros. Por ejemplo, decirle a alguien “puto” o “catador de porongas” no tiene otra forma de entenderse más que como un insulto. Inclusive si quien es estigmatizado de este modo es un homosexual declarado que gusta contar sus proezas sexuales, especialmente las orales. En ese caso, a lo sumo, resultará un insulto muy leve, pero el término o la locución seguirán siendo insultantes de todos modos.
Sin embargo, en este punto debería hacerse una salvedad. Porque muchos términos que hasta hace un tiempo no podían ser entendidos más que como un insulto, hoy cobran nuevos significados de acuerdo con el contexto en el que son dichos. Los casos más paradigmáticos en ese sentido son la palabra “boludo” y la expresión “hijo de puta”.
“Boludo” era una forma un poco más violenta de decir “tonto” y formaba parte de lo que se denominan vulgarmente “malas palabras”. Por ejemplo, hace poco más de dos décadas casi no se decía “boludo” ni en radio ni en televisión, y en la mayoría de la prensa escrita no se publicaba la palabra; o, a lo sumo, aparecía sugerida con una b seguida de tres puntos suspensivos (b…). Pero en los últimos años no sólo ha sido aceptada en casi todos los medios, sino que además se ha extendido su uso entre los adolescentes, que lo emplean prácticamente como un vocativo neutro. El “¿qué hacés, boludo?” y el “che, boludo” son expresiones normales en el habla juvenil, que se han incorporado en la banda sonora de la Ciudad de Buenos Aires y muchas otras zonas de la Argentina. Estas expresiones carecen por completo de intención insultante. Resultan, entonces, bien diferentes de un enfático “¡Fulano es un boludo!” o “¡Pero si serás boludo!”.
Algo similar ocurre con “hijo de puta”. Además del uso insultante, esta expresión puede emplearse como muestra de admiración y hasta de sana envidia. Por ejemplo, decir de alguien: “¡Qué hijo de puta, cómo toca la guitarra!”. Pero para transformar la expresión en un elogio es necesario que el contexto sea muy claro sobre la razón por cual se está apelando al término (el mismo “¡Qué hijo de puta!” sin “¡cómo toca la guitarra!”, pero dicho en un concierto, durante un momento muy virtuoso de ese guitarrista), o que esté esa razón aclarada luego del “¡qué hijo de puta!”, como sucede en este caso con el “¡cómo toca la guitarra!”
Para ser más claros: decir “¡Qué hijo de puta, Maradona, cómo jugaba al fútbol”, es elogioso; pero decir “Qué hijo de puta, Maradona, no quiere reconocer a su hijo italiano”, es insultante.
Construcciones blasfemas
Hay otro tipo de insultos que no utilizan términos injuriantes, sino que se construyen con un elogio y un contexto muy puntual. Por ejemplo, la frase “hola, Einstein” a priori se presume elogiosa, pues es comparar al interlocutor con un científico de un altísimo coeficiente intelectual y que, por consenso popular, está considerado un genio. Pero no es lo mismo decirle “hola, Einstein” a un adolescente que sale de un examen de física y se saca un 10, que decírsela a otro que en el mismo examen se sacó un 1. En el primer caso, la frase resultará un elogio; en el segundo, un insulto.
Hay también palabras que no han sido popularizadas como insultos y que sin embargo su definición textual hace que el aludido no pueda más que sentirse insultado si escuchan que lo llaman de ese modo. Por ejemplo, a fines de 1912 la compañera de entonces del pintor Pablo Picasso, la francesa Marcelle Humbert, llamó “desvencijado” al hoy olvidado Vincent Bèlange (un pintor paisajista francés muy ortodoxo y nada interesante, que tenía cierta fama en la década de 1910), quien defenestró el cuadro de Marcel Duchamp Nu descendant l’escalier No. 2, (1912).
El de Humbert fue un insulto certero, pues queda claro qué quiso decir: algo así como “carcamán”, “momia” o “tutankamón”, por usar algunos términos que sí forman parte de los insultos usados hoy en la Argentina, y que figuran en este diccionario. Todas definiciones que la mayoría de quienes tengan la oportunidad de ver la obra de Bèlange coincidirán en que le calzan a la perfección. Sin embargo, “desvencijado” no quedó incorporado en el habla cotidiana, ni siquiera dentro de un sector tan acotado como el de las artes visuales. Pero si alguien llama así a otra persona, su interlocutor comprenderá inmediatamente que se trata de un insulto.
Hace poco, al cumplirse cien años del nacimiento de Dimitri Shostakovich, en medio de los festejos y de la unánime confirmación de este compositor soviético en el canon de la música erudita del siglo XX, el director y compositor francés Pierre Boulez salió a derribar el mito. Boulez calificó a Shostakovich como “un Gustav Mahler de tercera prensada”, pensando más en provocar e insultar a quienes idolatraban al soviético en un aniversario tan importante que en incomodar a Shostakovich, muerto treinta años antes. Pero la viuda de Shostakovich, Irene Supinskaya de Shostakovich, le salió al cruce con dureza al francés cuando aseguró: “Puede que Dimitri fuera un Gustav Mahler de tercera prensada, pero Boulez es un Ángel Mahler de primera.”
Posibles conclusiones
Algunos de los términos que aparecen en este libro fueron elevados en muchos momentos de la historia al rango de ideología y, de allí, a la práctica como políticas de Estado. Lo que llevó luego a que, una vez vencido ese régimen, muchos de aquellos términos que erigiera como discriminadores fueran prohibidos por el código penal, en la ilusión de que esa prohibición de un término puede evitar el rebrote de esa doctrina. Es el caso, por ejemplo, del nazismo alemán, que se transformó en verdugo de judíos, gitanos, homosexuales y comunistas, entre otros. De este modo, el insulto, otrora fuente liberadora de un estado emocional muy puntual y, por supuesto, personal, pasó a ser demonizado por ciertos sectores que creen que proferir alguna generalidad brutal como las que se exponen en este libro significa adscribir a alguna de las ideas que, llevadas a la práctica, transformaron en políticas de Estado asesinas lo que era un simple juego de palabras. Allá ellos.
Para los autores de este libro, insultar es un ejercicio intelectual, que es el plano donde deberían dirimirse todos los verdaderos conflictos humanos. De todos modos, somos conscientes de que los términos aquí vertidos no forman parte del uso más virtuoso del castellano. Sabemos también que muchos de ellos aparecerán utilizados por primera vez en letra impresa.
Y la conclusión final, al ver el volumen que usted, lector, en este momento tiene en sus manos, es ambigua. Por un lado, como se dijo al principio, los autores coincidimos en que el insulto es liberador. Siguiendo ese razonamiento deberíamos concluir que a mayor cantidad de insultos, más libertad de conciencia, y la enorme cantidad de términos recogidos en estas páginas deberían ser para los argentinos una buena señal colectiva.
Por otro lado, se supone que una sociedad más justa, menos violenta, más equitativa y más tolerante, debería prescindir de muchos de los términos que aquí aparecen definidos y que forman parte del habla cotidiana de millones de argentinos.
Ojalá que este libro sea al menos un mínimo aporte para llegar a alguna conclusión sobre un tema tan profundo.

De qué va este diccionario
El lector tiene ante sí un trabajo que apunta a ser integral en relación con el modo de insultar en la Argentina y en países cuya habla es recibida en la Argentina por llegar a través de doblajes de películas, series de tevé, subtitulados de programas de cable o sencillamente señales de cable de países de habla hispana. Por fin un argentino podrá entender que significa que alguien diga ‘Leches, tío, eres un mamón’ o ‘Chinga tu madre, güey’. Ese es nuestro orgullo. Hasta ahora existían meritorios trabajos que se circunscribían a una sola región, como los de O’Donnell, Pigna, Seco y Brizuela Méndez (véase Bibliografía), pero nadie había intentado un trabajo más amplio.
Puto el que lee no se propone enumerar los insultos que deben usarse sino inventariar los que se usan, más allá de su cuestionabilidad académica. Usamos para ello de una amplísma base de datos recogida –podría decirse que en carne propia– a lo largo de la vida de cada uno de los autores. Nos apoyamos, además, en la flor y nata de nuestros escritores y en esa summa del habla popular que son nuestros músicos.
Buscamos llegar no sólo al académico, como lo hicieron nuestros insignes predecesores, sino también al público de a pie; para que, así, pueda este aumentar su acervo e insultar con una riqueza que vaya más allá de los manidos “hijo de puta”, “la concha de tu hermana” y “la puta que te parió”; si lo logramos, habremos alcanzado nuestro más alto objetivo.
Forma del diccionario
Las entradas del Diccionario son, principalmente, unidades léxicas seguidas, en el caso de que las hubiere, de unidades léxicas compuestas; éstas únicamente están solas si la palabras que la componen por separado no constituyen insulto. Tanto las unidades léxicas como las locuciones están indicadas en negrita.
Para mayor comodidad de quien consulta hemos separado en más de una entrada la explicación de una palabra cuando esta reviste más de una categoría gramatical (p.e. sustantivo y adjetivo).
La acepción tiene varias partes: definición, ejemplo, explicación respecto de su uso apoyada en alguna autoridad (si fuere necesario); todas ellas separadas por una barra vertical. Luego se suma una cita entre paréntesis. A continuación, separadas por dos barras verticales van las locuciones, si las hubiere, o los sinónimos, en el caso que se consideren necesarios para la practicidad del lector.
Siempre que en el texto aparece una palabra o palabras en negrita es por que tiene su correspondiente entrada en el Diccionario.
Sólo nos resta esperar que estas explicaciones hayan sido de la debida utilidad y desearles una enriquecedora lectura.
Abreviaturas empleadas en este diccionario
adj.: adjetivo.
adj. euf. : adjetivo eufemístico.
América Centr.: América Central
América lat.: América latina
amb.: género ambiguo
angl.: anglicismo.
Arg.: Argentina
Caribe: Caribe.
Cba.: Córdoba
Chile: Chile.
Col.: Colombia.
desp.: despectivo.
desus.: vocablo en desuso.
Esp.: España
etc.: etcétera.
f.: femenino.
fig.: figurado.
indef.: indefinido.
intr.: verbo intransitivo.
loc.: locución.
m. : masculino.
Méx.: México
NOA: Noroeste argentino
parón.: parónimo.
Patag.: Patagonia
pop.: vocablo popular
s.: sustantivo.
sin.: sinónimo.
tr.: verbo transitivo.
Ú. c. desp.: Úsase como despectivo
Ú. t.: Úsase también.
Ú. t. c. s. : Úsase también como sustantivo.
Ú. t. c. adj.: Úsase también como adjetivo.
Ú. t. c. tr.: Úsase también como transitivo.
Ven.: Venezuela.
vulg.: vulgarismo.
