

Hageo
Reconstruyendo nuestra espiritualidad
Caleb Fernández Pérez
© 2016 Centro de Investigaciones y Publicaciones (cenip) – Ediciones Puma
ISBN N° 978-612-4252-14-3
Primera edición digital: abril 2016
Categoría: Estudios bíblicos - Comentarios
Primera edición impresa: setiembre 2015
ISBN N° 978-612-4252-06-8
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Salvo indicación expresa de otra versión, las citas bíblicas corresponden a la versión Reina Valera 1960
Hecho en Perú
Made in Peru
A mis hijas, Paula y Rebeca.
Agradecimientos
A mi esposa, Ester, por su amor incansable y al mismo tiempo paciente; por sus esmerados cuidados y preocupación. Sobre todo, por ser mi amiga y compañera en el primer ministerio que tenemos: nuestra familia. Por no dejar de animarme a escribir, y ayudarme en la revisión del texto final de la presente obra. Su propio proceso de renovación espiritual hizo más real este libro, para nosotros como familia. Te amo…
A mis padres, Oswaldo y Kelit, por ser incansables y apasionados en su amor a nuestro Dios y su reino. Son ejemplo de aquellos que priorizan la gloria de Dios por sobre cualquier otra cosa. Su ministerio me hace sentir privilegiado y, a la vez, pequeño, por tener aún mucho que crecer en mi vida personal y ministerial.
Particularmente, agradezco, la ayuda de mi padre, por sus observaciones teológicas y exegéticas. Sus aportes y comentarios enriquecieron el texto final.
A la Primera Iglesia Presbiteriana de Valparaíso por su amor, dedicación y paciencia. El libro de Hageo nos habló, en ella muy especialmente, en una época en la que teníamos que fortalecer la santidad y el servicio de la iglesia. Los frutos inmediatos que vimos venir fueron sorprendentes. Esperamos que el Señor, mediante su Palabra, siga afirmando a su iglesia cada vez más.
También agradezco por los comentarios y observaciones recibidos en la Iglesia. Ellos enriquecieron, semana a semana, la Serie de mensajes en Hageo predicados entre enero y julio de 2010.
A la Séptima Iglesia Presbiteriana Príncipe de Paz, de Santiago de Chile, por el privilegio de acompañarla pastoralmente en el proceso de reconstrucción de la realidad eclesial y ministerial de su congregación. Le agradezco especialmente por su generosidad y amor en la caminata que emprendimos juntos.
Y, principalmente, agradezco a Dios, de quien escribo, y a quien debo toda mi vida. A Él sea toda la gloria por siempre.
Prólogo
El autor, nuevamente, en este su tercer libro, nos conduce a una voz profética del Antiguo Testamento. Tal como antes lo hizo con Habacuc y Rut, hoy nos lleva al tiempo del profeta Hageo. El libro de este profeta es breve, de sólo dos capítulos; mas, a pesar de su brevedad, encierra un profundo mensaje, el cual el pastor Caleb consigue extraer para aplicarlo a la vida y espiritualidad de la iglesia actual.
En adición, la lectura del libro del pastor Caleb nos conecta con la exposición bíblica de los púlpitos, como la que se da en su congregación, la Iglesia Presbiteriana de Valparaíso.
Haciendo un aparte pertinente, cabe resaltar que es una experiencia gratificante la que nos ofrece el protestantismo actual cuando le da continuidad al mensaje de la iglesia y lo expone con fidelidad al texto sagrado, de manera sencilla y asequible al lector común. Además de ofrecer una interpretación para la reflexión, y aplicaciones prácticas y eficaces.
En el caso de la presente obra, que está a tono con lo anteriormente expresado, la historia de la reconstrucción del templo de Jerusalén le sirve al pastor Caleb para hacernos ver y sentir la necesidad de reconstruir la espiritualidad de los creyentes, en nuestros tiempos críticos para la fe.
Estamos frente a un texto de lectura fácil y útil tanto para el lego en la comprensión de la historia bíblica del exilio y el retorno del pueblo de Dios, como para el estudioso de las Sagradas Escrituras. El autor revela conocimiento, dominio del sentido del texto y de su contextualización; ellos lo ayudan a la claridad expositiva.
Un acercamiento fructífero al texto hebreo le ha permitido entregarnos un trabajo hermenéutico adecuado y certero, que nos sirve para una aplicación eclesial, pastoral y personal. Por otro lado, es de resaltar, el autor consigue entretejer personajes, hechos cotidianos, procesos y teología como se podría hacer con cualquier historia de la humanidad.
Este es, pues, remarcamos, un estudio para quien se inicia y para quien quiera seguir estudiando el texto bíblico, sin perder su sentido del discipulado y la militancia en el evangelio de Jesucristo.
Permítanme referirles que, desde mi experiencia de lector concienzudo de la Biblia, al comenzar a leer la presente obra, me intrigó lo que podría decirse sobre la reconstrucción en días tan especiales como los nuestros. Honestamente, me alisté para ser inquisitivo; sin embargo, lo que puedo decir luego de leer el libro es que estamos frente a un texto de lectura fluida y dinámica, que cautiva el interés desde el comienzo. El desenlace de la historia, al que nos conduce el autor, muestra la relación entre la profecía y las expectativas religiosas por los acontecimientos futuros. Y todo esto es presentado con sencillez y calidez para convocarnos a la reflexión.
En tiempos posmodernos hay temáticas que provocan tensiones en las creencias y que interpelan la vigencia de nuestros valores, como las que enfrenta el profeta Hageo.
Finalmente, en el presente estudio se evidencia cómo las creencias se van fusionando con elementos religiosos ajenos que las llevan al consumismo y a un mercado religioso, en el cual la espiritualidad tiene una oferta al gusto, sin reflexión alguna.
Pastor Daniel Vásquez Ulloa
Moderador Sínodo Iglesia Presbiteriana de Chile
Viña del Mar, enero 2015
Introducción
Una de las mayores tragedias de nuestros días es la carencia de sueños e ideales. La tarea de reconstruir ideales o gestarlos parece tan grande, tan difícil, que nos abandonamos a la apatía, la resignación, al letargo espiritual y aun existencial.
Hemos perdido la capacidad de soñar. Hoy vivimos el hedonismo, el placer como fin supremo y filosofía portátil. Estamos inmersos en medio de un inmediatismo patológico. Deseamos y nos incitan a ser felices ¡ya!; nos dicen que “lo merecemos”. Sólo cuenta lo que vivo ¡aquí y ahora! Intentamos vivir sin raigambre, sin los grandes relatos que nos vinculan, sin los nobles ideales de nuestros antepasados. El único anhelo que soñamos cumplir es el de tener “nuestro metro cuadrado feliz”, olvidándonos de la construcción de una sociedad mejor en el futuro. Y ese, entre otros, era un problema del pueblo de Dios.
Hageo es el profeta que habla con voz del cielo, la cual corre y fluye rápidamente por las sendas oscuras que deja nuestra época. La Palabra profética de Dios no es ajena a nuestros tiempos; ella siempre dice algo oportuno. Su voz transversal en la historia se escucha entre las grietas que dejan la sequedad de un camino obstinado que se aleja cada vez más de Dios. Un camino en el que se ha transitado peligrosamente, donde la falta de integridad en la interpretación bíblica ha llevado a muchos a predicar discursos religiosos distorsionados que conducen semanalmente a congregaciones enteras hacia la frustración y el abandono progresivo de la fe en Jesucristo. Porque una doctrina teológica tiene el poder de convencer y afirmar nuestra fe en el Dios de la historia; pero, también, puede distraer, confundir, y hacer tambalear proyectos divinos de transformación de circunstancias.
Nuestra realidad actual es parecida a la del tiempo del profeta Hageo, en la que el pueblo de Dios abrazaba una teología aferrada a la idea de que mientras tuviera el templo nada le podía pasar. Tenían una confianza mística asombrosa que consideraba al templo casi como el único lugar de habitación de Dios1. El templo se había tornado en un amuleto para ellos, sería por esa razón que Dios lo puso en manos del rey caldeo Nabucodonosor, quien gobernó Babilonia entre los siglos vi y vii a. C.
Ser el pueblo de Dios no tiene que ver con tradiciones, corrientes y denominaciones que intentan sobrevivir, conservar vigente su teología y mantener en pie sus tradiciones que con el pasar de los años se van perdiendo en una continua frustración. Jesús ya nos decía que el que perdiere su vida y renunciare a sus circunstancias internas y externas por la gloria de Dios y por el bien de su causa, encontraría el verdadero sentido de la vida.2
El pueblo de Dios tiende a resignarse, reconoce que “siembra mucho y recoge muy poco”. Trasplanta modelos eclesiales y de misión que terminan generando conflictos con la misión de Dios. La revitalización es principalmente espiritual; por ello, cuando movimientos religiosos y eclesiales con prácticas contradictorias respecto del evangelio de Jesucristo desenfocan el sentido de la misión de Dios y de la iglesia, contribuyen muy poco a la extensión del reino de Dios. El cristianismo histórico se resiste a una renovación teológica de la mano de una revisión constante de sus tradiciones a la luz de las Escrituras; sin embargo el pueblo de Dios en algunas épocas se siente necesitado de un despertar espiritual; lo malo es que se equivoca cuando sigue modelos exitosos individuales, en detrimento del servicio a los demás y al reino de Dios.
Dios habla al pueblo a través de Hageo, le dice que ahora sí tendrá buenas cosechas, que lo va a bendecir, y que la recuperación del espacio de culto para la adoración y el punto de partida del servicio serán una realidad. Los sueños del pueblo de Dios tendrán que encajar con esta Palabra de Dios.
Hageo no profetiza para que el pueblo busque prosperidad, sino para denunciar el orden de sus prioridades y su lujoso nuevo estilo de vida. No predica para calmar la conciencia adormecida, sino para hincar el alma con la Palabra divina. Hageo no era un costurero de lo efímero, sino un escultor de lo permanente y eterno.
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1 Jeremías 7.1–4.
2 Mateo 16.25. Vida aquí es psique, y tiene que ver con lo corporal y la vivencia de los sentimientos, la racionalidad y la voluntad ante a lo interno y el entorno.