Parto por reconocer el cariño infinito, la presencia permanente y la ayuda invaluable de Iván Gómez Quiero y Mary Olivares Meléndez. Por tantísimas cosas que me faltarían páginas para precisarlas aquí, aunque una lista sumaria tendría que incluir el cariño inalienable, la enseñanza permanente y la confianza a toda prueba.
No puedo tampoco dejar de lado a aquellos profesores, algunos de ellos devenidos amigos, que con sus clases, conversaciones y consejos me fueron mostrando una senda, como han sido Soledad Bianchi, Andrés Morales, Alfredo Matus, Adriana Méndez Rodena, Daniel Balderston y Tom Lewis.
No quisiera, tampoco, ser ingrato con quienes comparto un lugar de trabajo hoy en día: mis queridas colegas Jacqueline Nanfito, Gabriel Copertari, Cheryl Toman y Haydee Espino, que han sido sostén de muchos momentos en los que necesité del profesionalismo de ellas. No puedo dejar de mencionar al decano del College of Arts & Sciences de Case Western Reserve University, Cyrus Taylor, por ser un permanente apoyo de la investigación universitaria, así como también a William Claspy, solucionador irreemplazable de nuestras cuitas bibliográficas. Y, en nombre de ellos, recordar también aquí a Antonio Candau: sería largo detallar la magnitud de mi deuda con él.
Mención aparte merece mi hermano Marcelo Pellegrini, compañero de ruta y voz rezongona de la sabiduría. Marcelo, "Pelle" para los amigos, ha hecho del desacuerdo y de las llamadas telefónicas un verdadero arte. Y los exiliados voluntarios como nosotros, si tal categoría existe, necesitamos de esas llamadas tanto como del aire.
Dos amigos que no tuvieron incidencia directa en el proceso de este libro son Luis López-Aliaga y Jaime Quezada. Pese a eso, los traigo a colación porque siempre han sido de una fidelidad única y, a lo largo de los años, han sido cómplices y consejeros en latos episodios que espero se repitan. Mi agradecimiento también a José María Cumbreño Espada, por la amistad y la confianza, sobre todo cuando era más necesaria que nunca. Y a José Kozer, que entre muchas lecturas, conversaciones y consejos que llevo siempre conmigo, me dio uno clave: “Termina de una vez el puñetero libro”.
Antonio Silva y Pedro Montealegre ocuparon un lugar en mi vida, pero siempre ocuparán un lugar en mi corazón: así, tal cual. Tal como suena.
Héctor Figueroa, Verónica Jiménez, Luis Arturo Guichard, Jorge Posada, Yuri Pérez y David Bustos también han sido imprescindibles. Obligatorio es también mencionar a todos aquellos que de una u otra forma recomendaron-sugirieron-facilitaron cierta(s) bibliografía(s) que demostraron ser sumamente útiles. Aquí incluyo a Ignacio Ruiz Pérez, Ignacio Sánchez Prado, Judith Filc, Bruno Ríos, Sebastiaan Faber, Tania Pérez Cano, Amauri Gutiérrez Coto e Idalia Morejón.
Cómo olvidar a José Antonio Mazzotti y Paolo de Lima, amigos y colegas peruanos que siempre supieron dar con la bibliografía exacta y el gesto solidario y oportuno. En un lugar destacadísimo, también, Benito del Pliego, quien, a través de una larga lista de artículos, antologías, ediciones y libros de su propia autoría, encarna fielmente aquello de lo cual quiere hablar este libro.
Es de rigor también mencionar a Robert Brooks II, sensei. Mi deuda con él y con todos los que me han enseñado la esencia y la disciplina de ese arte flexible y gentil, que aún estoy tan lejos de comprender a cabalidad, es impagable.
Dejo para el final a mis dos hijas, Carmen y Mariana, para quienes está escrito este libro. Mientras escribo estas líneas están durmiendo. No sé si vayan alguna vez a ojear las páginas que siguen, pero ojalá sepan que las horas que su padre pasaba encerrado escribiendo también es una forma de quererlas. Y a doña Yolanda Alpízar, pilar comunista y revolucionario de nuestro hogar.
Este libro le debe mucho a Damaris Puñales-Alpízar. Yo, sin embargo, se lo debo todo.