La estancia de los caiquenes

Estiró la mano al fondo de la chimenea para acomodar otra vez los troncos. Era el cuarto fósforo que gastaba en el intento por encender la astilla que Gustavo había picado esa mañana. Pero de esa chimenea de roca volcánica sólo surgía un humo fastidioso. Leña verde, pensó, leña verde y mojada es lo único que encuentro en este galpón, en este rincón bastardo del fin del mundo donde nada nunca termina de secarse.

Además de ocuparse de encender el fuego, Ana estaba atenta a los sonidos que surgían de la habitación de Ignacio. Antes de que apareciera el sol, Gustavo partía hacia su nuevo trabajo de profesor universitario en Punta Arenas. Era un buen trabajo para él, porque le gustaba el grupo de amigos que se armaba entre los profesores, y también para la universidad, porque Gustavo tenía una serie de títulos que no eran comunes entre quienes daban clase en los centros educacionales de esa zona de la Patagonia.

Llevaban semanas en busca de una enfermera que apoyara en las tareas de cuidar a Ignacio, el hermano de su marido. Pero hasta el momento, las candidatas daban la vuelta nada más enfrentarse a la pampa agreste, de lomaje suave y ventosa de ese rincón hostil de Magallanes. Mientras tanto, Ana vigilaba que las cosas mantuvieran un orden previsible dentro de la habitación.

Le gustaba el frío de los alrededores de la estancia. Le gustaba también esa nieve como ventisca que nunca se instalaba del todo en el camino de ripio que conectaba la casona con las otras vecinas, que, aunque distaban no más que unos cientos de metros la una de la otra, rara vez se topaban entre sus habitantes. El primer vuelo en avión le pareció bonito y misterioso, no demasiado largo para viajar a la capital en caso que surgiera una emergencia, pero lo suficiente como para sentir que partía a un lugar lejano, distante de las tribulaciones que le producía vivir en una ciudad vertiginosa y desmembrada como Santiago.

Al menos, eso pensó la primera vez que Gustavo la trajo a la región donde había crecido. En ese viaje que sintió como prometedor, apoyó su cabeza en su hombro abultado y en el que, como una niña en el regazo de su padre, sentía que podía descansar una eternidad. La vista estaba despejada, Ana posó su mano sobre los nudillos de Gustavo y le agradó ver cómo atravesaban lagos y volcanes, los extensos campos de hielo y finalmente la pampa árida, para llegar a lo que parecía un lugar más allá de todo horizonte conocido.

Era la primera vez que visitaban a la madre de Gustavo, luego de que le habían diagnosticado el cáncer de hígado. Y tenía un mal pronóstico. Ana no la conocía, y en un comienzo le pareció exagerado acompañarlo en esa visita que pensaba demasiado íntima. “Necesito que vengas”, le dijo en un tono de urgencia que a Ana llegó a incomodarle, sugiriendo que sin su presencia no aguantaría ver a su madre en esas condiciones.

La casona le pareció espaciosa, ni fea ni bonita, un lugar en el que, por el entablado roído del piso, los escasos muebles de origen inglés y el empapelado con diminutas flores lila sugerían que la casa no había sufrido grandes cambios en generaciones. La madre yacía en un catre alto, tapada con una sábana color crema hasta la mascarilla y un tubo que la conectaba a un tanque de oxígeno. Su rostro se veía pálido y severo, y apenas surgió una mueca entre sus labios apisonados cuando entraron en la habitación. Daba respiraciones entrecortadas que de pronto se detenían, asustándolos. –Es normal, se pone así cuando se emociona –dijo la enfermera, en un leve tono que Ana interpretó como reproche, acomodando el respaldo reclinable de la cama para que viera al hijo que no la visitaba desde hace siete años.

Ana sintió que le faltaba el aire en la penumbra de la habitación, así que salió de la casona para esperar a Gustavo con la ventolera de la estepa. Desde ahí, podía ver la playa cubierta de conchuela y piedra pómez que parecían formar pequeños remolinos con el viento ululante. El estrecho azuloso, de oleaje agudo y encabritado, seguía una rotunda dirección hacia el oeste, perdiéndose en la abertura hacia el mar austral.

Se fijó en dos caiquenes, unas aves enormes como gansos que buscaban frutos y ramitas en medio del roquerío. A Ana le parecieron animales raros. Una era blanca con breves flancos negros, la otra de un rojo ladrillo, apenas manchada con líneas grises. No se distanciaban ni un momento la una de la otra y no parecían involucrarse en la hostilidad del paisaje. Si una comía, la otra la seguía inmediatamente. Intentó dilucidar cuál era el macho y la hembra, pero no lo consiguió.

–Usted no es de por aquí –dijo la enfermera.

Ana la miró. Había salido a fumar detrás de ella, probablemente, también para dejar en privacidad a la madre y al hijo en lo que parecía ser el último tiempo de agonía. Una racha de viento se alzó sobre ellas y Ana hizo el gesto de arroparse con su chaqueta.

–¿Usted sufre de frío?

–No tanto.

–Pero hay mujeres que andan todo el día con las manos heladas. No se vaya a enfermar aquí.

La enfermera le tocó las manos. Las sintió más tibias que las de ella. Se fijó en la cúspide del tejado de la casona, y se dio cuenta que el remolino con forma de rueda de bicicleta giraba a gran velocidad. Intentó descifrar de dónde venía la ventolera, pero le pareció imposible. Como la respiración entrecortada de la madre de Gustavo, llevaba un ritmo vacilante, interrumpido, que no parecía distinguir frecuencias ni diagnósticos previsibles.

–Pareciera que el viento está cambiando –dijo Ana.

–Todo. El viento, el mar, la vida en la estancia. A veces se levanta y forma esa espuma en el mar que nos asusta a todos. Tiene un ruido que me pone ansiosa. Me gustaría que Gustavo viniera más. ¿Por qué no lo acompaña? Al pobre Ignacio lo tienen aquí encerrado, esperando que muera la madre. Yo no sé qué va a pasar. Pero yo no seguiré cuando muera la señora, aunque me doblen el sueldo.

Ignacio dormía en la habitación vecina a su madre, y había sido custodiado por esas dos mujeres desde que le diagnosticaron autismo a los tres años. Poco tiempo después, Gustavo había partido a la capital a estudiar geología. A Ignacio le gustaba hacer largos paseos por la playa circundante a la estancia y mirar a las aves errantes. La ciudad lo ponía nervioso, decían; por eso, cuando acompañaba a su madre a hacer las compras a Punta Arenas, generalmente se quedaba en el auto para evitar angustias, como que el adolescente robara dulces o deambulara perdido entre los pasillos.

Pero desde que la madre había caído en reposo absoluto, rehusando dejar a Ignacio solo en la estancia, nadie había tenido más salidas fuera del espacio protector de la casona. El cáncer fulminante y el aislamiento le habían provocado algunas crisis. Nada grave, pero podía abalanzarse sobre desconocidos si sentía una cercanía demasiado próxima, morder un brazo, o golpearse a sí mismo repetidas veces contra la puerta de la habitación.

Nada de eso vio Ana cuando se topó con Ignacio por primera vez. En el patio abierto de la pampa seca y amarillenta su visión fue la de un joven delgado y de movimientos gráciles, atrincherado por un perro Border Collie que respondía al nombre de Corbata. Ambos, concentrados, acechaban a la solitaria pareja de caiquenes que pastaba en las cercanías de un muelle desgarbado. No compartieron más que una mirada. Ana intentó sonreírle, pero Ignacio desvió sus ojos apenas perdidos para seguir la ruta, sigiloso, como si de una cacería real se tratara.

–¿Por qué no me contaste que tu hermano tenía autismo? –le dijo Ana a Gustavo esa noche mientras almorzaban en un restaurante en el centro de Punta Arenas, horas antes de tomar el vuelo de regreso a la capital. Pero Gustavo siguió con la vista fija en el plato, dio un leve tosido y en cuanto acabó pidió la cuenta. Recién durante el vuelo, Ana pensó preguntarle por la madre. Qué pasaría con Ignacio si ella moría. Pero después se convenció de que era una pregunta incómoda e innecesaria. Se le ocurrió que Gustavo estaría agotado por la visita y que lo mejor era esperar antes de imaginar situaciones de ese tipo. Lo abrazó por la espalda y pudo sentir cómo caía en un sueño profundo, mientras ella permanecía intranquila, recordando la imagen de Ignacio en el muelle.

A Ana le gustaba el aspecto gauchesco de Gustavo. Se había enamorado así, con sus historias de niño cazando liebres y buscando baguales a la intemperie. En sus fantasías, lo imaginaba en un escenario rodeado de pastizal húmedo, salvaje y cubierto de nieve que la hacía sentir cerca de la naturaleza. Ana, por su parte, había terminado su carrera de abogada, pero se había dedicado a la carpintería. Tenía un pequeño taller en Santiago donde construía muebles con maderas nativas del sur. Así se habían conocido y enamorado; la vida en torno a la madera. La familia de Gustavo era dueña de un viejo aserradero en Magallanes, y en esas conversaciones sobre la robustez de las lengas, los aros de la corteza del ñire, las mil variedades de rojo en el arrayán, habían encontrado una cercana complicidad. Ana estaba convencida de que podían emprender nuevos horizontes en torno a ese gusto en común. Abrir un taller de carpintería en el extremo sur, probar una vida provinciana, distanciarse del meollo familiar era algo que le generaba una poderosa fantasía. No estaba muy segura de sí misma, pero si de algo tenía certezas, era sobre él. Y vivir en Magallanes, una extensión de esa seguridad. Todavía era un lugar donde se podía iniciar una vida de pioneros. Comenzar los dos, desde cero.

La segunda vez que visitaron la estancia fue para el funeral de la madre de Gustavo. Habían pasado cuatro meses desde la primera visita, llevaban dos años de novios y aunque nadie había hablado de casarse, Ana pensó que se sentiría a gusto oficializando la relación en una ceremonia. No algo tradicional, aunque sí un rito moderno, escuchar su música preferida, un asado de cordero al palo, donde los amigos contaran anécdotas elogiosas de ella y Gustavo mientras pasaban con humor sus rarezas y perdonables defectos.

Esas cosas que él le decía que le daban ganas de mejorar.

En la primera fila de la iglesia de chapa de zinc estaba Cristina, la hermana mayor de Gustavo. No había pista de Ignacio en el funeral. –La pena lo pone mal, inestable –susurró Cristina, sentada junto a Ana, con una frialdad que le hizo recordar el rostro inmutable de la madre al borde de la agonía, el mismo que se llevó a esa otra dimensión y que reconoció en el rictus tras el vidrio del féretro. Solo cuando levantaron el ataúd hacia el carro que la llevaría al cementerio percibió un leve tiritar en el mentón puntiagudo de la hermana, que le generó compasión y un acto impulsivo de abrazarla.