Cuando la lluvia arrecia y el viento quiere llevarse hasta el sueño perpetuo de los cementerios, es inevitable que emerja el recuerdo de Humilde. Han transcurrido tantos años, y sin embargo su presencia habita en mi memoria, y cuando penetro por ese resquicio que atrae todas las cosas, me veo esperándola en la puerta de mi casa. Su figura menuda, acercándose por entre la niebla matinal, arrastrando los sinsabores del invierno y la pobreza, desgajando sueños de niña revueltos en el aroma a humo que la aprisiona. Mi abuelita solía comentar que la pobreza poseía su propio perfume; yo pensaba entonces en el delantal desgastado y amarillento de la Humilde con olor a leña encendida. Camina junto a mí con los ojos fijos en sus pies amoratados que rompen la escarcha y la transforma en vidrios filosos que se incrustan en su piel, haciéndola sangrar.
Vamos hacia la escuela hablando sobre nuestras vidas futuras, disfrutábamos soñando con la anhelada juventud que nos volvería bellas, eso lo asegurábamos. El rostro de Humilde se iluminaba y sus pies olvidaban el frío. La juventud era promesa de esperanza, así nos lo hacían saber los cuentos que nos leían. Ellos abrían las puertas a lugares encantados, donde los príncipes siempre buscaban doncellas pobres y de mirada transparente, siendo capaces de realizar las más increíbles odiseas para conquistar su corazón. Mi compañera, sin duda alguna, se ganaría el corazón de uno. Nuestra inocencia no nos permitía comprender que en la realidad la miseria marchita la belleza y cierra la entrada a los castillos encantados. Para Humilde, los sueños futuros se enredaban con la necesidad de saciar el hambre que todos los días se despertaba junto a ella, y la acompañaba durante el largo recorrido a la escuela.
En la sala de clases, sentadas una junto a la otra, compartíamos un pupitre viejo donde nos disponíamos a aprender nuestras primeras letras. Siempre se nos exige orden y cuidado en nuestros útiles de estudio. Humilde no queda exenta de esta norma; con ingenio se las arregla para cumplir la exigencia. En una bolsa desgastada de nylon guarda sus libros y cuadernos, forrados minuciosamente con papel de diario. Comenzada la clase, su mirada se pierde en un punto de la muralla despintada. La maestra siempre la ignora; nunca le pide que pase al pizarrón o que lea en voz alta para mostrar sus progresos en la lectura. Parece saber que es doloroso exponer a su discípula a las miradas crueles de nuestras compañeras. El aroma a pobreza de Humilde invade la sala de clases. “Es mejor que no se mueva” –piensa la maestra– “así el hedor no se hará sentir con toda su crudeza”. El sonido de la campana hace que Humilde retorne de su mundo imaginario hasta la sala de clases. El recreo trae consigo el desayuno, sus ojos pequeños vuelven a moverse y con rapidez cierra el cuaderno. La taza de leche con avena dispuesta frente a ella parece ser el centro de su vida, la mira y luego la paladea con extremada lentitud, pareciera querer guardar su sabor. La miro, y como todos los días, extiendo hacia ella mi ración. Sin recato oprime el tazón entre sus manos y disfruta su tibieza. Se abstrae y vuela; es un momento de plenitud que prolonga hasta que la campana nos llama a formar fila para entrar a la sala de clases nuevamente. Mientras el sonido metálico se hace sentir, bebe rápidamente los últimos sorbos, luego saborea los restos de leche que tiñen el contorno de su boca.
Un día de fines de octubre, la directora nos visita para comunicarnos que se suspenden las clases. Un operativo de salud bucal ha llegado al pueblo. Nuestro curso ha sido elegido para gozar del beneficio. Rápidamente nos preparamos para visitar el Centro de salud, en compañía de la maestra. Nuestras compañeras mueren de susto. Humilde conserva su calma.
–Tengo todos los dientes picados –me comenta– mi mamá dice que solo un dentista puede quitarme el dolor. Me apego a ella para contagiarme de su serenidad. El miedo colectivo había hecho su efecto y todas temblábamos. Después de una hora de espera, una señora gorda y de voz enérgica se acerca a nosotras y nos hace abrir la boca. Al llegar el turno de Humilde la mujer hace un gesto de recelo, tú te quedas para el final –le dice– y nos ordena de menor a mayor gravedad. Soy la primera en entrar al cuarto con aroma a sangre y clavos de olor. El profesional es un hombre macizo, de gruesos bigotes y escasas palabras. Con su mirada severa recorre mi dentadura y sin preámbulo procede a poner anestesia y extraerme dos molares que a mi juicio gozaban de perfecta salud. El tiempo me dio la razón, pues tuve que esperar varios años para que nuevas piezas dentales ocuparan mis encías vacías, después de esa extracción prematura. Con la boca colmada de algodón, retorné al lado de Humilde. Con recogimiento esperamos su turno. Cuando escuchó su nombre, se puso de pie y avanzó hasta perderse en el cuarto del terror. Me quedo vigilante hasta verla salir. Pasado un largo rato la veo venir con su rostro desfigurado por el dolor y las mejillas distendidas por el exceso de algodón ensangrentado. No puede hablar, me mira y toda la humillación del mundo cabe en sus pupilas. Solo atino a secar sus lágrimas y limpiar la sangre que se escurre por las comisuras de sus labios. La maestra nos ordena regresar a nuestros hogares. Me aferro al brazo de mi amiga y caminamos en silencio hasta llegar a la puerta de mi casa, con un gesto nos despedimos. A medida que se aleja con andar pausado, siento que parte de mi infancia se va con la figura de Humilde. Y en mi interior nacía la duda de que a lo mejor los territorios encantados no podían ser visitados por todas las niñas, de que quizás algunas estaban destinadas a habitar en los alrededores de los castillos.
Al día siguiente no se presentó a clases. Nadie sabía con precisión dónde vivía la niña de los cuadernos con forro de papel de diario. Esperé preocupada su regreso. A los pocos días la divisé acercándose a mi casa. Al verla junto a mí, un escalofrío me recorrió entera, Humilde apenas podía susurrar palabras. Su rostro hinchado evidenciaba el acto cometido en su contra. Aquel hombre severo había arrancado todos los dientes a mi amiga. De la princesa que aspiraba a ser, ahora solo le quedaba ocupar el lugar de esclava del castillo. La consolé diciendo que no se preocupara, que mi madre me había comentado que a nuestra edad los dientes vuelven a salir más fuertes y hermosos, pero en mi interior sabía que pasaría mucho tiempo antes que Humilde pudiera saborear los aromáticos membrillos que mi abuelo cultivaba. También sopesaba la lejanía que nuestras existencias tenían respecto de los sueños.
Terminado el año escolar, mis padres deciden llevarme a la ciudad para continuar mis estudios en un colegio religioso. La separación se hace dolorosa. Abrazadas, nuestros corazones infantiles prometen nunca olvidarnos, teníamos una vida por delante, era cosa de tiempo el volver a abrazarnos. Es el último recuerdo que guardo de mi amiga; una visión borrosa provocada por el llanto. Así quedó en mis recuerdos su resignación, la tristeza con la que me observaba, la humildad misma de su vida y de su nombre.
Ya en la ciudad, me integro a un lujoso colegio atestado de imágenes religiosas que en un comienzo me asustan, pero a las que me acostumbro poco a poco. En las horas de retiro dedicadas a la oración, elevo mis plegarias a Dios pidiendo su protección para Humilde. Confiada en la justicia divina, la veo camino a la escuela luciendo sus dientes nuevos, sus pies calzados y la comida en su mesa. Desde lugares distintos nos saludamos con una sonrisa y nos vemos crecer dejando atrás nuestras siluetas infantiles.
Con la llegada del invierno mi salud comienza a decaer, mi cuerpo pierde vigor y la tos que me acompaña por varias semanas no cede y me desgasta; luego la fiebre y los pañuelos ensangrentados que retiro de mi boca, hacen que el médico recomiende mi hospitalización. No cabe la menor duda: padezco de tuberculosis y tengo por delante un largo tratamiento. En mis días de postración, pienso en Humilde. Añoro su presencia al lado de mi cama. Si ella estuviese aquí me transmitiría su calma, me daría la fuerza para pensar que la enfermedad pasará y que el futuro que planeamos está ahí, ante nuestros ojos, esperándonos. Todo lo vivido será nada más un relato para contar a nuestros hijos.
Los años pasan inexorables entre mi casa y el hospital. Mi cuerpo fatigado de pastillas y estreptomicina recupera poco a poco su vigor, ya puedo salir a disfrutar del sol tan esquivo en mis años de flaqueza. Despejo mi mente de todas las novelas románticas leídas en medio de la oscuridad cercana a la muerte. Mis oídos sacuden las melodías de baladas y se entregan al silbido del viento y al trinar de los pájaros, mis ojos se abren a la contemplación del mundo que regresa pleno de colores a mi existencia.
Llega la primavera y mis padres deciden enviarme unos días a casa de mis abuelos, el aire limpio y seco del campo es la ayuda precisa para fortalecer mis pulmones. Mi alegría no tiene límites, vuelvo al lugar de mi infancia, a recorrer los lugares compartidos con Humilde. Lo más importante será buscarla –buscarla y abrazarla–, observar cómo sus dientes crecieron hermosos y adornan su bella sonrisa. Mi corazón, lleno de fe, me daba la seguridad que Dios había escuchado mis súplicas.
Una mañana radiante, en compañía de mi abuela, tomamos el tren que me llevaría al reencuentro con Humilde. Llegamos a la vieja estación de Hualqui, caminamos por el puente La Araucana, escuchamos el agua fluir entre los sauces que se sumergen en la tranquila corriente del río, sorteamos las escasas cuadras que nos separan de la casa. Nos esperaba Rosita, guardiana de la parcela. Todo estaba dispuesto. Durante el almuerzo mi inquietud se acrecienta, entre bocado y bocado pregunto a la fiel Rosita si recuerda a mi amiga Humilde. La anciana entorna los ojos, mira las vigas del parrón y luego mueve la cabeza de lado a lado en señal de olvido. –La niña que pasaba todos los días a buscarme para ir a la escuela –refuerzo mi pregunta. Baja los ojos y se encoje de hombros para decir: –La que andaba descalza, la vi varias veces sentada en la plaza. A veces se acercaba para preguntarme por ti, le respondía que no sabía cuándo regresarías, se alejaba con la vista gacha, mirando sus pies, qué feos lucían. Hace mucho tiempo que no la diviso.
No podía creerlo, ¡Tanto rezo infructuoso! Humilde seguía descalza. Con prisa termino de comer y me dirijo a la puerta. Salgo a la calle, recorro en sentido inverso el camino que tantas veces trajo a Humilde a mi casa.
Camino por la calle polvorienta de Periquillo hasta llegar a la esquina por donde siempre aparecía, entro en la espesura del bosque; la luz que penetra por los ramajes me permite ver los dos caminos de tierra amarilla y seca a cuyos costados se deja ver una que otra casita de adobe. Tomo el camino que da al afluente del río, escucho el paso tímido de las aguas desplazarse entre las piedras. A lo lejos vislumbro a un anciano dormitando la siesta, me acerco sigilosa y le pregunto: –¿Sabe usted dónde vive una joven llamada Humilde Cabrera?– Me mira extrañado, luego levanta la mano y me dice, señalando con su dedo índice ¿Ve aquella casa al final de la calle? Ahí vivía. Siento que algo muy pesado aprieta mi corazón, la palabra “vivía” me hablaba de pasado. El viejo me mira impávido –señorita, me dice– ella murió hace cuatro años más o menos, le dio la tisis, duró poco, era imposible que sobreviviera, es el destino de los pobres. Su madre intentó sacarla de acá, pero todo fue en vano, no la recibieron en ningún lugar. ¡Pobre niña, tan calladita que era! Su mamá también se enfermó y se nos fue al poco tiempo ¡Que Dios las tenga en su gloria! Me alejo sin despedirme, la verdad no cabía en mi corazón. Dios, la virgen y los santos no escucharon mis ruegos, ninguno cuidó de su vida, solo la pobreza se mantuvo a su lado: leal, eterna. Regreso al camino principal, escucho el crujir de ruedas de las carretas que a esa hora retornan. La tarde es gris y del cielo se desprende una llovizna suave. La memoria descuelga los momentos y deja escapar nuestras risas venidas desde aquella cercana y lejana infancia; es otra la llovizna que me envuelve y otro el cielo que contemplo junto a Humilde. Las nubes desplazándose nos hacen soñar con transitar por el firmamento. Imaginamos ese vuelo como nuestra gran aventura. La inocencia nos susurra que en cualquier momento nuestro sueño podía hacerse realidad. Ahora; miro hacia el cielo y tengo la certeza que Humilde me observa desde una nube, protegida del frío, indiferente a la indolencia del invierno, atisbando la lluvia caer sobre los techos de las casas, los bosques y mil paraguas azules desplazándose por las calles.
La llovizna me impregna el rostro y apenas puedo vislumbrar la entrada del cementerio. Cruzo la entrada y miro en todas direcciones afanada en encontrar su sepultura. Un hombre me detiene, viste overol azul y lleva en las manos utensilios de trabajo –señorita, ya vamos a cerrar, debe irse. No le presto atención. Como sonámbula comienzo a caminar, serpenteando entre las cruces. Siento que sigue mis pasos, me doy vuelta y le pregunto: –¿Sabe usted dónde se encuentra la tumba de Humilde Cabrera? –Se adelanta y con un gesto me invita a seguirlo, mis pies arrastran el polvo, un aroma a flores secas me hostiga, siento la muerte agazapada entre los árboles. Casi al final del cementerio el hombre se detiene y me señala una sepultura que no es más que un pequeño montículo de tierra y restos de madera esparcidos. –Era una niña –señala el hombre– apenas tenía doce años, recuerdo muy bien el día que la trajeron, su madre fue sepultada con ella al poco tiempo. Mi silencio lo invita a alejarse. Siento la necesidad de tocar aquella tierra que aprisiona a la pequeña Humilde. Desde lo más hondo de mis recuerdos surge esa figura amada caminando en la escarcha. El llanto contenido se escapa del profundo abismo de la tristeza. La muerte se había encargado de romper nuestro pacto infantil. Me alejo arrastrando la desolación y el aroma a pobreza que emana de ahí. Mi abuelita nunca me dijo que ese hedor perduraba más allá de la muerte.
Me cautiva transitar por las calles desiertas en tardes de otoño, sumirme en el paisaje anaranjado, elevar los ojos hacia el cielo nublado y concentrar mis sentidos en el crujir de las hojas secas bajo mis pies. La llovizna resbala por mi rostro, hace que por instantes me separe de la muerta. La noche cae, su manto oscuro me envuelve y en ese abrazo sombrío siento regresar a la ausente. La conocí muerta; desde una vieja fotografía me observaba con sus ojos entreabiertos. He vivido su existencia, ella me ha señalado los senderos que desea transitar a través de mí. En estas veredas donde marco mis pasos, es la muerta la que deja sus huellas. Así, el camino desierto y el horizonte perdido entre la bruma se conjugan con mi propia vida, vagando en algún lugar desconocido del universo. Esta historia se inicia antes de mi nacimiento. Dentro del vientre de mi madre todo debe haber sido muy agradable; pero en el preciso instante en que mi sexo se expuso al mundo, mi vida quedó marcada por la presencia de la muerta. Era una niña destinada a satisfacer la promesa que mi padre hizo a su doliente madre: si es niña debes llamarla como tu hermana difunta. Nada pudo hacer mi progenitora para evitarlo. El nombre le parecía rudo y hasta presagio de mala suerte, pero no dijo nada. Por desgracia para mí no había concebido un varón, por lo que pagaba esa especie de culpa accediendo a la voluntad de mi abuela. Así comenzaron a llamarme, y según cuenta mi tía Violeta, al parecer no me agradaba, pues al escuchar mi nombre lloraba sin consuelo. El nombre de la muerta se hizo carne en mí abriendo sus ojos enormes a la vida. Mi abuela solía llevarme una y otra vez a la pieza de los recuerdos. Al sentir el sonido metálico de su llavero conocedor de incontables cerraduras, sabía que la llave iba destinada al viejo cajón donde guardada la foto de la difunta. Llevas el nombre de ella –me decía con acentuada solemnidad–pero no heredaste su belleza, eres oscura y tosca como tu madre, ella era bella. Ante mí estaba la muerta, esperándome con su quietud de muerte, tendida sobre un gran sillón de tapiz rameado con su mortaja blanca, la corona de flores en su cabeza, la cabellera ondulante sobre su pecho, los ojos abiertos y opacos por el velo de la muerte y yo sentía que ese velo inerte se descorría y ella me observaba con sus pupilas azules como si yo fuera un espejo en el que reflejaba su imagen desde el otro mundo. Mi abuela me repetía una y otra vez: –ella no era vanidosa, nunca me permitió que engalanara sus cabellos con broches ostentosos, ni que la hiciera lucir los aretes que le compramos al nacer, todo lo rechazaba, siempre su pelo recogido con una cinta sencilla y su cara libre de artificios, así corresponde que seas, igual a ella, debes llevar con orgullo su nombre y actuar como lo haría ella.
A mis cortos años, llevar el nombre de la muerta y adoptar su conducta era demasiada responsabilidad. Su presencia estaba latente en la casa y al tiempo que mi cuerpo crecía me iba fundiendo en un solo ser con la difunta. Todo estaba escrito en el destino de la muerta. Siempre le escuché decir a mi abuela que era un ser destinado a hacer abandono temprano de la vida. Muchos presagios enviados desde un ámbito celestial, según aseguraban, hicieron que mis abuelos se prepararan para su partida. Por donde solía pasar se escuchaban comentarios respecto a que esa belleza angelical no pertenecía a este mundo. Mi abuela recordaba a menudo el día que la llevó a un estudio fotográfico. La niña dormitaba en sus brazos esperando su turno y fue entonces que las miradas se centraron en esa belleza etérea, en sus enormes ojos azules como un lago radiante, o un llamado para nadar por el paraíso.
Ya ubicada frente al lente, el profesional se detuvo antes de captar la imagen. Se acercó para observar su rostro, para luego alejarse alucinado ante esa presencia que opacaba las luces de los refractores.
Esta niña pertenece a la legión de los ángeles –dice a mi abuela–, la vena azulada que surca su frente es el signo de los que deben partir pronto de este mundo, pero se quedará con usted, pues ella tiene la libertad de desplazarse entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
Esa fotografía de la muerta con vida jamás me fue mostrada, solo quedó registrada en mi memoria la foto de la muerta. Con la inocencia de la infancia, comentaba a mis compañeras el origen de mi nombre, de la muerta sentada en el sillón. Ninguna de ellas llevaba el nombre de una difunta, el asombro dibujado en sus rostros me lo hacía saber. El día en que mi abuela se encontraba tendida en su lecho de moribunda, me pidió que abriera la ventana porque sus angelitos la esperaban tras los cristales. La sentí marcharse, pero la hija que me regaló su nombre se quedó conmigo observando la partida de su madre hacia la eternidad.
En mis años de juventud, la muerta se intoxicó con novelas románticas para luego deleitarse con mis amores. La podía sentir temblando al escuchar su nombre susurrado en mí oído, estremecerse en cada caricia, aferrarse al cuerpo que cree poseerme. Todos mis amantes la amaron a ella, succionaron su boca muerta y se perdieron en la profundidad de sus ojos azules. He intentado salir de ella, pero me pierdo en la oscuridad de mis pupilas. Cuando visito su tumba y leo el nombre en la lápida, de inmediato lo cubro de flores, quizás para no volver a leer su nombre y el mío. Me confundo y a veces es difícil precisar si estoy dentro o fuera de esa sepultura.
Mi abuela nos dejó por herencia su dolor vagando por la casa y el preciado mueble que albergaba sus historias de duelos y nostalgias, por cuyas ranuras se escapaba el aroma agrio de la muerte.
Una mañana, mi madre se levantó con la intención de borrar ese pasado. Buscó afanosa la llave que hace contacto con la historia aprisionada entre las tablas. En el patio prende una fogata, en la que poco a poco va quemando los recuerdos. Las llamas expelen un quejido doloroso, elevándose oscuro como las vestimentas de mi abuela, por entre el humo negro. Por un momento, quedamos sumergidas en esa penumbra, la luminosidad del fuego no más que un destello imperceptible. Mi madre había logrado borrar todo vestigio de mis ancestros paternos, pero no pudo quemar el nombre de la muerta. Ese nombre es un cordón umbilical que me amarra al vientre de mi abuela y me permite vagar con la muerta en la misma dimensión. La fotografía de la difunta, tendida en el sillón de tapiz floreado quedó reducida a cenizas. Pero la muerta observaba las llamas a través en mis pupilas oscuras. Mi madre nunca se enteró que en su vientre anidaba a la hija de otra, la misma que me lleva a transitar por inviernos eternos. A veces la siento evadirse hacia el mundo de los muertos, pero siempre me deja la promesa de su retorno.