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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2003 Harold Lowry

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Asuntos familiares, n.º 1501 - mayo 2020

Título original: Family Merger

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-173-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

KATHRYN Roper se encontró cara a cara, de repente, con un hombre tan enfadado como atractivo. Alto y elegante, llevaba un impecable traje gris que le pareció demasiado conservador; desde su punto de vista, el color era más apropiado para un hombre como su padre que para alguien tan joven. Además, tenía el cuerpo de un atleta. Aunque nunca había conocido a un atleta con tan buen gusto en cuestiones de ropa y tan malo en cuestiones de horarios de visita.

—No te quedes ahí mirándome —protestó él—. He recorrido medio mundo para ver a la señorita Roper y quiero verla.

Si había tenido alguna duda de que aquel individuo era Ron Egan, desapareció de inmediato. Se comportaba con la arrogancia típica de alguien acostumbrado a creer que nadie, salvo él mismo, era importante.

—Estás hablando con Kathryn Roper, pero no admitimos visitas después de las nueve y media. Tendrás que volver mañana.

—Pues permíteme decirte que eres demasiado joven y bella para haberte convertido en una mujer tan desagradable.

Ella se rió.

—¿Y quién ha dicho que haya que ser vieja y fea para ser desagradable?

Kathryn tuvo la impresión de que Ron Egan estaba reconsiderando su actitud hacia ella, lo que no le sorprendió demasiado. Era una de esas personas que gritaban a cualquiera que consideraran inferior y que cambiaban de estrategia cuando observaban que habían cometido un error.

Sin embargo, le interesó mucho más su propia reacción ante él, una reacción física, inesperada. Se había sentido inmediatamente atraída por el recién llegado, pero lamentó su mala suerte; al parecer, estaba condenada a los hombres atractivos y canallas.

En el fondo, se sabía tan impresionable como las jovencitas que se dirigían a ella en busca de ayuda. Sólo había una diferencia: con el tiempo y la edad, había conseguido controlar sus deseos. Y por supuesto, Ron Egan no notaría su interés.

—Quiero ver a mi hija. ¿Dónde está?

—Está en la cama, como todas las demás. Podrás verla por la mañana.

—Mira, acabo de llegar de Ginebra… tomé el primer vuelo cuando recibí tu llamada y he pasado las últimas ocho horas en un avión, así que estoy agotado. No creo que despertarla para robarle media hora de sueño sea un gran problema en comparación.

—Ésa no es la cuestión. Si la visitas ahora, de repente, se sentirá muy alterada y es importante que esté tranquila. Ha sufrido una experiencia terrible.

Kathryn y él se encontraban de pie, en el vestíbulo, mirándose el uno al otro como si fueran gladiadores, intentando encontrar la forma de manipular la conversación a su favor. O al menos, eso era lo que Ron estaba pensando.

—Es una menor. No puedes impedir que me vea —dijo él.

—No pretendo impedirle nada. Vino aquí por su propia voluntad y quiere quedarse. Si la quieres, deberías permitírselo.

Ron no supo qué decir. Desde el momento en que había recibido la llamada de una desconocida, quien le había informado de que su hija estaba embarazada y de que se había escapado de casa, ni siquiera sabía lo que pensar. Además, tampoco esperaba encontrar a su hija en una elegante mansión del mejor barrio de Charlotte. Y en cuanto a Kathryn, no la había imaginado tan bella e inteligente.

Tuvo que resistirse al primer impulso de gritar. Ella no lo conocía y no era quién para presuponer nada sobre la relación que mantenía con Cynthia, su hija. Sin embargo, Kathryn le había sorprendido hasta el punto de dejarlo en fuera de juego. Estaba acostumbrado a que las mujeres se sintieran atraídas por él a primera vista, pero ella no había mostrado debilidad alguna en tal sentido ni parecía intimidada por su reputación y su tamaño. A pesar de ser joven y de aspecto frágil, se comportaba con absoluta seguridad.

—Podría hacer que te detuvieran por secuestro.

—Tal vez, pero no lo harás.

—¿Por qué? Te aseguro que soy capaz de eso y de mucho más.

—Oh, no lo dudo en absoluto, pero sospecho que no querrás que la noticia salga en portada de todos los periódicos de Charlotte.

—Los periódicos me dan igual.

—No te creo.

—Lo que tú creas o dejes de creer, no me parece importante. Estamos hablando de mi hija, y si eres incapaz de comprenderlo, haré que un juez te lo explique.

—¿Y a qué juez piensas acudir? ¿A Frank Emery? Te advierto que es mi padrino y que su esposa es amiga de mi madre. En cuanto al resto de los jueces de Charlotte, todos han trabajado en alguna ocasión con mis hermanos.

—¿Me estás diciendo que los tienes comprados a todos?

Kathryn se ruborizó.

—No, no pretendía insinuar eso en absoluto —respondió, consciente de que había ido demasiado lejos—. Pero vamos al salón. Será mejor que nos sentemos un rato.

—No quiero sentarme ni hablar contigo.

—Si pretendes convencerme de que has cruzado medio mundo sólo porque te importa lo que le pase a tu hija, te sentarás conmigo.

—¿Y por qué debe importarme lo que tú pienses?

—Porque a Cynthia le importa.

Ron no quería creerla, pero no se le ocurría otro motivo que explicara la presencia de su hija en aquel lugar.

Aunque quería llevarla a casa, pensó que tal vez mereciera la pena oír lo que tuviera que decir. Tras la muerte de su esposa, había tenido muchos problemas de comunicación con Cynthia y no sabía cómo era posible que la encantadora y cariñosa niña que había sido, se hubiera convertido en una adolescente silenciosa y eternamente enfadada que, a veces, se negaba a desayunar con él y en ocasiones, también, a cenar. Y aunque sabía que debía pasar más tiempo con ella, el trabajo no se lo había permitido hasta ese momento; tenía que conseguir un último contrato para que su empresa no dependiera exclusivamente de él.

—Está bien, pero me gustaría tomar algo.

—No servimos alcohol a las visitas.

—No he dicho nada de alcohol. Un simple vaso de agua fría estaría bien.

—En ese caso, vuelvo enseguida…

Ron la observó mientras se alejaba, y la contemplación de su trasero despertó una inesperada reacción en él. Inesperada, porque hacía mucho que no se sentía atraído por una mujer; pero también porque Kathryn había hecho todo lo posible por resultarle hostil.

Naturalmente, eso sólo sirvió para que se enfadara aún más. No podía mantener las distancias, ni tratarla con frialdad, si en el fondo deseaba acostarse con ella.

Cuando Kathryn reapareció con el agua, Ron pensó que era tan interesante por delante como por detrás y se dijo que era una suerte que no pudiera adivinar sus pensamientos, porque probablemente le habría arrojado el vaso a la cara.

—Muy bien. Ahora, hablemos de tu hija.

—Creo que será mejor que empieces tú. Todavía no sé por qué ha recurrido Cynthia a ti.

—Es normal que lo hiciera. Mantengo un establecimiento que se ocupa de cuidar a jóvenes solteras que se quedan embarazadas.

—¿Y cuánto te cuesta mantenerlo?

—Casi nada. Una de mis tías me dejó la casa en herencia.

—Pues supongo que a tus vecinos no les gustará mucho lo que estás haciendo…

Ron lo comentó porque la mayoría de la gente no pagaba un millón de dólares por mansiones como aquélla para estar viviendo junto a un albergue para jovencitas.

—Es cierto que a algunos no les gusta, pero soy una buena vecina y las chicas se portan bien. Además, no permito visitas de hombres salvo que sean familiares o los padres de los niños que esperan.

—¿Cuántas jóvenes tienes en la casa?

—Hay sitio para diez, pero actualmente sólo hay cuatro.

—¿Y quién cuida de ellas cuando trabajas?

—Éste es mi trabajo.

—¿Quieres decir que tienes un fondo de inversión que te permite vivir sin trabajar?

—No. El Ayuntamiento me paga por ofrecer un servicio público a la comunidad.

—¿Y cómo conocen este sitio las chicas? ¿Te anuncias?

—Suelen conocerlo por amigos o por otras jóvenes que hayan estado aquí —explicó—. Pero cuando llegan, siempre las presiono para que hablen con su familia y la mayoría vuelven a casa. Casi todas creen que sus padres las van a odiar por lo que han hecho, y casi todas se llevan la sorpresa de que no es así.

—¿Insinúas que Cynthia cree que la voy a odiar por haberse quedado embarazada? Oh, vamos, hemos tenido nuestras diferencias, pero…

—Bueno, ella me dijo que prefería estar aquí porque no quería molestarte con su problema.

—¿Molestarme? Es mi hija. ¿Cómo podría molestarme? —preguntó—. Contrataré a quien sea necesario para que cuide de ella, si es lo que quiere, y le daré todo lo que necesite.

—No lo dudo, pero Cynthia parece creer que es menos importante para ti que tus negocios.

—Qué tontería. Incluso estaría encantado de que se viniera a vivir conmigo a Suiza… pero antes tiene que terminar el curso en el instituto.

—Me ha comentado que prefiere vivir aquí. Y ha dicho que no quiere hacerte daño, ni a ti ni al padre del niño.

—Ah, sí, el padre… ¿Sabes dónde puedo encontrar al responsable de esto?

Ella negó con la cabeza.

—Una de mis normas es no preguntar el nombre del padre. Y otra, no revelarlo si llego a conocerlo.

—Qué virtuosa —se burló él.

—No se trata de ser virtuosa. Sólo pretendo ayudar y ofrecerles un sitio donde puedan vivir, tener a sus niños, seguir estudiando y pensar lo que quieren hacer. Además, es una solución temporal, un refugio.

—Me parece un trabajo muy noble, ¿pero qué sacas tú de todo esto?

—¿Cómo?

—La gente no suele hacer este tipo de cosas sin un motivo. Por lo que has dicho, supongo que eres rica y que tus amigas se dedican a disfrutar de la vida. Entonces, ¿qué haces tú cuidando de un montón de jovencitas descarriadas? —preguntó él con desconfianza—. Y no me mires de ese modo. No me como a nadie.

—Yo tampoco.

—Me alegro, pero contesta a mi pregunta. ¿Por qué lo haces?

Kathryn esperó un par de segundos antes de responder.

—Porque a mi hermana le ocurrió algo parecido y tuve la desgracia de contemplar el daño que puede producir en determinadas circunstancias.

Ron la observó con detenimiento y por primera vez pensó que estaba realizando un trabajo muy digno. Había tenido la valentía de transformar una tragedia personal en algo que pudiera resultar beneficioso para la comunidad, y la admiraba por ello.

Pero su preocupación, en aquel momento, era Cynthia. Ni siquiera sabía si quería tener el bebé. Sólo sabía que, en caso de tenerlo, se convertiría en abuelo a pesar de tener solamente cuarenta años.

—Quiero ver a Cynthia —dijo.

—Como ya te he dicho, está en la cama.

—Y te he oído. Pero no puedes esperar que me levante y me marche así como así.

—Sería mejor que esperaras hasta mañana por la mañana.

—Sería mejor que nada de esto hubiera sucedido, pero las cosas son así y debo enfrentarme a ello. Y ahora, déjame ver a mi hija.

Kathryn no se movió.

—O vas a buscarla o iré a buscarla yo mismo —continuó él—, pero no pienso marcharme sin verla.

—Y yo no voy a permitir que le grites ni que la obligues a marcharse.

—Procuraré mantener la calma porque me imagino que estará muy alterada, pero no puedo prometer nada. ¿Cómo te sentirías tú si tu hija estuviera en manos de una desconocida?

—Por lo que me han dicho, Cynthia ha crecido rodeada de desconocidos.

Ron pensó que Kathryn no estaba siendo justa.

—Mira, mi trabajo me impide estar en casa todo el tiempo. Pero ella siempre ha estado con personas de mi absoluta confianza.

Kathryn se levantó entonces.

—Está bien. Iré a hablar con Cynthia y le preguntaré si quiere bajar.

La mujer se marchó antes de que Ron pudiera decirle que la decisión no era de su hija, sino suya, y él se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro. Estaba tan nervioso como cansado.

Mientras contemplaba los caros objetos y muebles de la mansión, pensó que él no había tenido nada parecido de niño. Por eso, trabajaba a destajo; no quería que su hija tuviera que pasar calamidades, como le había sucedido a él.

Aquello le recordó la reunión que debía haber mantenido en Ginebra. Estaba seguro de que sus compañeros, Ted y Ben, harían un buen trabajo; eran grandes profesionales, perfectamente capaces de cerrar el trato en buenas condiciones. Pero estaba acostumbrado a hacer las cosas en persona, y de hecho, ésa era gran parte de la razón de su éxito. Cualquiera que firmara un acuerdo con su empresa sabía que podía contar con el total compromiso de Ron Egan, y temía el efecto que su ausencia pudiera tener.

En todo caso, se dijo que volaría a Ginebra en cuanto solucionara el problema con su hija. El trato que debían cerrar no era un trato cualquiera, sino una fusión de empresas, algo más relacionado con la política y el don de gentes que con el dinero, algo que nadie podía hacer mejor que Ron Egan.

Un par de minutos más tarde, la puerta de la sala se abrió y aparecieron Kathryn y Cynthia.

Ron miró a su hija. Llevaba unos vaqueros y una camiseta, con el pelo suelto sobre los hombros. Parecía mucho más tranquila que de costumbre, aunque resultaba evidente que se sentía insegura. Era la viva imagen de su madre, Erin.

—¿Por qué has venido? —preguntó Cynthia—. No quiero que estés aquí.

—Cynthia, soy tu padre…

—Lo sé. Y yo ya tengo dieciséis años.

Ron pensó que era increíble que a su edad se creyera una persona adulta, pero naturalmente no dijo nada al respecto.

—Pero yo sigo siendo tu padre. Deberías haberme dicho lo que pasaba. Si no hubieras vuelto a casa, Margaret habría llamado a la policía y a estas horas te estarían buscando por todo el país.

—¿Qué sentido tenía que te lo contara? No habrías podido hacer nada.

—Habría podido ayudarte.

—No necesito tu ayuda. Puedo cuidarme yo sola.

—Comprendo —dijo él—. ¿Y cuándo pensabas contarme lo de tu embarazo?

Cynthia no dijo nada.

—¿Pensabas mantenerlo en secreto? —continuó Ron.

—Sólo puedo decirte que me quedaré aquí hasta que tenga el niño. Además, no hace falta que vaya al instituto, porque puedo estudiar y terminar el curso aquí.

—Bueno, ya nos preocuparemos de eso en otro momento… ¿Cómo te encuentras? Estás muy pálida.

—Estoy pálida porque estoy embarazada —declaró la joven—. Pero no tiene importancia. Además, Ruby Collias, el ama de llaves, hace menús especiales para embarazadas y como todo lo que necesito sin engordar demasiado.

—Se supone que todas las embarazadas ganan peso… —le recordó.

—Tal vez, pero yo no quiero engordar. Si lo hago, luego me costará mucho perder los kilos de sobra.

Ron no quería que la conversación derivara hacia algo tan trivial como el peso, así que decidió retomarla por otro punto.

—¿Y qué pasa con el padre?

—Él no sabe nada.

—Deberías decírselo.

—No, es mi hijo. Además, no quiero destrozar también su vida.

—Cynthia, si de verdad quieres tener el niño, puedes estar segura de que nos ocuparemos de que no destroce tu vida. Yo no lo permitiría.

—¿Ah, no? Por Dios… soy menor de edad y me he quedado embarazada. Mi vida ya está destrozada y no puedes hacer nada para cambiarlo.

—Podrías no tener el niño, Cynthia —le recordó—. Pero si ya has tomado una decisión en ese sentido, debes actuar de forma responsable. Y para empezar, deberías decírselo al padre. Tiene derecho a saberlo.

—No, no lo tiene.

—Pero sospechará algo cuando vea que no vuelves al instituto…

—Lo dudo. Le he dicho a todo el mundo que me marchaba a vivir a Connecticut, así que nadie sospechará nada.

Ron empezaba a estar desesperado con la actitud de su hija, así que pensó que sería mejor que la llevara a casa para poder charlar con tranquilidad.

—En fin, recoge tus cosas y vámonos.

—No voy a ir a ninguna parte. Me quedo aquí.

—¿Por qué?

—Ya te lo he dicho. No quiero que nadie lo sepa.

—Lo sabrán más tarde o más temprano, hija.

—No si me quedo aquí y tú vuelves a Suiza. Creerán que me he marchado a Connecticut, como acabo de decirte—explicó—. Además, añadí que Margaret permanecería aquí, en nuestra casa, por si no nos gustaba nuestro nuevo hogar y decidíamos volver.

Ron ni siquiera se molestó en explicarle que la historia que se había inventado hacía aguas por todas partes, porque no tenía sentido. Sus amigos se preocuparían por ella. Los vecinos harían preguntas. Y hasta la dirección del instituto comenzaría a realizar gestiones al observar que no volvía a clase.

—¿Por qué no dejas que te lleve a casa? —preguntó él—. Podríamos dormir un poco y pensar algo por la mañana.

—¿Pensar algo? ¿Qué?

—No lo sé, pero tienes que entender que las cosas no van a ser iguales a partir de ahora.

—Lo entiendo de sobra. No soy tonta.

—Yo no he dicho que lo seas. Pero hasta las personas más inteligentes tienen problemas de vez en cuando. Y hay tantas cosas que a tu edad desconoces…

—Si estás insinuando que no sé lo que digo porque soy demasiado joven, me voy ahora mismo —declaró, enfadada.

—No lo entiendes, Cynthia. No se trata de que seas joven, sino de que no tienes experiencia. La maternidad es algo muy complejo. Ni tu madre y yo lo entendíamos, aunque pasaron tres años antes de que te tuviéramos.

—Es curioso que te refieras a la experiencia, porque hace dieciséis años que eres padre y todavía no has entendido nada.

—¿Tú crees? Ciertamente, hay algo que no entiendo: que les cuentes ciertas cosas a tus amigos y no seas capaz de contárselo a tu propio padre. Y tampoco entiendo que no quieras abortar, por cierto.

—No, no quiero hacerlo. Necesito a mi bebé.

—¿Que lo necesitas? —preguntó, asombrado—. Por Dios, Cynthia, sólo tienes dieciséis años y todavía no has salido del instituto. ¿Cómo puedes necesitar algo así?

Los ojos de Cynthia se llenaron de lágrimas. Ron extendió una mano para tocarla, pero ella se apartó.

—Eres tan estricto que ni siquiera me permitiste tener un gato —declaró ella—. Te lo rogué una y mil veces, pero siempre te negaste.

—Sabes que soy alérgico a los gatos.

—Pero lo habría tenido en mi habitación y habría cuidado yo sola de él. Además, eso no debería haberte preocupado; a fin de cuentas, nunca ibas a mi habitación.

Cynthia se marchó entonces y Ron se quedó allí, helado, sin saber qué había sucedido. Aquello no tenía ningún sentido. Incluso había comparado el hecho de tener un niño con tener un gato.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Ron a Kathryn.

—Porque es evidente que no entiendes nada.

—¿Que no entiendo nada? ¿A qué te refieres? ¿Es que sabes algo que no me ha contado?

—Cynthia quiere amar. Quiere a alguien a quien pueda querer, y que a su vez, la quiera.

—¿No te parece que hay una pequeña diferencia entre ser madre y tener un maldito gato? Su actitud es increíblemente irresponsable. Además, le ofrecí un perro y dijo que no lo quería.

—¿Pero llegaste a regalárselo?

—No.

—¿Lo ves?

—¿Qué es lo que tengo que ver?

—Que debiste regalárselo. Le habría encantado.

—Pero si dijo que no lo quería…

—Ya, bueno, pero hay una gran diferencia entre lo que se dice a veces y lo que se piensa. Por otra parte, ese asunto del gato sólo era una forma como otra cualquiera de llamar tu atención —observó Kathryn—. Pero, por lo visto, no entiendes a tu hija.

—Lo sé —confesó él—. Es verdad, no la entiendo.

—Aunque supongo que lo has intentado…

—No sabes cuánto.

—Pero probablemente estabas demasiado concentrado en tu trabajo para poder entenderla…

—Tal vez. Sin embargo, siempre le he prestado atención —explicó él—. Por desgracia, mi trabajo no me deja mucho tiempo libre. ¿Tienes idea de lo complicado que es el mercado internacional? ¿Sabes lo que cuesta sobrevivir en ese ámbito?

—Lo sé. Mi padre se ha pasado toda la vida trabajando en un campo parecido al tuyo. De hecho, os parecéis bastante.

—¿Y qué pretendes decirme con eso? ¿Que estoy condenado a no entender a Cynthia?

—Podrías aprender. Puedo recomendarte unos libros excelentes…

—¿Libros? No tengo tiempo para leer libros.

—¿Y cómo esperas comprender a tu hija si no te concedes el tiempo suficiente para ello? Necesitas formación. Necesitas aprender a ser padre.

—Entonces, enséñame tú.

—No creo que sea capaz.

—Oh, vamos, dudo que fuera muy complicado. Soy inteligente, estoy deseando hacerlo y puedo empezar ahora mismo.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

ESTÁS seguro de que todo ha ido bien?

Ron llamó a Ted en cuanto llegó a casa. Eran las siete y veinte de la mañana en Ginebra y a esas horas se estaría preparando para la segunda ronda de negociaciones, así que sabía que lo encontraría despierto. En cambio, él seguía agotado. Todavía no había dormido.

—Sí. Lord Hradschin está a favor de la fusión —le informó—. No hay nada que le guste más a ese viejo pirata que el dinero.

Ron era consciente de que durante los primeros días de negociaciones no surgiría ningún obstáculo importante. Sólo se trataba de explicar los planes de la fusión y la forma de reestructurar la empresa, así como de ofrecer datos básicos sobre costes y beneficios y responder a preguntas. Ted siempre había sido un magnífico profesional, capaz de hacer que todo lo complicado pareciera sencillo, y Ben se las arreglaba para que cualquiera se sintiera bien con independencia de las circunstancias. Pero cuando surgían verdaderos problemas, cuando se necesitaba cierto carisma y energía, él era indispensable.

—Me alegro, pero no pases a otras cuestiones hasta asegurarte de que han comprendido perfectamente bien lo anterior. Si no lo hacen, surgirán complicaciones.

Por supuesto, Ron ya había renunciado a la idea de regresar a Ginebra de inmediato. La situación de su hija era demasiado problemática, y por otra parte, Kathryn se había comprometido a enseñarle a ser padre, aunque pensaba que no lo necesitaba en absoluto.

—Llámame si tienes problemas —continuó—. No sé cuándo podré volver. Me gustaría estar ahí dentro de un par de días a lo sumo, pero no puedo decírtelo con certeza.

—No te preocupes por eso.

—Ahora te dejo. Si no duermo un poco, me convertiré en un zombie —declaró—. Pero duro con ellos. Llevabas mucho tiempo esperando una oportunidad como ésta, así que aprovéchala.

Ron colgó el teléfono y se tumbó en la cama sin molestarse en desvestirse. Sólo quería relajarse un poco, aunque enseguida empezó a pensar en Cynthia y se puso aún más tenso.

Sabía que su relación no era perfecta; sin embargo, las cosas habían salido relativamente bien hasta que se había quedado embarazada, y por supuesto estaba deseando ponerle las manos encima al niñato que había causado el problema. Tanto Cynthia como él se habían comportado como dos perfectos irresponsables al no tomar las precauciones necesarias.

 

 

—¿Es verdad que está dispuesto a que le enseñes a ser padre? —preguntó Cynthia a Kathryn.

—Bueno, eso es lo que dijo. Pero está tan enfadado que no sé si me hará caso.

Estaban desayunando.en la cocina de la mansión, un lugar lleno de luz. El sol se filtraba por las ventanas a pesar de los robles que rodeaban la casa, en el jardín.

—¿Cómo puede enfadarse alguien contigo? —preguntó Lisette—. Eres preciosa…

—Mi padre nunca se fija en las mujeres, aunque sean tan bellas como Kathryn —explicó Cynthia—. Antes pensaba que no podía hacerlo porque seguía enamorado de mi madre.

—Eso suena muy romántico —dijo Lisette.

—Pues no lo es. Ahora creo que no se fija en ellas porque ninguna podría ser tan importante para él como su trabajo.