Algunos nos habíamos refugiado en aquel pequeño rincón con la esperanza de pasar inadvertidos, y continuábamos desplomados en el terciopelo, rodeados de un extraño lujo de cristales y apliques, protegiéndonos del exceso de humo y malos discos tras una cortina con emblemas –también ella, suelta de los alzapaños, estaba a punto de sucumbir–, aguardando el acontecimiento que nos infundiera las fuerzas para marcharnos, o esperando, quizá, que nos anunciaran un resplandor sobre el mar. Pues los más intrépidos habían ganado la terraza, donde yacían, con las mejillas prácticamente apoyadas contra la piedra, mientras nosotros nos espiábamos los unos a los otros entre aquellos afelpados muros, en ese estado de sumisión animal y un poco maliciosa que es la plácida antesala del sueño.
De repente, cuando nos hundíamos más y más entre aquellos cojines, alguien en quien apenas habíamos reparado hasta el momento se acercó a nuestro pequeño círculo de aletargados y, creyendo desconcertarnos, nos preguntó si habíamos oído hablar de la ballena.
La voz era opaca, un poco sorda; hay que admitir que, más que el fuego en su mirada, nos sorprendió la pregunta, que tanto desentonaba con las sedas y el velludo que nos tenían cautivos y entre los cuales la noche misma se volvía irreal. Una luz brilló significativamente en sus ojos, como un parpadeo. Las lámparas que apenas nos iluminaban también empezaron a parpadear a su vez… al tiempo que reconocíamos en la persona que nos hablaba a la viuda todavía joven de aquel a quien llamábamos «el Capitán». Se rumoreaba que la tristeza había nublado un poco el juicio de aquella mujer tan misteriosa –y no menos bella– que llevaba la cabeza envuelta en un crespón a modo de turbante, dejando a la vista una amplia frente de fría piedra.
–¿Saben que una ballena ha quedado varada en la costa? –continuó ella–. A algunos kilómetros de aquí… Una ballena blanca.
Uno de nosotros se levantó penosamente del puf donde dormitaba para preguntar si no se trataba de una leyenda –algo bastante comprensible, a fin de cuentas, a aquella hora en que la masa confusa de lo que uno «ha visto» y los testimonios de primera mano se abatía sin cesar sobre el mundo–, o si bien…