


Pensar la crisis: perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros / Iván Garzón Vallejo ... [et al], Adolfo Eslava Gómez y Jorge Giraldo Ramírez, prologuistas. – Medellín: Editorial EAFIT, 2020.
248 p.; 21 cm, – (Ediciones Universidad EAFIT)
ISBN 978-958-720-644-9
ISBN: 978-958-720-645-6 (versión EPUB)
1. Covid- 19 (Enfermedad). 2. Covid-19 (Enfermedad) – Aspectos sociales. 3. Covid-19 (Enfermedad) – Aspectos políticos. 4. Manejo de crisis. I. Garzón Vallejo, Iván. II. Eslava Gómez, Adolfo, pról. III. Giraldo Ramírez, Jorge, pról. IV. Tít. V. Serie
301 cd 23 ed.
P418
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
Pensar la crisis. Perplejidad, emergencia y un nuevo nosotros
Primera edición: junio de 2020
© Adolfo Eslava Gómez, Jorge Giraldo Ramírez –Coordinadores–
© Editorial EAFIT
Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23
http//www.eafit.edu.co/fondo
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-644-9
ISBN: 978-958-720-645-6 (versión EPUB)
Edición: Marcel René Gutiérrez y Cristian Alejandro Suárez
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imagen de carátula: Male Correa, Alguno será. Tintas y acrílicos sobre papel imprimado, 110 x 100 cm., 2019.
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación, Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia, Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia, Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Introducción
Adolfo Eslava Gómez y Jorge Giraldo Ramírez
Consideraciones sobre la crisis
Jorge Giraldo Ramírez
Grietas, fracturas y posibilidades de nuevos órdenes con ocasión del COVID-19
Juan Gabriel Gómez Albarello
¿El fin del liberalismo?
Iván Garzón Vallejo
Cuarto espíritu del capitalismo: pandemia y malestar
Johnny Orejuela
Cuarentena mental
José Luis Villacañas
Coronavirus y el arte de la paciencia
Alberto Buela
Sabiduría práctica en tiempos de crisis
Jonathan Echeverri Álvarez
¿Se gobierna una crisis? Insumos para una agenda de investigación de la teoría y la praxis del gobierno
Adolfo Eslava Gómez
Algunas ideas desde los estudios del comportamiento para entender, analizar y enfrentar la crisis del COVID-19
Santiago Silva Jaramillo
El valor de la vulnerabilidad
Mariantonia Lemos
Pandemia: interpretaciones y otros demonios
Daniel Jaramillo Arroyave
Los niños y el confinamiento
Alejandra Ríos y Mateo Navia
De encierros y plagas
Omar Mauricio Velásquez
Pandemia al diario. El inicio de una cuarentena que casi se cobra su primera víctima
Alfonso Buitrago Londoño
“Sublime”. Un pliegue matemático para la historia de estas emociones
Carlos Andrés Salazar Martínez y Olga Lucía Quintero Montoya
Habitar poéticamente el ciberespacio. Digresiones optimistas en tiempos de confinamiento
Mauricio Vásquez Arias y Lorena Avilés Romero
Reflexiones sobre el uso de la virtualidad en el aprendizaje de la música, surgidas a partir de la emergencia generada por la pandemia del COVID-19
Javier Asdrúbal Vinasco Guzmán
Reflexiones de un financiero, en el contexto de una crisis global
Víctor Manuel Sierra Naranjo
Notas al pie
De repente, el COVID-19 nos ha puesto en un nuevo lugar en el que incertidumbre y complejidad coinciden para desafiarnos a actuar de un modo distinto al habitual. Se revitaliza entonces la necesidad de cuestionar, pensar y proponer. De allí nace esta iniciativa de la Universidad EAFIT. La motivación surge porque para muchos de nosotros la escritura es remedio para lidiar con las sensaciones de estos días y el objetivo es aportar reflexiones breves y libres, divulgativas y propositivas. Perplejidad como reacción inmediata, emergencia de decisiones y acciones, y un nuevo nosotros como eventual consenso es la síntesis de acontecimientos que configura el punto de partida de las consideraciones que se presentan en este libro.
En primer lugar, es importante señalar que decidir es un acto tan cotidiano como respirar. En las decisiones confluyen emociones, intenciones y razones para definir cursos de acción. La crisis nos cuestiona el modo en que decidimos y nos genera esta perplejidad. Cuando la decisión por defecto, los otros que deciden por nosotros y la procrastinación se ponen en evidencia, entonces descubrimos todas las rutinas y hábitos que rodean el diario quehacer. Nos damos cuenta de la omnipresencia de la decisión y la no-decisión, y el descubrimiento nos deja atónitos.
Ahora bien, pensar en la Universidad es un acto esencial, vital y trascendental. La posibilidad de iluminar los asuntos humanos y técnicos comienza con chispazos fortuitos que requieren de condiciones para surgir. Luego se encienden las llamas de datos y relatos, dispositivos y laboratorios que permiten alumbrar diversos escenarios del saber y del hacer. Así, la academia tiene la obligación de proyectar el conocimiento que genera y gestiona hacia la sociedad. No obstante, la pandemia y el confinamiento son fenómenos caracterizados por el desconocimiento, razón por la cual se requiere una pausa en medio de la barahúnda y así obtener un orden de magnitud de la ignorancia.
Pensar y decidir bajo incertidumbrey complejidad es el desafío común que había permanecido latente. Ahora es patente y nos estamos preparando para asumirlo, ya que no es posible postergar ni dejar en manos de otros. ¿Qué está sucediendo?, ¿cómo está cambiando la vida cotidiana?, ¿qué sigue?
Por eso, algunos profesores, básicamente de la Escuela de Humanidades, y empleados administrativos de la Universidad EAFIT aceptaron el reto de pensar en caliente. Otros profesores externos, dos extranjeros y dos colombianos, se sumaron a esta iniciativa. Las contribuciones son muy variadas, tanto por el enfoque como por el propósito. Aunque eludimos la idea de establecer secciones claras, los textos abarcan preocupaciones filosóficas y miradas generales, al principio; reflexiones vivenciales, personales, hacia la mitad; y preguntas específicas por el quehacer disciplinar y académico, al final.
Esperamos que este libro nos ayude a pensar, debatir, criticar, proponer, en los meses venideros.
Adolfo Eslava Gómez y Jorge Giraldo Ramírez
Medellín, 15 de abril de 2020

Primera
La crisis global de 2020 se desató por un fenómeno sanitario previsto –según fuentes diversas, institucionales y científicas– y se convirtió en una crisis económica y, en muchos países, en una crisis social. A ese carácter múltiple debe complementársele el rasgo de ser, probablemente, acumulativa. En efecto, el siglo XXI –siguiendo la convención establecida por Eric Hobsbawm– ha sido, hasta ahora, un siglo crítico: tres crisis económicas en menos de cinco lustros (1997, 2008, 2020), tres crisis sanitarias globales (2006, 2015, 2020), una crisis crónica de seguridad global desatada desde el 11 de septiembre de 2001, la mayor explosión migratoria de los últimos cincuenta años, el calentamiento global.
De este modo, la situación en grandes porciones del globo se ha vuelto excepcional y así ha sido tratada por los distintos regímenes políticos: ley marcial, emergencia económica, competencias especiales para el poder ejecutivo, omnipotencia latente de la policía. La normalidad jurídica ha sido trastornada y los ciudadanos de todo el mundo están siendo conminados a ceder sus libertades y derechos en aras de salvar bancos y grandes empresas, salvaguardar la seguridad pública o personal, proteger su salud, etc. Como lo anunció un grafiti en Hong Kong, la normalidad mundial del siglo XXI ya era problemática; la crisis de 2020 simplemente la hizo inocultable.
Segunda
La crisis actual está siendo leída en diversas claves: como una crisis de la globalización, como crisis del capitalismo, como crisis del liberalismo, como crisis de la civilización, de la civilización occidental, ilustrada y cristiana. Algunos de estos síntomas podrían ser explicativos, otros más bien derivados.
En principio, parece claro que una forma particular de ensamblaje entre el capitalismo financiero, la democracia de masas y la cultura hedonista contemporánea se está yendo a pique. Estos tres elementos tienen en común –entre otras cosas– la visión de corto plazo: rendimientos altos, ciertos y rápidos; gobiernos personalistas destinados a satisfacer a las masas para garantizar la continuación de una carrera política o de otro periodo; consumo veloz, superfluo, obsesión por el estatus simbólico.
Una aclaración, por vía negativa, parece necesaria para caracterizar el deterioro de este ensamblaje. No se trata de cualquier capitalismo, se trata de la versión más utilitaria que liberal, más financiera que industrial, más especulativa y rentista que productiva. No se trata de la democracia como gobierno mixto –republicano, en los términos del siglo XVIII–, sino de la democracia autoritaria, poco competitiva, que desborda el equilibrio de poderes y se resuelve en la conjunción de hegemonía plutocrática u oligárquica y satisfacción simbólica del populacho, para usar la expresión técnica de Hannah Arendt.
Tercera
En un nivel más profundo se trata de una crisis de los principios ilustrados, tal y como los elaboró Immanuel Kant. El pensamiento de Kant terminó moldeando el mundo occidental de la segunda posguerra: el esfuerzo por establecer instituciones supraestatales, reglas universales pivotadas en la idea de la dignidad humana, primacía del derecho sobre la política, visión blanda pero ineluctable del progreso. El año 1989 pareció ser el broche de oro para asegurar la nueva época mundial; muchos estadistas (Bush I), filósofos (Habermas), politólogos (Doyle) cedieron a ese entusiasmo. La apoteosis duró poco y sus averías (por ejemplo la guerra de los Balcanes) fueron minimizadas.
No se trata de la herencia ilustrada, en general. Se trata de aquella ilustración –la continental, en el léxico especializado– que radicalizó los aspectos racionalistas, individualistas, materialistas y progresistas. Un racionalismo que pretendió emascular los elementos afectivos y pasionales de la vida humana; que soslayó la importancia del arraigo cultural, comunitario y nacional de las personas; que procuró arrinconar las expresiones espirituales, organizadas o no en iglesias; y que presumió que el declive de la especie humana, de sus formas de organización social, era imposible. En el trecho epocal que transitamos está claro que la afectividad, la comunidad, la espiritualidad y el decrecimiento son rasgos de la vida individual y colectiva; y que no nos los deben, no pueden, ser amputados.
Cuarta
Esta herencia se codificó hasta el paroxismo y creó un marco mental para el desarrollo de las actividades de los grandes conglomerados humanos, caracterizado por la normalización, la matematización y la especialización.
El mundo se normalizó; no fue solo el triunfo del derecho positivo sobre el derecho natural o los criterios locales de justicia o de la constitución política como acuerdo supracultural de la sociedad. La norma se propagó como mecanismo de homogeneización y de control. El léxico contemporáneo se plagó de sinónimos de la norma: regulación, parametrización, estándares, protocolos (por ejemplo, hay más de veinte mil normas creadas solo por la International Organization for Standardization, ISO, que terminó convertida en uno de los centros del poder blando mundial). El mundo se hizo sistema y, con ello, como anotó Canetti, se hizo despiadado.
No bastó que la norma fuera operativa, escueta, unívoca. Se convirtió en norma matemática; la contabilidad pasó a irrigar todos los campos de la vida social. Si algún asunto no fuera medible, matematizable, se consideraría inexistente. La matematización hace que el control sea más tosco; no importan los hechos, solo los números; no hay realidad fuera de la hoja de tres columnas. La matematización estadística fijó el dominio del promedio, la mediana y la moda; desaparecieron los números pequeños, las individualidades y las colas, la diversidad.
Detrás de los números, vinieron las clasificaciones ordinales. El mundo sujeto a una tabla de clasificación, como las que existen en los deportes. La definición del orden se hizo equivalente al éxito; la excelencia y la virtud resultaron avasalladas por el ranquin. Contables, estadísticos, modeladores matemáticos, administradores, todos se convirtieron en los sacerdotes y profetas del nuevo orden. Los hechos se redujeron a datos y los datos a números, pero nada demanda más premisas y exámenes que un número. De antiguo se sabe que toda cifra necesita ser descifrada; en nuestro tiempo se le adora sin entenderla.
La especialización –técnica, compartimentada, incontestable, desvinculada del propósito social– pasó a dominar el campo del saber y relegó al rincón las miradas interpretativas, comprensivas, imaginativas, generales; así también, la filosofía práctica (ética y política), la sociología, la narrativa. Buena parte del trabajo filosófico sucumbió a discursos deductivos, ideales, formales, y buena parte de los humanistas se olvidaron de los seres humanos concretos. Los especialistas siguieron la senda estúpida de Samuel T. Cohen (1921-2010), el inventor de la bomba de neutrones, el artefacto que solo mataba la vida y no destruía los bienes inertes. La bomba, dijo, era la máquina “más sana y moral jamás diseñada porque, cuando la guerra termine, el mundo seguirá intacto” (el virus tampoco mata a las máquinas). Cada especialista conoce el mundo, como el proverbial sapo en el pozo. Se dijo que habían desaparecido los grandes relatos, sin lamento, casi con satisfacción.
Quinta
El dominio de la normalización, la matematización y la especialización ha creado una ceguera respecto a la excepción, la improbabilidad, la mirada panorámica del mundo. La pandemia lo puso en evidencia: fue advertida por intelectuales no especializados (Laurie Garret, 1994; Martin Rees, 2009), instituciones nacionales (Instituto de Medicina de los Estados Unidos, 2004), líderes sociales (Bill Gates, 2015), organizaciones globales (Junta de Vigilancia Mundial de la Preparación, 2019).
La lista puede repetirse para cada una de las crisis enumeradas en la primera consideración. Cada crisis fue presentada por los dirigentes como si fueran rayos en cielos serenos; pero no lo eran. Durante los días calmos, los artistas (Atwood, Dick, Miller, McCarthy) e intelectuales (Judt, Han, Sloterdijk, Young) que recurrieron a la distopía o al pesimismo fueron vistos como aves de mal agüero, apocalípticos. Los apologistas del orden contemporáneo olvidaron dos cosas esenciales, una material y otra moral. La material: el bienestar en las sociedades contemporáneas es muy inferior a las capacidades logradas por la civilización; la moral: solo desde la advertencia del peligro pueden construirse proyecto y esperanza.
La heterodoxia, la ambigüedad, la espontaneidad, la contingencia, la improbabilidad, la incertidumbre han sido desterradas. Con ellas, la racionalidad práctica (phrónesis) como ejercicio del deseo razonado (proaíeresis); la consideración (consideratione), la intuición, la imaginación, la inquietud (sollicitudo).
Sexta
La unificación de la lectura numérica, regular, binaria del mundo convergió con la unificación del poder. El esfuerzo liberal y moderno de separar los poderes de la política, de la economía y de las ideas tuvo su agonía en el último tercio del siglo XX. La política se llenó de plutócratas, los políticos se enriquecieron capturando las rentas del Estado, los ricos compraron los medios tradicionales de comunicación y usufructúan el big data de los medios sociales virtuales. Un pequeño segmento de la población mundial –que algunos manifestantes callejeros identificaron con el 1% (otro número)– pasó a controlar casi todo el poder. No es gratuito que el presidente del país más poderoso del mundo sea multimillonario, campeón de Twitter y haya sido estrella de reality show.
La unificación del poder real tiene un programa definido que se caracteriza por la búsqueda de la maximización racional del beneficio, concepto contemporáneo que puede identificarse con los viejos vicios de la codicia y la avaricia. Ganancia máxima, satisfacción instantánea, consumo compulsivo han sido sus divisas. Como dijo Marx, todas las relaciones humanas resultaron atravesadas por el frío pago al contado.
Séptima
La forma en que se afrontan las crisis traza las líneas maestras del periodo siguiente. La crisis de 1997 sembró la doctrina según la cual había que salvar los bancos (ellos son la base de la confianza, se ha dicho), nada de competencia abierta ni destrucción creativa; la crisis del 2001 sembró la primacía securitaria, despertó la xenofobia e hizo cómodo deshacer las libertades; la invasión a Irak quebró el espinazo del sistema institucional de Naciones Unidas; las políticas de austeridad desataron la ira de los migrantes en París, produjeron Occupy Wall Street y llevaron las aguas al molino populista.
La respuesta global a la pandemia de 2020 parece marcar el camino de los años venideros con un refuerzo de la soberanía nacional (los muros legales se multiplicarán), del proteccionismo económico, del régimen de excepción, del recorte a las libertades, un aumento de la desigualdad originado en el choque darwiniano de la cuarentena (solo sobreviven los más fuertes), la cibervigilancia se hará oficial, la técnica se hará más insolente, la brecha digital hundirá más a los excluidos, y la defensa de la vida –que no importó en la guerra ni en la hambruna ni en los derechos reproductivosserá una excusa difícil de vencer. Nada indica que el mundo que viene después de la cuarentena vaya a ser mejor que el anterior.
No son novedades, solo la profundización de soluciones indicadas en las últimas décadas. Y si ya era improbable llevar una vida moral bajo el modo de vida imperante, ahora también lo será llevar una vida ilustrada, es decir, razonable, libre y solidaria.
Octava
Los seres humanos debemos recuperar lo que verdaderamente importa. La crisis acumulativa global de los veinticinco años recientes ha demostrado la incompatibilidad entre la noción contemporánea de lo bueno numérico (PIB, PyG, Dow Jones) y abstracto (humanidad, raza, país), y el bien definido en términos cualitativos (salud, educación, cultura) y concretos (persona, familia, comunidad). Entre lo bueno definido por tecnócratas y autócratas (todos ellos elegidos mediante el voto) y el bien definido entre las personas y los grupos interesados.
Los seres humanos debemos recuperar los compromisos incondicionales con los bienes identificados en la tradición clásica, secular o religiosa. Los únicos compromisos incondicionales de la sociedad contemporánea se remiten a la estética macroeconómica y al interés del Estado; todos los demás (vida, libertad, igualdad, bienestar) se ponen en segundo o tercer orden.
John M. Keynes dijo que “una vez que nos permitimos desobedecer la prueba de beneficios de un contador, hemos empezado a cambiar nuestra civilización”. Si es cierto que necesitamos un cambio de civilización debemos subvertir la contabilidad hegemónica, su forma de contar. Pero también su léxico (éxito, felicidad, beneficio). Mostrar que los verdaderos valores no son los de la bolsa.
Novena
Todas las advertencias que se nos han hecho debieran ayudarnos a establecer nuestro horizonte.
No hay horizonte temporal razonable que se extienda más allá del término de una generación, a lo sumo de una vida humana. Existe la obligación moral de actuar. El presente extendido, el porvenir como lo que está a la mano, tiene que constituir el arco de tiempo en el que debemos hacer que pasen cosas diferentes y notables.
No hay horizonte físico más allá de la comunidad. Ni los Estados nacionales ni los organismos supraestatales lo harán; la confianza en ellos es una excusa para la inacción propia. Cada persona, cada familia, cada comunidad educativa, cada corporación cimentada en el trabajo grupal deberán construir las nuevas formas de relacionamiento, cooperación y protección de sus miembros. Ello supone –como decía Italo Calvino– quitarle espacio al infierno.
Hoy más que nunca hay que hacer conciencia de nuestra finitud. Cultivar esa conciencia exigirá muchas desconexiones. Desconectarse nos dará más posibilidades de autonomía y dará más poder a nuestras manos.
Ante la vulnerabilidad y la fragilidad manifiesta de los seres humanos –manifiesta ahora con una pandemia que azotó primero a los países desarrollados (y a las regiones más desarrolladas de ellos) y que no reconoció clase social– hay que generalizar una ética basada en la consideración, la responsabilidad, el cuidado. La consideración igual de cada persona demanda reflexión y contemplación; la responsabilidad demanda afecto y personalización; el cuidado demanda lentitud y compasión.

Si algo podemos aprender de las pestes devastadoras del pasado es que las fibras morales de la humanidad han cambiado muy poco o nada, un dato que bien nos podría hacer escépticos acerca de los posibles efectos benéficos de la crisis del COVID-19. Empero, el carácter global de esta crisis sigue siendo una gran oportunidad para repensar y alterar la trayectoria que ha seguido el mundo hasta ahora.
–1–
De partida, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el orden social no se ha derrumbado y que la gran mayoría de personas no ha sido arrastrada por la vorágine del carpe diem, como sucedió con muchas pestes del pasado. Las memorables páginas que dedicó Tucídides a la peste en Atenas durante el segundo año de la guerra del Peloponeso nos proporcionan el más vívido contraste con lo que ocurre durante este primer año de la pandemia. La expectativa de que la crisis se va a superar y de que tendremos que enfrentar una grave recesión invita a la frugalidad o, por lo menos, al consumo moderado. Desde luego, siempre habrá quienes se lancen al desenfreno, pero no conozco casos de gente que haya dilapidado en una gran juerga el legado de sus parientes muertos por el COVID-19.
Esto tiene que ver con un hecho que no podemos menospreciar en lo absoluto. La mortalidad del virus es devastadora, pero es sustancialmente inferior al número de muertos durante las pestes del pasado. Las estimaciones que tenemos son bastante inexactas, pero es indisputable que el número de víctimas en siglos anteriores fue sustancialmente mayor. Los avances de la ciencia y la provisión organizada de los servicios de salud son dos causas fundamentales de la menor cantidad de víctimas durante esta pandemia. Las dos cosas van juntas. Donde los líderes políticos ignoran la ciencia y el sistema de salud es precario, lo más probable es que la tasa de mortalidad sea más alta, lo cual parece ser, desafortunadamente, el caso de Estados Unidos.
A diferencia también del pasado, la gran mayoría de Gobiernos ha puesto en marcha programas de asistencia social con el fin de asegurar que el conjunto de la población cumpla con la cuarentena decretada en cada país. Todos sabemos que, en ausencia de esos programas, la gente con hambre saldría a las calles, iría primero por los supermercados y luego por las reservas de alimento que cada uno tiene en su casa. El exagerado aumento de la venta de armas en los Estados Unidos es la mejor indicación del temor sentido por los ciudadanos de ese país de que el orden social se resquebraje y que, en el límite, la guerra de todos contra todos pueda convertirse en una realidad. Yo creo que estamos muy lejos de ese escenario hobbesiano de retorno a un supuesto estado de naturaleza por la sencilla razón de que, además de los economistas, los Gobiernos han escuchado la voz de quienes piensan que la economía no existe en el vacío y que, sin programas de asistencia social, el desorden sí podría ser una realidad.
La crisis del COVID-19 nos ha mostrado también que la libertad no existe en el vacío. Solo ideólogos libertarios delirantes y absolutamente marginales han montado un ataque contra la cuarentena como una restricción indebida de la libertad. Los libertarios más sensatos han permanecido en silencio, pues su ideología no les proporciona adecuadas indicaciones acerca del curso a seguir durante la crisis. No sé cuántos libertarios continúen inmunizados contra la realidad e insistan en que la contribución obligatoria al financiamiento del sistema de salud constituye un asalto a la autonomía individual. La pandemia, que no respeta demarcaciones sociales, la misma que puso en cuidados intensivos al primer ministro del Reino Unido, enseña que es preciso contar con un sistema de provisión colectiva de la salud, financiado mediante esas contribuciones obligatorias. Sin embargo, la capacidad que tenemos los seres humanos de racionalizar los hechos que contradicen nuestras creencias es casi infinita. Basta tomar nota de la forma en que muchos libertarios explican la decisión de Ayn Rand de recurrir a la ayuda del sistema de seguridad social al final de su vida.
La ideología liberal también ha sufrido un fuerte embate durante esta crisis. Ofuscados por el contraste entre la recuperación de China y la rapidísima difusión del contagio en Italia y España, varios observadores se apresuraron a decir que la política autoritaria le había ganado la partida a la política liberal. Esta es una conclusión errada, que resulta del limitado ámbito de atención de quienes realizan semejante inferencia. Si uno compara a China con Taiwán, la conclusión que hay que sacar es otra. Donde hay libertad de prensa, la ciudadanía puede rápidamente alertar a las autoridades del brote de una epidemia. Esa ciudadanía, además, movida por un sentimiento de autocuidado y solidaridad, puede usar las nuevas tecnologías de la información para identificar los focos de contagio y ayudar así a dirigir los esfuerzos de las autoridades para prevenir la difusión del virus. El uso cívico de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación es la gran lección que hay que sacar de la experiencia taiwanesa. Ese uso cívico es la mejor respuesta al vigilantismo estatal del modelo chino y a la ansiedad de pensadores que nos aseguran que lo que viene después del COVID-19 es la sociedad panóptica. No quiero menospreciar el riesgo de que esa sociedad surj a del capitalismo de la vigilancia del cual se nutren empresas como Google, Apple, Facebook y Amazon. Sin embargo, Taiwán ha demostrado que es posible un uso cívico del Internet, por lo cual sigue siendo posible mantener un orden social basado en la libertad individual. Desde luego, este orden tiene que pensarse de nuevo, por lo cual creo que de esta crisis saldrá, si no una ideología nueva, por lo menos versiones revisadas del liberalismo.
El orden mundial sí ha quedado seriamente resquebrajado por la crisis del COVID-19, pero hasta ahora no está roto del todo. A este respecto, la mayor incógnita es Estados Unidos, y la mayor incógnita de Estados Unidos es Donald Trump. Su errática forma de actuar ha tenido dos consecuencias muy graves: ha debilitado sustancialmente la posición de su país relativa a las demás potencias y, al mismo tiempo, lo ha convertido en un socio que no es confiable. A medida que se profundiza la crisis de salud pública, es innegable que la crisis económica que afrontará Estados Unidos será muchísimo mayor. Por tanto, contará con muchos menos recursos para sostener la posición de preeminencia que China le había comenzado a disputar antes de la pandemia. Estados Unidos ha salido airoso de muchas crisis en el pasado, por lo cual no puede descontarse que lo haga también en esta. Sin embargo, el egoísmo y la cortedad de miras de Trump van a hacer muy difícil que su país pueda apoyarse en la red de instituciones globales de las cuales su país deriva buena parte de su poder.
Es preciso anotar que el liderazgo ejercido por Estados Unidos fue decisivo para resolver anteriores crisis globales. En la actualidad, ese liderazgo está completamente ausente, lo cual ha impedido que surja una respuesta coordinada para contener la pandemia. A este respecto, sugiero contrastar el papel de la potencia norteamericana durante la crisis financiera de 2008 con el papel que ha jugado frente al calentamiento global y con el que asume en la actualidad respecto de la pandemia. Cuando estalló la crisis financiera, bajo la égida estadounidense, el Fondo Monetario Internacional y las bancas centrales de las economías más grandes coordinaron su respuesta como prestamistas de última instancia. No solo eso. Estados Unidos se benefició de la masiva compra de Bonos del