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Bibiana y su mundo
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Edición digital
Bibiana y su mundo
Coordinación editorial: Valeria Moreno Medal
Conversión a epub: Capture, SA de CV (México)
© del texto: José Luis Olaizola, 1985
Primera edición en España, 1985
© Ediciones SM
Impresores, 2
Parque Empresarial Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte, Madrid
Primera edición digital en México, 2020
D.R. © SM de Ediciones, SA de CV, 2009
Magdalena 211, Col. Del Valle
03100, Ciudad de México
Teléfono: (55) 1087 8400
1. Literatura española 2. Orfandad – Novela infantil 3. Problemas sociales – Novela infantil
Dewey 823 053
ISBN 978-607-243-876-7
978-968-779-176-0 de la colección El Barco de Vapor
Miembro de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana
Registro número 2830
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Olaizola, José Luis
Bibiana y su mundo / José Luis Olaizola. – 2ª ed. – México : Ediciones SM, 2016 El Barco de Vapor. Roja
ISBN : 978-607-243-876-7
1. Literatura española. 2. Orfandad – Novela infantil. 3. Problemas sociales – Novela infantil
Dewey 823 O53
A mi hija Fátima,
que fue la que mejor
conoció a Bibiana.
BIBIANA había nacido en un pequeño pueblo tan próximo a Madrid que con el tiempo se había convertido en un barrio de la capital, muy elegante, con casas rodeadas de jardines.
De pequeña, todos la conocían, la llamaban Bibi, entraba y salía por las casas como si fueran suyas, y en la pastelería tomaba dulces sin pagar. Los vecinos se compadecían de ella por ser huérfana de madre y porque su padre, además de no trabajar, se pasaba borracho gran parte del día y todas las noches sin excepción.
Tenía entonces cinco años, y, de saberlo, se hubiera asombrado de la compasión que sentían por ella. De lo de su padre no se daba cuenta, ya que pensaba que todos los padres eran así: por las mañanas, serios y quejumbrosos; por las noches, muy alegres.
Como veía que en las casas eran las mujeres las que cuidaban de los hombres —les daban de comer, les lavaban la ropa...—, aprendió a hacer estos trabajos para su padre.
La enseñó la señora Angustias, una vecina muy mayor que, de acuerdo con su nombre, siempre estaba angustiada. Cuando veía a Bibi hacer los trabajos de la casa, largaba unos suspiros estremecedores y no se recataba de mirarla compungida:
—¡Pobre hija!
Al decirlo, se le llenaban los ojos de lágrimas; pero esto no le extrañaba a Bibi, porque también lloraba con las novelas de la radio y las series de televisión.
La señora Angustias le suplicaba al padre de la niña:
—¡Rogelio, tenga compasión de este pobre ángel!
El ángel era Bibi, y entonces, por la noche, su padre se compadecía y la acariciaba en forma de cosquillas, muy suavecito, hasta que se dormía. También le contaba cuentos. Unas veces eran divertidos y otras tristes, pero todos tan buenos que los chicos del colegio se quedaban embelesados cuando ella, a su vez, se los repetía.
La profesora le preguntaba:
—¿Dónde aprendes esos cuentos?
—Me los cuenta mi padre —contestaba Bibi muy satisfecha. Se quedaba asombrada de que la señorita Tachi, en lugar de admirarse y alabárselos como hacían los niños, endureciese su rostro y musitase:
—Más le valía cumplir con su obligación como los demás padres.
Bibi no entendía lo que quería decir con eso. Los padres de los otros niños no sabían contar cuentos y, además, estaban casi siempre muy enfadados. Algunos, incluso, pegaban a sus hijos. Para colmo, la mayoría de ellos se pasaban el día fuera de casa porque trabajaban en Madrid. En muy pocos años, el pueblo se había convertido en un barrio de la capital, rodeado de urbanizaciones preciosas, con jardines, edificios y chalés de gente que llegó de Madrid, que estaba tan solo a catorce kilómetros.
En cambio, su padre siempre estaba a su disposición: o bien en su casa o, lo más lejos, en la taberna.
—¡Qué vergüenza —se lamentaba la señora Angustias—, que esta pobre niña tenga que ir a buscar a su padre a la taberna!
A Bibi no le importaba hacerlo —tendría ya unos diez años—, porque la taberna estaba a dos manzanas de su casa. Tampoco le gustaba demasiado, porque no todos los borrachos eran como su padre. Algunos gritaban, peleaban, decían palabras horribles, incluso blasfemias. Su padre, apenas la veía entrar en la taberna, le decía:
—Espérame fuera, Bibi; enseguida salgo.
Y cumplía su palabra, Salía rápido, aunque fuera tambaleándose.
Desde que iba al colegio, sabía que su padre era un borracho porque se lo dijeron varios niños de la clase. Pero no estaba segura de si eso era bueno o malo. O pensaba que los había de una y otra clase y que su padre era de los buenos. Una noche, cuando era pequeña, se lo preguntó:
—Papá, ¿qué es un borracho?
El hombre se quedó perplejo, como cogido en falta.
Era una noche en la que estaba muy simpático. Le había contado unos cuentos muy interesantes y, además, había rezado con ella las oraciones de antes de dormir, cosa que no siempre hacía.
—Es que... ¿te han dicho que yo soy un borracho?
—Sí, claro. Lo saben todos.
El hombre se quedó pensativo y le aclaró:
—Mira, hija, yo no es que sea, propiamente, un borracho. Lo que ocurre es que tengo como un dolor aquí —se señaló el corazón— que sólo se me pasa cuando bebo.
—Entonces, estás enfermo del corazón, ¿no?
—Bueno —balbuceó el padre—, no exactamente. Solo he dicho que tengo como un dolor.
—Y... ¿por qué no vas al médico?
—Es que son dolores que no los pueden curar los médicos.
—Entonces, ¿quién los puede curar?
—Yo creo que nadie.
Lo dijo con una tristeza tan grande que se la contagió a Bibi. El hombre se dio cuenta y, como para tranquilizarla, le dijo:
—La única que me cura ese dolor eres tú.
—¿Cuando soy buena? —se interesó Bibi.
—Siempre. Aunque seas mala. Oye, pero ahora caigo en la cuenta de que tú nunca eres mala. Y eso tampoco puede ser.
A Bibi le hizo gracia que su padre quisiera que alguna vez fuera mala.
—Bueno, papá, ya procuraré serlo.
Aquella noche no solo le hizo cosquillas para dormirla, sino que se durmió él antes, sobre la cama de Bibi, y la niña procuró no moverse para no despertarle.
Cuando se hizo un poco mayor, se dio cuenta de que lo del “dolor” del corazón era un truco de su padre. Pero nunca se atrevió a desenmascararle. Además, pensaba que si bebía sería por alguna pena muy grande que tenía y que ella no sabía cuál era.
Bibi sabía repetir tan bien los cuentos de su padre que se hizo famosa. Incluso tenía una habilidad que le faltaba a Rogelio: variaba el modo de contarlos según la edad de los niños que la escuchaban.
Su profesora, la señorita Tachi, se dio cuenta de ese don, y cuando en los días de lluvia los niños del jardín de infancia no podían salir al recreo, le pedía a Bibi que los entretuviera contándoles cuentos. Eso la hacía muy feliz, pues sentía tal admiración por la señorita Tachi que, cuando esta le pedía un favor, se atragantaba de la emoción.
La señorita Tachi era una mujer mayor —treinta años—, soltera, pálida, con un aire distante y entristecido. Pero muy guapa y elegante.
—Pero... ¿cómo puedes decir que es elegante? —le increpó Elena Manzaneda a Bibi—. ¡Es una vulgar!
Bibi apenas se atrevió a discutir este punto con Elena Manzaneda, que era la hija del Poderoso Industrial, una chica mayor, tan atractiva, tan importante, que hasta los profesores la respetaban.
—¿Sabes tan siquiera cómo se llama? —continuó Elena.
—Pues... Tachi —contestó Bibi, sorprendida de la pregunta.
—¡Qué te crees tú eso! Se llama Anastasia, y para disimularlo se hace llamar Tachi.
—Oye, pues hubo una duquesa, hija del zar de Rusia, que también se llamaba Anastasia.
—¡Pero qué pedante eres, hija! —se molestó Elena.
—No, si lo sé porque lo he visto en una película, en la tele de la señora Angustias —admitió humildemente Bibi.
Bibi no solía ser humilde; incluso tenía mucho genio, y hasta los chicos la respetaban porque, si se terciaba, no le importaba pegarse con ellos. Pero con Elena Manzaneda había que hacer una excepción. Su padre, el Poderoso Industrial, era el hombre más rico de la zona, y con gran diferencia, desde siempre. Tenía muchas tierras de labor, la granja avícola, la fábrica de piensos, el almacén y la tienda de venta de automóviles. Eso, antes de que el pueblo se convirtiera en un barrio de Madrid. Porque cuando esto sucedió, la mayoría de sus tierras de labor se transformaron en solares sobre los que construyeron los edificios ajardinados y las urbanizaciones de chalés con sus praderas y sus piscinas. En fin, algo tan maravilloso que era lógico que Elena Manzaneda fuera también maravillosa y respetada.
El Poderoso Industrial era tan rico que construyó y regaló unos campos polideportivos al colegio. Por eso los profesores procuraban no suspender a sus hijos. Con Elena era cosa fácil, pues se defendía en los estudios; pero con su hermano pequeño, Quincho, resultaba imposible, porque era el más vago del colegio, con diferencia. La prueba era que, aunque tenía trece años, estaba en la misma clase de Bibi —que solo tenía once— por haber repetido dos veces curso.
Bibi tenía decidido ser profesora, como la señorita Tachi, cuando fuera mayor.
SU FAMA DE NARRADORA de cuentos le vino muy bien, porque la empezaron a llamar de las casas para que entretuviera a los niños pequeños mientras las madres iban a la compra o a la peluquería.
Al principio apenas le pagaban porque iba a casas de señoras del pueblo, que la conocían de siempre. La compensaban dándole de merendar o de cenar, o le regalaban frutas y dulces para que se los llevara a su casa. Alguna vez le preguntaban:
—¿Qué te apetece llevarte hoy, guapa?
—Pues preferiría llevarme cigarrillos.
—¿Cómo dices? —se asombraba la señora. Pero luego caía en la cuenta y se escandalizaba—: Será para tu padre, ¿no?
—Sí, señora.
Si estaba el marido delante, era corriente que se echara a reír, porque Rogelio sentaba muy mal a las señoras, pero entre los hombres,tenía buenos amigos.
—Oye, Bibi —intervenía el marido—, y ¿no quieres llevarte un poco de vino también?
La niña decía que sí, y entonces era cuando el marido y la mujer reñían; porque estaba claro que en el pueblo no se creían lo de que su padre tuviera que beber por aquel mal del corazón que no podían curar los médicos.
Pero cuando llegó el verano, las cosas cambiaron de modo muy favorable para Bibi. La señora Angustias, que cada día estaba más gorda y más triste, un día, después de regalarse con un suspiro quejumbroso, le dijo:
—Oye, en una de las casas a las que voy a asistir quieren que vayas el sábado a cuidar de los niños.
Bibi se quedó recelosa, porque la señora Angustias era una asistenta antigua e importante, que solo asistía en los chalés de las urbanizaciones elegantes. La señora Angustias se dio cuenta y la tranquilizó:
—No te preocupes, irás conmigo. Son buena gente. Los padres, claro, porque a los niños no hay quien los aguante.
Esto último, en cambio, no le preocupaba a Bibiana, porque era impensable que ella tuviera dificultades con niños pequeños.
Se vistió muy elegante, con un pantalón vaquero de peto, una blusa amarilla y tenis del mismo color. Bibi no tenía nunca problemas de ropa porque se la traía la señora Angustias, regalada, de las casas a las que iba a asistir. Un día le dijo Bibi:
—Oiga, ¿y no podría pedir también algo de ropa para mi padre?
Se lo preguntó porque Rogelio andaba siempre muy desastrado y a Bibi se le daba regular lo de lavarle y coserle la ropa.
A la señora Angustias, que era una viuda honrada, con una sola hija, casada con un ferroviario de Monforte, le sentó muy mal la pregunta:
—¿Pero tú qué te has creído? ¡Cómo voy a pedir yo ropa para un hombre! ¡Estaría bueno! ¿Qué pensarían de mí? ¿Eh? ¿Qué crees tú que pensarían?
Era una pregunta que Bibi ya sabía que no tenía que contestar. Bibi era una niña que iba por la vida tanteando; no era fácil saber lo que les iba a parecer bien o mal a las personas mayores, pero, cuando ocurría lo último, con callarse, la cosa se solucionaba.
Tomaron un autobús que llamaban “el circular” porque circulaba por todas las urbanizaciones y llegaba hasta Madrid. Pero se bajaron en una parada que solo estaba a cinco minutos del pueblo. Bibi pensó que la próxima vez iría andando y se ahorraría las veintisiete pesetas que costaba el billete.
El chalé al que fueron se parecía a los que salían en las películas. Tenía una pradera de césped y, en medio, una piscina. Alrededor de ella había hamacas para tomar el sol, y en una de ellas, efectivamente, la señora de la casa lo tomaba en bañador. Estaba tan cansada que no se pudo levantar cuando entraron ellas. Se limitó a mirarlas, poniéndose una mano como visera para protegerse del sol. Era muy delgada, estaba muy morena, y luego Bibi se enteró de que tenía fama de ser muy guapa y muy elegante. En traje de baño no se le notaba.
—Hola, Angustias, ya está usted aquí. Menos mal.
Y dio un suspiro muy largo. Angustias le contestó con otro de los de su especialidad, y Bibi se dio cuenta de que la señora y la asistenta se entendían muy bien en ese lenguaje.
—Les he dado de desayunar a los niños y me han dejado agotada.
Otro suspiro. Luego, miró a Bibi y preguntó:
—¿Y esta niña tan guapa?
La señora Angustias movió la cabeza con pena, porque comprendió que a la señora le extrañaba que una niña tan bien vestida tuviera que ganarse la vida aguantando niños.
—Es la chica que cuida niños. Ya le dije que podía probar usted.
Tanto se extrañó la señora, que se incorporó en la tumbona; y a poco se le ve un pecho, porque llevaba sueltas las tiras del traje de baño para que, al tomar el sol, no le dejaran marca. Bibi estaba fascinada.
—¡Caramba! Yo creía que era mayor. ¿Cuántos años tienes, guapa?
Tenía la voz lánguida y cansina, pero parecía simpática.
—Once años.
—Pues estás muy alta para tu edad, pero yo esperaba una chica más hecha. Ya sabe usted cómo son mis hijos...
Esto último lo dijo dirigiéndose a la señora Angustias, que movió la cabeza apesadumbrada ya que tenía muy mal concepto de los niños.
—Pero tiene mucha práctica, la pobre, con los niños —tranquilizó la señora Angustias a la dueña de la casa—. Sobre todo cuando les cuenta cuentos.
—¡A MÍ ESA TÍA no me cuida!
Esto lo dijo un chaval que estaba a la sombra de la hamaca de su madre y que, de primeras, no se le veía. A la señora se le contrajo el rostro dolorosamente y suspiró:
—Rafa, por favor, no empecemos...
Rafa se puso de pie; era un chico de unos siete u ocho años. Volvió a repetir:
—¡Que a mí esa tía no me cuida!
A Bibi le pareció una observación lógica, pues no entendía por qué un niño de siete años tenía que ser cuidado, cuando ella, a su edad, ya cuidaba de su padre. No era esa la opinión de la señora, que, sacando fuerzas de flaqueza, le conminó:
—Si no te vas ahora mismo con... —se dio cuenta de que no sabía su nombre y se lo preguntó—: ¿Cómo te llamas, guapa?
—Bibi.
—¿Bibi?
—Sí, señora, me llamo Bibiana, pero me llaman Bibi.
—Bueno, pues si no te vas con Bibi, llamo a tu padre a la oficina ahora mismo. Tú verás qué prefieres.
El chaval inclinó la cabeza cabreado, para que quedara claro que obedecía bajo amenaza.
LA SEÑORA ANGUSTIAS los condujo a una zona del jardín, a espaldas de la casa, sombreada, en la que había un montón de arena para jugar, un columpio y un pequeño tobogán.
Del interior de la casa, sacó dos niños más. Uno muy pequeño, como de dos años, al que llamaban Tino.
—Con este —le advirtió Angustias— ten mucho cuidado. Todo lo que coge se lo mete en la boca y se puede ahogar —la mujer se le quedó mirando muy fijo y suspiró—: Lo que no sé es cómo no se ha ahogado ya.
Luego, le señaló a una niña de unos cinco años y le comentó sin demasiado convencimiento:
—Esta te dará menos guerra. Bueno, según le dé.
La niña se quedó encantada con Bibi nada más verla, y le enseñó un cochecito que tenía para dos muñecas gemelas. A Bibi le seguían gustando las muñecas y se interesó mucho por ellas; eran preciosas.
Empezaron a jugar a vestirlas y desvestirlas, y Bibi solo se preocupaba de echar un vistazo al niño pequeño para que no se tragara nada.
A Rafa se le veía con ganas de armar bronca, para que se supiera que seguía allí a la fuerza.
—Oye —le dijo a Bibi—, tú no estás aquí para jugar con muñecas sino para cuidarnos.
La niña de cinco años, que se llamaba Rosa, le aclaró a Bibi:
—Es que está enfadado porque hoy no nos dejan bañarnos en la piscina porque vienen invitados.
A Rafa le sentó muy mal la explicación de su hermana y le gritó: .
—¡Tú, calla, asquerosa, estúpida!
Al mismo tiempo hizo intención de tirar al suelo el cochecito de las muñecas gemelas, pero Bibi, que estaba muy atenta, le cortó el movimiento agarrándole muy fuerte del brazo. El chico intentó soltarse, sin conseguirlo.
—¡Suéltame, asquerosa!
Como Bibi no le hiciera caso, quiso llamar a gritos a su madre:
—¡Ma...!
No le dio tiempo de gritar mamá porque, apenas abrió la boca, Bibi, con la mano libre, se la tapó violentamente.
Rafa era un niño bastante alto, muy vigoroso, y que, además, iba a un colegio donde le daban clases de judo. Fue una lucha muy difícil, y cualquier niña que no estuviera tan preparada para la vida como Bibi hubiera llevado las de perder.
El chico logró morder la mano que le tapaba la boca, pero ya estaba tan interesado en la pelea que no se le ocurrió seguir llamando a su madre.
Los otros dos niños también estaban entretenidos con la lucha. Sobre todo Rosa, que, mientras Bibi y Rafa se revolcaban por el suelo, le decía a su hermano:
—A esta no la puedes, chulo, que eres un chulo.
Bibi le sacaba más de la cabeza al chico, pero este le echaba zancadillas y llaves que la ponían en verdaderos apuros. Una de las zancadillas le salió mal a Rafa, y Bibi, con todo su peso, cayó encima de él, sobre el montón de arena. Lo tenía sujeto tan fuerte que, por muchos trucos que supiera, parecía imposible que pudiera soltarse. Pero entonces fue Bibi la que tuvo que pedir la paz.
—Oye... —le dijo a Rafa, jadeando—, tenemos que parar.
—¿Por qué? —se extrañó el chaval, también jadeante—. Yo no me he rendido.
—Es que se me ha roto el pantalón.
Bibi le soltó. Se levantó y vio que el pantalón de peto tenía los tirantes rotos y, lo que era peor, descosida la costura trasera, por la que se le veía todo. Esto le dio mucha risa a Rafa, pero no renunció, por ello, al asunto y le exigió:
—Bueno, arréglatelo y seguimos luchando.
—No pienso —le contestó Bibi.