


La bruja Tula y el
príncipe durmiente
Jaquelina Romero
Ilustraciones:
Cucho Cuño

1. La terrorífica bruja Tula
Tula era una bruja de verdad, temida, despiadada y malvada, capaz de comerse seis niños envueltos con repollo, carne picada, arroz y una pizca de sal o cinco pebetes de jamón y queso ¡sin mayonesa!
Medía tanto de ancho como de alto, era rechoncha como un tonel, con más curvas que la montaña rusa; su voz era gruesa y grave como un trueno; sus ojos eran como dos aceitunas negras que hipnotizan a primera vista; sus cejas, tupidas y oscuras, tranquilamente podían confundirse con dos ciempiés. Tenía más de mil libros de hechizos y era muy conocida entre las brujas porque, una vez, convirtió con un simple chasquido de dedos, a una hormiga en una estatua de King Kong.
Vivía en el lugar más tenebroso del bosque, rodeada por un pantano contaminado para que nadie se acercara ya que detestaba las visitas. No se bañaba hacía años y, por si fuera poco, nunca se peinaba, se lavaba los dientes con barro oloroso y ¡ODIABA! a los príncipes y princesas con una furia hirviente.
Tula contaba en su diario sus intentos por destruir a famosas princesas:
Odiado diario:
Después de mi fallido plan con la manzana envenenada, me disfracé de tía de los enanos y visité la cabaña mientras ellos estaban trabajando en la mina. Vi a Blancanieves, que estaba más blanca que una miga de pan, y le di un té con una pócima que la convertiría en avestruz, pero sin querer, se mezclaron las tazas y me la tomé yo, aunque no me hizo nada porque soy inmune a las pócimas mágicas.
Cuando llegaron los enanos, dijeron que no se acordaban de que tuvieran una tía, pero les expliqué que eran muy pequeños cuando me vieron por última vez, así que me invitaron a la casa. Me hicieron cocinar, limpiar, lustrar los pisos y lavar sus calzoncillos malolientes. Al otro día, huí a toda velocidad y no volví más a visitar a mis falsos sobrinos...





Diario embrujado:
La bruja Gothel es mi prima segunda y quien encerró a Rapunzel en la torre. Como todos saben, falló, así que decidí ir en persona a la fortificación y ocuparme del asunto. Apenas llegué, una trenza platinada color canario colgaba de la última ventana; comencé a trepar y mi risa de felicidad se escuchaba con eco en todo el bosque, hasta que caí en picada, como bajando en un ascensor sin frenos y la trenza postiza aterrizó en mi cara. Rapunzel ya había escapado y había dejado una trampa para brujas…





¡AY, DIARIO! No se conformó con ser la princesa del mar y poder vivir trescientos años, porque eso es lo que viven las sirenas, ¡¡¡nooooo!!! ¡Tuvo que subir a la superficie porque según ella se había enamorado de un humano! La Bruja del mar no pudo hacer nada porque es muy perezosa, prefiere comer ostras y cornalitos. Intenté yo misma destruir a la Sirenita, con tanta pero tanta mala suerte que casi me ahogo porque me olvidé que no sabía nadar. Unos niños me rescataron cuando estaba a punto de morir, aunque nadie quiso hacerme respiración boca a boca, así que desperté gracias a un cangrejo que con sus pinzas tapó mi nariz y logró que reaccionara...





Mi para nada estimado Diario:
¿Quién iba a imaginarse que Cenicienta, esa chiruza, tan desalineada, tan desprolija, que se cree más buena que la avena, iba a ser princesa gracias a ¡¡¡un zapato!!!? Me la pasé persiguiendo a las hermanastras, pensando que el príncipe iba a elegir a una de ellas… casi las convierto en ranas. Cuando me di cuenta, era tarde: el hada había convertido la calabaza en carroza, justo cuando yo estaba escondida detrás de la condenada verdura, así que me transformé en la rueda del carruaje. El hechizo se esfumó a las doce y volví a mi choza con lumbalgia (o sea, un dolor terrible de espalda)…