CUANTO MÁS SE HURGA EN ELLA, más puede parecer la vida de Rimbaud un acróstico resuelto a medias, en que cada nueva respuesta arroja dudas sobre lo que se anotó provisoriamente. Porque, después de todo, decir: “Es imposible saber con certeza la ruta por la que Rimbaud volvió a Charleville desde Java, en 1876” no es muy diferente a decir: “Es imposible saber con certeza qué significa ‘El barco ebrio’”.
Así y todo, puede sostenerse con confianza que hay un aspecto del viaje de Rimbaud a Java que tuvo en su vida un impacto indeleble: fue su primera experiencia en una tierra predominantemente musulmana. No fue su primera experiencia con el Islam per se. Su padre, Frédéric Rimbaud, había oficiado la mayor parte de su vida adulta, antes del nacimiento de Arthur, como director de la oficina de asuntos árabes en Argelia, y tradujo el Corán al francés. Cuando Rimbaud vivía en Abisinia, su madre le envió el manuscrito de la traducción realizada por su padre para que lo ayudara en su propio estudio del Corán. Existe otro rompecabezas insoluble: ¿se convirtió Rimbaud al Islam en África? El objeto más persuasivo para indicar que podría haberlo hecho es un sello de oro en el que hizo grabar la divisa “ABDO RINBO”, una abreviatura de “Abdallah Rimbaud”, que se traduce normalmente como “Rimbaud, sirviente de Allah”. Se convirtiera o no, no quedan dudas de que el Islam le causaba fascinación.
En tiempos de Rimbaud, Java se parecía en al menos un aspecto al África musulmana: aunque predominaba el Islam, no solo coexistía con otras religiones sino que, según se lo practicaba localmente, estaba fuertemente adulterado por antiguas prácticas mágicas. De niño, Rimbaud leyó muchos textos arcanos de magia europea y había soñado con crear un sistema místico basado en el poder transformativo de las palabras, con él mismo presidiendo como mago. La biografía de Enid Starkie promovió la imagen de Rimbaud como aprendiz de brujo, impregnado de saber hermético. La biógrafa discernía en muchos de sus poemas un detallado programa alquímico, especialmente en el famoso soneto “Vocales”, que les asigna colores a los sonidos de las cinco vocales basándose en la alquimia, con evocaciones visionarias de sus poderes innatos.
A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul: vocales,
Algún día diré vuestros latentes nacimientos:
A, negro corsé velludo de moscas resplandecientes,
Que zumban en torno a crueles pestilencias,
Golfos de sombra; E, candores de vapores y de tiendas,
Lanzas de hielos fieros, reyes blancos, escalofríos de umbelas;
I, púrpuras, sangre escupida, risa de bellos labios
En cólera o en la ebriedad penitentes;
U, ciclos, vibraciones divinas de los verdosos mares,
Paz de los pastos sembrados de animales, paz de las arrugas
Que la alquimia imprime en las grandes frentes estudiosas;
O, supremo Clarín lleno de extrañas estridencias,
Silencios cruzados por Mundos y Ángeles:
–¡O, la Omega, rayo violeta de Sus Ojos!
Cuando en 1884 Verlaine publicó Los poetas malditos, “Vocales” fue el poema que inauguraba la sección dedicada a Rimbaud, haciendo realidad su sueño de convertirse en genio literario mucho después de que esa clase de cosas hubieran dejado de interesarle. En 1887, un corresponsal de Le Temps, Paul Bourde, le escribió a África para contarle sobre la creación del primero de los muchos cultos rimbaldianos: “Algunos jóvenes, a los que personalmente considero algo ingenuos, han tratado de fundar un sistema basado en su ‘Soneto de las vocales’. Este grupo lo llama a usted su maestro”.
En 1876, había pocos lugares sobre la Tierra donde la magia jugara un papel más conspicuo que en Java. Maldiciones y encantamientos amorosos, goona-goona, eran lugares comunes, como lo son en la Java contemporánea. En 1900, Louis Couperus publicó la única novela sobre las Indias Orientales que puede ser verosímilmente colocada junto a las de Joseph Conrad, y que es un clásico de la literatura moderna holandesa. La fuerza oculta es una narración gótica sobre una familia colonial en pleno deterioro faulkneresco, pero su tema real es “el misticismo de las cosas concretas en aquella isla de misterio llamada Java”. Theo van Oudijck, el residente holandés de la ficticia ciudad de Labuwangi, se ve arrastrado a un conflicto con el regente, el títere real javanés de la administración colonial, y sufre el asalto de fenómenos inexplicables, como ruidos y golpes, y visitas de espíritus. Sobre la neoclásica residencia solariega de Van Oudijck llueven piedras. Su segunda mujer (que se acuesta con el hijo de él) aparece en el baño, cubierta de jugo de betel, que le escupieron bocas que no se dejaron ver. Las almas de niños muertos sollozan y gimotean en las ramas de un baniano.
Couperus produce un giro revolucionario en el abordaje de estos hechos, al identificarlos como expresiones del alma nativa: “Bajo toda esa apariencia de cosas tangibles, amenaza la esencia de aquel misticismo silencioso, como un subterráneo fuego que arde lentamente, como odio y misterio en el corazón”. En su introducción a la edición de la Biblioteca de las Indias de La fuerza oculta, E.M. Beekman cita escrupulosamente estudios académicos sobre fenómenos de espíritus en Java, pero pocos extranjeros que hayan vivido durante un largo período en el archipiélago, por racionalista que haya sido su educación, se muestran categóricamente escépticos sobre los hechos sobrenaturales del lugar.
Una de las manifestaciones más peculiares de magia javanesa se encontraba en su punto más alto cuando Rimbaud anduvo por la zona. En los campos cercanos a Ponorogo, predominaban brujos místicos llamados warok, que alcanzaban un estado de invulnerabilidad por medio de la meditación. Para apoyar su misticismo, los warok seguían una forma de ascetismo excepcionalmente laxa, al rechazar la profana distracción del sexo con mujeres mediante la adopción de chicos a los que se consentía y acicalaba, llamados gemblak, con edades que iban de diez a quince años. Sin embargo, los gemblak no eran juguetes sexuales como las “mascotas” de los aldeanos sinoman; eran objeto de contemplación mística, a los que la adoradora mirada de los warok transformaba en encarnación de la perfección del universo. Los muchachos oficiaban de mandalas carnales, sus encantos físicos se volvían, en sentido literal, encantos mágicos.
Paralelos con este tipo de culto de la juventud pueden encontrarse en las tradiciones de pederastia de corte religioso practicadas por otras órdenes marciales. El samurái de Japón seguía el shudo, el Camino del Muchacho, en el que un guerrero adulto tomaba a un adolescente joven como discípulo y amante; las sectas sufis en Persia practicaban Shahedbazi, la “contemplación de los lampiños”, que llevaba al adepto a la unión con Dios a través de la contemplación de la belleza trascendental de un muchacho preadolescente. A esta tradición de alcanzar la trascendencia espiritual a través de medios carnales aberrantes se le puede encontrar una afinidad conceptual indirecta con la visión mística de Rimbaud de la poesía tal cual la expresa en la Carta del vidente: “Llegar a lo desconocido por medio del desorden de todos los sentidos”.
El legado preislámico es un tapiz de fondo cultural en Java. El mayor templo del archipiélago es Borobudur, cincuenta kilómetros al sudoeste de Salatiga, un inmenso monumento de piedra recubierto de bajorrelieves exquisitamente esculpidos que describen escenas de la vida de Buda. En El archipiélago malayo, Wallace se jactaba de Borobudur: “La cantidad de trabajo humano y habilidad utilizada en las Grandes Pirámides de Egipto se torna insignificante cuando se la compara con la que se requiere para completar este templo serrano esculpido en el interior de Java”.
Los antiguos templos hindúes surgen por todas partes, a veces en medio de arrozales. Candi Sukuh es un extraño, misterioso templo en las laderas del Lawu, un volcán situado a treinta y cinco kilómetros al este de Solo. Sukuh (candi en sánscrito significa “templo”) era el último gran templo hindú de Java, construido como refugio para un culto dedicado a Bima a mediados del siglo XV, cuando la mayor parte de la isla se encontraba en camino de abrazar el Islam. Bima es una encarnación de Shiva, un guerrero invencible que juega un papel heroico en muchos dramas de la wayang kulit, el teatro de sombras javanés. La principal estructura es una pirámide de piedra escalonada que tiene un extraño parecido con una pirámide maya. Sukuh es excepcional en Java por su explícita imaginería sexual. En su cima se levantaba un falo de piedra de casi dos metros de alto, que en la actualidad se encuentra guardado bajo llave en un armario del Museo Nacional de Yakarta, otro extravagante ejemplo de la inexplicable obsesión por los rituales de fertilidad en un país en que la vida de todo tipo florece sin parar.
Sukuh es, en realidad, extraña y misteriosa, e irradia la sobrecargada, ligeramente tóxica atmósfera que empapa los mejores trabajos alucinados de Rimbaud. Un notable relieve muestra a Ganesha, la deidad con cabeza de elefante usualmente descripta en contemplativa pose sedente, bailando con abandono, su órgano sexual sacudiéndose, mientras balancea un perro por la cola. Nadie sabe por qué. Es probable que exista una relación entre Sukuh y los cultos tántricos del Tibet, pero no ha sobrevivido ningún registro de los rituales que se representaban en el templo.
La afinidad entre Rimbaud y Sukuh es mi propia fantasía; es un lugar que me gustaría, en vano, que hubiera visto, como si se tratara de un amigo de mi país que visita Indonesia durante las vacaciones. Aun así, en su subrepticio paso por Java, Rimbaud estaba inmerso en un paisaje dominado por el Islam. Era un viaje que, como estaba bien al tanto, seguía una tradición inaugurada por poetas franceses anteriores a él. El orientalismo tiene ahora mala reputación, gracias principalmente al libro de ese título de Edward Said, publicado en 1978, que tiene como premisa básica: “Oriente fue casi una invención europea, y ha sido desde la antigüedad un sitio de aventura, de seres exóticos, memorias y paisajes evocadores, experiencias notables”. Said argumenta que este mundo de fantasía fue creado para justificar las pretensiones europeas de superioridad cultural y hegemonía política. En la literatura europea, Oriente era un lugar mágico, más próximo al mundo de Odiseo que al mundo real, moderno.
Ninguna nación estaba más infatuada con este Oriente de ensueño que los apasionados franceses. Las traducciones que Antoine Galland hizo de Las mil y una noches, comenzando en 1701 por “La historia de Simbad el Marino”, disfrutaron de un éxito enorme y en los días de Rimbaud continuaban encarnando la imagen popular del mundo islámico. Que el chico al que cuando creciera llamarían “Rimbald el Marino” leyó “las joyas y las magias de Galland”, en la frase de Borges, es casi tan seguro como que leyó la Biblia. La influencia en Rimbaud de Las mil y una noches fue profunda, particularmente en las Iluminaciones. Más allá de su evidente fascinación por lo exótico, la adopción directa que el libro hace de lo irracional refleja de manera oblicua la lógica del sueño de Sherezade, la narradora de cuentos de Las mil y una noches. Una de las Iluminaciones, titulada simplemente “Cuento”, es una virtual parodia de Galland.

Quinto viaje de Simbad, grabado de Gustave Doré, 1865.
Es la historia de un príncipe que “quería ver la verdad, la hora del deseo y de la satisfacción esenciales”, de modo que dio orden de que todas las mujeres que conoció fueran asesinadas. “¡Qué saqueo en el jardín de la belleza!”. Así y todo, las mujeres bendecían al príncipe cuando el sable caía contra sus nucas. Invitó a los hombres de la corte a fastuosas fiestas de caza y bebida, y entonces también los mató. “Se divirtió degollando animales de lujo. Hizo arder los palacios”. Entonces, una tarde, al príncipe se le apareció un genio, una criatura de belleza inefable que le prometió “un amor múltiple y complejo, una felicidad indecible, incluso insoportable”. El príncipe y el genio se aniquilaron el uno al otro en la flor de la vida. El poema concluye:
¿Cómo podrían no haber muerto por ello? Así, murieron juntos.
Pero el príncipe falleció en su palacio a una edad ordinaria. El príncipe era el genio. El genio era el príncipe.
La música sabia falta a nuestro deseo.
La aseveración de Paterne Berrichon de que “la mirada de Rimbaud permanecía obstinadamente fija en Oriente” es uno de los pocos pasajes de su biografía que incluso un lector escéptico puede aceptar como fiable reflejo de la tradición familiar. Una de las preguntas más desconcertantes sobre el viaje a Java es por qué alguien acometería un viaje tan arduo y peligroso a un lugar tan distante, para permanecer después allí tan poco tiempo. Los trescientos florines de oro eran un gran aliciente, quizás el principal; pero, para un viajero francés de la época de Rimbaud, Oriente era un destino cultural tanto como un destino geográfico.
Oriente no era un lugar en el mapa; no era simplemente una palabra pasada de moda para Asia. Antes de la apertura del canal de Suez, cuando un viaje más allá de India era una peligrosa travesía de un año o más, Oriente usualmente significaba lo que en la actualidad llamamos Medio Oriente. Alphonse de Lamartine (en 1835) y Gérard de Nerval (en 1844) escribieron libros sobre sus experiencias en Egipto y el Levante, que llevaban el mismo título de Viaje a Oriente. Los académicos consideran que el orientalismo francés comenzó con Les Orientales, de Victor Hugo, hoy en día traducido normalmente como Orientalia, publicado en 1829, que describe a los griegos y a los turcos en tiempos de guerra.
Hugo también fue responsable del descubrimiento para Occidente del pantoum, una forma de verso malaya que fue adoptada por muchos poetas franceses durante el siglo XIX. Un pantoum es una serie de cuartetos en los que el segundo y cuarto verso de cada estrofa son reproducidos exactamente en el primer y tercer verso de la siguiente. Este estricto molde era ideal para los poetas altamente formales de la escuela Parnasiana, que dominaban la escena de París cuando, en Charleville, Rimbaud era un escolar precoz obsesionado por la literatura. Cuando tenía quince años, presentó un poema a la revista del movimiento, Le Parnasse Contemporain, proclamando, en su carta de presentación: “Amo a todos los poetas, todos los buenos parnasianos, porque un poeta es un parnasiano, enamorado de la belleza ideal”. El poema fue rechazado, pero un año más tarde, enamorado de ideales bastante diferentes, Rimbaud ya estaba en París tomando por las barbas a los leones literarios en su guarida.
El reconocido líder de los parnasianos, Leconte de Lisle, era un entusiasta practicante del pantoum. Este poema sin título, de sus Poèmes tragiques, citado completo para mostrar cómo funciona un pantoum, es un ejemplo truculento, que presenta de manera paradigmática el estereotipo del malayo salvaje, celoso y sediento de sangre:
¡Oh, ojos sin brillo! ¡Pálidos labios!
Tengo en el alma una amarga tristeza.
El viento hincha la vela llena.
La espuma platea a lo lejos el mar.
Tengo en el alma una amarga tristeza:
¡He aquí, su hermosa testa muerta!
La espuma platea a lo lejos el mar,
El rápido prao me lleva.
¡He aquí, su hermosa testa muerta!
Con mi kris yo la corté.
El rápido prao me lleva,
Saltando como una gacela.
Con mi kris yo la corté.
Sangra en el mástil que la mece,
Saltando como una gacela.
El prao se sumerge o tambalea.
Sangra en el mástil que la mece.
Me persigue su último estertor.
El prao se sumerge o tambalea.
Rocía la noche el pálido mar.
Me persigue su último estertor.
¿Es de verdad a ti a quien maté?
El pálido mar rocía la noche.
El relámpago hiende el negro nubarrón.
¿Es de verdad a ti a quien maté?
Fue el destino, ¡yo te amaba!
El relámpago hiende el negro nubarrón.
El abismo se abre para siempre.
Fue el destino, ¡yo te amaba!
¡Poder morir, y así olvidar!
El abismo se abre para siempre.
¡Oh, ojos sin brillo! ¡Pálidos labios!
Un corresponsal en Yakarta ha sugerido que Rimbaud podría haber tomado la palabra baou de un pantoum francés. Es una teoría seductora. La mayoría de los poetas europeos que compusieron pantoums conocían poco malayo más allá de los kris y praos de Leconte de Lisle; pero es un argumento tan creíble como cualquier otro que un poeta menor pueda haber recogido la palabra de un malayo de paso como el marino que le tocó la puerta a Thomas De Quincey y lo haya utilizado en algún pantoum perdido.
La traducción al francés de Las mil y una noches engendró una moda por el relato oriental, que persistió durante todo el siglo XVIII. Los ejemplos más famosos son el Zadig, de Voltaire, y el Rasselas, príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson, cuyos exóticos escenarios, con la intención de sátira o indagación filosófica, eran los de una Europa apenas velada. Las Cartas persas de Montesquieu trajeron el Oriente a la misma Europa con su relato de dos nobles persas que viajan por Francia, donde se maravillan por las extrañas costumbres de los infieles. En un escandaloso pasaje, uno de los visitantes orientales describe al Papa como un poderoso mago que “puede hacerle creer [al rey] que tres son uno, que el pan que se está comiendo no es pan, que el vino que uno bebe no es vino y otras mil cosas de la misma clase”.
Pero en sentido estricto, la sensibilidad orientalista francesa comenzó con las obras de un inglés. Las peregrinaciones de Childe Harold, el exitoso poema de Lord Byron sobre sus viajes por Portugal, Albania y Grecia, publicado a comienzos de 1812, lo volvieron, de ser posible, todavía más famoso en el continente que en Inglaterra. Byron siguió escribiendo emocionantes versos orientales como El Giaour y La novia de Abidos, que gozaron de gran popularidad. La muerte del poeta en 1824 a los treinta y seis años, luchando del lado de los griegos en su guerra de independencia contra los turcos otomanos, no solo hicieron de él un héroe romántico, sino que sentó también la pauta de la mezcla de fascinación y desprecio que los europeos sentirían por el Islam. Uno de los poemas más extensos en Les Orientales es un apasionado lamento sobre la batalla de Missolonghi, en la que Byron, “el poeta inmortal”, murió.
El propio Byron estaba influenciado por un excéntrico florecimiento final del relato oriental, el Vathek de William Beckford, que está revestido de impresionantes elementos góticos del primer romanticismo. Mientras que Voltaire y el doctor Johnson se abstuvieron de cualquier interés por la autenticidad literaria, Beckford había estudiado árabe desde que era niño y estaba empapado de tradiciones orientales. Vathek es la historia de un califa fáustico “que deseaba comprender todas las cosas, incluso las ciencias que no existían”. Podría haber sido un modelo para el príncipe del “Cuento” de Rimbaud: causó casi la misma cantidad de estragos en su propio jardín de bellezas. Cuando Vathek estaba enojado, bastaba una sola de sus miradas para matar. La trama del relato gira alrededor de la promesa que el califa le hizo a un Giaour demoníaco de sacrificar cincuenta niños a cambio de “los talismanes que sometan al mundo”.
Heredero de una fortuna que estaba considerada la mayor de Inglaterra, Beckford escribió Vathek en francés, a los veintiún años, de una sentada, en su casa solariega de Wiltshire. Se publicó cuatro años después, en 1786, en una traducción inglesa no autorizada por su tutor. Byron adoraba Vathek y estaba fascinado por Beckford, al que se le hizo el vacío y partió a un exilio autoimpuesto después de que su affaire amoroso con un primo de dieciséis años fuera revelado por el tío del muchacho. Byron lo llamó el “gran apóstol de la pederastia” (término que a comienzos del siglo XIXChilde HaroldVathek