Los abuelos están de regreso… en la crianza
Los abuelos están de regreso… en la crianza

Los nombres de los autores
aparecen en orden alfabético.

 

Primera edición digital en Panamericana Editorial Ltda.,

mayo de 2020

Primera edición, julio de 2017

© 2017 Instituto Colombiano de Neurociencias

© 2017 Panamericana Editorial Ltda.

Calle 12 No. 34-30. Tel.: (57 1) 3649000

www.panamericanaeditorial.com

Tienda virtual: www.panamericana.com.co

Bogotá D. C., Colombia

 

Editor

Panamericana Editorial Ltda.

Textos

Jorge Eslava, Lyda Mejía, Neva Milicic

Ilustraciones

Kreesel

Diagramación

Martha Cadena

Producción libro electrónico

eLibros Editorial

 

ISBN 978-958-30-5597-3 (impreso)

ISBN 978-958-30-6108-0 (epub)

 

Hecho en Colombia - Made in Colombia

 

CONTENIDO

Prólogo

Preludio: El contexto

Capítulo I: Los hechos y sus causas

Capítulo II: La realidad

Capítulo III: El manual de convivencia

Capítulo IV: Contenidos del manual de convivencia

Capítulo V: Los aportes de la abuelitud

Capítulo VI: Abuela, léeme un cuento

Capítulo VII: Cae el telón

Epílogo: ¿Qué quedó de todo ello?
El legado de los abuelos

 

Los autores

 

CAPÍTULO I:
LOS HECHOS Y SUS CAUSAS

Los abuelos están de regreso en la crianza. Esa es una realidad contundente en el mundo contemporáneo y —a juzgar por las evidencias disponibles— lo será aún más en el futuro.

Por ejemplo, Jacqueline Balcells y Mónica Espinosa (2016), en su libro Abuela... ¿Yo? nos recuerdan que, en Estados Unidos, uno de cada catorce niños vive en un hogar sostenido por un abuelo.

La Universidad Católica de Chile, por su parte, documentó en 2013 que un 41 % de los adultos mayores viven al menos con un nieto.

En Colombia, de acuerdo con el censo de 2005, en el 15,5 % de los hogares en los que hay niños, el jefe del hogar es alguno de los abuelos.

Sin embargo, más allá de las frías cifras hay un hecho fácil de comprobar.

Vaya usted, amable lector, a cualquier escuela o jardín de infantes a la hora en la que los niños entran o salen y fíjese usted bien en quiénes están allí: los que están esperando en la puerta, en una muy alta proporción, son los abuelos, mas no los padres.

¿QUÉ HA TRAÍDO A LOS ABUELOS
DE VUELTA A LA CRIANZA
?

Los abuelos más longevos

En los últimos cincuenta años, la expectativa de vida global ha aumentado de manera vigorosa.

En América Latina ha pasado de 52 años en 1950 a 73 años en la actualidad. Para Colombia, la expectativa de vida actual es de 74,8 años; para Chile, de 80,5 años.

Esto hace que los abuelos estén ahí presentes. Pero ¿dónde es ahí?

Ahí es en el hogar, en la familia, porque son esos, precisamente, los años en los que las personas terminan su ciclo laboral y, por ese motivo, están de regreso en la casa, en contacto estrecho y directo con los niños, es decir, con sus nietos.

Pero los abuelos contemporáneos no solo son más longevos, son también más vitales.

Los avances de la medicina contemporánea, los mejores conocimientos sobre la salud, la prevención y la vida sana han conseguido añadir, no solamente más años a la vida, sino también más vida a los años: la mejor y más extensa conciencia sobre la importancia del ejercicio; la prevención del tabaquismo; los desarrollos en tecnología de apoyo visual, auditivo y motor; la aparición de medicamentos, terapias y otras acciones que disminuyen el impacto de las condiciones invalidantes de antaño (por ejemplo, la artritis reumatoide o la osteoporosis), etc., etc., etc., han confluido para hacer de los abuelos unas personas mucho más vitales, de mejor humor, más capaces y mejor dispuestas a ayudar en la fascinante aventura que es la crianza de los niños.

La estrechez económica
de los abuelos

Una larga vida es también una larga oportunidad para llevar cicatrices: en el cuerpo, en el alma… y en el bolsillo. La mayoría (¿todos?) de los abuelos contemporáneos son sobrevivientes de grandes o pequeñas catástrofes financieras globales, locales o domésticas. Algunos lograron salvar algo del desastre —bien en capital acumulado o bien porque disfrutan de una pensión, con frecuencia magra—, pero, para muchos, el naufragio se lo llevó todo. En Colombia, por ejemplo, solo el 25 % de los ancianos tienen hoy derecho a pensión. Esta situación obliga al abuelo a buscar apoyo y refugio pecuniario, lo que con frecuencia implica regresar a casa de los hijos y los nietos. La consecuencia es obvia: el abuelo o la abuela están ahí, disponibles para apoyar en la crianza.

La viudez

Cuando el abuelo o la abuela, que ha construido una muralla invencible de vínculos, afectos y certezas en torno a su relación de pareja, sufre esa catástrofe telúrica que lo(la) deja en la mitad de ninguna parte, solo(a), desvalido(a), temeroso(a), frágil, es apenas natural que busque refugio en sus anclajes naturales: hijos y nietos, y ello trae al abuelo o la abuela de vuelta a la crianza. Por otro lado, es cada vez más frecuente la separación y el divorcio entre ancianos —hecho que antes era virtualmente desconocido—, lo que también trae al abuelo o la abuela de regreso a la crianza.

La estrechez económica
de los padres

Pero también pueden ser los padres quienes padecen apuros económicos y requieren el apoyo de los abuelos —si están estos en condiciones de ofrecerlo—, de modo que se juntan las familias y se pone de nuevo a los abuelos en situación de “disponibilidad obvia para apoyar en la crianza”.

La necesidad de cuidadores

Pero, sin duda, el principal factor que ha traído a los abuelos de vuelta a la crianza es la necesidad que tienen los padres de cuidadores para sus hijos. En la familia típica contemporánea, ambos padres trabajan, y su jornada laboral, sumada a los atascos de tránsito y otras arandelas de la vida cotidiana, obligan a disponer de adultos responsables que acompañen a los niños mientras sus padres no están en casa. A lo anterior se suma que el mundo de hoy ha añadido muchos frentes adicionales que deben ser atendidos: llevar al niño al odontólogo, a alguna actividad extracurricular, al parque o a la placita (las unidades de vivienda no tienen ya solares, jardines o espacios amplios para el disfrute de los niños y “jugar con los vecinos de la cuadra en la calle” ya no es una opción viable para la mayoría), atender las citaciones de la escuela, etc., etc. El panorama es aún más complejo cuando se recuerda que ese cuidador debe poseer altas cualidades académicas y culturales, pues debe ayudar a los niños a hacer sus tareas, a resolver sus interrogantes, además debe ser interlocutor válido de maestros, profesionales de la salud y autoridades, a tomar decisiones del día a día, etc. Finalmente, el panorama se hace aún más complejo cuando se recuerda que… ¡no hay presupuesto para atender estas necesidades! Por ello, ese cuidador debe ser… ¡gratuito! “¡Todos los caminos conducen a Roma!”. En efecto, la suma de las anteriores —y otras— consideraciones conducen a un solo desenlace: los cuidadores preferidos son los abuelos. Existen otras opciones, pero tanto desde el punto de vista “teórico” como desde lo que se observa en la cotidianidad, más allá del cuidado primario de los padres, los cuidadores por excelencia en el mundo contemporáneo y en el futuro previsible son —y serán— los abuelos.

La seguridad

¿Cuánta seguridad queremos para nuestros hijos? ¡TODA! Esto también conduce a elegir a los abuelos como la mejor opción, por encima de otras disponibles.

No obstante, creemos pertinente introducir aquí un llamado de atención.

Como bien han expuesto varios tratadistas —Steven Pinker entre ellos—, nunca antes en la historia había estado la humanidad más segura… y nunca antes se había sentido tan insegura. Dejamos a otros la explicación de este fenómeno, pero lo registramos con preocupación por las consecuencias nefastas que trae para todos. No obstante, en lo que aquí interesa, nos enfocaremos en los nietos y los abuelos.

Para los abuelos. ¡Pocas veces en la historia se ha registrado una víctima más frecuente de la espada de Damocles que los abuelos contemporáneos! “¡Cuidado le pasa algo a Marianita!”. En unos casos porque es una “advertencia explícita y real” con la que algunos padres amenazan y agreden constantemente a los abuelos, y en otros porque pertenece al imaginario de los abuelos (especialmente de las abuelas); el hecho concreto es que una enorme cantidad de abuelos contemporáneos truecan el enorme disfrute de la crianza de los nietos por la zozobra constante: “¡Es que si algo le pasa a Marianita, mi hija me mata!”. Cuando se contemplan los esfuerzos sobrehumanos, carentes de toda lógica y solo “justificados” por una irracional sobreprotección asumida, supuesta o impuesta, de una abuela con una condición dolorosa (artritis reumatoide, por ejemplo) para seguir el ritmo de su pequeña y muy activa nieta de cuatro años, se cae en la cuenta de cuán injusta y cuán sinsentido es esa esclavitud, esa devoción irracional al altar de la seguridad. ¡Por supuesto que todos queremos niños seguros! ¡Claro que los abuelos quieren a sus nietos seguros, se preocupan por ellos y los cuidan! ¡Desde luego que cuando esos abuelos fueron padres se preocuparon por la seguridad de sus hijos (de esos mismos que hoy a veces les reclaman tan injustamente por la seguridad de sus nietos) y con ello demostraron que lo saben hacer. Todos deberíamos ser capaces de entender eso a cabalidad!

Para los nietos. Con todo, la mayor víctima de ese pánico irracional por la seguridad son los niños mismos. Desde ese pequeño de catorce o quince meses a quien no se le suelta de la mano “porque se puede caer” (¡claro que se va a caer! ¿Conoce alguien a un niño que no se haya caído cuando está aprendiendo a caminar? ¡Todos los niños se han caído, todos se caen, todos se caerán!), pasando por ese de siete u ocho años a quien no se le deja subir al columpio o al pasamanos “porque se puede caer”, hasta el jovencito de trece o catorce años a quien su abuela debe acompañar a la esquina a comprar un cuaderno para hacer la tarea. Son ellos las mayores víctimas de esa angustia injustificada. Debe recordarse que la historia del desarrollo infantil tiene un eje cardinal: el viaje hacia la autonomía. Esa es la misión de los niños y una de sus mayores alegrías (“¿Viste, abuelo? ¡Ya soy un adulto de cuatro años!”). Ese viaje a la autonomía que se trunca dolorosamente cuando pretendemos cuidarlos en exceso y los convertimos, en cambio, en inválidos funcionales para la vida.

La transmisión de valores,
cultura y tradición

¿Qué les legaremos a nuestros hijos? Alas y raíces” (Confucio).

En todas las culturas, a lo largo de los siglos, los abuelos han cumplido un papel central en la transmisión de cultura, tradición y raíces. Han alimentado la fantasía, despertado la admiración de sus nietos, generado, mantenido y perpetuado los sentidos de identidad y de pertenencia. En palabras de José Saramago, en su discurso de aceptación del Premio Nobel, “… En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la ciencia del mundo”. Lo anterior debiera convertirse en un afectuoso llamado de atención a todos los abuelos, interrogándonos sobre si, tal vez, hayamos desestimado un poco ese papel vital que la vida nos asignó desde siempre.

El amor, la solidaridad y el sentido
de la responsabilidad

De no menor importancia en el posicionamiento contemporáneo de los abuelos en el contexto de las familias, es el sentido natural de la responsabilidad para con los abuelos, el afecto, el cariño, el amor. Más allá del hecho de que estos elementos siempre han estado allí, es una realidad de nuestro mundo contemporáneo que, de trecho en trecho, aparecen imaginarios que se posicionan en el horizonte de toda la sociedad y luego se incorporan en el inconsciente colectivo, a veces como una fuerza poderosa que dirige convicciones y estrategias y moviliza la acción colectiva e individual. Esto ha ocurrido, por ejemplo, en torno a temas de la ecología como el calentamiento global o la preservación de la fauna. Los viejos (eufemísticamente denominados “adultos mayores”) han sido objeto de una de esas exitosas movilizaciones. Gracias a ella han ganado posicionamiento, lo que ha contribuido aún más a su presencia activa en el seno de las familias y —por esa vía— a su presencia en la crianza.

Por estas razones, y otras más que se nos escapan para no abrumar en exceso al lector, puede afirmarse de manera contundente que los abuelos están de regreso en la crianza. Desde luego, esta afirmación no es una sentencia en blanco y negro. Más bien hace referencia a un caleidoscopio de opciones vitales en el que se entiende que hay toda suerte de matices particulares, desde unas familias en las que los abuelos tienen alguna presencia marginal en la crianza hasta otras en las que —para todos los efectos prácticos— los abuelos son los criadores, así permanezca la presencia de los padres en la familia.

Ahora bien, ¿es esto una oportunidad o una amenaza?

 

CAPÍTULO II:
LA REALIDAD

 

1950

1980

2017

Referente

Abuelos

Padres

Padres

Presencia de los abuelos

Presentes

Ausentes

Presentes

“Utilidad” de los abuelos

Referente

Anodinos

Útiles

Armonía de los otros para con los abuelos

Armónicos

Inexistente

Desconfianza

Armonía de los abuelos

Armónicos

Frustración

Desconcierto

Esta tabla ilustra algunas de las realidades fundamentales que han marcado la presencia de los abuelos en la crianza en nuestra América Latina desde mediados del siglo pasado hasta nuestros días. Es, por supuesto, una simplificación extrema de realidades mucho más complejas y profundas, y —como todas las simplificaciones— corre el riesgo de desconocer sutilezas y peculiaridades de los diferentes entornos culturales, regionales y específicos de cada dinámica familiar y de los distintos momentos históricos en los que fue pródigo el siglo XX (vaya… ¡¡qué siglo!!). No obstante, sí creemos que es útil en la medida en que muestra tendencias en las dinámicas que no solo nos permiten entender lo que pasó sino que también —y muy especialmente— nos ofrecen claves para avizorar lo que vendrá y, con esa base, poder diseñar estrategias y aproximaciones que tengan mayor probabilidad de “corregir el rumbo”.

Advertencia preliminar, a riesgo de recibir el comentario mordaz “explicación no pedida, culpa manifiesta”: un fantasma se pasea “como Pedro por su casa” en este campo de las dinámicas familiares, en especial en el aspecto específico de la presencia de los abuelos en la crianza. El fantasma de la CULPA. Existe una tendencia, por desgracia muy generalizada, a analizar los fenómenos de las dinámicas —que son eso, “fenómenos de las dinámicas” (que ayudan a entender las causas, las consecuencias y las opciones de solución)— bajo el prisma de la culpa.

Hagamos entonces explícito que:

  1. Cuando la lógica en la que nos situamos es la de la culpa, el desenlace principal, virtualmente obligado, es —para el “culpable”— defenderse, y —para el “acusador”— castigar… Algo que de nada le sirve al niño.
  2. Cuando la lógica en la que nos situamos es la lógica de las causas y las consecuencias, el desenlace, virtualmente obligado, es la búsqueda de soluciones.

Resulta entonces obvio que el análisis que sigue a continuación está cimentado en la lógica de las causas y las consecuencias y no en la lógica de las culpas. Los invitamos —de la manera más afectuosa en que somos capaces— a acompañarnos en este análisis de manera desprevenida, decididos a ignorar a ese fantasma de la culpa (propia o ajena) cada vez que asome por los rincones.

De vuelta a la tabla: En 1950 (y de ahí hacia atrás) el referente de los hogares eran los abuelos. Eran el norte que regía los proyectos, los anhelos y las afiliaciones de las familias. El abuelo ejercía de derecho propio el papel de paterfamilias y decidía sin apelación posible. Los mecanismos de contención social prevalentes en la época venían además en su auxilio para asegurar que su voz fuese ley inexorable. La abuela, a su vez, era el núcleo gravitacional de la familia. Su presencia —la mayoría de las veces silenciosa, afectuosa y prudente, pero al mismo tiempo sagaz y visionaria— permeaba todos los espacios físicos, sociales y emocionales. Para 1980, ese papel de referente se ha desplazado hacia los padres. Son muchos los factores que se conjugan —espacios físicos, entornos, globalización, insurgencia juvenil (hasta el fenómeno hippie), explosión del conocimiento que hace prescindible lo hasta ese momento sagrado, factores económicos, revolución en los íconos sociales, tamaño de las familias, revolución sexual y muchos más— y generan una espiral irreversible en los imaginarios sociales que conduce inexorablemente a una redefinición de papeles y posiciones dentro de ese sistema complejo, la familia, al cual sucumbe el papel referencial de los abuelos. Para 2017, ese desplazamiento del papel de referente hacia los padres se mantiene. Desde nuestra mirada, así seguirá siendo en el futuro predecible.

Siguiendo con la tabla, y con referencia a la presencia misma de los abuelos, en 1950 podría decirse que los abuelos eran omnipresentes. Por un lado, solían vivir cerca de los hijos y los nietos, de manera que la cercanía física era la norma —los viajes y desplazamientos eran infrecuentes e incluso exóticos. Pero aún en ausencia de la presencia física, la presencia de los abuelos como referente moral y actitudinal, y los imaginarios en torno a esa presencia solían ser tan vigorosos que podía decirse que —aún en ausencia— estaban allí. “Qué diría el abuelo…” o “Si algo detestaba la abuelita…” eran sentencias lapidarias que con frecuencia zanjaban toda discusión, desterraban ilusiones y aniquilaban proyectos. De hecho, los abuelos solían ser omnipresentes… ¡aún después de muertos! Su sombra tutelar gravitaba sobre la familia nuclear y sobre la familia extensa por un tiempo —a veces considerable— después de su partida. Para 1980, y como fenómeno extendido por toda América, aunque con excepciones aisladas o colectivas en algunas regiones, los abuelos “han desaparecido”. Las ciudades crecieron y aislaron los grupos familiares, tanto por distancia como por las complejidades de la movilidad. Los ancianos perdieron su funcionalidad social y precipitaron con ello la extinción del reconocimiento del que antaño gozaban. Las diversas manifestaciones sociales y culturales, y la reorganización de los tiempos y cronogramas sociales tornaron anodina la transmisión de la cultura oral, dejando “sin trabajo” a su actor principal.