EL BARRIO DE LA PLATA

L'avenç

Edición original: Barcelona, 2018

© del texto, Julià Guillamon

© de esta edición digital, L'Avenç, S.L., 2020

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Diseño y composición: Albert Planas

Inspirado en el diseño del libro La Prostitution (1959), de Marcel Sacotte.

Diseño y composición de la edición digital: Víctor Sabaté

Imágenes: Films 59, Familia Guillamon Mota, Familia Puerto Barceló, Merche Fernández, Julià Guillamon, Arxiu Municipal Contemporani de Barcelona, Josep Miquel i Solé, Arxiu Històric del Poblenou (AHPN), Pepe Encinas, Santi Ferrer-Vidal, Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona - Ajuntament de Barcelona, Joan-Pere Viladecans, Carles Guiral, Ángel Uzkiano, Pepito Bas, Ateneu Enciclopèdic Popular (CDHS-AEP), Google maps, Montserrat Montaner, Arxiu Nacional de Catalunya, bar El Roble.

Imagen de la cubierta: muleta de Julián Guillamón El niño del Tibidabo.

Fotografía de Ramiro Elena.

ISBN: 978-84-18680-00-7

BIC: FA

Ref. AVEN103

Julià Guillamon

EL BARRIO DE LA PLATA

L'AVENÇ
Barcelona
2020

–Taxi!

–But I’ve no money.

–I have.

–Where are we going?

–Where I belong.

My Fair Lady

Para Cris, de espaldas,
en el pasillo de la calle Luchana.

1
EL PASAJE MAS DE RODA

Busco una manera de empezar, el hilo de Ariadna que me llevará de regreso al barrio de la Plata, el barrio de los valencianos, en Pueblo Nuevo, donde viví hasta casi los treinta años. Y encuentro el inicio inesperadamente en La Vanguardia de hoy, 21 de octubre de 2014, que en la página treinta y cinco publica una información sobre la muerte de José Daurella. En los años cincuenta, junto a su hermano Francisco, se puso al frente de Cobega, la empresa fundada por su padre, que fabricaba y distribuía la Coca-Cola en España y Andorra (más tarde también en Portugal y en algunos países del norte de África). En 1983, cuando entré a trabajar en el diario Avui, la redacción conservaba algunas costumbres corporativas del viejo periodismo. Por ejemplo, el 24 de enero se celebraba san Francisco de Sales, patrón de periodistas y escritores. Cobega mandaba a unas azafatas que servían vasos de Coca-Cola. Por esta razón, y por los anuncios a página entera que pagaba generosamente, cuando Francisco Daurella publicaba una de sus novelas, el diario le correspondía. Mandaba a un redactor, que fabricaba una breve noticia sobre el acontecimiento social que rodeaba la presentación. Daurella era un tipo inquieto, acabó montando un museo en Barcelona y otro en Madrid, con una buena colección de pintura. Escribía novelas históricas y de ambiente cosmopolita con el seudónimo de Fran Daurel. Yo era el redactor más joven de la sección de cultura y me correspondía asistir a las presentaciones. Era lo que en el lenguaje del periodismo de aquel tiempo se llamaba un pesebre: un acto de compromiso, con poca substancia cultural. Y, a pesar de ello, había algo admirable en aquel Fran Daurel, propietario de una de las primeras fábricas a la americana de Barcelona, en la calle Guipúzcoa, que acogía a los niños de los colegios, en visitas culturales, un tipo forrado que escribía novelas de detectives y regalaba Coca-Cola a los periodistas.

Quizás porque al propio Daurella le gustaba escribir, Coca-Cola promovía el Concurso Nacional de Redacción. Participaban en él chicos y chicas de toda España: todos los escritores de mi generación desfilaron por allí. Seleccionaban a tres o cuatro alumnos de cada colegio, que participaban en las eliminatorias provinciales y, más adelante, en la final nacional. Yo no pasé de una de las rondas de Barcelona, pero años más tarde conocí a un tipo que ganó el Concurso Nacional. Lo obsequiaron con un viaje a Río de Janeiro. En aquellas primeras rondas regalaban libros. Recuerdo que iba a por leche a la calle Joncar, el carrer dels gitanos (la calle de los gitanos) como lo llamaba mi yaya, obsesionado con la idea de ganar aquellos libros que acabarían siendo el punto de partida de una biblioteca. Me rondaba por la cabeza un monólogo interior como el de los dibujos animados de Oliver y Benji: «¡tengo que ganar esos libros, tengo que ganar esos libros!». Era una especie de confesión o de examen de conciencia, los buenos propósitos a los que siempre aludía mi madre. Me regalaron tres libritos de una colección de la Editorial Bruguera que se llamaba «SÍ-NO». Recuerdo que uno de los autores, quizás el autor de los tres, era José Repollés. Nacido en Calanda en 1914, «prolífico autor de obras de carácter popular, en ocasiones escribió bajo seudónimo (…). Es autor, entre otros libros de divulgación, de una deslucida Historia de España. Su escritura carece de relieve artístico». Pobre hombre: vaya manera de tratarlo en la Wikipedia.

Cada uno de los libritos abordaba un tema de forma didáctica. Empezaba por un test de doscientas preguntas al que debías contestar escogiendo entre cuatro opciones. A continuación, el autor se las componía para dar respuesta a todas aquellas preguntas en un texto continuo. Los años setenta fueron la época de oro de las fichas y de los test, continuación natural de la teoría de conjuntos y de los móviles que se utilizaban con fines pedagógicos en el parvulario y en los primeros cursos de primaria: la simplificación divertida, la idea de que, con solo algunas nociones, dejándote guiar por la intuición, podías llegar a resolver cualquier problema. Recuerdo unas fichas azules y otras de color tostado, de historia y de ciencias sociales, respectivamente. Y las hojas de ejercicios del método Ruaix para aprender catalán, que también funcionaban a base de fichas. En el mercado de lance he encontrado libros de la colección «SÍ-NO». Me han sorprendido El teatro universal, de Maria Aurèlia Capmany, La música, de Jaume Vidal Alcover y Napoleón, de José Miguel Mínguez Sender, porque cuando empecé a moverme en los ambientes literarios en los años ochenta los conocí a los tres. No recuerdo que me tocara ninguno de esos volúmenes. Igual regalaban los que se vendían menos. Repollés era un escritor sin relieve artístico, los libros de la colección «SÍ-NO» no eran demasiado atractivos, pero era una manera de empezar.

El colegio Voramar era lo que en los años sesenta se llamaba una escuela de padres. Enseñaban catalán, en una época en la que no formaba parte de los programas educativos. Nuestro profesor era Joan-Enric Vives, un cura joven de la iglesia de Santa María del Taulat. Vestía vaqueros y conducía un Citroën Dyane 6. Mucho más tarde, siempre con sotana o clergyman, ha sido obispo auxiliar de Barcelona, obispo de Urgel y copríncipe de Andorra. Los sábados por la mañana, su hermana Josefina daba clases de guitarra clásica en el comedor del colegio. Era una familia catalana, de Pueblo Nuevo de toda la vida. Me resultaba chocante que pudieran existir personas de Pueblo Nuevo de toda la vida, porque me sentía desarraigado y tenía la sensación de que estábamos allí por accidente. Un año, por la fiesta del libro, Joan-Enric nos llevó a los puestos de la Rambla, y compré un libro de historia de Ferran Soldevila, Resum d’història dels Països Catalans, con una miniatura en la cubierta que reproducía las Cortes Catalanas del siglo xv: el primer libro que no era del colegio y el primero que pagué de mi bolsillo. Mi madre se había apuntado al Círculo de Lectores que, a principios de los setenta, además de los libros con encuadernaciones de cartoné que imitaban la piel, empezó a vender discos. Crearon una marca, Orlador, la primera marca blanca que vi en mi vida. Publicaron un disco del cantautor Raimon, A Víctor Jara, cambiándole la portada. En la versión original reproducía un retrato de Leopoldo Pomés, con la cara de Raimon que quemaba el papel. Debieron encontrarla demasiado atrevida. También eliminaron el título, que era políticamente comprometedor, porque a Víctor Jara, otro cantautor, lo había asesinado Pinochet en Chile. El libro de Ferran Soldevila, publicado por Teide, es de 1974. El disco de Raimon, de Orlador, de 1975. Yo debía tener trece o catorce años.

Como resultado de las clases de guitarra de Josefina Vives, mi primera idea fue ser cantautor, y lo primero que escribí fueron letras de las canciones que inventaba: unos poemas de amor tristes y llenos de añoranza. En casa, antes de que entraran los catálogos de Círculo de Lectores, había muy pocos libros. Recuerdo una biografía del tenor Emili Vendrell escrita por su hijo y un libro de recuerdos del dibujante Valentí Castanys, dos personajes muy populares en el mundo menestral catalán. Mi madre los tenía arrinconados en un estante, en el mueble del comedor, comprimidos entre facturas viejas y algunas cartas. También tenía el libro que más quería: Cançoneret de Nadal, publicado en 1933 por Foment de Pietat Catalana, con los villancicos tradicionales. En un armario donde guardábamos las maletas ajadas y ropa que ya no utilizábamos, encontré unos cuantos libros más. Uno de estos libros era la Antologia de la poesia social catalana de Àngel Carmona, de 1970, una selección de poemas de todas las épocas con contenido reivindicativo o social. Uno de los poemas, «Cançó de la roba estesa» («La canción de la ropa tendida»), me gustó y le puse música:

La roba estesa
de la gent pobre
als patis foscos
i als descampats
coneix l’angoixa
dels dies grisos
sap l’enyorança
del temps gastat.

[Ropa tendida
de la gente pobre
en los patios oscuros,
y en los descampados,
conoce la angustia
de los días grises
sabe la añoranza
del tiempo pasado].

Me identificaba con este poema, me sabía parte de un mundo pobre, a pesar de que, al escribir el poema, Feliu Formosa pensaba en un barrio de chabolas y nosotros vivíamos en una casa obrera, un tanto extravagante, pero una casa al fin y al cabo. Cuando años después viajé regularmente a Brasil y me aficioné a la música popular brasileña encontré muchas canciones que, como la «Cançó de la roba estesa», hablaban del paisaje y de las casas de la gente humilde. Por ejemplo «Chão de Estrelas» («Suelo de estrellas») compuesta por Orestes Barbosa y Sílvio Caldas en los años treinta. Elizeth Cardoso la grabó en 1957:

Nossas roupas comuns dependuradas
na corda, qual bandeiras agitadas
pareciam um estranho festival!
Festa dos nossos trapos coloridos
a mostrar que nos morros mal vestidos
é sempre feriado nacional.

[Nuestras ropas modestas tendidas
en la cuerda, como banderas agitadas
¡parecían un extraño festival!
Fiesta de nuestro trapos coloridos
para mostrar que en los suburbios mal vestidos
es siempre fiesta nacional].

Otra era «Viaduto Santa Ifigênia» («Viaducto Santa Ifigenia») de Adoniran Barbosa: un emigrante del barrio italiano de Beixiga canta en un portugués atropellado al viaducto que forma parte de su paisaje querido, y sufre por si, en una reforma de la ciudad, a alguien se le ocurre demolerlo: si esto sucedirera se vestiría de luto y se mudaría al interior del país. En otra canción, «Saudosa maloca» («Añorada chabola»), Adoniran recuerda con tristeza la demolición de la barraca donde vivió con sus amigos Matogrosso y Joca, con quienes llegó a São Paulo.

Peguemos todas nossas coisas
e fumos pro meio da rua
apreciá a demolição.
Que tristeza que nóis sentia.
Cada táuba que caía
doía no coração.

[Cogimos todas nuestras cosas
y fuimos hacia el medio de la calle
a contemplar la demolición.
Qué tristeza sentíamos.
Cada tabla que caía
dolía en el corazón].

Recuerdo el día que asumí que no sería cantante, en aquel tono de examen de conciencia. Aunque, si no cantaba, podía escribir. ¿Qué escribiría? Tenía el paisaje, lo que me rodeaba, el pasaje Mas de Roda que recorría todos los días de ida y vuelta del colegio. Delante de casa, la agencia de transportes Hursa me gustaba porque uno de los camiones tenía la matrícula de Valencia. En mis juegos de niño, cuando salíamos de casa con mis padres y subíamos en autobús al barrio de Gracia, donde vivían mis abuelos, imaginaba partidos de fútbol: los resultados se decidían con las letras de las matrículas de los coches que encontrábamos por el camino. En aquella época los coches de cada provincia se identificaban con una inicial o dos. De pequeño era del Valencia C. F. Salíamos de casa, veía el camión: Madrid 0 - Valencia 1. El Valencia siempre empezaba ganando. En la esquina del pasaje, a la derecha, la casa de Marcelino, que era del mismo pueblo de mi padre, en el Alto Mijares, y que estaba casado con una catalana –Mercè del Marcelino–. Tenía dos hijas que iban a las monjas del paseo del Triunfo, con las que su padre hablaba en catalán. A continuación, en la misma mano, un bar con trinquete (otra reminiscencia valenciana) y unas casas bajitas, donde vivía una chica que años después fue compañera en el colegio, Mercè Climent. En la azotea de su casa, habían construido una torre con un palomar. En la esquina de la calle Granada, un colegio de niños pequeños, lo que en Cataluña se conoce como una escola de caganers (ahora la palabra suena mal pero yo la he oído como apodo de una rama de la familia paterna: los cagones). En la otra mano, una de aquellas fábricas que no se sabía lo que fabricaban, igual ya no fabricaban nada. Pasada la calle Granada encontrabas dos bares. Uno, cerrado desde hacía años, con un cartel herrumbroso: el Bar Moreno. El otro, el Mesón Nouriño, era un restaurante gallego. El propietario tenía la cara abotargada y se parecía al boxeador Urtain. Mi abuela nos invitó una cuantas veces a toda la familia a comer allí el día de Reyes. Pegada al mesón, una agencia de transportes, los estibadores bromeaban a mala leche y gritaban mucho. Al fondo, casi a la altura de la calle Badajoz, encontrabas el almacén de la Sucran. Y a la derecha, una fábrica antigua, de ladrillos, con un gran patio de carga y descarga, como salida de una novela de Charles Dickens. Parecía abandonada. Aparece en un capítulo de la novela La Moràvia (2011), que escribí en los años noventa. El protagonista deambula, ve el patio y, al fondo, una luz encendida, bajo una pantalla metálica. Le parece un plato de batería que cubre un fantasma pequeñísimo: la luz de una bombilla de sesenta vatios. Al fondo, la cubierta ondulada de la fábrica de hielo de la Unión Mutualista de Vendedores de Pescado, unas bóvedas que ennoblecían la perspectiva en fuga. Yo era un chaval solitario y caminaba concentrado, intentando asimilar todo lo que veía, dejando que me penetrara, pensando que podía llegar a ser el centro de mi vida. Y, de hecho, la fábrica de hielo es una de las fábricas mitificadas que aparecen en el libro de prosa experimental La fàbrica de fred (1991) («La fábrica de frío»). Deshabitado y desbaratado, el pasaje Mas de Roda constituía una realidad autónoma en mi pensamiento: el mundo industrial.

Fotogramas de Nocturno 29

Nocturno 29 (1968), de Pere Portabella. Lucía Bosé cruza la calle de la fábrica, sube a la planta, descubre la máquina y pone en marcha el movimiento.

Cuando era adolescente salía a caminar por el barrio, las tardes del domingo, fascinado por tanta desolación: las calles estrechas, las fábricas cerradas, los coches recubiertos de una película de humedad de las antiguas marismas. La humedad se mezclaba con el polvo, el aceite y la grasa de los talleres de reparaciones que dejaban los coches y camiones aparcados en la calle, días y días, sin reparar. Uno de estos talleres ocupaba la misma edificación que los transportes Hursa. Junto al bordillo se había formado un charco aceitoso, que no se secaba, del que sobresalía media bola negra: estuve mucho tiempo obsesionado por aquella bola, pensaba en ella de noche y cuando la visualizaba, oscura y reluciente, tenía arcadas y creía que iba a vomitar la cena.

En 1993 asistí a la proyección de Nocturno 29 (1968), de Pere Portabella, en un ciclo en la Filmoteca. Es una película de vanguardia, basada en las acciones escénicas del poeta Joan Brossa. Retrata a un hombre y una mujer ricos, interpretados por la actriz Lucía Bosé y por Mario Cabré, actor, torero y poeta. Ella entra en un almacén de tejidos. El dependiente le muestra banderas de diferentes países. Deja una pieza de ropa morada en un estante, y con otras dos piezas, amarilla y roja, forman la bandera de la República Española. Él entra en la sede central de uno de aquellos bancos que en los años setenta ocupaban los mejores edificios del paseo de Gracia, unas oficinas monumentales con decenas de oficinistas. Aparecen los ordenadores –en aquella época se llamaban cerebros electrónicos–, la panoplia con las llaves de los cofres privados. Otras escenas están filmadas en el Círculo Ecuestre, un club privado muy conservador, y en el golf de Sitges. El pintor Joan Ponç aparece vestido de arlequín. El músico Carles Santos interpreta una pieza al piano. Mario Cabré y Lucía Bosé tienen conversaciones absurdas: «A qué esperas para aprender equitación ¿Cuando seas viejo?», pregunta ella. «Un mapa no es un lugar adecuado para escribir preguntas», responde él. En una escena, que me pareció central, la mujer entra en una fábrica. Recorre las naves desiertas, con decenas de telares. Se sitúa frente a una máquina cubierta con una sábana. Da una vuelta entera a su alrededor y tira de la sábana. Gira un volante de hierro y activa el movimiento de ruedas y engranajes. Acciona una palanca y el movimiento se acelera. En el último plano, la rotación pasa de la máquina a la rueda del coche, un lujoso Jaguar, que circula por el pasaje Mas de Roda y gira a la derecha, por la calle Badajoz. Al fondo se ven las bóvedas de la fábrica de hielo.

Me emocioné. Acababa de publicar La fàbrica de fred, estaba escribiendo La Moràvia. Así que aquel paisaje, para mí privado, el camino por el que iba al colegio todos los días, formaba parte del mundo de artistas y poetas, de teatro y cine experimental, al que yo aspiraba a pertenecer.

Empecé este libro y una de las primeras cosas que se me ocurrió fue contactar con el director de Nocturno 29, Pere Portabella, para preguntarle cómo surgió la idea de localizar esta escena en el pasaje Mas de Roda, quién encontró el sitio y por qué filmaron allí. Alguien, en nombre de Portabella, me mandó un mail:

«Atendiendo a su demanda de información sobre la secuencia de Nocturno 29 en la que Lucia Bosé se pasea por una fábrica y donde tiene lugar la escena de ella con la máquina, quiero informarle de que no se trata de Pueblo Nuevo, sino del complejo de La Magòria (can Batlló), en el distrito de Sants-Montjuïc. No recuerdo, y tampoco lo tenemos documentado, por qué se eligió esta localización, pero, teniendo en cuenta que usted está escribiendo un libro sobre Pueblo Nuevo y el hecho de que nuestra fábrica no esté allí, entiendo que ya no debe tener, por lo tanto, más interés para usted».

El pasaje Mas de Roda volvía al olvido, de donde había salido momentáneamente aquella tarde en la Filmoteca. El interior debe ser can Batlló. Pero la escena del Jaguar se filmó en el pasaje Mas de Roda. No puedo estar equivocado: pasaba por allí todos los días. Ha desaparecido de los archivos de Films 59, como si nunca hubiera existido. Mi amigo Jordi Ribas dice que el tema de todo lo que escribo es la desaparición. Lo que pasó y se ha borrado, lo que ha sido suprimido, la memoria perdida de las cosas. Reúno restos, colecciono fragmentos para construir un espacio mental: el barrio de la Plata.

Fotogramas de Nocturno 29

El Jaguar de Lucía Bosé avanza por el pasaje Mas de Roda y gira a la derecha, por la calle Badajoz, en Nocturno 29.

2
ISABEL DE LA VAQUERÍA
Y LA SEÑORA BALBINA

Julián Guillamón Puerto y Maria Mota Robert se conocieron en el baile Monumental de la calle Mayor de Gracia. Hasta el momento de casarse a mi padre le gustaban mucho los bailes. Siempre recordaba que el jueves era el mejor día de la semana porque las chachas libraban. En aquella época –finales de los años cincuenta– las empleadas del hogar gozaban del prestigio erótico que más tarde acapararon las separadas. Mi padre y su amigo se acercaron a mi madre y su amiga y en algún momento debieron decirles: «Somos de Toga, Castellón». El lugar era tan desconocido y remoto que era obligado decirlo en un paquete: «Toga, Castellón» o, si el interlocutor tenía un poco de idea de geografía valenciana: «Toga, en la cuenca del río Mijares». Toga era un pueblo de frontera. Siguiendo el Mijares hacia la costa, en dirección a Onda y Villareal, los pueblos tienen nombres de origen catalán: Cirat, Vallat. Siguiendo el Mijares hacia Teruel, en dirección a la Puebla de Arenoso, aragonés: Torrechiva, Ludiente, Arañuel. Los pueblos junto a Toga, Espadilla y Argelita, los he visto escritos como Espadella y Argeleta, con el sufijo catalán. Pienso que si el nombre del pueblo de mi padre hubiera sido aragonés se habría llamado Tuega, y así aparece, de hecho, en documentos antiguos. El nombre de Argelita es indicativo de lo que debió suceder. Toda aquella comarca, desde Onda, en la Plana, hasta Montán y Montanejos, en la Sierra de Espadán, fue tierra de moriscos. Tantos debió haber que Argelita era «la pequeña Argelia». Cuando expulsaron a los moriscos, en 1609, quedó una tierra de nadie que se repobló con gente de otros lugares. He oído decir que en el siglo xvii, en Toga, la peste liquidó a una parte de la población. Y que llegó otra oleada de repobladores, entre los cuales había navarros y mallorquines. De ahí que una de las especialidades que no he encontrado en otros lugares de Castellón ni de Valencia sean las picantosas, unos chorizos con pimentón y mucha guindilla, que quizás originalmente fueron chistorras. Y que mi abuela se llamara Puerto Barceló: Barceló es un apellido mallorquín. Todo esto son suposiciones construidas a partir de las investigaciones de un familiar, abogado, Octavio Guillamón, que tenía curiosidad por la historia, y de los nietos –Mercè Tolrà, Lola Barceló y yo mismo–, que ya hemos vivido siempre en Cataluña. Cuando era un chico me divertía oír a la tía Enriqueta que hablaba de prisquillas babosas (melocotones de agua) y de chullas (costillas de cordero), que mucho después entendí que eran bresquilles y xulles: palabras de frontera.

Mi madre y mi padre se conocen en el Monumental, se hacen novios, se casan. Mi madre era una muchacha del barrio de Gracia, hija de una heredera de Vila-rodona, Pepita Robert, y de un mozo, de Viladrau, Joaquim Mota, camarero profesional, que había trabajado en el Gran Café Barcelona de la plaza de la Universidad y más adelante en el restaurante del Campo de Aviación. De Tarragona y del Montseny. De pronto, mi madre se encuentra viviendo en casa de sus suegros, en Pueblo Nuevo. Mi padre era calderero, había trabajado en distintos talleres. Cambiaba de trabajo a menudo. Al primer cabreo, no le costaba gran cosa cabrearse, cogía el portante. El yayo Julián era un obrero de can Girona –Material y Construcciones S.A.–, era un obrero enfermizo, se retiró prematuramente y murió joven. La yaya Manuela había trabajado en la fábrica Aranyó, una industria textil que ocupaba un edificio que parecía el castillo de Cumbres borrascosas, actualmente es el Campus de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra. Llegaron a Barcelona en los años veinte, o antes quizás, mi padre nació en 1929 en las chabolas de detrás del Cementerio del Este. Pienso en la sensación de extrañamiento que debió sentir mi madre cuando llegó a Pueblo Nuevo. Una casa vieja, con una escalera de paredes desportilladas, y la puerta que daba a la calle, que se abría desde el piso tirando de una cuerda. Cuando yo nací todavía había comuna. Quedaba en un tramo de la calle Luchana –hoy Roc Boronat–, entre el barrio de la Plata (la calle Wad-Ras –hoy Josep Trueta–, entre Granada –hoy Ciutat de Granada– y Badajoz) y la Rambla: un lugar muy despoblado, con pocas casas. Solo teníamos unos vecinos, los Rosich, Vicenç y Trini, una familia trabajadora. Tenían dos hijos, cuatro o cinco años mayores que yo: Jordi y Nuri. El número 18 de Luchana era lo que se llamaba unos pisos altos, una casa que había quedado tocada por una bomba de la guerra. Enfrente, la casa de Mercè y Marcelino. El resto eran almacenes, talleres, agencias de transporte y fábricas abandonadas.

Tenías la sensación de estar viviendo lejos de todo. Y más todavía cuando subías a ver a los abuelos, en Gracia. En el trayecto del autobús 6, desde el paseo de Gracia, frente al rascacielos del Banco Comercial Transatlántico, hasta la esquina de Wad-Ras con Llacuna, parada final, mudabas de piel. La primera parte del recorrido seguía por la Diagonal hasta el paseo de San Juan. El paisaje estaba formado por casas burguesas, con grandes balcones y galerías acristaladas. Me gustaba el monumento al inventor Narcís Monturiol, obra del escultor Josep M. Subirachs, frente al edificio de la Mútua Metalúrgica, que años después supe que era un edificio notable, precursor de la arquitectura moderna de los años cincuenta, proyectado por Oriol Bohigas y Josep M. Martorell. Yo era un chiquillo y se me iban los ojos tras el submarino de bronce que atravesaba la peana escultórica. Llegábamos al paseo de San Juan, con las dos direcciones del tráfico separadas por un seto de pitósporos. En aquella época se utilizaban a troche y moche en la jardinería municipal. El autobús giraba por la calle Caspe en dirección al puente de Marina, que sobrevolaba las vías del tren que iban a morir a la estación del Norte. Después de Buenaventura Muñoz se entraba en una tierra incógnita, de espacios despoblados, las calles estaban adoquinadas y el autobús que llegaba prácticamente vacío, traqueteaba, con un gran estruendo de asientos, plásticos y cromados. En aquella época, la calle Llacuna iba de mar a montaña: el 6 tenía la parada final frente a la fábrica de yute, tristemente famosa porque en los primeros años de posguerra fue campo de concentración. Mi madre, que enseguida empezó a no entenderse con mi padre, debía vivir estos trayectos como un viaje hacia el destierro. Cuando hablaba de Gracia le brillaban los ojos: «Es de Gracia…». Solo faltaba que, siguiendo una costumbre habitual en los pueblos, mi yaya albergara en su casa a un hermano pequeño, que decidió venir a Barcelona tras perder unos camiones que tenía y cerrar la empresa de transportes. Llegaron el tío de mi padre, Manuel Puerto, su mujer, Enriqueta Barberán, y tres hijos: Manuel, Basilio y Enriqueta. Era una presencia extraña para una joven casada que quería vivir con su marido y su hijo y se encontraba compartiendo piso con sus suegros, el hermano de la suegra y su familia, que acaban de llegar de un pueblo perdido. Era un fastidio y fue su suerte: mi madre y la tía Enriqueta llegaron a ser muy amigas, se hicieron mucha compañía y la tía la ayudó a pasar el mal trago de la soledad en el barrio de la Plata.

Yo nací en medio de esta situación de, digamos, choque cultural. Tenía una familia catalana y una familia valenciana que hablaba en castellano. Abuelos y yayos. Un mundo en Gracia y otro en Pueblo Nuevo. A causa de su trabajo en el aeropuerto, en el restaurante de la sección de vuelos internacionales, el abuelo Quimet estaba en contacto con muchas novedades. En la casa de Gracia encontraba objetos preciosos que sugerían una realidad luminosa: cajetillas metálicas de cigarrillos Benson & Hedges, calendarios de la Pan-Am. Mi abuelo trabajaba en el turno de la mañana. Por la tarde, cuando regresaba del trabajo, compraba El Noticiero Universal, un vespertino que leía con fruición. El hermano de mi madre, el tío Josep Maria, era dependiente de una tienda de electrodomésticos: una tienda de postín de la Vía Augusta, que se llamaba Bohigas, junto al Instituto de Estudios Norteamericanos. Mi tía Mari tenía un puesto de pescado en el mercado de la Libertad. Se ganaban bien la vida, viajaban, eran jóvenes y modernos. En Pueblo Nuevo mi padre leía Marca o As, los diarios deportivos de Madrid, porque era del Valencia C.F. y en estos diarios se hablaba más de su equipo que en los diarios de Barcelona. Mi madre compraba Telva y, más tarde, la revista de patrones Burda Moden, de donde sacaba los modelos que confeccionaba con la máquina de coser Wertheim. Mi padre acababa reventado del trabajo de la semana y no aprovechábamos mucho los días de fiesta. Cuando todavía se trabajaba los sábados por la mañana, por la tarde dormía. Salir a tomar un aperitivo era algo impensable: lo consideraba un gasto innecesario, casi un pecado, más tarde supe por qué. Nos levantábamos tarde, remoloneaba por casa, mi madre se desesperaba, mi hermano y yo nos aburríamos esperando. Salíamos cuando ya casi era la hora del almuerzo. A veces subíamos en el 6 hasta el final, en Collblanc, en el otro extremo de Barcelona. Otras veces salíamos a buscar algún quiosco que estuviera abierto hasta las tres, para comprar el As. Pasábamos por aquellas calles tan vacías del domingo a primera hora de la tarde: Badajoz, Ávila, Álava, Pam­plona, Zamora, atravesábamos uno de los pasos a nivel sin barreras y llegábamos a la calle Marina, que era la primera que parecía una calle de verdad y no el patio de una fábrica. La Fundación Torras ocupaba dos manzanas y media, entre las calles Llull y Pujadas. Dos de las naves estaban conectadas por unos raíles como los del tran­vía por donde, en otros tiempos, debían circular las vagonetas con escorias y carbones. Era uno de los lugares que me gustaban, cuando pasábamos caminando a paso ligero el domingo a mediodía.

Maria Mota, Isabel Castelló y Pepita Robert.

Maria Mota, Isabel Castelló y Pepita Robert.

Esta gran extrañeza la asocio hoy con la leche. Mis abuelos vivían en la esquina de la calle Neptuno con Luis Antúnez, en la frontera entre el barrio menestral de Gracia y el más elegante San Gervasio. En la esquina de Luis Antúnez con Vía Augusta, a finales de los años cuarenta, existía una vaquería, con sus corrales y sus vacas. Mis abuelos entablaron una gran amistad con los vaqueros Joaquín Bonada e Isabel Castelló, que vivían en la misma escalera. Cuando prescindieron de las vacas, abrieron una lechería en la calle Luis Antúnez, frente a donde habían tenido los corrales. Mi madre y mi abuela ayudaban en el reparto. Conservo una foto de las dos en el portal, con la señora Isabel, con unos delantales impecables. El barrio de Gracia estaba más conectado con el mundo que Pueblo Nuevo y las novedades llegaban antes allí. Cuando subíamos a visitar a los abuelos, entrábamos en la granja de la señora Isabel. Toda la leche era envasada, lo que me llamaba la atención. En Pueblo Nuevo, mi madre me mandaba a buscar la leche con una lechera a la vaquería de la señora Balbina, en la calle Juncar, junto al Casino de la Alianza. La vendían directamente en el corral, con una gran jarra de aluminio y un cucharón. Isabel, en cambio, tenía botellas, bolsas y Tetra Pak. Mi abuela encontraba buenísima la leche de la Cooperativa de los Vaqueros, en bolsa. Descubrí que podía existir un refinamiento de los productos industriales y que la leche en Tetra Pak, solo por estar envasada en Tetra Pak, era especial. Las marcas que empezaban a envasar leche lanzaban promociones con pequeños regalos. Un avión de la marca Letona, que de pequeño me fascinaba, lo encontré años más tarde en un catálogo: era un recortable de Juan Pedragosa, uno de los pioneros del diseño gráfico de los años sesenta.

La señora Balbina y sus hijos.

La señora Balbina y sus hijos.

Cuando empecé a escribir este libro busqué –y conseguí contactar con ella– a Merche Fernández, la hija de la señora Balbina, que vive todavía en Pueblo Nuevo, en el bloque de pisos que se construyó en los terrenos donde su familia había tenido la vaquería.

Folleto de La Lactaria Española S.A.

El viaje de la leche. Folleto de La Lactaria Española S.A.

Mientras la cabeza me bailaba entre Isabel de la vaquería, la señora Balbina y su hija Merche, en Pueblo Nuevo la industria de la leche esterilizada funcionaba a toda máquina. En la calle Bach de Roda tenía la fábrica La Lactaria Española S. A., que producía la leche RAM. En la esquina de Perú con Bilbao, en octubre de 1960 se inauguró la nueva factoría de Frigo, que fabricaba batidos y helados. Letona, que también fabricaba el Cacaolat, estaba en la calle Pujadas, pasada la vía del tren. De manera que a pocas calles de distancia convivían la fábrica automatizada y la vaquería de sesenta vacas. Mientras preparaba este capítulo estuve buscando fotografías, folletos y anuncios de las marcas de leche, helados y batidos que se fabricaban en Pueblo Nuevo. Encontré un folleto de la RAM con el ciclo de la leche, desde las montañas a las casas pasando por la fábrica. Mi generación se quedaba pasmada ante ese tipo de diagramas y Pablo Carbonell les dedicó aquella canción tan divertida que se titula «Mi agüita amarilla». Realicé otro descubrimiento más impactante aún. Con la experiencia de mi abuelo camarero, a finales de los años cincuenta la familia de mi madre arrendó en Arbúcies, en el Montseny, un hotel de temporada: Hostal Castell. Los amos del hotel eran también propietarios de una masía, el Marcús, con una gran extensión de bosques y cultivos. Tenían vacas. En el hostal se gastaba leche embotellada, pero traían una pequeña cantidad de leche fresca para nosotros y para algún cliente que mi abuela y mi madre mimaban especialmente. Encontré un calendario de Frigolat, el batido de chocolate de Frigo. Reconocí de inmediato el lugar que aparece en la fotografía: es el puente que conecta la carretera de Arbúcies a Viladrau con el Marcús. Por aquel puente habían pasado muchos litros de leche en dirección al Hostal Castell. Mientras mi abuela compraba bolsas de leche de los vaqueros pensando que era más buena que la de otras marcas, la deslocalización llamaba a la puerta.

El puente del Marcús

El puente del Marcús, en Arbúcies.