Primera edición
© Enrique G de la G, 2020
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación puede ser
reproducida sin el permiso por escrito del autor. La infracción de dichos derechos
puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Impresión y editorial: BoD – Books on Demand GmbH
info@bod.de – www.bod.de
ISBN: 978-3-7534-3027-0
Para cualquier consulta o asesoría relacionada con migración o inculturación de mexicanos en Alemania, revisa la página holaalemania.com y escríbeme a enrique@holaalemania.com. Doy consultoría a particulares y empresas.
A Noé Salinas, mi profesor de 5° de primaria,
por ser el primero en espolear mi escritura,
30 años y 9 238 kilómetros después.
Alemania es como es.
La aceptamos y amamos,
o simplemente nos vamos.
Esthela Jaime
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COLABORADORES
Nathalí Amézquita / Adolfo Ayuso Audry / Angélica Bertram / Yaotzin Botello /
Nancy Bravo / Salvador Cárdenas Gutiérrez / René Ceballos / Salomón Derreza /
Alfredo Félix-Díaz / Vanesa Fernández / Aidé Flores / Carlos Jesús González / Fiona
Guadarrama / Adriana Haro-Luviano de Rall / Susana Herrera / Olivia Hidalgo /
Víctor Ibáñez / Carmen Lazos / Anna Mariscal / Antonio Ortuño / Estibaliz Sienra
Iracheta / Javier Toscano / Rodrigo Valencia
CORRECCIÓN
Yaotzin Botello, Diego G de la G
DISEÑO Y MAQUETACIÓN
Olivia Hidalgo
IMPRESIÓN
Books on Demand GmbH, Norderstedt
Por motivos que no viene al caso enumerar, viví con mi familia en Berlín durante un año. Aunque ya había visitado la ciudad, apenas puse el pie en Alemania con el fin de residir allí quedó claro que no estaba listo para capotear las costumbres locales. El día a día me resultaba casi incomprensible. Mi sensación no era la de caminar por un país diferente al mío, sino la de haber viajado a otro planeta.
Cada mañana me levantaba con la misma idea en la cabeza: “Quizá no existan dos culturas tan opuestas”. Los mexicanos somos históricamente improvisadores y también muy afectos a las componendas “ingeniosas”; consideramos que todo trámite, ley o reglamento es flexible (o debería serlo) y, muchas veces, nos impacientamos ante el orden, por más lógico que resulte. Los alemanes, entretanto, suelen ser prácticos y sistemáticos y no consideran (en general) que la ley o las disposiciones de convivencia estén ahí para darles la vuelta o para negociarse caso a caso (y mucho menos piensan así cuando son funcionarios).
Pero, más allá de estas peculiaridades, el motivo principal del cortocircuito que uno experimenta puede encontrarse en la falta de respuestas ante las dudas cotidianas. No existen, para un mexicano, demasiadas fuentes de información al alcance sobre lo que nos espera al mudarnos a un lugar como Alemania, más allá de las guías de requisitos migratorios por cumplir. Pero esas instrucciones diplomáticas enseñan a tramitar visas y pasaportes, y no a dónde acudir en busca de salsa picante o cómo decidir qué clase de boleto del metro nos acomoda mejor. Y los portales de internet no explican con el debido esmero que ciertas actividades toleradas en México, y que para nosotros son inocuas, como cruzar la calle por otro sitio que no sea la esquina, pasarse un semáforo en rojo, invadir los carriles de bicicletas (así sea a pie) o “bajar” piratería de la red, están mal vistas y pueden ser duramente multadas en el país teutón.
Esos portales tampoco exponen, por cierto, las enormes distancias entre uno y otro Estados en temas nada menores, como el manejo de los registros municipales, el acceso a la salud, el pago de impuestos o el uso (y disfrute) de los recintos culturales. Y esto no solo quiere decir que el mexicano promedio no es consciente de la cantidad de obligaciones que debe observar (y de las que suele enterarse muy tarde, cuando se mete en el primer lío), sino que puede perderse, también, de la tonelada de oportunidades magníficas que la sociedad alemana ofrece a quienes viven en ella.
Por eso, un libro como este, que firma Enrique G de la G, resulta utilísimo. Enrique es un mexicano que migró hace años a Alemania: allá ha estudiado, trabajado y formado una familia. Es capaz de organizar una carne asada en Berlín con tortillas, salsas diversas y hasta piñata. Y ha conseguido, incluso, transportar exitosamente desde México a Alemania una mesa de piedra de las dimensiones del meteorito que acabó con los dinosaurios (y que aún es reivindicado por nuestros orgullosos paisanos yucatecos como “suyo”). Hablamos, pues, de alguien que no solo ha sabido sobreponerse a las diferencias de usos, costumbres, leyes y formas de vida entre los dos países, sino que ha acopiado todo un arsenal de recursos de supervivencia.
Este es, pues, un libro ameno, claro y hospitalario, que ofrece respuestas para las principales incertidumbres que surgen para el mexicano que migra (por un tiempo o indefinidamente) a la República Federal de Alemania. Justo lo que uno necesita esa primera mañana, cuando despierta y recuerda que allá afuera no están las calles de siempre, sino unas bien organizadas y serenas Straßen germánicas, por las que hay que caminar sin meter la pata.
Antonio Ortuño
La pandemia del coronavirus causa cambios, sobre todo en procesos y tiempos burocráticos. Sin embargo, lo que se explica en esta guía funciona, en su esencia, tanto para tiempos de pandemia como para tiempos normales.
Un buen día, la vacuna llegará y la pandemia pasará. Ojalá sea más pronto que tarde, pero dadas las circunstancias actuales (otoño 2020) es necesario decir algunas cosas fundamentales sobre el coronavirus y Alemania.
Las autoridades responsables son el Robert-Koch-Institut, la Central Federal para Información Sanitaria y el Ministerio Federal de Sanidad, que ofrecen tres recursos fundamentales:
Ahora bien, cada estado federado tiene sus propias leyes respecto de los tapabocas, pero todos coinciden en que se debe usar en comercios y transporte público. Se recomienda lavarlos por lo menos a 60 grados o desinfectarlos en agua hirviendo después de cada uso.
Cuando el índice de contagios en una región supera los 50 casos por 100,000 habitantes durante una semana, se la considera zona de riesgo. El Robert-Koch-Institut actualiza constantemente la lista de zonas de riesgo, entre las cuales está México desde el 15 de junio de 2020. Encuentras la lista está en rki.de si pones en el buscador “Informationen zur Ausweisung internationaler Risikogebiete durch das Auswärtige Amt, BMG und BMI”.
Al llegar Alemania procedente de una zona de riesgo, es obligatorio hacer cuarentena de dos semanas y avisar a la oficina local del Ministerio de Salud (Gesundheitsamt), cuyos datos puedes encontrar en rki.de/mein-gesundheitsamt. De igual manera, se deben reportar los síntomas, en caso de tenerlos.
Lo mejor es hacerse una prueba del virus porque, si sale negativa, la cuarentena deja de ser obligatoria. Además, por haber entrado al país procedente de una zona de riesgo, las autoridades alemanas pueden exigir en cualquier momento el comprobante de la prueba. La multa por negligencia podría ascender a 25,000 euros.
Esta prueba está disponible en los aeropuertos mismos y es gratuita durante las primeras 72 horas después del aterrizaje. También es válida si se hace en el extranjero 48 horas antes de ingresar a territorio alemán.
Contactos útiles a tener en cuenta:
Hace poco, el historiador Miguel Gleason descubrió que tan solo en Berlín existen más objetos del patrimonio arqueológico de México que en toda España. Este descubrimiento sugiere que la corona española solo se interesó por el oro, porque no valoró, ni conservó, ni cuidó el resto. Por el contrario, la abundancia de objetos que Alexander von Humboldt trasladó a su patria creó un vínculo portentoso entre México y Alemania, del que ahora nos beneficiamos quienes vivimos —temporal o definitivamente— en tierras germanas.
Pero el interés alemán por México precede a Humboldt. El emperador prusiano Federico el Grande escribió una ópera titulada Moctezuma. Y, varios siglos más tarde, el alemán Paul Kirchhoff acuñó el concepto de “Mesoamérica” y fundó nuestro Instituto Nacional de Antropología e Historia.
En 2003 no vine a Berlín persuadido por Humboldt ni por modernos análisis de oportunidades sino por el mero romanticismo del Sturm und Drang, que tuve a bien imaginarme papaloteando todavía por ahí. Y, al llegar, me di cuenta de que me había equivocado de siglo. Pero la desilusión fue fugaz, pues a cambio descubrí un país fascinante, del que en realidad no sabía nada, aunque ya hubiera estado antes y ya creyera saber algo de alemán.
Georges Perec nos dejó unas instrucciones de uso para ese rompecabezas que es la vida. Si queremos alivianárnosla, la vida en Alemania también requiere instrucciones. Esta guía no es una mera compilación, sino el rompecabezas que he venido armando con todas las mañas, los trucos y las experiencias de las que me he hecho desde que llegué. Como tal, tiene un alto grado de subjetividad; como la vida misma, es un work in progress.
En Alemania me ha tocado prácticamente de todo, desde olvidar mi laptop en la estación del tren ligero hasta repatriar a México el cuerpo de un amigo que falleció en Berlín. He escurrido “lágrimas de sangre” durante el esfuerzo de inculturación; me he tenido que pelear con médicos, burócratas y catedráticos universitarios para defender mis derechos; he sido víctima del racismo y de las más finas atenciones; he padecido la depresión del invierno y me ha extasiado el furor del verano; viví con intensidad el Mundial del 2006, y la noche de la Final alojé a 16 invitados y parientes del primo del amigo del vecino en un departamentito de 47 metros cuadrados.
Pero, más allá de las anécdotas, he encontrado una libertad social y personal que ya quisiéramos en México para las próximas décadas.
Llegas a Alemania como estudiante temporal, como expatriado para trabajar en una empresa o por amor. Y, si decides hacer tu vida en Alemania, un buen día te das cuenta de que… Tú. Eres. Migrante. Ese es también mi caso: llegué a estudiar pero ahora soy migrante.
A mucha honra.
Claro, por razones geográficas y acaso también por la lengua, el migrante que va de México a Alemania suele tener unas características diferentes, en términos de escolaridad, a las del grueso de los mexicanos que migran a los Estados Unidos. Mientras que allá van mayoritariamente familias, acá llegan sobre todo personas solas o con pareja alemana.
A pesar de esta aparente ventaja, es difícil hacerse al modo alemán. Es duro el proceso de asimilación, sobre todo si no tienes raíces o no fuiste a una escuela alemana. No lo niego.
Pero en lugar de ver las dificultades y desventajas, lo que me resultó fue hacer dos listas y resolverme una pregunta. Mi primera lista fue de los problemas con los que tengo que lidiar en México; y la otra, la de los problemas que conlleva vivir en Alemania.
Vi los macroproblemas y microproblemas. A un macronivel, lo que más me hastía de México es la corrupción y la ineptitud del gobierno; en cambio, a nivel de cancha me encanta la forma de ser de la gente, alivianada, despreocupada, espontánea, el día a día, el clima, la comida, la espontaneidad. Cuando veo Alemania en términos macros, veo una sociedad que funciona de una manera que me impresiona y me gusta ser parte de ello, como un pequeño tornillo en un gran esfuerzo colectivo; pero cuando la observo de cerca, veo que la gente es aburrida, cuadrada y cerrada, que la cocina es muy pobre y me desespera que la vida diaria esté tan reglamentada.
Una vez hecho el brainstorming, puse los dos montones en la balanza y me pregunté: ¿qué problemas prefiero en mi vida: los de aquí o los de allá?
Si tu respuesta es México, me temo que tus días en Alemania están contados; si prefieres los de Alemania, acabas de dar el primer paso hacia una feliz y eficaz inculturación.
Todo lo que cuento aquí está basado en mi experiencia personal, excepto cuando hablo de matrimonio (sigo sin casarme), de embarazo (solo los he causado y acompañado), de adopción (no conozco familias alemanas con niños adoptados), de mascotas (ya quiero mi husky siberiano) y de asentarse en Alemania (llevo mil años pero soy uno más de los que renuevan su visa a cada rato en la odiosa oficina para extranjeros).
Mi disclaimer es doble: incurro en generalizaciones por el simple hecho de que así son las guías, como cuando digo que “los mexicanos” somos así y “los alemanes” son asá, porque cuando el cliché suena, agua lleva; y mis bromas son políticamente incorrectas, por lo que me burlo en primer lugar de mí mismo. Con esto no quisiera herir la sensibilidad de nadie pero tampoco ceder a la creciente censura de lo políticamente correcto.
Si estás pensando en migrar a Alemania, ya sea para estudiar, trabajar o emprender, el portal del gobierno federal Make it in Germany es un buen punto de partida para comenzar tu investigación: make-it-in-germany.com/es. ¡Está en español!
A las tres semanas del ataque a las Torres Gemelas en 2001 vine a Alemania por primera vez. Solo porque un amigo me insistió hasta la desesperación me tomé un día para viajar a Berlín, de 8 de la mañana a 8 de la noche.
Llegué a la estación Zoologischer Garten —todavía faltaban varios años para que se inaugurara la estación central de trenes— y caminé hasta la Isla de los Museos. Era época de elecciones, estaba gris, frío y chispeando.
Aún no me lo explico... así es el amor a primera vista.
Al entrar a la Universidad Humboldt y ver la majestuosa escalera de mármol turingio con la cita de Marx y, arriba, la galería de profesores que habían obtenido el Premio Nobel, en ese momento y en ese mismo lugar decidí que viviría en Berlín. Así que, de esas doce horas, pasé dos formado, esperando a que abrieran la oficina de información de la universidad.
—Quiero estudiar una maestría aquí.
—¿Qué área?
—Filosofía.
—No hay.
—¿Doctorado?
—Doctorado, sí.
—¿Cuáles son los requisitos?
La antigua universidad de la capital de Alemania Oriental seguía intacta aunque hubieran pasado ya muchos años desde la caída del Muro. Lo que quiere decir que la página web tenía la tierna edad de cuatro años y era rudimentaria. Así que, en lugar de dirigirme al internet, la señora trajo un libro que recuerdo como de un metro de altura. Necesitó las dos manos para abrirlo con mucho esfuerzo.
—¿De qué país viene?
—De México.
Buscó en el canto la pestaña con la letra “M”.
—México… Mire, para inscribirse aquí necesita usted una maestría en la UNAM o en la Universidad Autónoma de Puebla o en la Universidad Autónoma de Veracruz.
¡Esas eran las únicas universidades que tenían convenio con la Universidad Humboldt! Eran épocas casi prehistóricas pero lo vi como un signo de exclusividad.
—Muy bien. Entonces regreso dentro de dos años.
Volví a México a la mañana siguiente, 12 de octubre. Durante todo el vuelo me sentí picado por el Síndrome de Colón: había descubierto mi Nuevo Mundo.
A los tres días ya estaba inscrito en la maestría, gracias al caos que habían armado los huelguistas y a un favor del coordinador, que me aceptó a pesar de haber vencido ya el plazo de inscripciones… algo inimaginable en Alemania. Contraté a un profesor de alemán, busqué tutor y beca. Veintitrés meses después, me mudé a Berlín.
Mentiría si dijera que el primer año fue una gozada. Debí haber ido a más fiestas y disfrutado más Berlín, pero ñoñeé y me puse a estudiar alemán en serio. Me esforcé por entender la mentalidad, lo que nomás me causó más cortocircuitos neuronales. Me pegó fuerte el primer invierno, a pesar de las advertencias de mi profesor de alemán en México, a quien le fanfarroneé que a mí esas cosas no me afectaban. ¡Ja!
Pero descubrí el país donde quería vivir y la sociedad de la que quería formar parte. Me trastornó el respeto de los alemanes por los demás, por la cultura, la curiosidad, su espíritu por mejorar siempre las cosas, su cuidado por el arte y las ciencias. Aprender la lengua me abrió la mente al periodismo serio, cuando apenas comenzaban las publicaciones en línea y en una época en que aún no existían los blogs.
Resumo mi aprendizaje en Alemania con una sola palabra: Selbstbewusstsein, la autoconsciencia. Digamos que esta es la versión rudamente hegeliana de lo que ahora llaman mindfulness.
A diferencia de los mexicanos, que somos muy aventados, los alemanes son conscientes de cada momento y decisión que toman en su vida. Son conscientes del peso de la historia. Son conscientes de que todo se puede mejorar con crítica, ingenio y tesón. Son conscientes de que hay que hacer las cosas bien y que de ellos depende el futuro del planeta en términos de ecología, una responsabilidad que se han autoimpuesto. Son conscientes de que la vejez es una edad que se puede disfrutar, y por eso siempre hay hordas de viejos en museos, conferencias y sitios históricos.
A la vuelta de los años puedo decir que Alemania saca lo mejor de mí.
Es evidente que Alemania tiene también sus dificultades. Una de las primeras que te topas, y que te hace sentir desplazado y en fuera de lugar, es que, cuando llegas, no sabes ni siquiera abrir la ventana. Y de ahí en adelante, las dificultades nomás crecen.
Estas son mis dificultades favoritas y los trucos que te recomiendo para resolverlas:
1. Invierno: es una época fascinante si puedes gozar la nieve, el esquí y el patinaje sobre lagos congelados. Pero en algunas zonas —como Berlín o Hamburgo—, el sol se esconde por meses, y esa oscuridad afecta más que el frío mismo.
Es esta la época en que pega más el Síndrome del Jamaicón, según la honda sabiduría del Jamaicón Villegas, ese aguerrido lateral de las Chivas que declaró en una entrevista que la goliza de 8-0 que Inglaterra le metió a la selección mexicana era nomás porque extrañaba a su mamá. En nuestro caso se traduce como “Extraño México”, “Extraño los tacos”, “Extraño _______” [escribe tu palabra favorita].
Busca soluciones: compra focos que simulen la luz solar (esta tecnología está bien desarrollada), toma suplementos alimenticios y vitaminas, sobre todo la D, la única que no produce el cuerpo humano, y llámales a tu mamá y a tu abuelita las veces que haga falta.
Me levanto temprano para dejar todo listo antes de salir corriendo: el desayuno, el balcón de las perras lavado y desinfectado, la casa a medio recoger y algo para que las hijas coman al regreso. Nadie me apura, pero yo procuro salir lo antes posible, pues es el día de la semana que más disfruto.
Salgo veloz en S-Bahn hacia el Hansaviertel. Camino entre los maravillosos edificios construidos por grandes arquitectos, como Gropius, Aalto, Taut y, mi favorito, el de Oscar Niemeyer. Respiro hondo y sigo por el Tiergarten.
No tengo que voltear hacia atrás ni cuidar por dónde voy. Me siento segura. Qué felicidad se siente caminar sin miedo, libre.
Un año sabático en un lugar maravilloso, y lo mejor de todo se acerca: un concierto gratuito a medio día en la Deutsche Philharmonie para alegrar la semana. El vestíbulo se llena de vida, estudiantes, adultos jubilados, paseantes, turistas, todos sentados en el suelo y las escaleras para –durante una hora– olvidar la rutina, el tráfico, las tareas y obligaciones.
Así se siente Berlín, un oasis de árboles y lagos entrecruzado con trenes y gente de prisa yendo de un lado a otro.
Quiero que nunca terminen los martes de Lunchkonzert.
Olivia Hidalgo (Berlín)
2. Ser mexicano: el pasaporte mexicano es la mejor tarjeta de presentación en la mayoría de los países, y Alemania no es la excepción. Infundimos una gran simpatía por ser de México. No todos saben bien cuál es la diferencia entre los mayas y los aztecas, ni que el país pertenece geográfica y políticamente a Norteamérica, y no a Sudamérica, pero qué importa: no es raro toparse con alemanes que han estado en el país y que lo relacionan con el tequila o los burritos. Y si eres mexicano, cuenta con que no te faltará fiesta.
Pero cuando se trata de trabajar, el pasaporte tiende a convertirse en una desventaja. Esto no quiere decir que no se puede emprender o que uno estará el resto de la vida hundido en el desempleo, pero sí que la primera mirada sobre el trabajador mexicano es muchas veces de escepticismo. ¡Llegó el momento de demostrar el valor que puedes aportar!
3. Burocracia: si la burocracia mexicana es latosa y corruptible, la alemana es más que latosa y del todo incorruptible. Si los alemanes son lentos, los burócratas alemanes son le n t í sí m os (la fecha más cercana para hacer cita es siempre dentro de muchos meses); y si el burócrata de cualquier lugar del mundo es cuadrado, el burócrata alemán es cuadradísimo (a mí no me querían reconocer mi título porque mi apellido viene sin acento en el acta de nacimiento mexicana y con acento en el diploma: “Técnicamente hablando, ese título le corresponde a otra persona, no a usted”, me dijeron); y hay procesos que siguen estancados en el siglo veinte (me han llegado cartas al buzón advirtiéndome que me enviarían la información por mail).
Hay que dedicarle tiempo a todos los trámites: seguro, estatus migratorio, impuestos, y demás, pero todos se pueden resolver si te informas y previenes, y con un poco de colmillo para sacarle la vuelta al sistema. Esta guía te ayudará.
¿Cuándo mudarse a Alemania? Suena a una bobada y en muchos casos no se puede elegir la fecha, pero si fuera posible decidir cuándo mudarse a Alemania, resulta psicológicamente favorable llegar en primavera o verano.
Es más difícil la adaptación al país si se llega en otoño o invierno por la oscuridad, sobre todo en el norte, donde casi no se ve el sol de noviembre a marzo.
4. Racismo: viniendo de México, un país enfermo con el cáncer del clasismo, parece inapropiado decir que en Alemania hay racismo. Pero hay que poner los puntos sobre las íes. He tenido solo cuatro experiencias desagradables en este campo, tres en mi contra, donde claramente buscaron hacerme mierda por ser extranjero —no puedes asustarte, sino levantar la voz más fuerte que el atacante… aquí y en donde sea—, y una más con una amiga de Namibia justo en mis narices.
Sin embargo, sé de mexicanos a quienes la policía ha detenido más de una vez en la calle para comprobar su estatus migratorio solo por parecer sospechosos de quién sabe qué irregularidad migratoria, así nomás. “Por mi cara de nopal”, dice un amigo, quien debe tener el récord mundial de interrogatorios, a pesar de ser —y parecer— docente universitario y doctor habilitado, el escaloncito anterior al Herr Professor. ¿Se le puede llamar racismo a esto? Quizá jurídicamente no, pero no han sido experiencias agradables.
5. Desatención al cliente: resulta difícil sentirse bien atendido en consultorios, tiendas y restaurantes. Las marcas caras han adoptado la mentalidad gringa de que el cliente tiene la razón siempre y la globalización ha estado cambiando esto, pero la verdad es que todavía falta mucho camino por recorrer, sobre todo en las áreas prusianas y de la antigua DDR. La clave es no tomárselo personal porque así son los alemanes.
Un día, mi amigo Julio Villanueva Chang me preguntó qué era lo más difícil de los alemanes. Nunca me lo había planteado así, pensando en las personas, siempre —por respeto al país que me acogió— me lo planteaba como “lo más difícil de Alemania”. Pero una vez que pasé del abstracto formato nacional al formato personal, sin dudarlo le respondí: ¡la inflexibilidad!
Si los alemanes ya quedaron en algo, es muy difícil hacerlos cambiar de planes. Esto se ve más acentuado en las generaciones mayores y en los pueblos. Por esa obstinación en lo que ya se quedó, les cuesta improvisar o salirse del guion. Esto puede ser desesperante en la vida diaria y laboral, y también al volante: uno ve que las cosas no funcionan y, sin embargo, los alemanes persisten. Cuando la constancia se vuelve terquedad, lo mejor es salir corriendo.
En segundo lugar diría que tienen un umbral bajo para el estrés. Será que yo estoy blindado al estrés o que los alemanes le cuelgan a cualquier contrariedad, preocupación o problemilla el título honorífico de estrés.
Los turcos de Alemania popularizaron en los años noventa la palabra Stress, porque tienden a hablar un alemán simplificado. Lo que resultó es que ahora se abusa del término en todos los ámbitos. Estrés por aquí, estrés por allá, estrés por pendejaditas. Pues sí: lo que se repite muchas veces termina por volverse realidad… y por estresar.
Sea como sea, no hay nada más antipático que un alemán estresado: si es la recepcionista del consultorio, no te dirigirá ni la mirada hasta no terminar lo que está haciendo; si es la panadera, te echará hasta la despedida si se te ocurre ponerle las monedas fuera de la charolita asignada a las monedas; si es un mesero, podrá ser hasta grosero si le bloqueas sus rutas acostumbradas entre las mesas.
Las dos realidades que causan mayor estrés a los alemanes son los niños (no pueden gritar ni hacer ruidos al jugar ni casi ser niños, diríamos en México) y el coche (se bloquean torpemente al volante).
Así que hay que decirlo para detectarlo, asumirlo y saberse reír.
“Alemania sigue siendo la potencia económica y política más importante de Europa, pero con sentido de responsabilidad, con capacidad para reflexionar sobre su pasado y con un horror a la guerra, lo que me parece único, poco menos que un milagro, y algo que pocos historiadores estudiosos de las secuelas de los conflictos del pasado se hubieran atrevido a predecir”, escribió Mark Mardell el día que dejó su cargo de editor de la sección ‘Europa’ de la BBC. Y remató con una frase que se ha vuelto una cita favorita de muchos: “Es probablemente el país más adulto del mundo hoy en día”.
¿Será?
Las diferencias entre México y Alemania no pueden ser más grandes. Mientras que México es caótico, espontáneo, alegre y festivo, los alemanes son ordenados, reservados, calculados y racionales. Mientras que en México la corrupción está presente en todos los niveles, desde la calle hasta el Presidente, en Alemania la corrupción se encuentra concentrado en la cúpula del poder empresarial. Mientras que en México existe un gran descuido por el medio ambiente, a pesar de nuestra asombrosa biodiversidad, el pionero de la ecología (Alexander von Humboldt) y el mismo movimiento ecologista nacieron en Alemania, donde se castiga con severidad hasta una gota de aceite que haya derramado el coche en una zona de mantos acuíferos potables.
El personaje más importante de la historia antigua de Alemania es Lutero. No solo porque se rebeló contra el Papa y, por lo mismo, el sur católico, sino también porque fue el primero que unificó los dialectos al crear un idioma nuevo, que hoy llamamos Hochdeutsch (alto alemán o alemán estándar). Fue algo así como una especie de esperanto que desarrolló a partir de las similitudes de los cientos de dialectos, y que aderezó con algunas cosillas que sabía del griego clásico, como las declinaciones y esa ocurrencia de dividir los verbos (nota para los nerds: la puntada se llama tmesis).
El matemático Adam Riese, un contemporáneo de Lutero, escribió uno de los primeros libros de matemáticos en alemán, en lugar de latín. Él introdujo en Alemania los números arábigos. Pero tuvo la pésima idea de mantener la perversión griega de poner primero las unidades y luego las decenas. 1700 años antes, los romanos habían corregido ya esto, al ver la confusión que causaba entre los griegos, cuando Platón le pidió su teléfono a Aristóteles: cuatro y veinte, ocho y setenta, tres y treinta. Pero hay gente sensata: la fundación Zwanzigeins lucha para enderezar los números y que se lean en el mismo orden en que se escriben.
En términos políticos, Bismarck vendría siendo el padre de la patria, algo así como Miguel Hidalgo. Aunque era más bien de la generación de Juárez, Bismarck unificó los distintos principados y las ciudades libres para conformar la nación alemana moderna, algo que muchos habían intentado y que Lutero solo había conseguido en términos lingüísticos.
Uno de los primeros mexicanos en migrar a Alemania fue el compositor Julián Carrillo. Becado por el régimen de Porfirio Díaz se asentó en Leipzig, donde compuso una de las sinfonías mexicanas pioneras.
Un siglo más tarde, la migración mexicana ya no es excepción. Hoy, Alemania es el cuarto país con más migrantes mexicanos, después de Estados Unidos, Canadá y España. Y notoriamente, la migración es femenina, pues hay entre un 20 y un 25 por ciento más de mexicanas que de mexicanos.
Si quieres aprender más sobre la historia moderna de Alemania y te gustan los videojuegos, checa estos:
Cuando me mudé a Berlín el 16 de septiembre de 2003, el consulado llevaba una lista de mexicanos en la ciudad. Me apunté y pregunté cuántos éramos: no olvidaré haber sido el número 753. No conocía a ningún paisano y pasaron varios años antes de que me topara con mexicanos residentes en Berlín.
Desde entonces nos hemos triplicado. Hoy ya no es raro estar en alguna ciudad y no encontrarse mexicanos. Según las cifras oficiales del Ministerio de Estadística (Statistisches Bundesamt), el año 2018 cerró con 16,255 mexicanos viviendo en Alemania. La embajada mexicana no tiene datos oficiales, pero estima que somos unos 2,000 mexicanos en Berlín.
Parece que somos muchos, porque hacemos mucha alharaca, pero en realidad somos una pequeñísima minoría: el 0.02% del país. Para ponerlo en la perspectiva nacional, en Alemania el 13% de la población es extranjera, o sea, unos 11 millones de personas. ¿Qué son 16 mil contra 11 millones? ¿Qué representa México en el concierto de los ciudadanos de 206 naciones diferentes que viven en Alemania?
Un factor decisivo para la migración mexicana fue el Mundial de Futbol del 2006, en que la Alemania reunificada se abrió al mundo después del trauma de la II Guerra Mundial y del proceso de reunificación de los años noventa.
Ese verano de 2006, los alemanes se atrevieron, por primera vez, a sacar banderas para apoyar a su equipo y sanar una herida que llevaba décadas abierta. Hoy podrá sonar exagerado, pero de verdad era un tabú ondear una bandera alemana. Ni siquiera en la EuroCopa de 2004, en la que Alemania jugó rebién, sacaron una sola banderita.
Pero para el Mundial se dejó venir a Alemania una avalancha de mexicanos. Y, sobre todo, se fueron con muy buena impresión. Ese fue el punto de inflexión en la percepción popular de Alemania, no solo en México, sino a un importante nivel internacional (lo que habla del impacto del futbol, pero ese es otro tema).
El caso es que a partir de ese verano creció el interés por venir al país y aprender la lengua. Hasta gente de Monterrey empezó a buscarme para pedir información sobre la vida en Alemania. Orienté a muchos que venían a hacer scouting con la intención de mudarse, y todo el tiempo me preguntaban por recomendaciones para aprender alemán en México. Algunos vinieron una temporada y regresaron, pero otros se quedaron —digamos: definitivamente— en Alemania. Otros más encontraron pareja e hicieron su vida acá.
Desde entonces, las comunidades más fuertes son los grupos de Facebook. Son muchos y de distinto tamaño, y verás buenas vibras, porque son espacios donde los paisanos se echan la mano. Los principales son:
Por supuesto que también existen muchos otros grupos locales de mexicanos en las distintas ciudades alemanas.
En LinkedIn están también las incipientes redes Profesionistas mexicanos en Alemania (linkedin.com/groups/13534078) y Mexicanos en Alemania (linkedin.com/groups/7038133), donde podrás conectar con gente de México.
Por último, te recomiendo echarles un ojo a los subreddits de Alemania (r/germany) o de tu ciudad. Aunque están abiertos a usuarios de todo el mundo y el idioma estándar es inglés o alemán, siempre aparecen tips de provecho, novedades o simplemente ocurrencias que harán tu estancia más agradable. Lo tengo en mi servicio de RSS y no he dejado de aprender.
Isabel Allende escribió en su novela autobiográfica Paula: “Aprendí pronto que al emigrar se pierden las muletas que han servido de sostén hasta entonces, hay que comenzar desde cero, porque el pasado se borra de un plumazo y a nadie le importa de dónde uno viene o qué ha hecho antes”.
Diecisiete años después de vivir en el extranjero como mujer, migrante, madre y emprendedora, descubrí cómo Isabel Allende hablaba subliminalmente de interculturalidad, migración y reinvención a través de la constancia.
Al llegar de México a Alemania, mis muletas eran mis creencias, mi idioma, mi acuñamiento cultural, mi comportamiento, lo que me dijeron que yo era y en lo que debía creer. Con estas herramientas intenté emprender mi nueva vida, sin tener en cuenta que mi realidad había cambiado súbitamente y que debía transformar esas muletas –sin dejar de ser yo misma– para convertirlas en alas, y así poder realizar mis propósitos.
En esta travesía viví la euforia de las primeras experiencias. Mi vida era color de rosa hasta que, poco después, llegó sin previo aviso el choque cultural –del que nadie se salva–, que fue un descontrol de vida, porque los parámetros que conocía en mi país de origen ya no funcionaron más. No tuve referencias. Debí aprender todo como una niñita, pero plantada en el cuerpo de una mujer: a hablar, a caminar por las calles, a manejar los nuevos códigos sociales, y eso me confundió enormemente. En ese entonces no conocía la herramienta de la interculturalidad, por lo que mi proceso fue en ocasiones doloroso, sinuoso, empinado y muy lento.
Para que esto no te suceda a ti, te tengo aquí mis consejos prácticos para hacer de un “problema” una oportunidad a través de la interculturalidad.
Nancy Bravo (Hamburgo)
bravo-intercultural.com
Si quieres vivir en Alemania, el único sitio para solicitar la visa por primera vez es tu país de residencia. Es un error frecuente subirse al avión así nomás con la intención de solicitar la visa en Alemania. Esto no es posible, aunque sé del caso extraño de un potosino que tuvo suerte y se la concedieron; supongo que lo atendió un practicante.
El extraño caso del potosino nos deja una enseñanza: los alemanes son también humanos, y aunque tengan sus sistemas burocráticos precisos, al final todo depende de la persona que tiene el poder del sello. Así que, en cuestiones burocráticas, siempre habrá desviaciones respecto de lo que dice la ley, a veces a tu favor (“Está bien, no pasa nada”), a veces en tu contra (“Váyase a su casa y haga otra cita”).
La visa alemana es una calcomanía que se pega en las páginas izquierda y derecha del pasaporte, así que cerciórate desde un principio de que tu pasaporte tenga una validez de al menos seis meses y dos pares de hojas libres. Si no cumples con estos dos requisitos, saca un pasaporte nuevo.
En Alemania podrás estar como turista por un periodo de 180 días al año, pero no consecutivos. Te permiten estar tres meses seguidos, luego tendrás que abandonar la Unión Europea por un periodo mínimo de tres meses, y solo entonces podrás volver a Alemania por otros tres meses.
En caso de que entres como turista, usa esta calculadora en línea para ver cuánto tiempo más puedes estar en Alemania o en la zona Schengen de la Unión Europea: schengenvisainfo. com/visa-calculator.
Así que, en todos los casos, lo primero será solicitar la visa en México.
En tiempos del coronavirus es posible que el consulado cierre sus puertas y cancele la expedición de visas o que exija cita en línea. Revisa la página de la embajada alemana en México: mexiko.diplo.de/mx-es.
La primera visa es provisional. Su función es que entres al país con un estatus migratorio definido distinto al de turista. Se concede siempre por un periodo breve —lo normal es que sea por tres meses—, con la intención de obligarte a presentarte en la Oficina de Migración (el Landesamt für Einwanderung, que durante mucho tiempo se llamó Ausländerbehörde) más cercana a tu domicilio y que solicites la extensión.
Con esa primera visa puedes salir y entrar de Alemania cuantas veces quieras.
Si esa visa provisional vence antes de tu cita en el Landesamt für Einwanderung, ten cuidado con dos cosas: el comprobante de la cita funciona como una especie de extensión de la visa, por lo que tu estatus migratorio se mantiene en regla; pero si sales de la Unión Europea, ya no podrás reingresar y vas a tener que solicitar la visa otra vez en México.
En caso de que alguna autoridad quiera verificar tu estatus migratorio, ese comprobante —una simple impresión de la cita— es tu salvación. Así que, de preferencia, tenlo siempre a la mano.
Para tramitar en México la primera visa debes hacer una cita en línea en el consulado más cercano a tu domicilio, donde presentarás los documentos exigidos para el tipo de visa que necesitas según tus circunstancias.
Existen ocho tipos principales de visa para mexicanos: para estudiar el idioma alemán, de au pair, de estudiante, para hacer prácticas profesionales, para buscar trabajo, de trabajo, para contraer matrimonio y de reunificación familiar. Existen también otras visas específicas: de voluntario, de cocinero, de médico, de freelancer y de emprendedor. Además está la Tarjeta azul para trabajadores altamente cualificados.
Una vez que entras a Alemania con una visa, podrás cambiar tu estatus migratorio cuantas veces quieras. Pero cada visado exige sus propios requisitos y conlleva un costo. En mi Panini de migración tengo cinco visados diferentes, y contando: de estudiante, de periodista, de búsqueda de trabajo, de trabajo y de reunificación familiar.
Te resultará útil distinguir un par de conceptos similares, porque decirle “visa” a lo que tengas genera casi siempre malentendidos con los burócratas y especialistas, quienes esperan que uno conozca estas diferencias:
a) Aufenthaltserlaubnis: es el “permiso de residencia” vigente por uno, dos o tres años. Este tipo de visado depende casi siempre de tus estudios, trabajo o situación familiar, de manera que si pierdes tu estatus estudiantil, laboral o familiar, lo arriesgas.
b) Niederlassungserlaubnis
c) Blaue Karte: es la “Tarjeta Azul” para profesionales cualificados que tienen ingresos brutos mayores a 43,000 euros anuales.