
Terry Southern. Alvarado, 1924 - Nueva York, 1995. Escritor y guionista americano, considerado uno de los pioneros y maestros del llamado Nuevo Periodismo, formó parte del movimiento literario de posguerra parisino en los años 50 y fue contemporáneo de la llamada generación beat de escritores en Greenwich Village.
Terry Southern es un autor muy conocido dentro de la contracultura americana, su talento para los diálogos se hizo evidente en sus guiones para Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), The Cincinnati Kid (1965) o Easy Rider (1969), algunos de sus trabajos para el cine. Su trabajo en esta última película forma parte esencial del movimiento de cine independiente estadounidense de los años 70.
Para Tom Wolfe, Southern “fue el primer ejemplo que yo descubrí de una forma de periodismo en la que el reportero empieza preparando un artículo de encargo (ve a Mississippi y entérate de lo que ocurre cuando 500 bastoneras púberes se enfrentan en competición) y acaba escribiendo uan curiosa forma de autobiografía”.
Título original: Red-dirt marijuana and other tastes (1967)
© Del libro: Terry Southern
© De la traducción: Kosian Masoliver
Edición en ebook: marzo de 2021
© Capitán Swing Libros, S. L.
c/ Rafael Finat 58, 2º 4 - 28044 Madrid
Tlf: (+34) 630 022 531
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ISBN: 978-84-123241-8-1
Diseño de colección: Filo Estudio - www.filoestudio.com
Corrección ortotipográfica: Juan Marqués
Composición digital: leerendigital.com
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A la rica marihuana y otras especias
Esta recopilación de escritos, artículos y entrevistas en torno a la droga, la música, la política exterior norteamericana, la CIA, el periodismo, la moral convencional, etc; nos revela una mente descarada, elegante y muy en la onda. A través de ellos se detecta con gran sagacidad la sensibilidad de la década de los setenta.
Con esta obra Southern, conocido sobre todo por su guión de Dr. Strangelove, sorprende y deslumbra al público. Sus cuentos primerizos, como «Eres demasiado hip, tío» o el hilarante «La carretera que sale de Axotle», son un ejemplo del elegante oficio y el talento de su autor; y los escritos publicados en la revista Squire, como el célebre «Bastoneando en Ole Miss» (que aparentemente trata de una academia de majorettes, pero también de las relaciones raciales, del whisky y de Faulkner), lo convirtieron en el primer «periodista» que adoptó un enfoque personal a la hora de escribir artículos. El último relato, el famoso «La sangre de una peluca», es probablemente la mejor pieza que se ha escrito nunca sobre el consumo de drogas ilegales. Hasta los menos modernos lo disfrutarán.

Índice
Portada
A la rica marihuana y otras especias
A navajos
El sol y las estrellas malogradas
La noche en que Bird tocó para el doctor Warner
Un idilio de verano en el Sur
«Cuelgue»
Eres demasiado «hip», tío
Tienes que dejar tu marca
La carretera que sale de Axotle
Se cambia apartamento
El amor tiene muchos brillos
Bastoneando en Ole Miss
Reclutando para el gran desfile
Yo soy Mike Hammer
Un cambio de estilo
El escándalo del vuelo a la Luna
Un gigante rojo a nuestras puertas. Idea para una comedia musical
Escándalo en la Dumpling Shop
Terry Southern entrevista a un enfermero maricón
La sangre de una peluca
Sobre este libro
Sobre Terry Southern
Créditos
Para Nile
Marihuana de
tierra colorada
El niño blanco entró en el barracón de suelo de tierra, sin interrupciones, en donde el negro estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared y leyendo una novela del Oeste.
El niño traía en una mano una funda de almohada que sujetaba por un extremo, casi un tercio rellena de algo, y cuando el negro levantó la vista y le vio, por su sonrisa parecía saber muy bien lo que era.
—¿Qué estás haciendo, Hal, recogiendo la cosecha?
El nombre del niño blanco era Harold; el negro lo llamaba Hal.
El niño blanco se dirigió hacia un lado de la cabaña en donde estaba apilada la leña y tomó una vieja hoja de periódico que desplegó completamente y la extendió delante del negro. Volcó el contenido de la almohada encima del papel, una hierba grisácea, y luego se enderezó para permanecer de pie con las manos en las caderas, frunciendo el ceño. Tenía doce años.
El negro también lo estaba mirando, pero se estaba riendo. Tenía alrededor de treinta y cinco años, y se reía a veces de un modo suave, casi sin sonido, meneando su cabeza como si eso fuese con toda seguridad la ironía definitiva, mientras su rostro, contra unos dientes muy blancos, relucía con los tonos oscuros del ébano más rico. Su nombre era C.K.
—Está claro que es cantidad de mata —dijo.
Alargó una mano e hizo rodar un pellizco seco entre el pulgar y el índice.
—¿Crees que está suficientemente seca? —preguntó el niño, nasalmente, sonando casi quejumbroso, mientras se sentaba en cuclillas delante suyo.
—Está claro, no quiero dejarla ahí afuera más tiempo, desde luego, no colgando de ese maldito sicómoro, está empezando a lucir demasiado curiosa —lanzó una mirada al extremo del cobertizo, hacia el gran cortijo blanco que estaba a unas treinta yardas—. Carajo, papá ha estado toda la semana cazando palomas por allí, estaba allí esta mañana y ese maldito perro viejo de Lee Newgate ¡estaba dando vueltas con un trozo de ella en la boca! He tenido que quitársela antes de que lo viesen.
El negro tomó otro pellizco y lo aplastó enérgicamente entre sus palmas, luego las abrió en forma de copa, oliéndola.
—De todas formas no habrían sabido lo que era —dijo.
—¿Estás loco? —dijo Harold frunciendo el ceño—. ¿Crees que mi papi no conoce la hierba loca mejicana[1] cuando la ve?
—Aunque ahora no tiene mucha pinta de hierba loca, ¿no? —dijo el negro tranquilamente, elevando sus ojos inexpresivos al chico.
—Él también la ha visto seca, me apuesto lo que quieras —dijo el niño, lealmente, resentido, pero mirando a la lejanía.
—Claro que sí —dijo C.K., aburrido y ácido—, claro, también me juego lo que quieras a que le ha pegado cantidad, ¿no? Claro, me apuesto que tu papá es uno de los más grandes grifotas de todo Texas, ¡me apuesto a que la fuma y se la come y se lo hace de cualquier modo que se la pueda meter en su vieja cabezota ¡Ji, ji! —se rio de la maliciosa imagen—. ¿No es verdad eso, Hal?
—¿Estás loco? —dijo Harold, frunciendo el ceño terriblemente; tomó la muñeca del negro—. Déjame olerla —dijo.
Se echó para atrás en seguida.
—No puedo oler nada excepto tu maldito sudor —dijo.
—Por supuesto que no —dijo C.K., enfurruñado a su vez y limpiándose las manos—, tienes que conseguirlo justo cuando se rompe la flor, ése es el bouquet de la planta, ¿ves?, así es como llamamos a eso.
—Hazlo otra vez —dijo Harold.
—No voy a hacerlo otra vez —dijo C.K., picajoso, cerrando un momento los ojos— ... contigo es desperdiciarlo; si lo hago otra vez dirás que sólo hueles mi sudor. De cualquier modo no tienes el olfato necesario, tienes que saber de qué va el rollo antes de empezar a decir chorradas de esta planta.
—Puedo hacerlo, C.K. —dijo el chico con la mayor seriedad—, ¡hazlo una vez, maldita sea!
El negro miró y laboriosamente seleccionó otro pequeño capullo del montón.
—Vale, ahora cuando la restregué en mi mano —dijo severamente—, expulsas todo tu aliento; luego, cuando ponga mis manos en forma de copa, metes la nariz y hueles fuerte... ¡tienes que aspirar fuerte por la nariz!
Lo hicieron.
—¿Lo has olido? —preguntó C.K.
—Sí, un poco —dijo Harold, volviendo a su posición.
—Ése es el bouquet de la planta; no hay olor como éste.
—Huele a té —dijo el niño.
—Bueno, por eso también la llaman así, pero también huele como otra cosa.
—¿Como qué?
—Como una mata muy fina, eso es.
—Vaya, ¿por qué te empeñas en llamarla así? —preguntó el chico directamente— ... así no es como la llamaba aquel mejicano, la llamaba «hierba».
—Aquel viejo Mex —dijo C.K., frotándose las manos y riendo—, era un tío cachondo, ¿no?... Pensaba que podía recoger algodón... ¡me contó que solía recoger una bala diaria! cuando me dijo eso tuve que reírme... oh, seguro, no hablaste con ese mejicano como yo; él la llamaba un montón de cosas. ¡La llamaba también guapa! ji, ji. Ajá, decía: «Tío, ¡no te olvides de la guapa!», quería decir tráete unos porritos al campo, ves, eso es lo que quería decir. La llamaba también «costo». Claro. Son nombres de la jerga. Esos nombres empezaron porque la gente no quería que la policía o nadie así se enterase de sus asuntos, ¿entiendes? Claro, se inventan los nombres, siguen hablando de sus rollos y nadie sabe lo que están diciendo, ¿comprendes? —Estiró sus piernas confortablemente y cruzó las manos sobre la novela que permanecía en su regazo.
—Sí, claro —dijo tras un minuto, mirando fijamente al montón sobre el periódico, y meneando la cabeza—, ahora mismo te puedo decir, chaval, que está claro que es cantidad de mata.
Dos semanas antes, un día en que C.K. no estaba ayudando al padre de Harold, habían ido a pescar ambos, y esa tarde, en el camino de regreso a casa, Harold se había detenido mirando fijamente a un campo contiguo, un trozo de tierra desprovisto de pasto en donde casi nunca entraban las vacas, pero donde había una vaca en ese momento, sola, tumbada sobre su estómago con la cabeza estirada hacia adelante en el suelo.
—¿Qué le pasa a esa maldita vaca? —preguntó Harold, no realmente a C.K., sino a sí mismo, o quizás a Dios, aunque en cierto sentido era C.K., el cual era el responsable del rebaño, siendo su trabajo como mínimo sacarlas a pastar y recogerlas cada día.
—Parece que se lo está tomando con tranquilidad, ¿no? —dijo C.K. y saltaron la valla y empezaron a caminar hacia ella—. Parece la vieja Maybelle —dijo, entornando los ojos con la distancia.
—Nunca he visto actuar así a una vaca antes —dijo Harold, con mal humor— ... tumbada ahí con la cabeza en el suelo como un maldito sabueso.
La vaca no se movió cuando llegaron hasta ella, sólo se quedó mirándolos fijamente; estaba rumiando, de un modo rítmico y satisfecho.
—Mira esa maldita vaca —musitó Harold, siempre impaciente con el enigma— ... es la vieja Maybelle, ¿no? —Le acarició el morro y luego empezó a darle patadas suavemente en los flancos—. Levántate, maldita.
—Claro que es la vieja Maybelle —dijo C.K., dándole palmadas en el cuello—, ¿qué pasa contigo, Maybelle?
Entonces C.K. encontró una planta, a unos veinte pies, creciendo en medio de un macizo de cactus enanos, y se inclinó sobre ella, examinándola con gran cuidado.
—Ésta es una planta madura —dijo, tocándola en varios sitios, doblándola suavemente, casi acariciándola. Finalmente se puso en pie otra vez, las manos en las caderas, mirando a la vaca postrada.
—Debe de ser una mata muy fina —dijo.
—Bueno, nunca he visto a la hierba loca hacer actuar a una vaca de esa manera —dijo Harold, como si ése fuese el aspecto importante del incidente, y empezó a golpear con aire ausente a la planta.
—Ésta no es una hierba loca corriente —dijo C.K.— ... ésta es marihuana de tierra colorada, eso es lo que es ésta.
Harold escupió, frunciendo el ceño.
—Claro —dijo entonces—, creo que debemos arrancarla y quemarla.
—Creo que debemos hacerlo —dijo C.K.
La arrancaron.
—Generalmente no agarra en la tierra colorada —observó C.K. con mucha tranquilidad, frotándose las manos— ... dicen que si lo hace, entonces es una mata muy buena sin duda, creen que tiene que ser fuerte para hacerlo, ¿ves?
—Debe de ser endiabladamente fuerte entonces —corroboró Harold secamente, volviéndose hacia la vaca inmóvil—, ¿crees que debemos ir a por el Doctor Parks?
Se acercaron a la vaca.
—Claro —dijo C.K.—, no le pasa nada malo a esta vaca.
La vaca había levantado la cabeza, y cuando estuvieron cerca sus ojos les siguieron. La miraron fijamente durante un minuto o dos y ella los miró, interesada, todavía rumiando.
—La vieja Maybelle está pasando un buen rato —dijo C.K., inclinándose sobre ella para golpear su morro—. Ji, ji. ¡Está colocada, eso es lo que le pasa! —Se irguió otra vez—. Te diré ahora mismo, chaval —dijo a Harold—, ¡estás viendo a una vaca muy contenta!
—¿Crees que se le arruinará la leche?
—Claro, ¡esto hará su leche aún más rica! Ajá, va a dar una leche de Clase Extra después de esta clase de diversión. ¿No es verdad, Maybelle?
Regresaron a la valla, arrastrando Harold la mata detrás suyo y balanceándola.
—Mira la vieja raíz de esta planta —dijo C.K. riéndose—, una gran raíz vieja y jugosa; apuesto a que sería un buen hueso para caldo, ¡seguro!
Había arrancado una rama de la planta y quitó de un tirón un puñado de hojas que estaba ahora mascando, como si fuera menta.
—¿A qué sabe? —preguntó Harold.
C.K. arrancó otro pequeño manojo y se lo ofreció al chico.
—Para ti, hombrecito —dijo.
—No, me marea —dijo Harold, introduciendo su mano libre en el bolsillo y haciendo una mueca; así que, tras un minuto, C.K. se metió también ese manojo en su boca.
—Podríamos secarla y fumárnosla —dijo Harold.
C.K. se rio, con un corto bufido de cachondeo.
—Sí, creo que estaría bien hacerlo.
—Sequémosla y vendámosla —dijo el muchacho.
C.K. lo miró, con una dolorosa exasperación oscura en su rostro.
—Ahora, Hal, no vayas hablando por ahí sin saber de lo que hablas.
—Podríamos venderla a los aparceros mejicanos de Farney —dijo Harold.
—Hal, ¿de qué estás hablando?; esa gente no tiene pasta.
Saltaron la valla otra vez, en silencio durante un rato.
—Bueno, ¿tú no quieres secarla? —preguntó Harold, enfadado, un chaval de doce años ansioso de acción y planes, cualquier plan que los mantuviese unidos.
C.K. meneó la cabeza.
—Chaval, no me vas a pillar dándote consejos en esta clase de asuntos; tu padre me haría salir corriendo de este lugar si pasara algo.
Harold lo consideró.
—Tenemos que ponerla en algún sitio que no alcance el maldito ganado —dijo.
Así que extendieron los manojos en las ramas altas de un gran sicómoro, allí donde el sol de Texas brillaba sobre ellas, y luego emprendieron el camino de regreso a casa.
—Escucha, Hal —dijo C.K. hacia la mitad del camino—. Te tengo que decir ahora mismo que no tienes que decir nada acerca de esto a nadie de la casa.
—¿Estás loco? —dijo el niño—, ¿no creerás que sería capaz de eso, no?
Siguieron caminando.
—¿Qué haremos cuando esté seca, C.K.?
C.K. se encogió de hombros y dio una patada a una piedra.
—Está claro, creo que encontraremos algún uso para ella —dijo, con una risita.
—¿Crees que está lo suficientemente seca? —estaba preguntando ahora Harold, mientras estaban sentados con el montón entre ellos, triturando un poco entre sus dedos, frunciendo el ceño.
C.K. sacó su paquete de Bull-Durham.
—Bueno, te diré lo que vamos a hacer —dijo con genial autoridad—, vamos a probarla.
Deslizó dos papeles de liar del correspondiente librillo, uno de los cuales ensalivó y colocó a lo largo del otro, ligeramente torcido.
—Mira, utilizo dos papeles —explicó, concentrándose en la tarea—, para que nos salga un bonito porro de combustión lenta.
Seleccionó un pequeño manojo del montón y lo trituró, dejándolo resbalar desde sus dedos al papel de liar acanalado; y entonces lo lio cuidadosamente, lamiendo con su lengua rosa pálido con lentitud a lo largo de toda su extensión una vez que estuvo hecho.
—Hago esto —dijo—, para pegarlo bien, ¿ves?
Y lo levantó entonces para que ambos lo contemplasen; era mucho más delgado que un cigarrillo normal, y todavía brillaba con la humedad de su boca.
—Esto te cuesta medio dólar en Dallas —dijo, mirándolo fijamente.
—Claro —dijo el niño, inseguro.
—Claro que sí —dijo C.K.— ... oh, consigues tres por un dólar si conoces al tío; aunque claro que esta de la que estoy hablando es una mata muy fina que la pagas a medio dólar... es mata de calidad. No sé todavía qué calidad tiene ésta, ¿ves?
Lo encendió.
—Está claro que huele bien, ¿no?
Harold lo observaba atentamente mientras se pasaba el porro humeante hacia adelante y hacia atrás bajo su nariz.
—¡También sabe muy bien! Seguro, me juego lo que sea a que es una mata de muy buena calidad. ¿Quieres probarla? —se lo ofreció.
—Nones, no quiero nada de eso en este momento —dijo Harold. Se levantó y se dirigió hacia el montón de leña y sacó de una caja que había por allí un paquete de Camel; encendió uno, dejó el paquete en su sitio y regresó a sentarse otra vez enfrente de C.K.
—Ajá —dijo C.K. suavemente, contemplando el estrecho cigarrillo en su mano—, siento ya esta mata... es muy fina.
—¿Qué es lo que se siente? —preguntó Harold.
C.K. había inhalado otra vez, muy profundamente, y estaba conteniendo la respiración, severamente, con el pecho hinchado como una persona que está aprendiendo a flotar, su frente oscura fruncida ligeramente con el conocimiento de trabajarla en realidad físicamente.
—Se está bien —dijo finalmente, sonriendo.
—¿Cómo es que aquella vez tan sólo me mareó? —preguntó el niño.
—Ya te lo dije, Hal —dijo C.K. con impaciencia—. Porque tú trataste de luchar contra ella, por eso fue... porque trataste de luchar contra esa mata, ¡así que tan sólo te mareó! Claro, era una buena mata aquella que tenía el viejo Mex.
—Claro, todo lo que sentí antes de marearme fue tan sólo un vértigo.
C.K. había inhalado otra profunda calada y la estaba reteniendo aún, así que cuando habló ahora, despacio pero sin exhalar, fue desde lo más alto de su garganta, y su voz sonó rara y forzada:
—Bueno, eso es porque tu cabeza es joven e informe, ¿ves?... ¡y esa mata entró en tu cabeza y la nubló!
—¿Mi cabeza? —dijo Harold.
—Claro, ¡tu cerebro! —dijo C.K. en un susurro apresurado de voz mientras expulsaba el humo—. Tu cerebro es joven e informe, ves... este humo entra, no tiene ningún sitio a donde ir, ¡y nubla completamente tu joven cerebro!
Harold dio un par de golpecitos a su cigarrillo.
—Creo que es tan bueno como cualquier maldito cerebro de negro —dijo tras un minuto.
—Mira chaval, no me jorobes —dijo C.K. frunciendo el ceño— ... me preguntaste algo y yo te lo cuento. Tu cerebro es joven e informe... es todo blando, tu cerebro, blando como ese trozo de cuero. ¡Este humo entra y te lo nubla completamente! —aspiró otra calada—. Ahora coge un cerebro maduro —dijo con su voz de aguantar la respiración—, no es blando, tiene todas sus arrugas, por todo él, yendo en esta dirección y en ésa. ¡Claro, un hombre que sabe lo que hace tiene ese humo corriendo hacia arriba de una arruga y hacia abajo de otra! Controla su colocón, entiendes, no lucha contra él... —su voz murió a lo lejos en el esfuerzo de aguantar el aliento, terminó el porro con varias caladitas rápidas, y luego abrió la colilla a lo largo con cuidado perezoso y vació las pocas hebras que quedaban en el montón—. Ajá... —dijo, casi inaudiblemente, con una sonrisa ausente en los labios.
Harold permanecía sentado o medio reclinado, aunque en cierto modo rígido, apoyándose en un brazo, tan sólo mirando fijamente a C.K. durante un momento antes de cambiar de posición un poco, golpeando su cigarrillo.
—Claro —dijo—, sólo quiero que me cuentes lo que se siente, eso es todo.
C.K., aunque estaba sentado con las piernas cruzadas, ahora con su espalda completamente recta contra la pared del cobertizo, daba la impresión de una sustancia completamente sin huesos, como un saco lleno que ha rodado suave, imperceptiblemente, y ha encontrado su perfecta posición de reposo, mientras su cabeza se apoyaba contra el cobertizo, mirando al chico con los ojos medio cerrados. Se rio.
—Chaval, ya te lo he contado —dijo tranquilamente—, se está bien.
—Bueno, eso no es nada, maldita sea —dijo Harold, casi enfadado—, yo me siento bien ya.
—Uh-uh —dijo C.K. con aire soñador.
—Bueno, pues sí, maldita sea —dijo Harold, mirándole con un brillo de odio en los ojos.
—Es verdad —dijo C.K. asintiendo, cerrando los ojos, y ambos estuvieron en silencio durante unos pocos minutos, hasta que C.K. miró al chico otra vez y habló, como si no hubiese habido pausa alguna—: Pero no estás tan bien ahora como estabas en Navidad, ¿no? como cuando tu padre acababa de darte aquel Winchester nuevo. Y tampoco te sientes tan mal como cuando te dio aquellos azotes por tirarle a aquella coneja con el rifle, ¿no? Ajá. Bueno, ¡pues ésa es la diferencia que hay, ¿ves?, entre ese cigarrillo que tienes en la mano y el que yo acabo de terminar! Pues esto es lo que te decía.
—Claro —dijo Harold, golpeando su medio consumido Camel y luego aplastándolo contra el suelo—, estás loco.
C.K. se rio:
—Claro que sí —dijo.
Quedaron en silencio otra vez, dando C.K. la impresión de estar casi dormido, canturreando para sí mismo, y Harold, sentado enfrente, frunciendo el ceño hacia donde su dedo trazaba líneas sin diseño en el suelo de tierra del cobertizo.
—¿Dónde vamos a guardar este material, C.K.? —requirió finalmente con palabras fuertes y razonables—, no podemos dejarlo plantado aquí encima tal como está.
—Seguro que eso sería estupendo, Hal —dijo C.K. sin levantar la cabeza, humedeciendo el borde de otro fino porro.
Cuando Harold regresó con el tarro de compota y la caja de cartuchos vacía metieron los dos montones en ambas cosas.
—¿Cómo es que es contra la Ley si es tan buena?
—Bueno, pues, yo mismo acostumbro a reflexionar sobre eso —dijo C.K. apretando la tapa del tarro de frutas y dándole un golpecito. Se rio—. ¡Tan sólo te diré que no es porque maree a los chavales jóvenes como tú!
—Bueno, ¿por qué diablos es entonces?
C.K. colocó el tarro de compota al lado de la caja de cartuchos, depositándolo suavemente, centrando ambas cosas cuidadosamente delante suyo y pareciendo considerar la pregunta mientras lo hacía.
—Te diré lo que es —dijo entonces—, es porque un hombre ve demasiado cuando se coloca, eso es. Ve directamente a través de todo... ¿entiendes lo que digo?
—¿De qué diablos me estás hablando, C.K.?
C.K. pareció no haber oído, o quizás simplemente lo consideró sin abrir los ojos; luego los abrió, y cuando se inclinó hacia adelante y habló fue con una fresca y apreciable alegría y claridad:
—Bueno, ahora la primera cosa que tenemos que hacer es limpiar esta mata. Tenemos que sacarle las semillas y todas las ramitas. Pero la primerísima cosa que haremos... —y escarbó en el montón—, es coger algunas de estas flores, estas hojas muy pequeñas de aquí, y apartarlas a un lado. De este modo tienes dos clases de mata, ¿ves?, tienes una mata suave y una mata fuerte.
C.K. empezó a romper los tallos y a apartarlos, uniéndosele Harold tras un rato; y luego empezaron a triturar las hojas secas con las manos.
—¿Cómo vamos a conseguir sacar todas las malditas semillas de aquí? —preguntó Harold.
—Ahora te enseñaré un truco para hacerlo —dijo C.K. sonriendo y poniéndose en pie pausadamente—. ¿Dónde está esa funda de almohada?
Extendió la funda sobre el suelo y levantando el periódico, volcó las hojas trituradas encima. Luego dobló el trapo sobre ellas y amasó el fardo con sus dedos, estrujándolo. Tras hacer esto durante un minuto lo abrió otra vez, y lo extendió, de modo que el montón estaba ahora sobre la funda de almohada como había estado antes sobre el periódico.
—Sujeta fuerte de ese extremo —dijo a Harold mientras él mismo sujetaba el otro, levantándolo despacio, inclinándolo, agitándolo. Las redondas semillas rodaron del montón bajando por el tejido tirante y cayendo al suelo. C.K. puso un pico de la funda de la almohada entre sus dientes y mantuvo separado el otro con una mano; luego con su otra mano golpeó suavemente contra la base del montón y las semillas salieron a raudales, por cientos, sin molestar al resto.
—¿Dónde aprendiste esto, C.K.? —preguntó Harold.
—Está claro, se tiene que conocer el rollo que llevas entre manos con esta planta —dijo C.K.— ... perder el tiempo recogiendo sus viejas semillas. —Se irguió un momento mirando alrededor del cobertizo—. Ahora debemos conseguir algo para meter esta mata, tenemos que conseguir una caja, algo así, ¿ves?
—¿Por qué no la dejamos en eso? —preguntó Harold, refiriéndose a la funda de almohada.
C.K. frunció el ceño.
—No, no podemos guardarla en eso —dijo— ... guardarla en esa especie de viejo saco de nabos... tenemos que conseguir algo, una cajita bonita, algo así, ¿ves? ¿Qué me dices de una de tus cajas de cartuchos vacía? ¿Tienes alguna?
—No son suficientemente grandes —dijo Harold.
C.K. regresó a su sitio sentándose y apoyándose despacio contra la pared, mirando otra vez al montón.
—Seguro que no —feliz por ello.
—Podríamos utilizar dos o tres —dijo Harold.
—Espera un minuto —dijo C.K.—, estamos hablando y nos hemos olvidado de esta hierba fuerte. —Puso su mano sobre el montón más pequeño como para tranquilizarlo—. Una de las cajas de cartuchos irá bien para éste, y te diré lo que necesitamos para esta hierba suave ahora que caigo... es uno de los tarros de compota de tu mamá.
—Está claro, no puedo andar por ahí con esos malditos tarros —dijo el niño.
C.K. hizo una pequeña mueca de impaciencia.
—Tu mamá no te va a dar de ningún modo uno de esos tarros de compota; quizás te pregunte por él, ¡pero sólo le dirás que se ha roto! ¡le dirás que lo has empleado para guardar en él tus gusanos de pescar! Ji, ji... ni siquiera querrá ver ese tarro nunca más, le dirás eso.
—No voy a andar con esos tarros por ahí, C.K.
C.K. suspiró y empezó a liar otro porro.
—Ahora voy a liar unos pocos porros de ésta —explicó—, y a dejarlos a un lado.
—¿Cuándo vas a fumar de esta otra? —preguntó Harold.
—¿De cuál, de esa hierba fuerte? —dijo C.K. elevando las cejas con sorpresa por la ocurrencia—. Está claro que ésta no es la mata para las horas de trabajo, ésta es la mata del domingo... oh, mezclas un poquito de ésta con tu hierba suave y entonces lo sientes, pero tienes que estar seguro de que nadie te va a molestar antes de colocarte del todo con esta mata. Porque entonces sólo querrás tumbarte y pasar de todo. —Asintió para sí mismo de acuerdo con esto, sus ojos vigilando atentamente el trabajo con el papel—. Mira... con tu hierba fuerte no te enrollas, tan sólo te quedas tirado... así es como se llama a eso. Ahora bien, con tu hierba suave, te enrollas con ella... controlas esa hierba, ¿ves? Digo, si un tío tiene que salir y trabajar, ¿cómo es capaz de disfrutar en ese trabajo?, como ahora que me ves colocarme con esta hierba suave ¿no? Bueno, pues puede que tenga que salir un poco más tarde con tu papá y tender ese alambre de espino o trabajar con mi excavadora de hacer agujeros para los postes. Pues con mi hierba suave soy capaz de enrollarme con mi excavadora. Está claro, tu hierba suave es la hierba social; esta otra, bueno, ésta es lo que se llama tu hierba de pensar... ¡ji, ji! Está claro, no querría ni ver siquiera una excavadora de agujeros para postes si estoy muy colocado con esta mata.
Elevó el porro, despacio, humedeciéndolo con mucho cuidado.
—Ajá —dijo a media voz—, ... el viejo tarro de compota es estupendo para esta mata suave. —Se rio entre dientes—. De ese modo, cada vez que lo miremos sabremos siempre cuánto tenemos.
—Creo que tenemos suficiente —dijo Harold con un poco de mal humor.
—Está claro que sí —dijo C.K.—, más de lo que la Ley permite.
—¿Entonces seguro que está contra la Ley, C.K.? —preguntó Harold con vivo interés— ... ¿como decía aquel mejicano que estaba?
C.K. lanzó una risita suave.
—Creo que sí que está —dijo— ... lo que aquí tenemos está contra toda clase de leyes. Está claro, una Ley suya dice que no puedes tener nada de ella, te meten en la cárcel si lo tienes... luego hay otra ley que dice que si te atrapan con más de esto... —se inclinó y cogió un puñado para mostrárselo—, bueno, ¡entonces estás en un verdadero lío! y está claro, tienes más que eso y dicen: «Este hombre tiene de esta mata más que la que necesita para su uso personal, ¡debe estar vendiéndola!», entonces te dicen que eres un traficante. Así es como lo llaman y, chaval, ¡entonces quieren decir que te ponen de camino a la cárcel! —echó a Harold una mirada severa—. No quiero meterme en tus asuntos, nada de eso, Hal, pero si fuese tú no soltaría nada de esto a nadie, ni a tu amigo Big Lawrence ni a nadie.
—Carajo, ¿crees que no tengo otra cosa mejor que hacer?
—Aunque no estás asustado, ¿verdad, Hal?
Harold escupió.
—Seguro —dijo apartando la mirada, como con exasperación y disgusto porque el pensamiento se le hubiese ocurrido a nadie.
C.K. terminó su tarea, liando los porros, y Harold lo miró durante unos pocos minutos y luego se puso en pie, muy rígido.
—Creo que podría conseguir sacar un tarro de la despensa —dijo—, si ella no los ha cogido ya para llenarlos.
—Bueno, quizás eres demasiado joven para saber de qué estoy hablando, pero te diré que hay cantidad de trampas y mentiras por el mundo... hay cantidad de viejas historias sucias por el mundo... pues bien, un hombre se coloca y ve directamente a través de todas las trampas y mentiras y todas esas viejas historias sucias. ¡Ve directamente la verdad a través de todo eso!
—¿La verdad de qué?
—De todo.
—Maldita sea, está claro que hablas como un loco, C.K.
—Claro, tienen que tenerla fuera de la Ley. Claro, ¡todo el mundo colocado y no se levantaría nadie a alimentar a los pollos! Ji, ji... ¡todo el mundo se tumbaría en la cama!, ¡todos tumbados en la cama hasta que les diese la gana de levantarse!, está claro, toma a un hombre colocado con buena hierba y no le afecta lo más mínimo la vieja historia sucia de ellos, porque ha visto a través de ella. Seguro, ¡está mirando directamente en el fondo de su alma!
—Nunca he oído a nadie hablar tan endiabladamente como un loco, C.K.
—Bueno, chavalito, vas a oír mucha charla chiflada antes de llegar a ser un hombre maduro.
—Seguro.
—Ahora tenemos que pensar en un buen sitio para poner esta hierba —dijo—, un sitio secreto. ¿Dónde piensas tú, Hal?
—¿Qué me dices del viejo horno ahí afuera?, nadie entra allí.
—Seguro, ése es un buen sitio para ponerla, Hal, ¿estás seguro de que no van a derribarlo pronto?
—No carajo, ¿para qué iban a derribarlo?
C.K. se rio.
—Ajá, está bien —dijo—. Bueno, la llevaremos allí cuando haya oscurecido.
Cayeron en silencio, sentados allí juntos en la temprana tarde. A través del extremo abierto del cobertizo la brillante luz había avanzado a través del suelo de tierra hasta que ambos estaban sentados ahora a plena luz del sol.
—Me gustaría saber si tu padre va a ir o no hoy a trabajar en esa valla de la parte sur —dijo C.K. tras un rato.
—No, él y Les Newgate se fueron a Dalton —dijo Harold— ... carajo, apuesto a que no están de regreso antes de que anochezca —luego añadió—, ¿quieres ir a pescar?
—Claro, me parece una buena idea —dijo C.K.
—Esta mañana he visto otra vez a esa maldita carpa saltando en la parte oeste de la charca —dijo Harold— ... está claro, apuesto a que pesa siete u ocho libras.
—Creo que lo haremos bien hoy —corroboró C.K., mirando al cielo azul y sorbiendo un poco— ... seguro, probamos con un poco de hígado de ternera alrededor del segundo tronco; allí es donde está ahora esa vieja carpa más o menos.
—Creo que debemos ponernos en marcha —dijo Harold—. Creo que podemos dejar este maldito material aquí hasta la noche... podemos meterlo ahí detrás de la leña.
—Seguro —dijo C.K.—, la metemos ahí detrás hasta que sea la hora; aunque creo que voy a liar uno o dos más antes de salir... y a ponerles un toque de esta fuerte. —Se rio mientras desenroscaba la tapa del tarro—. Seguro, será estupendo para pescar —dijo—, ... no hay nada como una buena mata para dar a un hombre la fuerza de la paciencia; ¿quieres que te líe un par, Hal?
Harold escupió.
—No, creo que no —dijo finalmente— ... aunque déjame pasarles la lengua, maldita sea, C.K.
[1] Mexican loco-weed: hierba de las praderas de los Estados Unidos y de México, que produce un cierto aturdimiento en el ganado que lo ingiere. No tiene relación con la marihuana, cannabis sativa.