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López Vela, Adriana Leonor, autor

Los fantasmas de Armero, o el quinto elemento: crónicas desde el cuerpo / Adriana Leonor López Vela -- Medellín: UPB, 2020.

274 páginas : 17 x 24 cm.

ISBN: 978-958-764-832-4 (versión e-pub)

1. Imaginarios urbanos – 2. Armero (Tolima, Colombia) – Relatos – I. Título

CO-MdUPB / spa / rda

SCDD 21 / Cutter-Sanborn

 

 

© Adriana Leonor López Vela

© Editorial Universidad Pontificia Bolivariana

Vigilada Mineducación

Los fantasmas de Armero, o el quinto elemento: crónicas desde el cuerpo

ISBN: 978-958-764-832-4 (versión e-pub)

Primera edición, 2020

Escuela de Educación y Pedagogía

Maestría en Literatura

Gran Canciller UPB y Arzobispo de Medellín: Mons. Ricardo Tobón Restrepo

Rector General: Pbro. Julio Jairo Ceballos Sepúlveda

Vicerrector Académico:Álvaro Gómez Fernández

Decano Escuela de Educación y Pedagogía: Guillermo de Jesús Echeverri Jiménez

Editor: Juan Carlos Rodas Montoya

Coordinación de Producción: Ana Milena Gómez Correa

Diagramación: Geovany Snehider Serna Velásquez

Corrección de Estilo: Eduardo Franco

Dirección Editorial:

Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, 2020

Correo electrónico: editorial@upb.edu.co

www.upb.edu.co

Telefax: (57)(4) 354 4565

A.A. 56006 - Medellín - Colombia

Radicado:1894-02-09-19

Prohibida la reproducción total o parcial, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana.

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

 

 

 

 

 

Agradecimientos

A Javier, Pablo y Alejandra.

A María Lopera Rendón, por su luz, paciencia y buen humor.

A Hernán Darío Nova, por su acompañamiento y su buena disposición, siempre.

A quienes, amablemente, compartieron su experiencia, su testimonio, su saber, su tiempo.

Contenido

Prólogo

Ahí están, en cuerpo y alma, los fantasmas

Esta es la tierra que pisas

“Yo estoy seguro de que ahí hay almas”

La tierra Primer elemento

La casa está habitada

“Es que la niña Omayra sí ha hecho favores”

“La niña no murió en ese sitio exactamente, no”

El agua Segundo elemento

Lugares de Armero

Bajo el samán de Los Fundadores

“Nosotros a Armero volvemos cada año”

El cementerio municipal

El aire Tercer elemento

El silencio del cementerio I

Sin nombre

En el umbral

Nomeolvides

El silencio del cementerio II

Adiós a los muertos

Ni un responso por estos muertos

Akasha o el registro de las cosas y los hechos

“Nosotros en Armero, ese tema no se habla”

Las muertes del padre Pedro María Ramírez

El sacrificio del padre Pedro María

No hubo tal maldición a Armero

El fuego Cuarto elemento

“Sí hay gente que ha recibido milagros”

“De mi casa encontré solo las baldosas”

Hospital San Lorenzo

“Alma Landínez, ella fue la que tuvo la idea de la lluvia de flores”

“Ellos decían que sentían espíritus, como cosas extrañas”

El éter Quinto elemento

Portales

Bibliografía

Filmografía

Notas al pie

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Ana C., Rodrigo C., Andrea Paola N. 13 de noviembre de 1985. Leo las losas que reposan aquí y allá bajo los árboles en este paisaje yermo. La hojarasca forma una cubierta blanda sobre la tierra. No son tumbas, son lápidas: el que sobrevivió puso un recordatorio en lugares en los que creyó que sus familiares cayeron. Un ritual sagrado el de dibujar en la memoria el recorrido que pudo hacer el cuerpo. Y devastador. Lara B., Alicia B., Jorge, Pedro, José, Dora, Sara; toda una familia yace bajo un árbol voluminoso muy cerca de lo que, calculo, una vez fue el Parque Infantil, eso es, calle 11 con carrera 21. Una trocha en dirección a la acequia y nadie más en medio de un paisaje somnoliento. Corre una brisa suave y cálida que ondea el prado abundante en gramíneas que sobrepasan mi cintura. Camino en dirección al oeste, es decir, en dirección al Ruiz. No sé por qué dicen que Armero ya no existe. Ni Google Maps lo ubica: una mancha verde cercada por un círculo rojo. Yo lo he visto, lo veo allí y existe, y se puede tocar y ver, y oler, y escuchar y sentir. Está vivo. ¿Por qué insisten en que está muerto?

Prólogo

Los fantasmas de J. J.

Las primeras historias que escuché de Armero y sus fantasmas fueron contadas por J. J. el 20 de junio de 2015. Ahí empezó todo. Aquel viaje —aquella visita, en el tiempo en que se dio, en las circunstancias en que se dieron— fue el primero de una serie de eventos sincrónicos que culminaron en este trabajo.

De Armero no sabía nada, o casi nada: la avalancha, los muertos, la agonía de Omayra y la visita del papa. No más. Iba con la familia para Girardot; estaba de duelo. Nos detuvimos en el Centro de Visitantes, dos hombres conversaban bajo la sombra de un árbol, al lado de la carretera, frente a la casa que estaba adornada con dos pancartas, carteleras, afiches y fotografías. Uno de los dos hombres era J. J., quien, al cabo de un tiempo, se puso en disposición de los visitantes que iban llegando. De las primeras cosas que dijo, recuerdo, fueron cifras como “había 4600 casas, de las que quedaron 196 según el último censo que hizo el IGAC, que es el Instituto Geográfico Agustín Codazzi”, o “1500 muertos en Chinchiná, 25 000 en Armero”, y, así, datos y más datos. Hasta que comenzó a hablar de los fantasmas.

Durante la estancia y el recorrido por la zona céntrica de las ruinas experimenté sensaciones de las que hablo en Ahí están, en cuerpo y alma, los fantasmas. Así que no fue difícil relacionar lo vivido con la idea de las presencias. J. J. me prometió videos y fotografías, y testimonios que confirmarían sus historias. Antes de irnos le pedí sus datos: dos correos y dos teléfonos que garabateó en una talega pequeña de papel craft.

Al tiempo, cursaba la Maestría en Literatura y estaba por presentar la propuesta del trabajo de grado; el tema de mi interés era la crónica. Con el hallazgo de Armero, preví que lo observado en los vestigios de esa ciudad en ruinas podría convertirse en la pieza creativa del trabajo final. Lo que entrego aquí es, apenas, el producto creativo, las crónicas. El asunto, los fantasmas en Armero; el enfoque, sin embargo, me resultó problemático: ¿cómo darle altura a un asunto tratado casi siempre como un espectáculo circense? Esta pregunta gravitó en torno al trabajo varios años.

El siguiente paso fue un barrido de prensa y un rastreo bibliográfico con el fin de saber qué material documental había hasta ese momento para valorar el enfoque y trazar una ruta. Lo hallado reforzó lo problemático del enfoque, particularmente en lo que tenía que ver con el momento de la tragedia y, más aún, la agonía de la niña Omayra Sánchez. Era, además, paradójico: aquí fue cuando se empezó a desvelar la dicotomía entre lo sagrado y lo profano que me condujeron a los textos de Mircea Eliade (1998); Sabidurías invisibles, de Douchan Gersi (1993); y “La muerte: el viaje hacia una nueva existencia”, del libro La piel como superficie simbólica, de Sandra Martínez Rossi (2011). Lecturas que me ayudaron a comprender las dinámicas culturales y las ritualidades alrededor de la muerte.

Entre esa bibliografía hubo hallazgos de gran valor literario como Armero, un luto permanente, de Luz García (2005), un libro que recoge su historia y la historia de varios supervivientes de la tragedia, narradas en primera persona y, por tanto, de tal intensidad que ninguna otra historia semejante narrada después se le equipara. En cuanto a legislación, me encontré un repertorio bastante extenso.1 Esta compilación fue suficiente para planear un primer viaje al territorio que programé entre el viernes 30 de octubre y el lunes 2 de noviembre de 2015; contaba con el apoyo que podía brindarme J. J., cuyos datos tenía garabateados en una pequeña bolsa de papel craft.

De los devenires del cuerpo

Las experiencias del primer viaje —y las posteriores— quedaron consignadas en una bitácora como parte de una metodología de trabajo de campo. Desde el primer recorrido por los vestigios de la antigua Armero, me abandoné al ejercicio de percibir y expuse el cuerpo a las contingencias del territorio. Se trataba de hacer consciente lo que suele hacerse de manera inconsciente.

Pensaba el género a partir de autores como Truman Capote, Gay Talese, Martín Caparrós, Leila Guerriero, Juan Pablo Meneses, Federico Bianchini, Alejandro Almazán, Cristian Alarcón, Daniel Valencia Caravantes, Elena Poniatowska, Gabriela Wiener, Gabriel García Márquez, Germán Castro Caycedo, Alberto Salcedo Ramos, Andrés Felipe Solano, Juan José Hoyos, Ernesto McCausland, un largo etcétera de periodistas y escritores que han forjado la sacralidad de un género ya, sin duda, literario. Si algo tenían en común las crónicas, era precisamente el cuerpo de un autor expuesto a las contingencias de la calle.

Ese interés por el cuerpo en el texto se fue consolidando con la revisión de autores como John Berger (Modos de ver, 1972, 2016; Mirar, 1987), al que llegué a través de un Ryszard Kapuscinski que iba más allá del registro de los hechos, y luego con otros autores que conocí en el curso de los estudios: un Michel Foucault que expone un cuerpo atravesado por la cultura y erigido como texto; en últimas, el cuerpo como una invención sociocultural; Félix Duque (2006), Manuel Delgado (1999), José Luis Pardo (1998, 1992), Martin Heidegger (1954), que me llevaron a pensar la crónica como un lugar de habitación: la crónica era habitada, primero, por el autor y, luego, por el lector. Así pues, empecé a ver que en los dos ámbitos (relación cuerpo-crónica, cuerpo-texto) y (crónica como lugar habitable) había de común una experiencia estética en doble vía: escritor-lector.

En resumen, desde lo conceptual —que no me propongo exponer acá— lo que observé tras las crónicas fue un gozo estético. Y el cuerpo.

Mientras pensaba en los conceptos teóricos, exponía el cuerpo. Las exploraciones por el territorio complejizaron el trabajo desde el ámbito de la percepción; en ese momento, un tema farragoso. Y justo en esos momentos, cuando el silencio era la única posibilidad comunicativa —como lo único que podía expresarse ahí—, me hice espacio y me hice lugar, un eterno verbo en presente: ser en; de alguna manera distinta, una especie de desleimiento en el territorio, en la percepción y en la escritura. Si lo digo desde una perspectiva cartesiana, juiciosamente ordenada, lo que vi fueron dos estratos, dos dimensiones que flotan, uno sobre el otro, sobre un mismo territorio en el que se tiene una experiencia sensible. Y si lo expreso desde la perspectiva deleuziana (Deleuze y Guattari, 2004), estaría hablando de dos filamentos distintos (característica de heterogeneidad), que se rozan, comparten una mínima noción que es la que estoy tratando de atrapar y comunicar pero que siguen de largo porque no podrían continuar juntas.

Ahora bien, después sumé los conceptos que propone Katya Mandoki (2006); me refiero al de prendamiento para referirme al efecto de la experiencia estética que viví en el territorio y que, a la postre, generó mi adhesión a ese espacio, pero más que al espacio, al espíritu de los armeritas, no solo el de los muertos, sino también el de los vivos, de aquellos armeritas en diáspora. Este sería entonces un tercer filamento o línea que se cruza en el rizoma —en palabras deleuzianas— o una tercera dimensión que se superpondría a las dos anteriores, si lo digo bajo el viejo esquema cartesiano.

Todas estas reflexiones respondían única y exclusivamente al mero ejercicio de la percepción y escritura: experimentaba en mi propio cuerpo las relaciones cuerpo-texto. Así, muy lentamente, fueron surgiendo las crónicas; de ahí que haga explícita la idea de las crónicas desde el cuerpo.

Durante aquella estancia (viernes 30 de octubre y lunes 2 de noviembre de 2015) en los que estuve solo en función de la experiencia sensible, “estar en”, J. J. fungió de guía y gracias a él accedí a lugares que, según dijo, eran escenarios de avistamientos fantasmales como el Hospital San Lorenzo y el cementerio en la hora del crepúsculo. También fue un gran narrador de historias, sobre todo, relatos de fantasmas vistos en las ruinas; grabé, con su consentimiento, cada uno de los encuentros como lo hice con cada una de las personas que tenían algo qué decir, una historia qué contar. Ese fin de semana busqué más historias de fantasmas con la complicidad del caos que suele haber en esas fechas. El parque de Los Fundadores, la piedra y lo que se conoce como la tumba de la niña Omayra fueron los escenarios en los que tuve la oportunidad de conversar con un público que se mostró muy discreto frente al asunto. A lo largo de este libro, se pueden leer estas voces, entre las que se hallan las anécdotas de las venteras afincadas en la tumba de Omayra y la de Norma Constanza Sánchez Patiño, la propietaria de Nokafé Gourmet, el único restaurante que para esa fecha atendía 24/7. Pensé en Constanza porque su restaurante es el primero con el que uno se encuentra entrada la noche y el amanecer luego de la travesía por el centro de las ruinas. Cualquier percance, agitación o susto con los muertos o los vivos suelen arrojar a los protagonistas al primer negocio abierto en el que se encuentre compañía.

En la semana siguiente al viaje, recibí una llamada de J. J. para pedirme que no lo expusiera. Argumentó razones de seguridad, habló de enemigos ocultos de los que —dijo—, era mejor cuidarse. He respetado su deseo: su nombre no se expone, pero sus relatos sí porque él mismo configura un personaje arquetípico en medio del universo armerita en el territorio. Él participa activamente de la creación de historias —digo creación porque nunca concretó ninguna de las pruebas que dijo tener y que prometió— que hablan no solo de los fantasmas, sino de la memoria de quienes vivieron en la antigua Armero. Él es uno de los personajes con quienes el turista se tropieza en las ruinas y de quienes se escuchan historias que dan por ciertas sin saber que, en realidad, son versiones de versiones de versiones de historias, todas fragmentarias, pero ninguna ha de considerarse hasta ahora como oficial, entre otras razones, porque, como constaté en su momento, ninguno de los guías turísticos nació o conoció la antigua ciudad blanca.

Al término del viaje me encontré sin nada. Los relatos sobre los fantasmas que había conseguido no tenían, a mi juicio, credibilidad, porque no eran testimonios directos; todos eran de oídas. Las únicas historias que escuché que podían tener legitimidad por la autoridad que representa fueron las contadas por el padre José Humberto Rodríguez, de la parroquia El Señor de la Salud, en Guayabal; sin embargo, en ese primer encuentro, él no autorizó la grabación, y aunque tenía las notas, tampoco contaba con su permiso. No obstante, no me fui con las manos vacías: sin conocerme, me soltó dos libros de su biblioteca personal: El mártir de Armero, del sacerdote jesuita Daniel Restrepo (1957), y Lo que no se ha dicho de Armero, de monseñor Marcos Lombo Bonilla (1995). Si bien J. J. me había contado una versión de la historia del padre Pedro María Ramírez Ramoz, los libros me permitieron conocer la versión oficial. Las dos versiones quedan consignadas aquí como testimonio de los diferentes estratos de realidad que hay sobre la geografía de las ruinas. Difícil sentenciar cuál de las dos tiene la verdad, porque “oficial” no significa “verdad”, sino una versión más. Quizá la verdad sea para nosotros inaccesible.

Ante mi escepticismo, la literatura se erigió como una ruta que bien tenía por explorarse, tan legítima como intrínseca de un periodismo narrativo, que centró la atención no tanto en la veracidad como en la verosimilitud, siempre que lo asumiera como un ejercicio narrativo en el que debía imponerse el sentido, lo que tenían de significativo unos discursos dados por hechos, arraigados en el cuerpo; debía entonces romper con la tradición que puede entenderse también como la extensión de un género (crónica expandida, literatura expandida). Tenía, por consiguiente, tres caminos: uno, explorar la pregunta del por qué la gente inventa esas historias; dos, continuar con los ejercicios de estesis. O los dos. En principio opté por el último dada la adherencia que había tenido al territorio producto del prendamiento que viví en mis experiencias sensibles en las ruinas. Fue la artista y filósofa Katya Mandoki, quien, desde el arte, me permitió comprender los entresijos de la estesis y lo que operaba detrás de los lazos que había fundado con la antigua Armero.

La escritura fue, también, un ejercicio penoso. La principal razón por la que no encontraba palabras precisas para describir lo percibido era porque lo percibido no era tangible. Había algo que, sin embargo, no podía ver ni tocar; pocas veces oír algo. Era como la energía que, sin verse, sabemos que nos provee de calor o frío, o imágenes o sonidos. Comencé a observar el cuerpo, ya no como un instrumento para conocer el mundo, sino como un obstáculo, porque los sentidos no me resultaban suficientes. Había algo ahí que no era materia (masa) sino energía, y tenía a Carl Sagan para explicarlo: si estamos hechos de átomos, y los átomos son en su mayor parte espacio vacío, y la “materia se compone”, según el físico, “principalmente de la nada”, entonces somos la nada… Salvo que, agrega, es gracias a las cargas eléctricas que la suma de átomos que nos componen se mantienen cohesionados y nos dan forma. Así que somos algo así como la nada atada a la energía. Somos pura energía (1982, pp. 218-219).

A partir de este razonamiento imaginé de pronto que, además de ese espacio físico y tangible por el que yo me movía, podía haber otro superpuesto, un mundo paralelo, como ocurre en la película Los otros, dirigida por Alejandro Amenábar y protagonizada por Nicole Kidman (2001). Imaginé que podía ser posible que la ciudad antigua seguía en pie con todas sus gentes viviendo sus vidas como si ese evento desafortunado del 13 de noviembre nunca hubiese pasado. Imaginé que a lo mejor éramos nosotros los que estábamos muertos y ellos —los de esa otra ciudad que presentía—los vivos. Incluso, este pensamiento no me llegó a parecer descabellado; por el contrario, lo encontré lo más de coherente, sensato. ¿Por qué no pensar que somos nosotros los muertos? Vi entre nosotros una realidad (este espacio-tiempo en el que está usted y en el que estoy yo) que me ofrecía signos que me daban argumentos para creerlo, por ejemplo, actuaciones tan irracionales como absurdas insertas en el funcionamiento de nuestro sistema. Al pensarlo, se me ocurrió incluso el anillo de Moebius como estructura narrativa para contar las historias: por el anverso fluirían los testimonios que dieran cuenta de esa ciudad que fue la próspera, la colorida y feliz; mientras que, por el reverso, discurriría esa Armero de hoy a partir de los relatos que surgieran de esos ejercicios de estesis que había decidido continuar. Como en la literatura todo es posible —y no me refiero a la ficción—, en esa misma estructura cabría una tercera dimensión por la que se moverían las historias de apariciones y fantasmas y todas aquellas leyendas desde donde puede narrarse y leerse la cultura.

Este nuevo enfoque me exigía un cambio en las estrategias de reporteo en el que necesitaba trazar una cartografía sobre el territorio y ampliar las voces que debían hablar, ya no de los fantasmas solamente, sino de esa Armero que tenían en la memoria. Podía preguntarles por los fantasmas, sí; pero ellos no serían el tema único de conversación.

Como consecuencia de este giro, me aventuré en asuntos de los que tenía poca información, como la parapsicología y la física cuántica; materia esta última en la que me estacioné por cuanto ofrecía una eventual explicación —más científica— a las teorías que comencé a concebir luego de las caminatas por esa ciudad mitad arrasada, mitad sepultada. Lo que siguió fue un vasto listado de referencias literarias y fílmicas que fue lentamente agotado en el transcurso de los siguientes dos años.

Nuevos hallazgos

Hubo otros viajes en los que sumé al itinerario a Bogotá e Ibagué. Aparecieron nuevas historias, y lo que marcó el curso de los acontecimientos, el trabajo de Hernán Darío Nova, un artista plástico que creció en Armero y que ha dedicado los últimos veintitrés años a rescatar el patrimonio inmaterial de una ciudad que existe en el plano de las heterotopías, concepto que tomo de Michel Foucault para entender las relaciones que se han instaurado entre el territorio de la antigua Armero y los armeritas en diáspora.

Supe de Hernán Darío una tarde que estuve buscando imágenes de la antigua ciudad de Armero por internet. En ese cliqueo, en medio de imágenes pavorosas, de pronto aparecieron algunas muy pocas de esa vieja ciudad, teñidas de un tono ambarino tan característico de las fotografías que se guardaban tiempos ha en álbumes familiares. Al seguirlas me llevaron a una cuenta de Facebook en la que finalmente lo contacté, él respondió, y desde entonces me acompañó en esta travesía.

Lo valioso del perfil de Facebook de Hernán, llamado Narrativas de Armero, no era solamente el acopio de imágenes familiares, sino la colección de historias de los propios armeritas en diáspora. Fue a través de esas narrativas que pude construir una ciudad hasta entonces apenas imaginada. Apoyada en este material, levanté una cartografía que pretendía recoger los lugares emblemáticos. Supe del Tívoli, de Playas Marinas, de la Tasca, de El Castillo, de La Chip’s, de los cafés Ancla y Haway. Supe de los charcos a los que hacían paseos de olla en los ríos Sabandija, Lumbí, Lagunilla, Charco Azul, El Cuamo, El Piedrón y otros. Supe de sus parques: el Santander, Fundadores, el 20 de Julio y el Infantil. De las escuelas y colegios: el José León Armero, el Americano, el Carlota Armero, el Alberto Santofimio Botero, La Sagrada Familia; las escuelas el 12 de Octubre, Jorge Eliécer Gaitán y Dominga Cano de Rada. Supe que solo tuvieron dos importantes centros de salud —Hospital San Lorenzo y el Hospital Psiquiátrico—; y tres iglesias o templos, San Lorenzo, El Carmen y la Evangélica. Supe de sus escenarios deportivos, como el coliseo de pesas, las canchas detrás del Tívoli, el estadio de fútbol, el Jorge Durán. Supe de sus lugares y calles que fueron y siguen siendo referentes como la estación del ferrocarril, la hacienda El Puente, el cerro La Cruz y El Serpentario, y la carrera 18 y la calle 11, mejor conocida como calle Real.

Esta vez las entrevistas buscaban remover la memoria, preguntar por la ciudad de la infancia, el amigo del barrio, el amor adolescente, la casa del padre, las calles, los nombres y, sin proponerlo, surgieron entre estos fragmentos los relatos de supervivencia. Aunque los recuerdos de la noche del 13 de noviembre no son —nunca fueron— el fundamento de esos encuentros, el hecho fue que surgieron; por eso, aparecen aquí como testimonio de las marcas que todos llevan consigo y que no se pueden evadir.

En esos viajes, observé unos vestigios diferentes, el aire fue distinto, la atmósfera no tuvo entonces ese halo fantasmagórico que había percibido en las dos experiencias anteriores (la primera en julio, la segunda en octubre de 2015). A partir de entonces fue Hernán quien se prestó como guía, voz y testigo de una ciudad viva, no muerta, ni extinta, ni sepultada ni arrasada, sino, en efecto, latente. Me consiento este neologismo o nueva interpretación porque con ella —la palabra— no quiero decir “oculto, escondido o aparentemente inactivo” (Real Academia Española [RAE], 2014), sino que ese latente se me antoja por su fonética, que viene de latir, de latido, y el que late es el corazón, el que nos concede esta existencia orgánica. Al final, como suele ocurrir en las largas expediciones, fui por un mundo y lo que hallé fue un cosmos.

El cierre

Al principio, no sabía qué tratamiento darle a todo ese material que no paraba de revisar, así que empecé por lo fundamental: la estructura. Durante estos años tuve que despojarme de la rigidez del periodismo; tenía que permitirme una experiencia estética libre. Este proceso fue el más complejo, siempre lo será: la necesidad de desaprender para encontrar algo distinto; no digo que nuevo, pero sí, novedoso para mí.

Hice listados y más listados, tablas en las que escribía estrategias narrativas, categorías, temas, cartografía. Pronto hubo imágenes recurrentes: el cementerio, el Hospital San Lorenzo, el parque Los Fundadores, los colegios, las ventanas, los umbrales, los árboles y tumbas (juntos), el volcán, los parques, las calles, los ríos, los charcos, los templos, y así, hasta que de tanto elaborar listados observé que había imágenes que se repetían, que comenzaron a saltar de las hojas mientras las escribía una vez y otra, como si con ello conjurara el bloqueo. Comencé a asociar las imágenes con los cuatro elementos de la naturaleza. Ya tenía algo.

Pero había piezas que no encajaban entre los cuatro elementos primordiales y que me costaba incluso nombrarlos porque eran inasibles, invisibles. Intentaré explicarme: eran los recuerdos de los armeritas en diáspora, eran los afectos, los apegos por ese territorio que estaba en su memoria y que procuraban asirlo con sus relatos en narrativas armeritas; no me refiero propiamente al recuerdo, ni a los relatos, sino a un espíritu que les insuflaba vida, y era tan fuerte que en mis últimos recorridos por la antigua Armero podía sentirlo, presentirlo, respirarlo, transpirarlo. Como dije, me costaba nombrarlo y aún hoy me cuesta; por eso, supe que tenía que haber un quinto elemento del que no recordaba haber leído, pero del que no tardé en enterarme y conocer toda la historia que hay detrás del tal elemento. De todas las posturas que leí al respecto, identifiqué el o sora, de la cultura japonesa, como la más cercana a la idea que yo tenía de quinto elemento. Esta o sora era considerada la quintaesencia creativa del mundo. Los antiguos griegos ya habían hablado de un quinto elemento, y hasta Platón y Aristóteles lo habían identificado también como la quintaesencia o éter, pero —lo que entendí— ellos la relacionaban más con la materia de la que ellos intuían estaba compuesto el cielo, en tanto que mi idea se acerca más a una energía suprema que impregna de energía vital al mundo, o sea, a los cuatro elementos restantes.

Al final, me encontré con un enorme puzle de textos en prosa, imágenes y poemas, entre ellos, El quinto elemento que resultó ser el punto de anclaje desde donde armaría, finalmente, este caleidoscopio de Armero. Quienquiera mirar alguno de esos fragmentos, verá una imagen, una perspectiva o una interpretación, entre otras, de esa geografía llamada Armero.

Armero, ciudad virtual y heterotópica

En la geografía de la antigua Armero, donde se hallan las ruinas existen, cuando menos, dos ciudades que conviven y se traslapan en dos dimensiones paralelas. Y no me refiero a las once dimensiones de las que da cuenta la teoría de cuerdas a través de sus ecuaciones y, en general, la física cuántica —que es otro tema—. Me refiero, en primer lugar, a esa ciudad que está en esta tercera dimensión, que es la que conocemos porque es en la que nos movemos. Esa sería una de las dos ciudades que observé, fue la que caminé y exploré. Y hay una segunda ciudad que es virtual y heterotópica, concepto que tomé de Michael Foucault para comprender los lazos que se han creado entre una ciudad que flota invisible, superpuesta a la ciudad de los vestigios, y los armeritas que pervivieron a la tragedia. Me refiero a esa ciudad que se erigió en la virtualidad y que es punto de encuentro de los armeritas en diáspora fundamentalmente, pero a la que cualquiera puede acceder porque tiene un lugar y, como todo lugar, tiene una dirección que en este caso es www.revivearmero.com, una página web diseñada, trazada, montada y administrada por Ana María García Nova, financiada por la Fundación Colonia Armerita en Bogotá, que partió como una iniciativa de Hernán Darío, quien ya venía desde 2007 con Narrativas de Armero, un perfil en Facebook que se llama Armero Virtual, https://www.facebook.com/memoriadearmeropagina/, creado con la idea de rescatar esa ciudad que solo está en la memoria de quienes la habitaron. Pienso que no es un lugar utópico —sigo con los términos de Foucault—, aunque podría pensarse que sí. No lo es porque

las utopías, que son los emplazamientos sin lugar real, emplazamientos que mantienen con el espacio real de la sociedad una relación general de analogía directa o invertida. Son la sociedad misma perfeccionada, o el reverso de la sociedad, pero, en cualquier caso, las utopías son, fundamentalmente, espacios esencialmente irreales. (Foucault, 1967, p. 19)

Y estos lugares, si bien no existen como materia, están anclados, necesariamente, a la ciudad que fue, cuya geografía, topografía y ruinas siguen estando ahí y que en cualquier momento puede ser punto de encuentro real, concreto. Precisamente por ello, porque el anclaje está en esta geografía sin la que podría existir la virtualidad, es que me inclino por la heterotopía:

Igualmente hay, y esto probablemente en toda cultura, en toda civilización, lugares reales, lugares efectivos, lugares dibujados en la institución misma de la sociedad y que son especies de contraemplazamientos, especies de utopías efectivamente realizadas donde los emplazamientos reales, todos los demás emplazamientos reales que se pueden encontrar en el interior de la cultura están a la vez representados, contestados e invertidos; suertes de lugares que, estando fuera de todos los lugares son, sin embargo, efectivamente localizables. (Foucault, 1967, p. 19)

Es un concepto difícil de incorporar, que descentra. Foucault se refiere a esta característica en Las palabras y las cosas:

Las heterotopías inquietan, sin duda, porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la “sintaxis”, y no solo la que construye las frases: también aquella menos evidente que hace “mantenerse juntas” (lado a lado y frente a frente unas y otras) las palabras y las cosas. (Foucault, 2010, p.11)

Es aparentemente absurdo, inconcebible, que una ciudad invisible exista —insisto en que hablo desde el universo foucaultiano—, es casi ridículo pensarlo desde nuestra lógica que sigue tan permeada por los antiguos griegos. Sin embargo, la paradoja está en que es justamente el lenguaje el que se ofrece como condición de posibilidad para su existencia: www.revivearmero.com y https://www.facebook.com/memoriadearmeropagina/, existen como lugares de encuentro gracias al lenguaje (los textos que narran desde la memoria) y gracias a su anclaje a la Armero que puede hallarse en las coordenadas: 4º57´54´´ N 74º54´18´´ O.

Armero es un mapa trazado por voces que flotan sobre el valle

Hay, finalmente, en este trabajo sobre los fantasmas de Armero, una cartografía de un territorio que se dibuja a partir de unas voces, entre ellas, la propia; un caleidoscopio de historias que, juntas, trazan una sola historia: la de una Armero que se ha ido reconstruyendo a partir de la memoria de los armeritas sobrevivientes, de sus afectos, pero también desde los encuentros y desencuentros de originarios y descendientes, de herederos que somos todos, armeritas y no armeritas, que peregrinamos año tras año a un espacio que se va haciendo de nuevo.

Hay, también, relatos desde distintas narrativas que surgieron inicialmente como un ejercicio periodístico que con los años se tornó estético; un hallazgo la comprobación de que toda actividad que se emprende desde la estrechez del periodismo llega a ser una experiencia estética siempre que se permita la participación del cuerpo; un cuerpo expuesto vale tanto como el dominio de una técnica: ¿qué cuerpo? El cuerpo de los protagonistas de las historias, el cuerpo de quien registra y el cuerpo del potencial receptor. Si se cumple esa transmisión se podrá pensar en un género expandido: más allá del género, más allá del texto. En tanto un ejercicio de estesis, hay un registro distinto que pudo ser texto, a veces narrativo, a veces solo descriptivo, otras, poético; pero, también, fue visual; y otras, en otros momentos, solo de escucha.

En ese coro de voces, tiene particular potencia el registro de los testimonios. Aquí no hallarán más que una muy pequeña muestra, apenas una puerta desde donde se convoca a seguir recogiendo un sinfín de historias que se siguen escribiendo, que están por escribirse, por narrarse y que todas las voces se reúnan en un solo espacio real o heterotópico, no importa, lo que importa es la perennidad de esa memoria colectiva de lo que fue Armero. El reto: menos estudios académicos, más testimonios.

El orden en que se presenta obedece al azar: no hay un trazo obligado, salvo los tres primeros títulos que le permitirán acceder a este territorio a manera de marco o contexto si lo prefiere; tampoco es condición. Cada título se presenta como una ventana desde donde podrá observar una Armero diferente cada vez: sus gentes, sus historias que hablarán de la vida y de la muerte; de los amores y desamores, de la fe y el descreimiento; de la tristeza y de la risa también; en fin. La estructura, entonces, puede leerse como ese rizoma deleuziano, si quiere verlo así, o si quiere, siga el orden en que se dejó solo porque sí, porque algún orden debía tener. Si quiere, repase el material al revés, o vaya solo a las imágenes, o cuestione o dude de los videos y de los audios. Al final, la intención final es que quiera ir usted mismo a explorar el territorio de Armero y descubrir por sí mismo los fantasmas propios, y desde ellos, los otros: el mundo de los otros. Quizá los vea. Pero recuerde que, como dice Guillermo del Toro a través de la voz de Aurora (ya sabrá cuál Aurora), para ver fantasmas se necesita primero creer para ver y no la positivista mirada de ver para creer. Si esta es su mirada, nunca los verá.

Ahí están, en cuerpo y alma, los fantasmas

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Dicen que en las ruinas de Armero rondan los fantasmas. Dicen que los han visto cuando el día se hunde en la soledad y en el silencio de la noche. Ha habido viajeros que dicen haberlos visto mientras transitan la Ruta Nacional 43, entre el puente del río Lagunilla y la Virgen que custodia la entrada a Guayabal, que fue puesta allí para demarcar el límite hasta donde llegó la muerte la media noche del 13 de noviembre de 1985.

Dicen que ellos solo aparecen en la hora gris. Algunos parroquianos llaman hora gris al crepúsculo, algo así como entre las cuatro de la tarde y las siete de la noche. Aunque a veces —dicen— se dejan ver cuando el cielo está encapotado, como si los fantasmas se comportaran como los Nosferatu.

Todo empezó con un rumor temprano antes de cumplidos los tres años de la tragedia.2 Y este rumor ha ido creciendo, y hasta programas de radio se transmiten cada 31 de octubre, fecha en la que, por las cábalas, una energía especialmente oscura se cierne sobre el mundo. Y ha sido escenario, también, de programas televisivos que, aparentemente, han demostrado como ciertas estas leyendas.

Y además de jóvenes estudiantes y turistas, las ruinas han sido frecuentadas en los últimos años por personas que se hacen llamar brujos, chamanes y médiums, que, dicen, han constatado la presencia de los fantasmas.

Y a los restaurantes que están a la vera del camino a la altura de Armero-Guayabal, han llegado las historias de apariciones y de voces, y de fuerzas extrañas que indisponen los cuerpos de los viajeros. Algunos, incluso, han contado que, al cruzar el puente del río Lagunilla en dirección al norte, han entrado en una dimensión fantasmagórica, desconocida, y se han perdido entre las ruinas, sin haber tenido la intención de entrar allí.

Pero pruebas tangibles no hay. No las hay porque —dicen— los fantasmas han arruinado los equipos en los que se han descargado dichas pruebas.

Dicen que no a todos se les aparecen, porque ellos, los fantasmas, tienen cierta prelación por el público ante quien se dejan ver. U oír. Unos dicen, por ejemplo, que los fantasmas se le aparecen solo a la gente mala, mala, mala. Que porque comparten esa energía oscura. Mientras otros dicen, en cambio, que los fantasmas se le aparecen solo a la gente de corazón puro; a la gente buena. Sobre todo, a los niños, porque ellos tienen una energía especial, cercana a Dios. Y dicen quienes saben de estas cosas —no necesariamente brujos y chamanes, no— que hay fantasmas buenos y fantasmas malos. Los buenos ayudan a las personas que por alguna razón se afectan más que otras, en tanto que los malos, obvio, solo generan angustia y confusión. Así se conserva un equilibrio, como Francis Lawrence nos lo reveló en su película Constantine, de 2005. La idea del equilibrio entre esas fuerzas luminosas y oscuras siempre ha gobernado la historia del hombre. Esa vieja idea de equilibrio —pienso— es más una necesidad nuestra que una verdad inobjetable. No sé.

Pero, si de energía se trata, ahí sí es fácil comprobar que ahí hay algo, porque el cuerpo no es el mismo. Y cualquier persona, medianamente sensible, lo puede constatar. Porque el cuerpo, desde el punto de vista de la energía, responde a otras energías que no se pueden ver, pero sí se sienten. Los ojos no la ven, pero las vísceras, los músculos y la piel sí; el cuerpo no es el mismo.