XLIV

—HOLA, LOUIS.

Louis los miró con expresión seria.

—Hola —contestó.

La señorita Deke los había dejado solos en el pasillo.

Los hermanos se reunieron en torno a Louis.

Él los observó. Luego vio las maletas y el enorme baúl junto al reloj.

—¿Se van? —preguntó.

—Sí —contestó Jiminee.

—¿Estarán mucho tiempo fuera?

Los niños se miraron entre sí.

—Sí —contestó Elsa—. Eso creo.

Lo único que rompió el silencio fue el estruendoso tictac del reloj.

—Mi mamá va a tener un bebé el mes próximo —dijo Louis.

—¿Qué va a ser? —preguntó Hubert.

—Una niña. Se va a llamar Hilda.

—Hilda es un nombre b-b-bonito —dijo Jiminee.

—¿En serio te gusta?

—Sí, sí —murmuraron al unísono.

Louis guardó silencio un instante.

—Mi papá dice que es un nombre inmaculado —comentó.

—Es un bonito nombre.

—Es muy bonito —agregó Willy de forma enfática.

Louis se sonrojó un poco.

—Todavía tengo la granada que me diste, Dinah —dijo Louis. Diana sonrió—. Mi papá la barnizó, así que ahora ya no hay que pulirla todo el tiempo. Ahora durará para siempre.

—¿Tienes el penique que te di? —preguntó Willy.

—Ah, sí, sí lo tengo. Tengo todos sus regalos. Tengo el pañuelo y la cajita azul y la granada y el libro de la Historia de la ciudad de Manchester y sus al… al…

Alrededores —dijo Dunstan.

Alrededores —repitió Louis con una sonrisa—. Y tengo el dibujo que me hiciste —le dijo a Jiminee—. Lo colgué en mi cuarto.

—¿En serio? —preguntó Jiminee en voz baja.

—Sí, en serio. Tengo todos sus regalos. Son los regalos más bonitos que me han dado en la vida.

—¿Y tu navaja?

—Bueno, es una simple navaja. Todos tienen una navaja —contestó. En la cocina, una puerta se azotó y algo se movió. —Hay muchos policías aquí, ¿verdad? —preguntó Louis.

Hubert asintió.

—Y hay dos patrullas afuera también —dijo.

—Sí, las vi.

Hubert pensó que eso lo hacía menos terrible: decirlo, decírselo a Louis.

—Louis, quiero decirte algo al oído. —Willy se acercó y le jaló la camisa para que le acercara la oreja.

Louis lo escuchó.

—Está bien. Lo haré.

Se enderezó y sostuvo la mano que Willy le tendía.

—¿Qué harás? —dijo Jiminee.

Louis miró a Willy, vacilante.

—¿Puedo decírselo? —preguntó. Willy asintió con fuerza—. Quiere que cuide a su esposa mientras no están.

—Ay, Willy —dijo Elsa con una sonrisa.

—Bueno, ¿por qué no? —contestó Willy—. Adonde vamos no permiten esposas, ¿verdad? —Eso hizo sonreír a los demás—. ¿Me equivoco? —preguntó Willy con voz desafiante.

—No —contestó Louis con seriedad—. No lo creo. Como sea, yo la cuidaré, así que no te preocupes. —Le apretó la mano al chiquillo.

Willy sonrió.

—Le gusta el pan dulce —dijo.

—No lo olvidaré. —Louis miró el pasillo lúgubre—. Debo irme —dijo—. Le prometí a mamá que no tardaría.

—No, no te vayas todavía.

—Todavía no.

—Por favor, no te vayas.

Louis titubeó. Soltó la mano de Willy y buscó algo en su bolsillo.

—Tengo algo para ustedes —dijo y les tendió la mano. En la palma sostenía algo que parecía una piedra. Jiminee la tomó.

—Es tu fósil —dijo.

—Una amonita —lo corrigió Louis—. Ahora es de ustedes. Quiero que la lleven con ustedes.

Los niños se acercaron y acariciaron las espirales color ámbar que recorrían la piedra.

—Es hermosa —murmuró Diana.

—¿En serio es muy antigua? —preguntó Hubert.

—Tiene millones de años. Millones y millones y millones de años.

—¿Un millón de millones? —susurró Willy.

—Más —contestó Louis—. Es más antigua que cualquier otra cosa.

—Y s-s-sigue aq-q-quí —dijo Jiminee.

—¿En serio nos la regalas? —preguntó Willy.

Louis asintió.

—Sí, la traje para que los acompañe.

—Pero es tu tesoro más preciado —dijo Elsa—. Eso nos dijiste.

—Por eso quiero que sea de ustedes.

—¡Ay, Louis!

—¿En serio no te duele separarte de ella? —preguntó Hubert.

Louis negó con la cabeza.

—Es el regalo más bonito del mundo —dijo Diana.

—Gracias, Louis.

—Gracias.

—Sí, muchas, muchas gracias —dijo Willy.

Louis se sonrojó.

—Me alegra que les guste.

—¡Nos encanta!

—¡Sí! ¡Nos encanta!

Se miraron unos a otros y sonrieron.

Louis parpadeó.

—Ahora sí tengo que irme. Mamá se enojará mucho si llego tarde. —Titubeó—. Espero que todo vaya bien… en su nuevo hogar. —Los niños guardaron silencio—. Adiós —dijo.

—¡Adiós, Louis!

—¡Adiós!

Se dirigió a la puerta principal, pero Hubert se le adelantó para quitar el cerrojo y abrirle la puerta. El portero sin uniforme que resguardaba la puerta se hizo a un lado, y el sol de la primavera se asomó al viejo recibidor.

—¡Adiós! —dijo Louis desde la puerta. Luego se dio media vuelta y bajó los escalones.

En ese momento los niños fueron corriendo hacia la puerta y salieron al pórtico.

Tras cerrar el portón del patio, Louis se dio vuelta y agitó la mano para despedirse. Luego la pequeña multitud le abrió paso hasta que se perdió de vista.

Los niños siguieron despidiéndose a gritos.

—¡Adiós!

—¡Adiós, Louis!

—¡Adiós!

—¡Adiós, adiós!

Las sonoras despedidas se disiparon bajo la luz del sol que iluminaba Ipswich Terrace y las cabezas de quienes esperaban al otro lado del portón.

Finalmente los niños guardaron silencio y volvieron al interior de la casa.

La señorita Deke los estaba esperando junto a la mesa de la entrada mientras se ponía los guantes.

—Vamos ya, niños —dijo—. Pónganse sus abrigos y su sombrero. Es hora de irnos.

Julian Gloag, escritor y guionista, nació en Lon­dres el 2 de julio de 1930. Estudió en el Mag­dalene College de Cambridge y después emigró a los Estados Unidos, para finalmente asentarse en Francia. Es autor de nueve novelas, entre las cuales destaca La casa de nuestra madre (1963), que fue llevada al cine en 1967 de la mano de Jack Clayton, protagoni­zada por Dirk Bogarde.

Contraportada
Portada

ÍNDICE

Página de título

Página de créditos

Prólogo, por S. T. Joshi

PRIMAVERA

VERANO

OTOÑO

INVIERNO

PRIMAVERA

Acerca del autor

Acerca de este libro

La casa de nuestra madre

Título original: Our Mother’s House

D. R. © 2020, S. T. Joshi, por el prólogo.

Ilustración de portada: Gabriel Pacheco

Primera edición: marzo de 2021

D. R. © 2020, de la presente edición en castellano para América Latina y Estados Unidos:

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

ISBN: 9786079889944

Papel 100% procedente de bosques gestionados de acuerdo con criterios de sostenibilidad.

Conversión eBook:

Portada

Julian Gloag
La casa de nuestra madre

Prólogo de S. T. Joshi
Traducción de Ariadna Molinari Tato

«Madre murió a las cinco cincuenta y ocho.»

Así comienza esta historia de siete niños extraordinarios que, frente a la escalofriante posibilidad de enfrentar los horrores del orfanato, deciden guardar el secreto de la muerte de su madre y enterrarla en el jardín.

Y todo transcurre en tensa y espeluznante normalidad hasta que, producto de otra tragedia inesperada, aparece un extraño amenazante: Charlie, quien dice ser su padre. Éste accede a guardarles el secreto y, a partir de ese momento, la atmósfera de la novela se transforma: al principio, la presencia de Charlie parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo, tal vez tanto como querían a su madre; pero las cosas pronto empeoran al descubrir que Charlie, una vez que se muestra tal cual es, dista mucho de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace inesperado y espectacular.

«Leí este libro con gran placer y profunda admiración.»

EVELYN WAUGH

«La casa de nuestra madre me cautivó desde la primera página y no pude soltar el libro sino hasta llegar al final. Una historia penetrante y profundamente conmovedora.»

CHRISTOPHER FRY

«Con reminiscencias de la obra maestra de William Golding, El señor de las moscas, esta novela estalla en alturas insospechadas.»

The London Magazine

PRÓLOGO

EN EL HORROR SOBRENATURAL EN LA LITERATURA (1927), H. P. Lovecraft, el gran autor estadounidense de relatos misteriosos, escribió: “No hay mejor prueba de la tenacidad [de los relatos de lo extraño] que el impulso que mueve a ciertos escritores a desviarse de los caminos trillados para probar su ingenio en textos aislados, como si desearan alejar de sus rosales sombras fantasmagóricas que de otra forma seguirían acosándolos”. Lovecraft cita a autores como Robert Browning, Henry James y W. W. Jacobs, reconocidos por obras de muy distinta índole. A esta célebre compañía convendría sumar al autor inglés Julian Gloag (1930), aun si sólo tomamos como referente la fuerza de su primera novela, La casa de nuestra madre (1963).

Esta obra nos cuenta la historia —a veces escalofriante, otras conmovedora, otras tantas trágica— de la familia Hook y, en especial, de los siete niños que la componen: Elsa (trece años), Diana (doce años), Dunstan (diez años), Hubert (nueve años), Jiminee (siete años), Gerty (cinco años) y Willy (cuatro años). La “madre” a quien alude el título, Violet E. Hook, muere a causa de una enfermedad desconocida al principio de la novela, mas su presencia se manifiesta en casi todas las páginas subsiguientes. ¿Es acaso un fantasma, real o en sentido figurado? Aunque al final del capítulo XIII parece hablar con Dunstan, se nos hace creer que ella “vive” de cierta manera en el corazón y la mente de sus hijos, quienes hacen frente a la sombría y titánica tarea de salir adelante sin ella.

A sabiendas de que los enviarán a un orfanato si el mundo se entera de lo ocurrido, los niños ocultan a las autoridades que su madre ha muerto. Luego de que Dunstan pinta un cuadro espeluznante y dickensiano de los horrores que enfrentarán en un lugar de esa índole, ¿qué opción tienen sino enterrar a Violet en el jardín? Pero las sesiones diarias con su madre —“la hora de Madre”— continúan. No queda muy claro si los niños, en especial los más pequeños, de verdad comprenden que su madre ha muerto o si más bien, en aras de preservar tanto su paz mental como la del resto de sus hermanos, se limitan a fingir que sigue viva y se comunica con ellos.

¿Y qué hay de Charles R. Hook, el supuesto padre? Es el gran ausente tanto en la vida de la esposa como en la de los hijos, negativamente predispuestos en su contra debido al rencor que Violet le guardaba: “Madre decía que era hierba mala… No era un caballero”. Sin embargo, cuando Gerty enferma de gravedad, Hubert no tiene más remedio que escribirle una carta a Charlie, quien entonces aparece. A partir de ese momento, la atmósfera de la novela se transforma: al principio, la presencia de Charlie parece una cuerda salvavidas y los niños aprenden a quererlo, tal vez tanto como querían a su madre; pero las cosas pronto empeoran cuando descubren que Charlie, una vez que se muestra tal cual es, dista mucho de ser el padre ideal. ¿Qué harán los niños a medida que su situación se vuelve cada vez más desesperada? El lector se topa con un desenlace inesperado y espectacular.

La casa de nuestra madre encaja en el género de la novela gótica, cuya historia surge casi dos siglos antes de la fecha exacta de su publicación. En 1764, Horace Walpole escribió la primera novela gótica de la historia, El castillo de Otranto, y cientos de novelas aparecieron a la estela de ésta en el transcurso de los siguientes cincuenta años. Alternando entre el terror gótico y el horror sobrenatural, muchas novelas góticas se enfocaron en el castillo o en alguna otra residencia como fuente del terror. Las novelas góticas más tempranas, situadas en la Europa medieval, destacaban la antigüedad del castillo y su historia siniestra, colmada de muertes y otras tragedias que explicaban el surgimiento de fantasmas y criaturas mitológicas de todo tipo.

Obras posteriores trasladaron el castillo gótico a hogares contemporáneos e incluso a lugares públicos, ya fueran Manderley, la finca de Rebecca (1938), de Daphne du Maurier; el Motel Bates de Psicosis (1959), de Robert Bloch; la Hill House, donde transcurren los hechos de La maldición de Hill House (1959), de Shirley Jackson, o bien el Hotel Overlook en El resplandor, de Stephen King (1977). Las primeras dos novelas no son sobrenaturales; las últimas dos, sí.

La casa de nuestra madre guarda cierta relación con otra novela de Shirley Jackson, El reloj de sol (1958), donde los miembros de una excéntrica familia, los Halloran, están convencidos de que el mundo exterior —todo lo que se encuentra fuera de los límites de su propiedad— está por extinguirse y que se quedarán solos en el mundo. Tal como en El reloj de sol, en la novela de Gloag —ubicada en el ficticio número 38 de Ipswich Terrace, supuestamente en un suburbio londinense— hay una obsesión con la morada de los Hook y sus habitantes; la escena climática ocurre, precisamente, a raíz de que los niños piensan que están a punto de perder la casa.

La casa de nuestra madre no es explícitamente sobrenatural, e incluso cabe la posibilidad de que no fuera concebida en absoluto como una obra sobrenatural ni gótica; sin embargo, el terror que produce en los lectores es tan intenso como la fascinación y las emociones que genera. La personalidad de cada niño está delineada a la perfección: Elsa, desesperada tanto por mantener el orden como por afianzar su supremacía en la jerarquía familiar; Diana y Dunstan, rígidos, inflexibles y fanáticos religiosos a causa del lavado de cerebro que les hizo su madre; Hubert, quien hace cuanto puede por preservar la unidad familiar, pero sin saber bien cómo, y los niños más pequeños: el tartamudo Jiminee, que trae a casa a un niño abandonado, Louis Grossiter; Gerty, cuyas constantes e inconscientes indiscreciones la conducen al castigo, y Willy, que no comprende del todo lo que en realidad ocurre en esa casa.

La novela fue un éxito inesperado recién se publicó, y el gran Jack Clayton la llevó a la pantalla grande en 1967 con un guion de Jeremy Brooks y Haya Harareet. Clayton, famoso por The Innocents (1961), acaso la mejor adaptación que se ha hecho de Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y por varias de sus películas posteriores, como El gran Gatsby (1974), basada en el texto de Francis Scott Fitzgerald, y El carnaval de las tinieblas (1983), adaptada de la novela de Ray Bradbury, se tomó algunas libertades con la novela de Gloag. A pesar de lo anterior, la película es una representación fiel y escalofriante del texto.

Gloag escribió otras novelas centradas en asesinatos y traumas psicológicos, pero ninguna tuvo el reconocimiento ni el impacto apabullante de La casa de nuestra madre. Este libro merece estar en manos de cualquiera que se precie de ser lector de la buena literatura de terror y los mejores relatos de lo extraño.

S. T. JOSHI

No bien los he dejado,
cuando encuentro al amor de mi vida.
Lo abrazo y, sin soltarlo,
lo llevo a la casa de mi madre,
a la alcoba donde ella me concibió.

Cantar de los Cantares de Salomón 3:4

PRIMAVERA

I

MADRE MURIÓ A LAS CINCO CINCUENTA Y OCHO. Lo último que hizo fue estirar el brazo para alcanzar el reloj dorado en la mesilla de noche. Aprisionado sin fuerza entre sus dedos huesudos, el reloj cayó de golpe, y en ese instante cesó su ritmo suave y quedó marcado el minuto preciso, el testimonio de un crimen.

Es posible que Madre viviera unos minutos más, pero no había forma de que se lo hiciera saber a sus hijos. Desde hacía ya varias semanas, era incapaz de musitar más que un par de susurros, y la cuerda bordada de la campana que colgaba sobre su cama llevaba tiempo desconectada del badajo en la cocina.

—No soporto las campanas —había dicho Madre hacía muchos años, cuando alquiló el número 38 de Ipswich Terrace—. Suficiente tengo ya con los domingos y los funerales.

Aun si la campana hubiera servido, estaba demasiado débil para tirar de ella. Su energía antaño inextinguible se había marchitado: no podía siquiera levantar una cuchara sin ayuda de Elsa.

Y Elsa, que había encontrado a Madre dormida al asomarse a su habitación tras volver de la escuela, no se atrevía a perturbar su hora de descanso. Sin embargo, al ser la mayor y, por ende, la responsable de asumir tanto su propia ansiedad como la de sus hermanos, se obligaba a volver a la habitación a menudo para escuchar si Madre despertaba. Pero no oía nada. Había muchos ruidos en la casa: el sonido de platos que chocaban entre sí en la cocina, donde Diana y Jiminee lavaban la vajilla; el gorjeo de la risa de Willy en el cuarto de juegos y la voz de Gerty diciendo “Ya me toca, Willy”; la eterna tos de Dunstan, sentado en la “biblioteca” entre volúmenes de sermones forrados en piel; un súbito estallido de martillazos proveniente de la recámara de Hubert. Elsa los tenía presentes de forma inconsciente (si alguno se hubiera detenido por mucho tiempo, habría ido a investigar), aunque no los escuchara en realidad.

La espera terminó cuando el reloj de abajo marcó las seis y media. Elsa abrió la puerta y entró. La habitación olía igual que siempre: a las viejas cortinas y a las luces nocturnas, al jabón de lavanda, al polvo que se levantaba entre los tablones pulidos del piso y a la cera abrillantadora que venía en unas latas rojas y doradas que una señora les vendía tres veces al año. Madre también olía igual. “Olor a Madre”: el suave perfume que despedía el enorme frasco del tocador.

La cabeza de Madre estaba girada hacia Elsa, con los ojos entreabiertos. Tenía el brazo izquierdo extendido, el codo recargado en el borde de la cama y la mano abierta en señal de recibir. Acariciadas por la brisa nocturna que entraba por la ventana abierta, las puntas que anudaban el turbante en su cabeza ondeaban con el aire como banderolas disparejas.

Elsa atravesó la habitación y se detuvo sobre el tapete de yute junto a la cama. Rodeó la fría muñeca con su mano por un instante. Luego se agachó y recogió el reloj. Estaba muy frío. Lo calentó entre las manos mientras le daba cuerda una y otra vez. La luz de la vela se estremeció y luego volvió a aquietarse. Había que acortar el pabilo.

Afuera, los estorninos trinaban antes de retirarse al cobijo de la noche. Desde el melancólico jardín de altas paredes llegaba el perfume de los lirios del valle que crecían fuertes al otro lado de la ventana. Era un mayo cálido, casi veraniego. El tiempo de los lirios había comenzado antes de tiempo y en breve llegaría a su fin.

Elsa levantó el rostro ligeramente. Escuchó el murmullo de los niños que, al otro lado de la puerta, esperaban a que los llamaran para entrar. Sólo ella sabía de la muerte de su madre, así como sólo ella se había dado cuenta en las últimas semanas de que Madre estaba muriendo poco a poco. Madre también lo sabía, desde luego, pero era un secreto entre ellas que ninguna se atrevía a compartir. Madre no era partidaria de mortificarse por asuntos desagradables.

De pronto Elsa dijo en voz alta:

—Tengo trece años. Tengo trece años —repitió, como para impugnar la creciente sombra de la habitación, tiniebla que aumentaba por culpa de la llamita de la veladora nocturna. Miró el reloj que sostenía en la mano: cinco cincuenta y ocho, decía. Sabía que esa no era la hora. Lo colocó de nuevo en la mesilla de noche, donde pertenecía.

Se dio la vuelta y atravesó la habitación hasta llegar al tocador; tomó el soporte que sostenía la peluca de Madre y lo puso en la mesa en medio de la recámara. Fue a buscar el peine de carey, guardado en el primer cajón junto con los pañuelos de hombre ligeramente perfumados que Madre solía usar. Luego se sentó en el borde de la silla de mimbre y comenzó a peinar la peluca.

Introdujo el peine con firmeza entre los rizos castaños, los estiró hasta alisarlos y observó cómo recobraban su forma. Desde que Madre se había debilitado tanto que no podía moverse, para Elsa se había convertido en la labor de cada noche. Siempre había sabido que Madre usaba peluca, y el resto de los niños lo sabía también: Elsa se lo explicó tan pronto tuvieron edad suficiente para saberlo. Incluso Willy, el más pequeño, lo sabía. No obstante, el tema sólo se había mencionado dos veces en presencia de Madre; la última, cuando Madre dijo:

—Estoy muy cansada esta noche, hija. Por favor, Elsa, cepíllame el cabello y sé una niña buena.

La ocasión anterior había sido dos años antes, cuando Jiminee tenía cinco. Ocurrió a la hora de la merienda, en un momento en el que Jiminee de pronto volteó a ver a Madre y le dijo: “Hola, pelucona”. Se produjo un profundo silencio mientras Madre observaba a Jiminee sonrojarse al otro lado de la mesa. De repente Madre echó a reír a carcajadas. No dijo nada, sólo se rio. Y todos comenzaron a reír y a mecerse en sus sillas y a sacudir la mesa hasta que las tazas de té chocaron entre sí. Sólo Jiminee permaneció indiferente; estático, ruborizado y parpadeante, con una sonrisa que se dibujaba y se apagaba con el mismo ritmo que una serie de luces navideñas. Cuando cesaron las risotadas, volvieron todos a tomar el té y el incidente no fue mencionado de nuevo, aunque durante varios días Jiminee inspiró un gran respeto entre sus hermanos.

Mientras peinaba la peluca, Elsa sintió en su estómago el recuerdo de aquella cálida risa y tuvo ganas de llorar. Dejó quietas las manos y bajó la cabeza. “Elsa nunca llora.” Luchó contra esa sofocante sensación en la garganta y cerró los ojos con fuerza. Por fin brotaron dos lágrimas que le cayeron por la nariz. Se secaron casi al instante. La habitación estaba prácticamente a oscuras y la figura tendida en la cama no era más que un pálido reflejo. Cepillar le resultaba reconfortante.

De repente la luz de la vela titiló con fuerza y estuvo a punto de apagarse. Atemorizada y en silencio, Elsa levantó la mirada: alguien estaba de pie en el umbral de la puerta.

—¿Quién es? —preguntó—. ¿Dun?

—No, soy yo: Hubert.

Elsa se relajó un poco.

—¿Qué ocurre, Hu?

—Ya pasan de las siete, Elsa.

La llama de la vela se agitó débilmente.

—Entra. Y cierra la puerta.

Cuando la luz recuperó su brillo y Hubert se acercó, Elsa volteó el rostro para que su hermano no notara que había estado llorando.

—¿Madre sigue dormida? —preguntó el chico, aún entre susurros.

Elsa se inclinó para dejar el peine en la mesa. En medio de aquel silencio, el chirrido de la silla de mimbre al moverse los asustó a ambos, y el peine cayó al suelo con un chasquido agudo. Hubert se puso de rodillas para recogerlo y entregár­selo a Elsa. Ella lo miró de frente al recibirlo; ya no le importaba que Hubert viera sus lágrimas.

—Has estado…

—¡Sí! —respondió ella.

—¿Qué pasa, Elsa? —Ya se había puesto de pie y miraba hacia la cama.

—No, Hu: quédate donde estás.

—Es Madre, ¿verdad?

—Sí —respondió—. Ella… Ya acabó todo.

—Pero no es posible que…

—Se acabó, Hu. Ya sé. Yo sé que… no tiene ningún caso hacerse falsas esperanzas.

Hubert frunció el ceño de forma tan parecida a como lo hacía Dunstan, que Elsa se vio obligada a contener el aliento en medio de aquella habitación a media luz. Él levantó la mano y se quitó el cabello que le caía sobre la frente. En la ca­lle principal, a lo lejos, un autobús aceleró y el ruido del tráfico se hizo de pronto insoportablemente intenso, para enseguida desvanecerse como el pulso de un corazón agotado.

—¿Qué vamos a hacer, Elsa?

—No lo sé. Es decir, tengo que pensarlo. Debo tener un plan.

—Tenemos que pensar en algo.

—¿Acaso no siempre se me ocurre algo?

Hubert no respondió. Del pasillo detrás de la puerta llegó un estallido de tos. Elsa se quedó de piedra.

—Dunstan.

—Son todos —dijo Hubert—. Debes decírselo.

—No esta noche. Les diré mañana.

—Tienes que decírselo a todos. No tiene ningún sentido que lo pospongas, Elsa —Hubert habló en voz baja.

—No me digas lo que tengo que hacer. ¡Que no se te olvide que soy la mayor! —exclamó. El niño de nueve años la miró y asintió. Elsa respiró hondo y se puso de pie. La silla de mim­bre volvió a chirriar—. Está bien. Me lavaré la cara, y mientras tú ve a buscarlos.

Se acercó al lavamanos y metió los dedos en el agua helada de la jarra.

—Será mejor que encienda la luz —dijo Hubert. Ya no susurraba.

—No, Hu, déjala así.

Se estiró para tomar la toalla de Madre, pero titubeó y volteó a ver a Hubert. Rápidamente, bajó la cara y se secó el rostro con la falda. Regresó a la silla y volvió a sentarse. Se dio unas palmaditas en la nuca, se alisó la falda húmeda sobre las rodillas y cruzó los brazos sobre el regazo.

—De acuerdo —dijo—. Estoy lista.

II

NO ESTABAN MUY SEGUROS DE ENTRAR. Cuando Elsa gritó “¡Primero el mayor!”, Diana se decidió al fin a cruzar el umbral de la puerta. Esperaron, nerviosos al percibir la solemnidad del rostro de Elsa. Sólo la figura de Dunstan, recargada sobre la puerta, parecía imperturbable.

Y entonces habló Elsa, haciendo un gran esfuerzo por impedir que se le quebrara la voz:

—Niños…, niños… —se detuvo.

Aprovechando el silencio, Willy, de cuatro años, se separó del grupo en medio de la habitación y se apostó en la cabe­cera de Madre. Los niños lo observaron. Tocó las puntas de la bufanda de Madre y le dio unas palmaditas en el brazo tendido. Apoyó la cabeza en su hombro y la olisqueó. Despacio, se dio la vuelta.

—Está muy callada —anunció.

Como si las palabras de Willy fueran premonitorias, los niños se agruparon alrededor de la cama; Dunstan, sin embargo, siguió inmóvil en la puerta. Miraron a Madre, con la cabeza acurrucada en el hombro, en señal del último estertor, y las rodillas encogidas bajo la manta. La luz sólo alumbraba su amplia frente y sus pómulos, de modo que los ojos se le veían negros y enormes, y parecían mirar fijamente los pies de los niños. En un abrir y cerrar de ojos, la madre que amaban se había convertido en un extraño objeto envuelto en un silencio sepulcral.

—Niños —anunció Elsa—: Madre ha muerto.

Ellos no parecieron oírla.

Diana se inclinó y puso su mano sobre la de Madre.

—Madre —dijo con suavidad—. Madre. Hace frío, Madre. —Y trató de levantarle el brazo para guarecerlo bajo las cobijas.

La abrupta maniobra provocó que la cabeza de Madre se desparramara hacia la izquierda y que los hombros se resbalaran un poco; luego todo se detuvo. Diana estalló en llanto y le soltó la mano.

Un segundo después, Dunstan estaba a su lado.

—Está bien, Dinah. Está bien. —La abrazó mientras lloraba. A pesar de que había dos años de diferencia entre ellos, Diana era muy pequeña para tener doce y siempre buscaba la protección de Dunstan, quien la defendía con una intensidad que no pocas veces había asustado a otros niños. Ahora Diana lloraba y su cabello dorado se guarecía bajo el cabello negro de Dunstan—. Está bien, Dinah.

—Pero tiene frío. Está muy fría.

Los niños miraban la escena atónitos. Luego Jiminee, cuya sonrisa iba y venía, se echó a llorar también.

Hubert, que había estado junto a Elsa, dio un paso al frente.

—Madre ha muerto —exclamó con fuerza suficiente para acallar los sollozos. Elsa asintió.

—Es cierto. Mamá está muerta.

Un breve suspiro escapó del grupo de niños. Willy alzó la barbilla.

—¿“Muerta”? ¿Qué significa eso? —preguntó.

—¿“Muerta”? —murmuró Hubert—. Muerta es como… como Jesús.

—Al que crucificaron, murió y después enterraron —agregó Dunstan—. Pero al tercer día resucitó y… —titubeó— y volvió a levantarse.

—Madre no volverá a levantarse —dijo Elsa con firmeza.

Dunstan frunció el ceño.

—¿Por qué no? ¿Tú cómo sabes…?

—Simplemente no va a pasar —respondió ella.

Diana levantó la cabeza del hombro de Dunstan y ambos miraron fijamente a Elsa. En apariencia, eran polos opuestos: el rostro de Dunstan era una versión caricaturizada de las figuras de labios enjutos y mejillas raquíticas que avanzaban en procesión por un estrecho camino rumbo al cielo en el cuadro que colgaba en el baño de visitas. Sus ojos oscuros, amenazantes como los de una rana, amplificados tras los gruesos cristales de las gafas, y su cabello negro y puntiagudo, contrastaban inmensamente con la melena rubia, la piel blanquísima y los ojos azules de Diana, que parecían de otro mundo.

Aunque Dunstan podía lograr que hasta las palabras más ordinarias sonaran despiadadas, en ese momento guardó silencio. Diana se separó de él y se detuvo en el centro de la habitación; parecía una extraña en medio de tanta familiaridad. De pronto se volvió tan ajena, pensó Hubert, que si alguien le preguntara su nombre era probable que no lo recordara.

El grupo que rodeaba la cama comenzó a desbandarse. La pequeña Gerty se acercó a Elsa y la miró con seriedad.

—¿Puedo jugar con el peine ahora, Elsa?

Ella asintió. Gerty tenía apenas cinco años, pero usar el peine de carey era un viejo privilegio suyo. Antes de aprender a caminar, gateaba como un bulto regordete hacia la mesa para tomarlo. Con el peine en la mano, se sentaba en la alfombra gastada, como hacía ahora, y jugueteaba con él y con su cabello, sin prestar atención a sus hermanos ni a su madre mientras ésta les leía las enseñanzas de Jesús.

Hubert se alejó del costado de Elsa y se dirigió al lavamanos. La barra de jabón estaba sobre el plato de porcelana. Tocó la superficie aún pegajosa y levantó la mano para percibir el familiar olor a lavanda, como si fuera necesario examinar o hasta poner a prueba tanta familiaridad. En el borde de la tina blanca, adornada con dibujos de hojas puntiagudas y flores azul marino, había un triángulo irregular que se había roto hacía unos meses y que él había arreglado con pegamento a prueba de agua. Lo presionó con el dedo y el mosaico cedió con facilidad, como un diente a punto de caerse. Tendría que intentarlo de nuevo, quizá con un pegamento más fuerte, y esta vez habría tiempo suficiente para que se secara.

—¡Madre no está muerta! —Era la voz chillona de Diana. Se puso de pie, con los puños apretados, como un ángel guardián junto a la cabecera. Los niños la observaron—. Tiene frío, eso es todo. ¡Tiene frío! —La silla crujió tímidamente al ponerse Elsa de pie—. ¡No, Elsa! ¡Tiene frío! Hay que traer cobijas para calentarla. ¡Y un balde de agua caliente!

Elsa, desconcertada, echó un vistazo a la habitación sombría. Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró y apretó con tanta fuerza que la sangre se fue de sus labios. Los niños esperaban sus palabras, pero no encontró ninguna que pudiera contrarrestar la vehemencia de Diana.

—¡Tiene frío! —gritó Diana de nuevo. En respuesta recibió el sonido de los pies de Hubert, que corrió hacia el interruptor de la luz. Los deslumbró el fulgor repentino que iluminó el techo blanco y lúgubre sobre sus cabezas y que cernió sombras afiladas donde antes no las había—. ¡Ay, no! —Diana gritó de dolor.

Al igual que sus hermanos, Diana se dio vuelta en direc­ción a la cama y observó. Las suaves líneas del rostro de Madre se habían transformado en afilados cortes sobre la carne, y los ojos azules habían perdido su expresividad. La boca estaba entreabierta en el ocaso impreciso de una muerte de la que ya no quedaba ninguna duda. Diana se arrodilló y apoyó la cabeza sobre la cobija. Luego alzó las manos y se tapó los oídos.

Por un momento nadie habló. Y luego Dunstan intervino:

—Ahora lo ven, niños. —No hubo respuesta. Se dirigió a la mesilla de noche y levantó la Biblia negra que estaba junto al reloj—. Léenos, Elsa.

—Sí, léenos, léenos. —La petición hizo eco alrededor de la habitación.

Despacio, Elsa se sentó y estiró el brazo para tomar el libro. Dunstan dudó por un instante, pero luego se acercó y se lo entregó. De pie frente a Elsa, bajó la mirada para verla mientras ella sostenía el libro cerrado.

—Ábrelo —le dijo.

Elsa apartó la mirada.

—¿Qué les leo? —preguntó a los niños.

—Jesús —contestó Willy. Nadie más respondió.

—Anda, ábrelo ya —insistió Dunstan.

Elsa abrió el libro al azar y tropezó con una sección muy leída. Con la mirada fija en el libro comenzó a dar vuelta a las páginas hasta que Dunstan la tomó de la mano.

—Lee lo que dice ahí —pidió.

Elsa no respondió. Leyó en silencio por un momento, moviendo los labios a medida que avanzaba. Frunció el ceño. Luego acarició la página e inhaló profundo. Y entonces comenzó a leer:

¿Adónde se ha ido tu amado, tú, bella entre las bellas? ¿Hacia dónde se ha encaminado? ¡Iremos contigo a buscarlo! Mi amado ha bajado a su jardín, a los lechos de bálsamo, para retozar en los jardines y recoger azucenas. Yo soy de mi amado, y mi amado es…

Elsa se detuvo.

—Jiminee —dijo—, ¿dónde están las azaleas?

Jiminee se ruborizó y luego sonrió.

—Yo…

—¿Dónde están, Jiminee?

Jiminee se talló la cara con los huesudos pulgares para retirar las lágrimas que le corrían por las mejillas.

—Se… se me olv-v-vidaron —sonrió—. N-n-no… no fue mi intención —aclaró y volteó a ver a sus hermanos.

—Hoy es tu día, ¿no es verdad, Jiminee?

El pequeño guardó silencio. Estaba muy pálido.

—Ay, Jiminee, ¿cómo pudiste? —repuso Diana, aún arrodillada junto a la cama.

—Sí, ¿cómo pudiste? —añadió Dunstan con aspereza.

—N-n-no… no fue mi… mi intención… No lo f-f-fue.

—Es tu deber, ¿o no?

—Sí —respondió Jiminee mientras se le borraba la sonrisa del rostro.

—Fallaste y lo sabes, ¿verdad?

—En… en serio, n-n-no fue mi int-t-tención, Dun. No quería… Sólo se… se me olvidó.

¡Se te olvidó! —gritó Dunstan.

—A v-v-veces se me olvidan las c-c-osas, tú sabes que es así. Madre lo sabe, ¿verdad, Elsa? A Madre no le importa que se me olviden… N-n-no f-f-fue mi intención hacer nada malo. —Lloraba. Los niños lo observaban y no había dónde esconderse.

—Debe recibir un castigo —dijo Dunstan—. No puede ir por la vida olvidando las cosas. Debe aprender la lección. Debemos…

—Cállate, Dun.

—¿Qué?

—No digas qué, es una grosería —intervino Gerty, de cinco años.

—Dije que te calles —repitió Hubert.

—¿Tú me dices a mí que me calle? —preguntó Dunstan, dando tres pasos hacia Hubert.

Hubert esperó. A sus nueve años, era sólo uno menor que Dunstan, aunque seguía siendo más bajo que él. Pero era más robusto, y había algo en sus maneras que lo hacía parecer imperturbable.

—¡Enano! —gritó Dunstan mientras señalaba a Hubert con un dedo amenazante.

—Eres un abusón —respondió Hubert—, así que cállate. No te preocupes, Jiminee, podrás recogerlas después —dijo, alzando la voz.

—¡No te atrevas! ¡No te atrevas! ¡Eso no está bien! Tene­mos que castigarlo. Olvidó traer las azaleas para Madre y tiene que pagar por ello. Es un pecador, ¡eso es lo que es! ¡Y pagará por ello!

—Cállate —respondió Hubert.

—No me voy a callar. No te atrevas a mandarme callar —dijo con voz fuerte y afilada, y dio un paso al frente—. No te atrevas, bobalicón insolente. ¿No comprendes? Se le ol­vidó. Olvidó las azaleas para Madre. ¿Te das cuenta? Y tendrá que…

—A Madre no le importa ya, Dun. Ya no importa —dijo Hubert mientras meneaba la cabeza.

Dunstan bajó el brazo poco a poco. Comenzó a dar media vuelta. De repente se puso a temblar y a gritar.

—¡Pero a mí sí me importa! ¡Me importa! ¡A mí me importa! —Sus gritos atravesaron la habitación como flechas ciegas que buscaban la salida—. ¡A mí sí me importa! ¡Sí me importa!

—No hagas eso, Dun —dijo Hubert—. Por favor, no lo hagas.

La rabia de Dunstan se estaba convirtiendo en dolor. Se arrodilló, agachó la cabeza y rompió en llanto. Sus palabras se diluyeron en una letanía sin sentido que trataba de abrirse paso entre las lágrimas. Gerty y Willy también se habían puesto a llorar. Uno a uno habían ido rompiendo en llanto, salvo por Hubert y Elsa.

Y cada uno de esos llantos individuales se combinó con los demás hasta conformar un grave lamento general que inundó la brillante habitación y se derramó sobre la oscuridad al otro lado de la ventana, donde el jardín se sacudía tímidamente con el viento fresco de la noche primaveral.

—Lee, Elsa. Sigue leyendo —ordenó Hubert.

La niña bajó la mirada de nuevo y la posó en las páginas, donde encontró otro pasaje. Batalló un poco con el lenguaje arcaico:

¡Oh, si tú fueras como un hermano mío que mamó los pechos de mi madre! Entonces, hallándote fuera, te besaría, y no me menospreciarían. Yo te llevaría, te metería en casa de mi madre; tú me enseñarías, y yo te haría beber vino adobado del mosto de mis granadas…

Mientras leía, el llanto de los niños pareció apaciguarse. Y cuando mencionaba a la madre, los labios de sus hermanos dejaban escapar un pequeño suspiro.

¿Quién es ésta que sube del desierto, recostada sobre su amado? Debajo de un manzano te desperté; allí tuvo tu madre dolores, allí tuvo dolores la que te dio a luz. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían.

Elsa dejó de leer y alzó la mirada. Observó las distintas actitudes de los niños que la escuchaban y la figura inmóvil sobre la cama, aunque sus pensamientos parecían hallarse muy lejos de ahí. Los niños se quedaron tranquilos y ninguno molestó a Elsa hasta que Hubert le retiró el libro del regazo y lo llevó a la mesilla de noche, su lugar. Mientras dejaba el libro sobre la tela bordada se dio cuenta de que el reloj estaba bocabajo. Lo tomó y se llevó la parte abollada de la caja a la oreja. Luego lo agitó, le dio la vuelta y lo abrió por la parte trasera. En el interior tenía grabadas las iniciales C. R. H. con una caligrafía casi indescifrable. Hubert trazó las letras con la uña del pulgar. Luego suspiró.

—El reloj de Madre se ha estropeado —dijo.

La observación sacó a Elsa de su ensimismamiento.

—Sí, lo sé —contestó con brusquedad—. Ahora vamos, niños: es hora del chocolate. —Se levantó y aplaudió para llamar la atención de sus hermanos.

—¡Chocolate! —gritó Gerty y se puso de pie. Alguien bos­tezó, y el barullo general se intensificó—. Elsa, ¿puedo quedarme con el peine? —Gerty se paró frente a Elsa y ladeó la cabeza.

—Por supuesto que no.

—¿Por qué?—Gerty defendió su causa.

—¿Cómo que por qué? —respondió Elsa con asombro e irritación. Los niños se detuvieron a escuchar su respuesta—. Porque lo digo yo, por eso.

—Pero Madre ya no necesitará el peine —dijo Gerty. Elsa inhaló profundo—. No lo va a necesitar, ¿o sí? —insistió la pequeña con el tono que usaba para pedir más de comer.

Hubert pensó que, apenas una hora antes, Gerty habría sido incapaz de insistir así, en contra de la voluntad de Elsa. Ninguno, ni siquiera Dunstan, había desafiado jamás la autoridad de la hermana mayor. Pero todo había cambiado ya, y Hubert supo de forma instintiva que a partir de entonces los niños se aprovecharían de cualquier debilidad que Elsa mostrara.

—No lo necesitará, ¿o sí? —repitió Gerty, cuyo rostro regordete desbordaba una enorme sonrisa.

—Sí —respondió Elsa con firmeza—. Sí, Madre necesita su peine. —Luego agregó con vehemencia—: ¡Madre nece­sita todo!

—Pero… —Gerty masculló con cara de puchero.

—¡Mamá lo necesita!

—Pero no ahora —Gerty apretó el peine contra el pecho.

—Ahora… —Elsa luchó con la palabra—, ahora nada es diferente. Las cosas son tal y como han sido hasta ahora. —Miró fijamente a cada uno de sus hermanos y su expresión se suavizó—. Todo es igual que antes. Lo… lo que pasó no quiere decir que… Eso no cambia nada. ¿Comprenden, niños? Nada ha cambiado —habló con el poder de la iluminación—. Todo será exactamente igual a como era… Todo.

Los niños permanecieron callados. Elsa estiró el brazo para alcanzar el peine. Gerty trató de retenerlo un instante; luego, despacio, cedió.

—¡Vamos! —interrumpió Dunstan de forma abrupta.

Comenzaron a salir de la habitación. Hubert se quedó inmóvil, mirando a Elsa.

El repiqueteo de las pisadas disminuyó cuando los niños llegaron al pasillo y atravesaron la puerta grande, para después bajar la escalera que conducía a la cocina del sótano.

Arriba, el ruido cesó. Hubert y Elsa se miraron el uno al otro sin permitir que sus ojos se desviaran hacia la cama, envueltos por el aire que corría entre la puerta abierta y la ventana, mientras la luz de la vela se mecía y tambaleaba en ebria reverencia.

—Vamos —dijo Elsa.

—Sí —Hubert apartó la mirada de la vela, y una multitud de parpadeantes dagas amarillas se disparó ante sus ojos—. Voy a apagar la luz.

—No, yo la apago. Te toca hacer el chocolate, ¿no?

—Sí.

—Pues entonces más vale que te apresures.

—¿Y qué hay de ti? —Cerró los ojos mientras hacía la pregunta, y las dagas bailaron con más furia.

—No tardo nada.

—Está bien. —Volvió a abrir los ojos—. Elsa…

—Dime.

—Elsa, ¿tú…? ¿Tú…? —Giró un poco la cabeza y miró fi­jamente el foco desnudo en el centro del techo.

—¿Yo qué?

La imagen solitaria de la luz refulgía.

—Nada —respondió.