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Título:

Destiempo

De esta edición:

© De Conatus Publicaciones S.L.

Casado del Alisal, 10

28014 Madrid

www.deconatus.com

© De la traducción: Moisés Barcia

Copyright © Silvia Bardelás. 2021

Título original: Destempo

Primera edición: Edicións Barbantesa. Cangas do Morrazo (Pontevedra)

Primera edición: 05/2021

Diseño de la colección: Álvaro Reyero Pita

ISBN: 978-84-17375-61-4

Depósito legal: M-5266-2021

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados.

Esta publicación no puede reproducirse total ni parcialmente, ni almacenarse en sistema recuperable o transmitido, en ninguna forma ni por ningún medio electrónico, mecánico, mediante fotocopia, grabación ni otra manera sin previo permiso de los editores.

La editorial agradece todos los comentarios y observaciones:

comunicacion.deconatus@deconatus.com

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—Hermanos:

Vivimos en un tiempo en el que no podemos ser quienes somos. Todos esperan de nosotros que seamos lo contrario de lo que somos. Y si algo hizo Jesús fue ser él mismo. ¿De qué nos sirve que otros nos miren y digan: qué buena casa tiene, qué bien se conserva, qué hijos tan preparados? ¿De qué nos sirve salir en el periódico con alguna noticia, no sé, ser elegido para algún cargo, o celebrar las bodas de plata por todo lo alto? Cuando nos sentamos aquí, sí, aquí mismo, en este silencio, en este calor anormal que nos ha tocado este año, delante del corazón de Jesús, ¿de qué nos sirve ser como dicen los otros que hay que ser? ¿Qué les podemos contar? ¿Les vamos a hacer una lista de nuestras propiedades? ¿Creéis que eso es lo que podemos confesar de nuestras vidas delante del corazón de Jesús? ¿Quién se atreve a estar delante de él? Sabemos que es un misterio, pero también sabemos que es el sentido, la vida plena no puede venir por otra vía que no sea el amor. Amad, hermanos, es la única razón que os puedo dar para que sigáis viviendo: amad. Eso quiere decir vivir de verdad, no según lo que os piden las convenciones. Todos tenemos la capacidad de amar, todos tenemos la necesidad de ser felices, pero sólo algunos son los osados que viven como si sólo se viviera una vez. Lo único que sabemos con certeza del amor es que no se puede amar a medias, o se ama, o no se ama, por eso Jesús sólo os pide que seáis puros, que no os contaminéis de la tibieza del exterior. Construid vuestro exterior según los mandamientos de vuestro corazón, que es el mismo corazón de Jesús.

Quedando la luz fuera, al otro lado de los muros de la iglesia, Lois busca una ventana que le permita salir, pero no la hay. No se puede mover porque Mati acaba de coger su mano y está apretándola con una fuerza que conoce, que quiere decir, escucha, escucha. Es cuando descubre por qué tuvo que venir a toda prisa, sin haber terminado el último examen. Mati quería que estuviera ahí, escuchando eso, a su lado, el día de la fiesta grande que ya no se celebraba. Echa un vistazo. La iglesia no está llena, pero ha venido gente de fuera, algún invitado con niños. Y reconoce a todos los que son, los pocos que quedan viviendo en el lugar. No lo ven porque están atentos, están muy atentos. No parecen ellos. Es curiosa esa manera de estar concentrados todos al mismo tiempo. Es tan raro ahora, en esta época.

—Hermanos:

Ha llegado el tiempo en el que cada uno de nosotros está llamado a vivir al dictado de su verdad. La verdad tiene que salir. La verdad tiene que dejar de ser una idea, una utopía, tiene que ser realidad. Y si hablo así, hermanos, es por la experiencia que nuestro señor Jesucristo me invitó a tener.

Un pájaro entra por la puerta abierta, va siguiendo el rayo de luz por el pasillo, sin tocar la alfombra de pétalos que cubre el suelo, pero volando a ras de las cabezas de los que llenan los bancos, que sienten miedo de esa especie de dureza de los pájaros, tan pequeño y tan duro, siendo capaz de cortar el aire, aturdido por la luz donde se agita el polvo afanándose locamente.

Llega al altar y da unas cuantas vueltas, es una pequeña golondrina perdida en la oscuridad que no puede hacer otra cosa que chillar metida en la confusión del polvo iluminado.

Mientras chilla y da vueltas descontrolada agitando las alas como si hubiese perdido la vista, el cura calla y mira al frente, hacia la luz que entra por la puerta abierta, porque hace calor, las mujeres se dan golpes en el pecho con los abanicos, los hombres bufan, y Lois siente la mano de Mati apretando la suya otra vez, con esa ansiedad de querer ir por delante del cura.

El pájaro se posa en el libro grande y rojo y calla. Fuera, muchos otros pájaros chillan pero de otro modo, como si hubiesen sufrido una pérdida. El sacerdote coge la golondrina, la guarda en la mano, recorre la alfombra de flores justo por el medio restregándola con el ropaje. Las mujeres reprimen un gemido al ver la alfombra arruinada. Sé libre, dice el cura, y la gente lo sigue con la cabeza vuelta hacia atrás. Las mujeres no dejan de mover el abanico y una de ellas repite, sé libre, como si fuera una de las fórmulas de la misa.

—Es increíble que esto pueda ocurrir —le dice Mati por lo bajo a Lois—, pero es así, estamos en un tiempo de cambio.

—Sé libre, sé libre —repiten otras dos mientras se persignan.

El sacerdote vuelve por el pasillo, ahora todo el mundo está en silencio y puede oír la tela blanca y larga rozando el cuerpo que apura los pasos arruinando más la alfombra. Los pasos son muy grandes y la gente se aleja un poco, como si tuviera miedo. Quién será este hombre. Lois no repara en el disfraz, no puede ver más que a un hombre representando un papel en un teatro.

—El otro día…

La abuela vuelve a cerrar con fuerza la mano de Lois, que mira al hombre que está hablando y que tiene tanto poder sobre la gente de la parroquia. Mati reza mientras lo escucha y lo mira como si estuviera acostumbrada a verlo. Nadie parece percatarse de que es alguien singular, un cuerpo grande, una voz fuerte e intensa, una especie de cara atemporal, podría ser un pastor enfrentado al lobo sin necesidad de perro, pero también podría ser una especie de ladrón, más que ladrón un predicador, pero no, no es eso lo que parece cuando sale del atril y en vez de esconder la cara entre las manos estira los brazos imitando una cruz y mira al frente, justo al rayo de luz que entra y acaba en su pecho. ¿Es un efecto estudiado?, ¿una casualidad cósmica?, ¿o el dedo de Dios lo toca delante de todos para mostrar el milagro?

Los hombres se pasan la mano por la boca como si quisieran estirar la piel, pero sin más propósito que intentar apremiar al tiempo al que quieren pisar pateando el suelo con los pies o golpeándose las piernas con la gorra, pero ellas, una, dos, tres, cinco están de rodillas en la madera en la que Lois no podría aguantar ni un minuto, con los huesos doloridos piensa, mientras repiten por lo bajo alguna petición. ¿No son peticiones lo que mana de los milagros?

—Nuestro señor Jesucristo no sé si me ha traído aquí, a esta parroquia, para darme la experiencia soñada por cualquiera, pero el hecho es que ha abierto mi corazón. Celebramos hoy el día del Sagrado Corazón de Jesús, y lo que os puedo decir es que pongáis vuestro corazón en sus manos, que os entreguéis, que no hay un camino a medias en la entrega, que cuando el corazón se abre, empieza la vida, que nunca antes de ese momento, por muchas experiencias que se haya tenido, se puede decir que haya habido vida. La vida está en el corazón, abridlo, dejad que entre, después no hay nada más que ser, y veréis que la vida existía pero que nunca la habíais visto. Recoged vuestras manos y colocadlas en el centro de vuestro cuerpo para pedirle a nuestro señor Jesús que os abra el corazón.

Y todas las mujeres colocan las manos en el corazón y todos los hombres bajan la cabeza sin mover las manos, con miedo a moverse en realidad, y Mati, que con los ojos cerrados junta las manos en el corazón y dice mi señor, Dios mío, mi señor, Dios mío, saca una mano y busca la de su nieto para apretarla de nuevo. El sacerdote mantiene el silencio más de lo necesario, Lois comienza a sentir la incomodidad de lo que no está calculado, de lo que se encuentra en un lugar no buscado oyendo los bufidos de un hombre que está muy incómodo, que sigue dando golpes con la gorra contra las rodillas como si estuviera a punto de explotar, de aullar, de huir, que es lo que quiere hacer él, Lois. ¿Por qué no aguanta ese silencio en el que la mano de Mati lo obliga a estar como lo ha obligado a estar siempre hasta el día que se fue? Quédate, quédate, siempre era lo mismo. El silencio se mantiene, y su vida aparece ahí como en sueños, imágenes sueltas pero lejanas. Tiene una vida lejana con la que no puede identificarse, un ansia indefinida sin esquinas donde cobijarse, y se desasosiega, empieza a moverse como los hombres, a dar pequeños botes con el pie en el suelo, es demasiado el tiempo del silencio, todo tiene un límite, nunca ha visto una misa así, por qué tiene que parar ahora, antes de la comunión, el bufido del mismo hombre llega a parecerle una enfermedad, como si fuera a necesitar ayuda en cualquier momento y él sigue con las manos en el corazón igual que las mujeres. Por fin, alza las manos el sacerdote hacia el techo blanco recién pintado y reza:

—Padre nuestro, no queremos ser tibios, queremos llegar a cumplir nuestra verdad para crear una vida libre y limpia.

Un par de hombres se arrodillan, apocados.

—Estoy seguro de que el Señor está en este momento en cada uno de nosotros en presencia. Os ruego que volváis con alegría renovada a vuestras vidas. La bendición de nuestro Padre esté con todos vosotros.

El murmullo invade los bancos y las miradas buscan una solución, pero la gente va saliendo de la iglesia y la tela blanca que se roza a sí misma se desvanece por el hueco de la pared izquierda. Es cuando el murmullo se convierte en un bullicio incomprensible y apresurado mientras Mati, la abuela, sale digna y silenciosa agarrada del brazo de Lois. Cuando están fuera, al traspasar la entrada de piedra limpia de los carteles que siempre la llenaban con noticias de caridad o cursos de preparación a la comunión o al matrimonio y que ahora no tiene nada, al traspasar el frescor de la piedra y llegar a una luz que no pueden aguantar, es cuando las voces se mezclan con prisa, qué día, qué lástima, la alfombra, qué día, tanto pedir sol y ahora buscáis la sombra como locas, aún os vais a quedar pegadas a los bancos de la iglesia, venid para acá, ¿no veis que ya no hay más?, se acabó, ¿qué queríais?, ¿más misa?, si tenéis abierto el corazón qué carajo de misa vais a necesitar, ahí sí que estuvo fino el cura este del carajo.

Las mujeres se quitan las gafas oscuras, negras. Lois no tiene imágenes de viejas con gafas de sol, seguramente sea una recomendación del médico.

No hay quien pueda con el sol, ponte las gafas que te vas a quedar ciega. No podemos permitir que no nos dé la comunión. Te juro Matilde que he intentado estar atenta y hacer lo que decía, pero saltarse la comunión, yo no puedo asumir eso, hija. Cómo no vamos a comulgar el día del Sagrado Corazón. Yo no vuelvo tranquila a casa. Alguno suelta una risita mientras se encoge de hombros, ¿qué vamos a hacer con este cura del carajo? ¿No vais a pisar la alfombra?

Todos permanecen inquietos alrededor sin osar pisarla.

¿Y quién se va a atrever a pisarla si era para el santo? ¿Vas a pisar lo que haces para el santo? Niños, venid, coged las flores y tiradlas al aire, siempre será mejor que caigan como la lluvia. ¿Y nos vamos a marchar así, entonces, sin comunión? ¿Esto se puede considerar católico? Los pocos niños que habían ido a misa miran los dibujos que hacen las flores. Chicos, coged los pétalos y tiradlos al aire. Y una lluvia de colores que comienzan a secarse cae en las cabezas de todos ellos en un griterío de felicidad.

—¿No lo veis? —dice Matilde—. Es mucho mejor tirar al aire las flores que pisarlas. No tengáis miedo de cambiar nuestras costumbres. ¿No decíais siempre que los curas vivían como reyes? Id a ver cómo vive el padre Anxo. Id y después hablamos. Ahora tendremos que comer, ¿no? ¿No veis lo guapo que está Lois? Acaba de llegar de Estados Unidos para celebrar conmigo la fiesta. Eso sí que es un milagro, desde que llegó aquí el padre Anxo todo es posible.

Matilde se ha vuelto loca.

Es el primer comentario mientras las mujeres bajan la cuesta para terminar la comida. Sí, hija, es lo que contestan las mismas que habían repetido sé libre unos minutos antes. Vais a pensar que estoy loca, pero yo creo que está enamorada, es una barbaridad, pero ella está tan sola y el cura es tan guapo y se entienden tan bien, ella lee, él escribe, no sé, yo creo que no podría enamorarme a esta edad, pero otras más estudiadas, quién sabe. Dices unas cosas, contestan las otras, las que habían dicho sé libre, sé libre. Y callan el cuento.

El padre Anxo había llegado a San Xoán a principios de enero. En un coche amarillo, un fiat. Y los hombres que después se pasarían la mano por la boca como si quisieran estirar la piel con los discursos del cura lo miraban con distancia.

—¿Ese no es el coche al que los chicos le ponen tubos de escape, esos que rugen como leones? Mira, mira los faros de rally.

Tenía la barba larga hasta el pecho, gris, rizada, la cabeza rapada y tapada con una boina. Y una buena barriga.

—Igualito que un pastor.

—Que es cura lo dice él.

—Y nosotros nos lo creemos porque esa puerta que veis ahí tiene que estar abierta.

Siéntate hijo. Tenemos que hablar.

De lo que calienta, el sol no se ve, y la brisa tiene algo metálico y el atrio se queda vacío.

Delante de la puerta de la casa están solos Mati y Lois. La casa de Mati es como una prolongación del atrio, de hecho, tuvo que ser en algún momento una casa de la iglesia, pero esa familia, la familia política de Mati, vive ahí desde el siglo diecinueve.

Matilde abre todas las ventanas y deja que las cortinas vuelen con la brisa caliente que metaliza el aroma de las flores. Lois observa todos sus movimientos. Piensa que algo le ha pasado, que tiene una fuerza extraña, hasta parece más joven que su hija. Después de años de silencio, de tantas imágenes nuevas y distintas en su imaginación, había quedado una sombra de ella recorriendo la casa, moviendo muebles y cerrando puertas y ventanas como si quisiera evitar que entrara la lluvia, una lluvia que llamaba y llamaba golpeando los cristales. Y ahora se encuentra con un sol que quema, una luz casi hiriente y una mujer, cambió de abuela a mujer, que está abriendo las ventanas con una fuerza y una determinación que nunca había visto.

El teléfono suena en ese momento.

—Será Estela, siempre llega a destiempo, cógelo, estará preocupada.

El chico observa el cabello sano pero ya casi blanco de Mati, sin teñir, los brazos descubiertos ahora, después de la misa, brazos con arrugas pero musculados, los ojos azules ahora un poco más pequeños, puede ser, esperando una palabra, siempre espera algo de su hija, lleva años esperando algo y lleva los mismos años negando esa necesidad. Y con voz intencionadamente segura, cuando Lois cuelga el teléfono, pregunta:

—¿Está bien? ¿Sigue casada? ¿No ha cambiado de religión ni de ciudad?

El nieto afirma con la cara, sin hablar, no contesta más que con sonidos, no llega a crear frases, ni siquiera palabras inteligibles.

—Místicos, místicos. Sois unos místicos.

Y mientras va a comprobar el horno habla sola para ser escuchada.

—¿Es tan difícil contar algo? Aunque sea mentira, pero parecéis de monte, es imposible llegar a vosotros, ni montando un fin del mundo os sacaría una palabra. Este año conseguí un cabrito bastante pequeño.

—Estela está tomando unas vacaciones en Hawái —dice él.

—¿Tomando? Ya estás perdiendo la lengua. Allí está bien. Sentémonos a la mesa, que es nuestra comida de la fiesta grande.

El nieto piensa en decirle que Estela le manda un beso, pero le parece tan poco que no lo dice, es preferible no fingir. Queda con los ojos cerrados dejando que el aire acaricie su piel cuando Mati, volviendo a coger su mano, comienza un pequeño discurso que no llega a ser sermón y que tiene que ver con el tiempo.

—¿Qué hacer con el tiempo, que es quien lo acomoda todo? No creas que no me pensé mucho lo de llamarte. Cuántas noches pasé en blanco, qué será de él, y al fin pensé, ¿qué le puedo dejar? Ya sé que tengo buena salud y no soy tan vieja, bueno, ya sabes que no digo mi edad, pero el tiempo no perdona, ya me tiene metida en el grupo de los que se marchan en cualquier momento, mira Anunciada, me entró el miedo y esta casa es muy buena y no me importa lo que hagas con ella, pero, ¿quién te habla de lo importante de la vida? No digáis, pero Estela y tú no sabéis contar nada de vuestras vidas, nada, eso sólo puede querer decir que no sabéis nada. No sé cómo será ese sitio del que no sabéis contar nada, pero me da miedo. Así que gracias por venir, hijo, no será mucho tiempo y a mí me da la vida para vivir tranquila lo que me quede.

Lois no puede apartar los ojos de ella, escuchando cómo repite nada y abre la boca un poco más de lo normal, escuchando el discurso y pensando que el azul de los ojos ahora es gris y que son un poco más pequeños, pero sin señales graves de muerte. Lo que ve es una mujer renovada, pero no tiene derecho a mirarla así, de esa manera, con esa distancia. El discurso termina por falta de resonancia y queda a la espera de momentos mejores, puede que haya sido un poco precipitado, Mati sabe que siempre hay que esperar, que cada cosa tiene su tiempo.

—Bueno, vamos a comer, tenemos mucho tiempo por delante, estamos solos. Lo importante es que disfrutes de tus vacaciones.

Y suelta la mano de su nieto no sin antes dar dos toques contra la mesa para sentar lo que acaba de decir. Saca el cabrito del horno. Cabrito para dos, ¿no es demasiado para nosotros solos?, dice Lois. Y no contesta, pone la comida en la mesa. Vamos a celebrar como siempre. Lois no tiene ganas de comer algo pensado para muchos, no puede dejar de recordar las otras fiestas, cuando eran quince o veinte, qué ha sido de tanta gente, dónde ha quedado. Mientras Mati corta y sirve la mejor parte para él, viene la imagen de Anunciada bendiciendo la mesa, que de hoy en un año estemos todos aquí, un silencio, y todos pedían lo mismo como si estuvieran haciendo un pacto con el tiempo y cada uno traía a sus muertos a la mesa, y después el vino, las bromas, las risas, como si tuvieran permiso del día. ¿Por qué no está Anunciada?

—No quería darte un disgusto, pero murió el año pasado. Estuvo un año en la cama dándonos fuerzas a todos. Ella sí que no necesitaba del cura, ni abrir el corazón, ni nada. Nunca entenderé de dónde sale esa gente que ya nace enseñada. La echo mucho de menos. Es mejor no hablar de lo que no podemos comprender. Hay que recordarla como era, tan buena.

Hace un gesto de cubrirse el pecho con los brazos, como si fuera a acunarse, y suspira mirando el mantel.

—Preguntó mucho por ti. Yo, como no sabía nada, me inventé un Lois norteamericano lleno de alegría al lado de su madre y sacando las mejores notas de la universidad, además de tocar el piano como nadie. Le encantaba oír esas historias. Llegué a crear una novia y la hice hija de gallego allí, en los Estados Unidos, y eso la dejó muy tranquila.

Después de toda la novedad que estaba viviendo allá, en el otro mundo, en el mundo de verdad, se podría decir, Lois no encuentra nada que pueda superar la capacidad de locura de Mati y en realidad de todo el entorno. Había pensado muchas veces en lo que significaba ser gallego, de hecho, cada cosa que veía lo obligaba a pensar en qué era ser gallego y había llegado a la conclusión de que no tenían nada que los atase al mundo. Aquí tenía una prueba, ¿qué más da la verdad?, lo importante es, ¿qué?

—¿No te parece que habría sido mejor contarme lo que pasaba y que yo hubiese podido llamarla y hablarle?

—Pero ¿qué le ibas a contar, si yo veía que no tenías nada que contar? Ella pensaba que estabas consiguiendo una vida mejor, y estando mal lo importante era darle buenas noticias. Qué más da la verdad, cada uno de nosotros necesita lo que necesita.

Y Lois calla porque no puede traer su vida entera y ponerla sobre la mesa y presentar lo infeliz que le ha hecho la falta de verdad, las verdades a medias. Tiene siempre una especie de niebla transparente, pero densa, que lo separa de la realidad. Esa historia que no está ni estará, esa falta de una historia propia tiene más presencia que todo el pasado de su familia que Mati cuenta una y otra vez. Quién será mi padre, dónde estará, de quién es hijo, dónde nació, qué cuerpo tendrá. Por otra parte, no tiene tanto interés, pero el caso es que vive con esa niebla alrededor que no le deja ser natural. Anunciada era de verdad, no tiene más que recordar su carita de niña sin arrugas por algún milagro.

—No estoy bien. Tengo jet lag. Me voy a acostar.

Y con esa mentira cierra la discusión sobre la verdad consciente además de que Mati no sabe qué es el jet lag, aunque es suficientemente lista para intuir el significado y la mentira, las dos cosas.

Se va a la cama y cae para tener un sueño de esos de veinticuatro horas, como ya va siendo propio de la edad. El sol entra hasta chocar con la pared del fondo, dejando ver las partículas de polvo e iluminando todo lo que había dejado sobre la mesa tres años atrás: libros, bolígrafos, lápices, un cuaderno de dibujos, partituras. Se pone a pensar mirando hacia la inmensa magnolia llena de flores, qué temprano las flores, vuelve a pensar en lo extraño del tiempo, habían comido con las ventanas abiertas, el piar de los pájaros, el leve aroma a flores, los dos solos en una soledad plena, como si los acompañara el mundo, y no sabe cómo Mati ha sido capaz de crear eso. La dejó arrebujada en un abrigo oscuro con un taxi a la puerta del aeropuerto para devolverla a una casa alejada del mundo. La había dejado viuda, era la primera vez que la había visto viuda, como si no tuviera a nadie, desamparada, triste como una madre de tragedia, y había sido capaz de crear un hogar cálido, suave y lleno de vida. ¿Qué pasó durante este tiempo? ¿Qué fue de todo lo que había? Al hablar se había recogido las mangas de la blusa, tenía el cuerpo musculado, una piel demasiado fina, como si a partir de ahora fuera a envolverla pegada al hueso como una concha, y unos ojos más pequeños, pero no habían perdido aquel azul tan potente, capaces de fijar la mirada con más intensidad que cualquiera de las chicas que lo miran con intención. Y Anunciada murió sin que él supiera nada, hablaba desde su cama dando ánimos a todo el mundo mientras él cruzaba campos de hierba recién cortada y árboles centenarios para entrar en sitios llenos de gente para la que no era nadie. ¿De dónde eres? De España. Qué iba a decir, pero se sentía extraño diciendo España. De un lugar del norte de España. Con eso no tenía la sensación de mentir. Y al decir eso le venía justo la imagen de Anunciada bajo la lluvia, entraba en casa, dejaba un bizcocho, besaba y después se marchaba refugiada en el paraguas por el medio de la carretera. Lugar está bien, es una verdad, es un nombre bastante adecuado. ¿Dónde ha quedado Anunciada? ¿Se ha desvanecido? ¿Ya no existen los muertos? ¿Quién va a convocarlos con aquellos suspiros antes de comenzar la fiesta? No puede dejar de pensar en ese mundo perdido, en el taxi de camino desde el aeropuerto, la radio sacaba noticias del medio rural, medio rural, nada como poner nombres para matar todo lo que allí había, meter las tardes de juegos en el monte, las largas conversaciones en medio del silencio, la carretera siempre vacía, sin ser más que un escenario, al este o al oeste, mujeres sentadas en el banco y el este y el oeste al otro lado de las curvas sin llegar a existir, la verdad es que era la imagen de una ruptura con el tiempo que él no tenía, ninguno de su edad tenía, ellos jugaban, pero al llegar a las piernas de sus madres, o abuelas, para coger el balón y verlas allí, con el este y el oeste al otro lado de la curva, le venía esa sensación de eternidad horrible, venga, corre, bota, y botaba el balón como si no fuera él, sino un fantasma suyo, había cesado el tiempo y allí se habían quedado pudiendo ir de aquí para allá a su antojo, nuestro espacio, piensa que pensaba, no sabe si se lo inventa ahora que ya pasó, hijo ahora tenemos caballos, Mati le contaba en la cena las noticias, como siempre, observando su reacción, no salvajes, caballos, un picadero y unas asociaciones en el monte, ya sabes, ahora la gente que no sabe estar bien pide ayuda a las asociaciones, así que no pienses en cruzar la carretera como antes. Recorrer nuestro espacio tanto como quisiéramos, como deseáramos, sin amenazas, Mati colocándose su pañuelo sobre los hombros, venga Lois, jugad un ratito al fútbol, tenéis que volver un poco cansados a casa, ¿sabes? El inmenso perro del Mouco se levantaba para dejar jugar porque llevaba allí tumbado toda la tarde. Los perros bajando al trote por el medio de la carretera, y tomando el sol en medio de la carretera, una vaca que quedaba también bajaba a paso lento moviendo el rabo como si estuviera haciendo un baile por el medio de la carretera, y la otra que también quedaba esperaba por su dueño arrimada a la parada del coche de línea y en los bancos de piedra de la casa de Luz, tampoco la vio en misa, siempre trabajando, dispuesta a hacer cualquier cosa por cualquiera, cualquier cosa de verdad aguantando a seis o siete mujeres de palique delante de su casa y ella sólo con una frase de vez en cuando entrando y saliendo. Un día empezaba a llover y no se sabía cuándo podrían volver a estar delante de la casa de Luz. Por qué no harán soportales, sería lo normal con este clima. Será la falta de lógica del gallego, no podía evitar compararlo todo allí, en la distancia. Se sentía tan falto de lógica y echaba tanto de menos la falta de lógica, a veces subía las escaleras de la universidad y pensaba a qué nueva estructura tenía que adaptarse esta vez, en el comedor, go, go, go, ¿quién le da poder de mandar a un trabajador de cocina que lo único que tiene que hacer es llenar las bandejas de brotes de lo que sea, go, go, go, de dónde sacaba la gente ese tono para mandar a cualquiera que se le ponía delante? A veces se oía a una de las vacas bajando tan lenta por la carretera, la niebla no las dejaba ver y nadie pensaba en un coche, la lentitud de la vaca en la lentitud de la niebla, ¿las vacas? ¿Dónde vivirán? Ya sabes, ahora la gente que no sabe estar bien pide ayuda a las asociaciones, así que no pienses en cruzar la carretera como antes. Coches de gente de fuera, ya se había parado uno delante de la casa para preguntar si era la casa del cura. ¿Habría cogido fama? ¿Has traído, Estela, los libros de Lois? Me olvidé, pero puedo ir mañana a Pontevedra. Si los hubiese en Pontevedra no te los habría encargado. ¿Has traído, Estela, los libros de Lois? Había pasado una vez, o siempre, pero cada vez que pasaba tenía la misma fuerza que la primera, Estela derrumbada en el sillón, él, pequeño, veía y oía, y después toda la vida repitiendo la escena, una y otra vez, ¿has traído, Estela, los libros de Lois? Me olvidé, pero puedo ir mañana a Pontevedra. Si los hubiese en Pontevedra no te los habría encargado.

Abre los ojos, noche cerrada, una luz sobre una magnolia blanca, el blanco en mitad de la oscuridad, las sábanas suaves y blancas como si no hubiese sucedido nada, daría lo que fuese porque no hubiese sucedido nada, y cuando dice nada es nada. Lo siento mi amor, no pude llegar a tu cumpleaños pero estoy aquí para cenar. Estela siempre se acuclillaba para hablar con él. El pelo largo, negro, liso, los ojos grandes y negros, la sonrisa roja, abierta, con los hoyuelos en las mejillas, quedaba ablandado, ablandado como ahora. ¿Puedo usar el teléfono, madre? Y ya marcando y fumando y olvidándolos allí mismo, en el sillón que usaba también Mati para leer. ¿Y Estela? ¿Está bien casada?, ¿sigue con su trabajo? Allí tiene más aguante, ¿no? ¿Y contigo? Bien, bien, todo bien, todo igual, todo sigue su curso, todo tiene curso allá donde dice Mati que hay más aguante, lo que no aguanta cae al río y nadie te salva, y ella, Estela, está como si hubiese nacido allí mismo, en las praderas de Oklahoma, como si tuviese la historia de la conquista a sus espaldas, ese hombre a sus espaldas, un hombre sin peso, hi, Shel, morning, Shel. Shel living in a shell, inside, inside, what do you have inside so deep, guy?, le dice siempre con la copa de güisqui en la mano, como si fuera a curarlo todo con esa pregunta. WHAT DEEP THOUGHTS DO YOU HAVE? ¿De verdad lo quieres saber?, piensa Lois. Ahí está él, siempre igual, aguantando esas miradas que quieren saber cualquier cosa, no sabe qué, pero está claro que la gente necesita saber algo suyo para poder estar con él. Tiene la sensación de ser un animalillo, un animal de compañía al que tienen que cuidar. Y ella a su lado, Estela con otro vaso de guisqui, apoyada en la encimera de la cocina, Lois siempre ha sido introvertido. Estoy segura de que un año más aquí tirará de él. Ya te he dicho muchas veces que Galicia es un lugar difícil, mucha lluvia, y la gente, ay, perdonad la risa, la gente acaba por meterse en su shell, qué mezcla.

La risa de Estela hace que se levante de repente y abra la ventana. En seguida entra el olor de la famosa planta cuyo nombre nunca ha sabido, pero que tiene un perfume muy intenso, y mientras inhala empieza a oír el ritmo frenético de los grillos, que, aunque no tengan corazón, él puede visualizarlo latiendo y latiendo probablemente de pánico. Están comiéndose el tiempo, ¿cuánto vive un grillo?, no puede durar mucho, pero son los mismos grillos de siempre, los de cuando tenía su corazón al mismo ritmo y se quedaba así, escuchándolo al compás de los grillos para no llamar a Mati, tantos días sintiendo que faltaba alguien, aquella capa oscura que se presentaba todas las noches delante de la cama y apagaba la luz y la capa seguía allí, con menos presencia por la oscuridad, pero allí. Lo que era necesitar la presencia de otro, pensar que ellos, Mati y él, estaban solos por alguna extraña razón, que había alguien, algo, en otro sitio que tendría la explicación.

Vuelve a sentir la cama. Así estaba cuando era niño, arropado con las mismas sábanas, oliendo el perfume de la planta con flores de campanas, oliendo también el suavizante y sintiendo su corazón como el de un grillo. Toda la noche esperando a la adorada «hermana». Estela, ¿has traído los libros que te pedí para Lois? Ah, me olvidé la bolsa, estaban comprados, te lo juro, pero me olvidé la bolsa justo encima del mueble donde la había puesto para no olvidarme. Era lo único importante. Pero mañana cojo tu coche y voy a Pontevedra. Si los hubiese en Pontevedra no te los habría pedido, déjalo, parece mentira, para una sola cosa que te pido.

Si lo hubiese visto en San Francisco, él sabe que lo que más le habría gustado a Mati sería verlo por un agujero. La suavidad de las sábanas, el libro que le dejó encima de la mesa de noche le da ganas de huir, se siente colorado como si toda la humanidad hubiese podido ver por el agujero de Mati la noche anterior, o dos noches, o tres, o en otra vida, los grillos jadeando como si tuvieran miedo, él ya es un grillo más como cuando era niño, no han pasado ni dos días desde que llegó y ya está tan lejos como si hubiese sido un año, todo tan distinto, allá, un lugar tan oscuro, la chica sobre él, acostados en un suelo pisado, hasta restos de tierra que no parecía limpia, un lugar dejado, quienquiera que fuese el dueño ni siquiera había limpiado las paredes, una grasa fósil, mientras mira las sábanas blancas y bordadas piensa en el momento en el que él quería decir que tenía que coger un avión. Mati quiere ver por el agujero si toca el piano, nada más, no puede ni imaginar lo que podría ver por el agujero, esa es una distancia insalvable, cómo contar esto, ella, la chica que se sentaba en la ventana de la clase, desnuda, con la mitad del cuerpo tatuado y la otra mitad limpio, blanco, transparente, dulce, caliente, joven. Le gustaría estar con ella otra vez, con esa parte del cuerpo, pero el otro, cuando lo vio, así, a la luz del día, ella miraba por la ventana totalmente pegajosa de mugre, sin que se viese al otro lado más que una sombra, o un borrador de realidad, sin tener conciencia de lo que veía, con la mirada perdida, vacía. Le habría gustado decir voy a coger un avión, voy a ver a Mati, pero no podría entenderlo, no lo podría entender nunca, eso lo volvió loco, ella estaba allí desnuda, sin conciencia de estar desnuda, pero con conciencia de tener la mitad del cuerpo llena de cosas incomprensibles, dibujos sin referencias, me tengo que ir, y ella se rasca una parte del brazo teñido. Allí se quedó, sola, desnuda, sin mirada, sin tiempo, cuando tuviera frío se pondría la ropa sucia y saldría y se metería en su cuarto de estudiante y estudiaría algo para al día siguiente sentarse no en una silla, demasiado normal, sino en el alféizar de la ventana para sentir la mirada de malestar del profesor, y haría su examen y saldría otra vez y acabaría con otro distinto de él, quién sabe, cualquiera, porque todos eran iguales, eso le daba rabia, tanto tiempo siendo diferente, pero al final, el hecho de que iba a marcharse, pensando en volver, pero marcharse, le llevó a probar ese mundo que lo asqueaba. Tenía un brazo tan blanco y suave, y siempre allí, esperando a ser víctima, llévame, seré la víctima perfecta, siempre quieres descubrir lo que les pasó a las víctimas, aunque algo te diga no te metas, no entres ahí. Pensar, pensar en el momento en el que ella se hizo daño y quiso que él lo viera y lo vio y ahora lo siente como el grillo, igual que el grillo siente el mundo, aquí está en las sábanas blancas con los grillos que no se calman, como siempre, como si no hubiese pasado nada durante tres años. Y no pasó nada hasta la última noche, no podrá olvidarla, aún tenía demasiada sensibilidad, o era pequeño, era un niño pequeño, como le decía Estela, los mimos de Mati, ¿quién tiene en la vida los mimos de Mati?, y era verdad, era pequeño y menguó para meterse en la shell que detestaba, un país nuevo, una lengua nueva, Shel, un padre nuevo y desconocido y no padre, una madre nueva que era hermana, y no había pasado nada si lo comparas con asentir a ser el espectador de una mujer joven y guapa haciéndose daño. Todo por un poco de placer doloroso. Porque fue al percatarse de que no había víctima, que lo que había era moda, una costumbre, una imitación, que la parte blanca de la chica no podría entender ya que fuera a visitar a Mati porque no era más que el reverso estético de la parte tatuada, que la parte tatuada dominaba la situación, cuando todo se convirtió en más patético. Todo por un poco de placer doloroso, por algo diferente.

—Escucha, Mati, tenemos que hablar contigo.

Y no puede moverse cuando oye los pasos que se acercan a la puerta de entrada y después el timbre que hace resonar la casa. La voz de mujer parece la del pájaro perdido en el altar y algo le pide escuchar como cuando era niño, mientras piensa qué día es, qué hora es y quién tenía que venir, y después qué está haciendo con un argumento lógico en lugar de la famosa ilogicidad. ¿Entonces? ¿El mundo? ¿Entonces?, ¿no querrás saber qué es el mundo?

Escucha, Matilde, tenemos que hablar contigo. La verdad es que no entendemos qué está pasando, seguramente tú nos lo puedas explicar. Bueno, hija, yo lo único que puedo hacer es contaros lo que yo pienso, mi experiencia, pero estas son cosas de cada uno. Sí, cosas de cada uno, pero que al final o cumples o no cumples, ¿entiendes? No podemos estar así, sin saber si hacemos mal o hacemos bien. ¿Tú tienes la conciencia tranquila? Os puedo decir que nunca he estado tan segura como ahora de estar en el buen camino.

Lois está ya levantado, con la cara pegada a la puerta para oír mejor, es una necesidad de conocer a Mati de verdad. Claro, hija, es que tú tienes camino, ¿pero nosotros? Vosotros tenéis el mismo camino que yo, el de ser felices. ¿Sois felices? Estáis en el buen camino. Claro, no, no somos felices, vamos, yo soy feliz, pero no como para decirlo, así como tú, ¿entiendes? También pienso que vosotros habláis menos con el padre Anxo. Es que no confiesa, ¿cómo le vamos a hablar? Hablando, Sariña, que es mucho más, cómo diría, mucho más sano que confesar. No sé, tú no pecarás, pero yo, qué quieres que te diga, me quedaba muy tranquila con la absolución. Qué difícil es modernizar el campo. ¿El campo? Estas ideas aun no las han visto en las ciudades, qué me estás contando, Matilde, nosotras, sin estudios, teniendo que ser las primeras en catar la nueva religión, y que Dios me perdone por hablar así. De cualquier forma, qué hacemos aquí en la puerta, entrad y os doy un café. Nosotras hemos traído el bizcocho porque venimos decididas, llama al padre Anxo y que venga a tranquilizarnos.

Y mientras oye rozar el suelo con las sillas no sabe si salir y enfrentarse a tener que contar su vida, cosa que le van a pedir en cuanto lo vean. Y aún no ha girado el pomo cuando ellas ya están hablando.

—Lois, déjanos que veamos quién eres ahora. Y, por otra parte, tienes que ayudarnos, qué mejor que alguien joven y con una cabeza tan buena y que viene de fuera. Siéntate ahí y dinos qué te parece toda esta locura en la que Mati nos está metiendo.