Portada: Los placeres de la literatura latina. Pierre Grimal
Portadilla: Los placeres de la literatura latina. Pierre Grimal

 

Edición en formato digital: junio de 2021

 

Título original: La littérature latine

En cubierta: ilustración de © Look and Learn/Bridgeman Images

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Que sais-je?/Humensis,
La littérature latine, 1965

© De la traducción, Susana Prieto Mori

© Ediciones Siruela, S. A., 2021

 

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Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-18708-89-3

 

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

Introducción

 

Capítulo I La primera poesía

Capítulo II La formación de la prosa

Capítulo III La época de Cicerón

Capítulo IV La época augusta

Capítulo V La época de los rétores

Capítulo VI Los supervivientes

 

Conclusión

Bibliografía

Introducción

Podría entenderse por literatura latina el conjunto de obras con intención literaria escritas en latín. Pero esta definición es demasiado vasta y comprende, en realidad, diversas literaturas muy distintas entre sí. Porque el uso literario del latín, que comienza a afirmarse desde mediados del siglo III a. C., no ha cesado desde entonces. Existe una literatura latina moderna que continúa de forma directa la de los siglos precedentes, pero resulta evidente que no presenta las mismas características que la de la época de Cicerón o de Augusto. También es cierto que la literatura en lengua latina de inspiración cristiana es territorio aparte: sus fuentes, esencialmente orientales, y su propósito, que es la edificación o la conversión, la distinguen de la literatura «pagana», de talante muy distinto. Por último, una distinción final: dentro de la propia literatura antigua y «pagana» (preferiríamos, si no presentara otros inconvenientes, el término «laica»), conviene separar las obras compuestas entre el siglo III a. C. y el siglo III —o el IV, como mucho— de nuestra era. Durante este periodo, en efecto, se manifiestan posibilidades de renovación que más tarde desaparecerán; la tradición se halla ininterrumpida desde sus orígenes; las obras son directamente accesibles, si bien no a todo el mundo, al menos a quienes poseen una cultura rudimentaria. A partir de ese momento, se reconoce por ciertas señales que la literatura tiende a convertirse en algo académico para luego a atrofiarse, aunque esta atrofia no será completa hasta el siguiente periodo. Mientras sobrevive, en los autores, el sentimiento de pertenencia a una cultura «romana», puede admitirse que sigue existiendo una literatura latina, en el sentido en que aquí la entendemos.

Y es que esta literatura es esencialmente la de Roma, la Roma republicana y conquistadora, la Roma imperial y triunfante. El espíritu romano le insufla vida, celebra la gloria de quienes han llegado a ser, con mucho sacrificio, los amos del mundo; pero también se esfuerza por definir los valores fundamentales que subyacen a esa conquista; acompaña, y en ocasiones adelanta, al desarrollo de las mentes y contribuye a formar una civilización original, que fue la de Roma. Sería, por tanto, tentador llamarla «romana» en lugar de «latina», si este epíteto no pudiese también crear confusión. Sabemos que pocos autores, entre los que contribuyeron a darle forma, fueron romanos de Roma: son los súbditos o aliados quienes componen las primeras obras, y, paulatinamente, a medida que avanza la conquista, los nuevos habitantes de las provincias, que son los antiguos bárbaros, enriquecen la literatura de sus vencedores. Vemos así que esta literatura es en realidad fruto de una convergencia: entre un estado social y político y un estado lingüístico, entre la ciudad romana y la lengua latina. Lo que queremos captar y definir aquí es una literatura de lengua latina y de inspiración romana. Y es fácil comprender por qué solo pudo nacer cuando se cumplieron simultáneamente esas dos condiciones indispensables, y también por qué no pudo sobrevivir a la desaparición de una de las dos. Para nacer, necesitaba que Roma se afirmase como centro político con la fuerza suficiente y que la lengua latina adquiriese una flexibilidad y una riqueza idóneas. Para decaer, necesitó que el crepúsculo del Imperio y la pérdida de los valores tradicionales comprometiesen definitivamente su vigor.

 

 

 

 

A mediados del siglo III a. C., el mundo griego se encuentra en el apogeo de la civilización helenística. La época de los sucesores directos de Alejandro (los diádocos) ha terminado hace unos cincuenta años, los reyes de la segunda generación han afianzado sólidamente su dominio, el helenismo se ha extendido por las regiones interiores de Asia, la cultura griega, ampliada, separada también de lo que antiguamente la unía a la ciudad, se impone como el tipo del ideal humano por antonomasia. Y, en esta cultura cuya influencia llega hasta el oeste del Mediterráneo, hasta la misma Italia, con las colonias de la Magna Grecia, con Siracusa, próspera y magnífica bajo Hierón II, con las colonias más remotas agrupadas en torno a Massalia (Marsella), la literatura sigue siendo un elemento esencial. Por una parte conserva, con las obras del helenismo clásico, el tesoro común de poetas, filósofos e historiadores. Pero no solo se vuelve hacia el pasado: los poetas contemporáneos tratan de renovar la creación literaria y lo consiguen con lo que en la actualidad llamamos la literatura «alejandrina» (porque se desarrolló en torno a Alejandría, la capital de los ptolemaicos). Calímaco, el mayor poeta alejandrino, representa por excelencia esta nueva estética de una poesía erudita, de forma perfecta, que prefiere las obras breves a los largos poemas y utiliza como tema los mitos tradicionales en sus variantes más peculiares. Junto a él, Teócrito, siciliano de nacimiento, otorga dignidad literaria al género popular del canto «bucólico» y transforma esas improvisaciones de pastores y boyeros en preciadas miniaturas. Tercer gran nombre, por último, de esta escuela alejandrina: Apolonio de Rodas, que escribe una larga epopeya sobre Jasón y sus compañeros. Sus Argonautas ejercerán, dos siglos más tarde, una influencia innegable en la Eneida. Por otra parte, el teatro sigue lleno de vida. No hay ciudad griega que no tenga su teatro, donde generalmente se representan las grandes obras del repertorio (especialmente las de Eurípides), modificándolas para adaptarlas al gusto de los tiempos: se conservan los diálogos, pero se sustituye el coro por cantos que no tienen ya nada que ver con la acción. El espectáculo y el montaje están más desarrollados que antaño y las nuevas obras de los poetas siguen estas tendencias.

El propósito de la literatura helenística es la exaltación de los dioses y, a través de ellos, de los nuevos «héroes» que dirigen el mundo. En Alejandría se canta a los ptolemaicos, en otros lugares a Antígono Gónatas, cuyas victorias también ensalzan los escultores (como el que esculpió la Victoria de Samotracia). La tradición homérica, perpetuada en la época clásica por los epinicios de Píndaro, sigue inspirando lo que a veces llamamos literatura cortesana, cuyo ejemplo más logrado es La cabellera de Berenice, compuesta por Calímaco. Esta constante preocupación por la gloria inspirará igualmente a los primeros poetas romanos, que en cierta medida también serán «helenísticos», si no «alejandrinos» en el estricto sentido de la palabra.

A mediados del siglo III, Roma concluye victoriosa su primera guerra contra Cartago. La potencia púnica —que hasta entonces ocupaba celosamente la cuenca occidental del Mediterráneo y limitaba hacia el este la expansión del helenismo— se ve debilitada y debe retroceder, dejando a merced de Roma la zona del mar Tirreno, y en manos de los foceos, aliados de Roma, la de Liguria y la España septentrional. Aunque su parentesco con las ciudades y los pueblos helenos se deja sentir desde hace largo tiempo (el primer testimonio cierto es el de Aristóteles, aproximadamente un siglo antes, pero la tradición es sin duda más antigua y sostiene que Roma pertenece al grupo de ciudades cuya fundación se vincula a los «Regresos» de los combatientes de Troya)1, Roma no va a permitir la renovación de la influencia política de los griegos en Occidente, aunque sí a favorecer —en ocasiones de forma inadvertida, en otras mediante una acción consciente— la expansión de su cultura por el interior de sus propios dominios. El nacimiento de una literatura en lengua latina dará fe en primer lugar de esta simbiosis. Bien es cierto que la literatura latina es hija de la literatura griega, pero, en nuestra opinión, no comienza siendo una simple copia torpe, escolar, de las obras helénicas; para satisfacer las necesidades espirituales propias de Roma, sus obras trasponen menos la materia que la función de aquellas que los romanos veían vivir dentro del mundo griego. De este modo se crean epopeyas, un teatro trágico, que tienden a conservar para Roma un pasado mítico; también se desarrolla la comedia en torno a los valores morales y sociales como llevaba tres cuartos de siglo haciendo, en Grecia, la Comedia Nueva. La prosa —la de historiadores, legisladores, juristas, oradores— se integra igualmente en la vida espiritual de la ciudad, sin que la imitación de los grandes prosistas griegos sea una esclavitud esterilizadora, bien al contrario. Sería vano tratar de oponer una Grecia creadora a una Roma limitada a imitarla servilmente: la creación prosigue, de un dominio al otro, y solo la anterioridad de la literatura griega puede explicar que la de Roma se desarrollase tan deprisa, como si hubiera tomado un atajo hacia su perfección.

 

 

 

 

 

 

 

 

1 Los textos se encuentran en J. Perret, La légende troyenne de Rome, París, 1942, y el conjunto del problema de los Regresos, en la leyenda italiana en J. Bérard, La colonisation grecque..., París, 1957.