ENSAYOS I
Lydia Davis
Este libro surgió con bastante naturalidad: pensé que era hora de recopilar los textos de no ficción que había tenido la oportunidad de escribir a lo largo de las décadas y reunirlos en un solo volumen. Como no eran para nada escasos, tuve que decidir si hacer un solo tomo, grueso, o dos más razonables. Pedí opiniones y conté votos, sopesé los pros y los contras, y, al final, me decidí por hacer dos. Así reflejaría, en cierta medida, dos de las ocupaciones principales de mi vida: la escritura y la traducción. Este es el primer tomo.
En este libro, Lydia Davis recuerda a los escritores que influyeron tempranamente en su escritura, declara cuáles son sus cinco cuentos favoritos y analiza la obra de aquellos que la interpelaron, por diferentes motivos, a lo largo de los años: Lucia Berlin, Gustave Flaubert, Rae Armantrout, Jane Bowles, entre otros. También se detiene en las artes visuales, y reflexiona sobre la obra de Joan Mitchell y de Alan Cote e indaga en las primeras fotografías de viajes.
Finalmente, con absoluta generosidad, aborda la escritura desde su propia práctica: así comparte diferentes versiones de un mismo texto y elabora un ensayo imprescindible con treinta recomendaciones para una buena rutina de escritura.
“Aguda, hábil, irónica, sobria y constantemente sorprendente”. Joyce Carol Oates
“Una escritora atrevida, excitantemente inteligente y, a menudo, muy divertida”. Ali Smith
Ensayos I
LYDIA DAVIS
Traducción de Eleonora González Capria

LYDIA DAVIS
Nació en Massachusetts, Estados Unidos, en 1947. Es novelista, ensayista y traductora. Es considerada una de las escritoras estadounidenses más originales de la actualidad. Publicó una novela y varias colecciones de cuentos, entre las que se destacan The Thirteenth Woman and Other Stories (1976), Break It Down (1986, finalista del PEN/ Hemingway Award), Varieties of Disturbance (2007, finalista del National Book Award) y Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2014; con traducción de Inés Garland). En 2009 se publicaron sus Cuentos completos. En 2013 fue la ganadora del Man Booker International Prize y recibió distinciones de la American Academy of Arts and Letters y de la Philolexian Society de la Universidad de Columbia. Desde el 2005 es miembro de la American Academy of Arts and Sciences.
Foto: © Theo Cote
Davis, Lydia
Ensayos I / Lydia Davis. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Eterna Cadencia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Eleonora González Capria.
ISBN 978-987-712-230-5
1. Ensayo Literario. I. González Capria, Eleonora, trad. II. Título.
CDD 814
Essays One © 2019 by Lydia Davis
© 2021, ETERNA CADENCIA S.R.L.
© 2021, Eleonora González Capria, de la traducción
Primera edición: mayo de 2021
Primera edición digital: junio de 2021
Publicado por ETERNA CADENCIA EDITORA
Honduras 5582 (C1414BND) Buenos Aires
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ISBN 978-987-712-230-5
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Conversión a formato digital Libresque
Ficciones barrocas
Borges y los clásicos
Carlos Gamerro
Paisajes en movimiento
Gustavo Guerrero
Lento en la sombra
Peter Handke
Teoría de la prosa
Las tres vanguardias
La forma inicial
Ricardo Piglia
Roland Barthes por Roland Barthes
Roland Barthes
A ver qué se puede hacer
Lorrie Moore
Escritos críticos y afines
James Joyce
Una intimidad inofensiva
Tamara Kamenszain

Les Bluets (1973, 280,7 × 579,8 cm).
“Gubernatorial” [“gubernativo”]: aunque nunca la he usado en un relato, y probablemente nunca lo haga, esta palabra siempre me ha divertido y fascinado debido a su extraña divergencia del sustantivo, “governor” [“gobernador”]. ¿Por qué el sustantivo y el adjetivo se desarrollaron en diferentes direcciones? En realidad, el adjetivo está más cerca del origen de ambos, que eran los términos latinos gubernator, “gobernador”, y gubernare, “conducir”. El significado original y principal de “gobernar” era “conducir”. De hecho, hay una palabra marítima en francés, gouvernail, que refiere a la “limera” o a la “pala” del timón, es decir, a lo que se necesita para conducir un barco. El gubernator del latín evolucionó hasta convertirse en gouverneur en francés antiguo y en “gobernador” en español, que mantiene la “b” original: el gobernador es quien conduce el metafórico barco del Estado. (A su vez, el latín también dio lugar al “gobernador” del español, que conserva la b, y al “governatore” del italiano).
Pero, por supuesto, todo se complica, como siempre sucede en la historia de la lengua: la palabra inglesa “gubernator”, que significa “gobernante”, también estaba en uso desde 1520, aunque era poco común, al igual que “gubernatrix”, con la cual se designaba a la mujer gobernante. Desapareció “gubernator” y permaneció “governor”. No sé por qué el adjetivo no evolucionó igual que el sustantivo. ¿Por qué no se convirtió en “governatorial” o “governorial”? ¿Simplemente porque no se usaba con tanta frecuencia?
Siempre me ha gustado pronunciar “gubernatorial” como si su sonido más bien crudo, que tiene dos oclusivas sonoras, ocultara a su primo más elegante, más delicado y más sedoso, “govern”. En inglés, “gubernatorial” se acerca más al español y “governor”, al italiano. Durante la presidencia de Jimmy Carter, exgobernador de Georgia, en Estados Unidos se habló mucho de su asociación con el maní (conocido, en el habla coloquial, como “goober”) y su cultivo; por lo tanto, “goober-natorial”, tal como se aplicaba a la oficina del gobernador del estado de los maníes, era doblemente apropiado.
2011
Este libro surgió con bastante naturalidad: pensé que era hora de recopilar los textos de no ficción que había tenido la oportunidad de escribir a lo largo de las décadas y reunirlos en un solo volumen. Como no eran para nada escasos, tuve que decidir si hacer un solo tomo, grueso, o dos más razonables. Pedí opiniones y conté votos, sopesé los pros y los contras, y, al final, me decidí por hacer dos. Así, reflejaría, en cierta medida, dos de las ocupaciones principales de mi vida: la escritura y la traducción. Este es el primer tomo. El segundo estará dedicado, en su mayoría, a la traducción y a la experiencia de leer en otros idiomas.
Lo que he recopilado aquí son ensayos, comentarios, reseñas, prefacios, observaciones, análisis y varias conferencias. El tema que predomina es la escritura, como es inevitable, pero la traducción también aparece de vez en cuando, al igual que las artes visuales, la escritura de la historia, la figura de Jesús, las memorias y la memoria. Los primeros textos son de fines de la década de 1970 y comienzos de la de 1980, mientras que los últimos son del año pasado o el anterior. Varían en longitud: desde mis recomendaciones sobre los buenos hábitos de escritura, que son largas, digresivas y están cargadas de ejemplos, hasta una entrada sobre la palabra “gubernatorial” [“gubernativo”] y una página donde enumero mis cinco cuentos favoritos.
Al leer y preparar esta selección, a veces decidí introducir pequeños cambios: revisar cuestiones estilísticas puntuales o, en un par de casos, fusionar dos textos. Lo que había sido una pregunta teórica antes de comenzar a preparar la selección (¿corregiré los textos ya publicados o no?) encontró de inmediato una respuesta cuando me puse a leer, dado que, aunque la mayoría de los textos publicados habían sido revisados exhaustivamente y en detalle, no podía dejar intactas las cosas que me molestaban, ni siquiera en lo más mínimo. Me sentí libre, por ejemplo, de modificar “tienen carriles de tranvía” por “hay carriles de tranvía que los atraviesan”, si me gustaba más, o de reemplazar un título simple y descriptivo por otro que me resultara más interesante.
También me había preguntado si conservaría las opiniones con las que ya no estaba de acuerdo. Sin embargo, me di cuenta de que, en general, no estaba en desacuerdo con lo que había escrito años antes, ya fueran dos o cuarenta y tantos. Solo en una oportunidad, en la reseña de un libro traducido, criticaba más la traducción de lo que lo haría ahora, pero no he incluido esa reseña por otras razones (si bien el autor era y es muy interesante: recomiendo encarecidamente las novelas de Jean Giono, escritor del sur de Francia).
2019
Los libros de Thomas Pynchon que me vienen a la mente hoy son los menores, los primeros: La subasta del lote 49 y Un lento aprendizaje, la colección de cuentos que escribió cuando era muy joven, cuatro de ellos cuando todavía estaba en la universidad. Tengo curiosidad por ver cómo escribía, en particular en sus inicios, imbuido de raíz en las influencias y con esa sensación embriagadora de dominar la lengua que experimenta un universitario inteligente. Todos esos cuentos se publicaron en revistas (uno en The Kenyon Review y otro en The Saturday Evening Post), y sin duda era un escritor muy bueno para su edad. Las historias están bien organizadas; los personajes están presentes, aunque no del todo acabados ni muy empáticos; los detalles son creíbles; y el vocabulario rico, variado y bien utilizado. En su mayoría, los personajes son hombres y niños, con apariciones ocasionales de personajes secundarios femeninos como “estudiantes”, madres, “chicas” y “preciosuras de pelo castaño”. Las situaciones de varios de los cuentos se basan en la vida en el ejército y la armada, mientras que el último trata sobre una banda de chicos que hacen bromas en la escuela. El lenguaje tiene cierta crudeza informal: “de cuarta”, etc. También aparecen los tics de un escritor joven, como el uso excesivo de verbos explicativos en los diálogos (cosa que también se traslada a La subasta: “recordó Edipa”, “dijo Di Presso, mirándolo de reojo”, “concedió Di Presso”, “explicó Metzger”), y hay adjetivaciones y descripciones muy logradas (“Hablaba con un acento preciso y seco de Beacon Hill”), nombres extravagantes y diálogos sintéticos (“Se acercó a donde comía Picnic y le dijo: ‘Adivina qué’. ‘Me imaginaba’, dijo Picnic”).
Lo interesante es la compleja posición del autor/narrador respecto del libro, los personajes, la lengua y el lector en esta etapa de la carrera de Pynchon. En ambos libros, opera del modo tradicional: el autor adopta la máscara del narrador (en tercera persona omnisciente) para relatar con un tono y un léxico determinados los sucesos que les ocurren a una serie de personajes. En los cuentos, el autor/narrador permanece, ante todo, en segundo plano: su singularidad estilística pasa más desapercibida y sigue viva la ilusión de que se trata de una realidad familiar aunque alternativa. En cambio, en La subasta del lote 49 aparece más en primer plano, y somos conscientes todo el tiempo del narrador perspicaz y, a través o detrás de él, del autor lúdico, en parte debido a la diestra combinación de palabras muy cultas (“pasillo anular”, “pasillos radiales”, “mohín”) con referencias de la cultura pop (Road Runner), y en especial por los ingeniosos juegos de palabras que inventa al ponerles nombre a los personajes: entendemos que no se espera que le creamos a una mujer llamada Edipa Maas ni a un hombre llamado Stanley Koteks, y dejamos de prestarle atención a la historia para detenernos en el artificio y artífice. Lo que comparten los dos libros es la sensación de que el autor controla muy de cerca a los personajes, la lengua, el libro y probablemente también al lector. A veces, logra el control mediante su dominio de un estilo de prosa o gracias a alguna idea seductora (“Chirriantes, resonantes o como huellas de rayas oscuras hechas por zapatillas y grabadas sobre una delgada capa de humedad, los pasos de la Junta se adentraron en la casa del rey Yrjö, pasaron ante unos espejos trumeau que les devolvían sus imágenes oscuras y desdibujadas, como si se guardaran una parte a modo de costo de entrada”): he aquí el control por persuasión. A veces, por otro lado, el joven autor desborda la elocuencia y termina apelando al exceso de elocuencia, hasta desplegar un poder sobre la mismísima lengua que quizás roza el control por coerción.
Elegí leer las historias antes que la introducción del propio Pynchon (más allá de las primeras oraciones, que explican cuántos años tienen los cuentos: ya más de veinte cuando se recopilaron, y de esa publicación hace otros veinte, por lo que estamos hablando de textos de mucho tiempo atrás). La introducción es bastante extensa y podría condicionar nuestra reacción a los cuentos si la leemos primero, como tal vez sea la intención. De hecho, como hay una introducción tan larga, en este libro el autor se presenta explícitamente en primer plano e implícitamente en segundo plano, tras la máscara del narrador. Frente a la pregunta por el predominio de los personajes masculinos en las historias, donde hay hombres de acciones contundentes y mujeres en su mayoría decorativas o útiles para los hombres (la estudiante que sirve comida, la bailarina de ballet con los dedos de los pies congelados), algo que tiende a excluir o intimidar incluso al público femenino más comprensivo, el propio Pynchon se explica en parte al enumerar algunas de sus influencias de esa época, marcadamente masculinas: Eliot, Hemingway, Kerouac, Saul Bellow, Herbert Gold, Philip Roth, Norman Mailer.
Si buscamos algo más que mera capacidad o incluso pericia en estas historias tempranas, si buscamos la experiencia reciente o la imagen trascendente que promete el futuro del joven escritor, se nos recompensa muy seguido, como con esta imagen de la última historia de la colección: “La integración secreta”: “Cada parcela medía solo quince metros por treinta, ni cerca del tamaño de las propiedades de la Edad de Oro, que eran auténticas y rodeaban el casco antiguo como las criaturas en los sueños rodean tu cama”.
Un espécimen muy interesante de esta primera etapa, “La integración secreta” se publicó por primera vez en The Saturday Evening Post hace más de cuarenta años (un año después de la aparición de V.) y coloca a esa pandilla de bromistas escolares en un escenario rico en posibilidades para la imaginación infantil: la ciudad vieja con urbanizaciones nuevas, la extensa finca con una mansión abandonada, el paisaje natural abierto a la exploración, el centro que incluye un hotel de mala muerte. En una escena descripta con maestría, los chicos bajan en bicicleta por una larga colina a primera hora de la tarde, camino al hotel, “dejando atrás los deberes, dos páginas de ejercicios de aritmética y un capítulo del libro de ciencias”, así como “una película de cuarta, una de esas comedias románticas” que dan en la tele. Como en la ciudad los televisores sintonizan un solo canal, mientras van a la carrera los chicos pueden seguir el progreso de la película de casa en casa, a través de puertas y ventanas “todavía abiertas para recibir el primer frescor de la oscuridad”, a medida que avanza.
En su introducción a Un lento aprendizaje, Pynchon menciona con cierta timidez que este relato le gusta más de lo que le disgusta. De hecho, tanto gusta que hasta nos causa envidia la complicidad entre la banda de chicos y los campos, arroyos, esquinas y callejones donde juegan. La colaboración y distribución de tareas es encantadora: desarrollan un arsenal para sabotear el ferrocarril, reclutan a los estudiantes descontentos del primer curso para destruir la letrina de varones, se infiltran en las reuniones de la Asociación de Padres y Maestros. La complejidad de sus intrigas es impresionante, al igual que algunos de sus logros, y resulta particularmente ocurrente cómo cobra vida el personaje central, Grover, el adolescente prodigio, con su enorme vocabulario, su caudal de información y sus desplantes humorísticos.
Las bromas pesadas que maquinan podrían ser devastadoras para la comunidad; sin embargo, como Pynchon nos deja saber, los chicos nunca darían “un paso claro ni irreversible” porque “todos los que estaban en la junta escolar, el ferrocarril, la Asociación de Padres y Maestros y la fábrica de papel debían ser la madre o el padre de alguien, ya fuera realmente o como miembros de una categoría; y había un momento en que recurrían mecánicamente a ellos, en busca de calidez, protección, remedios contra las pesadillas o por un golpe en la cabeza o por soledad, y cuando ese reflejo ganaba, volvía imposible cualquier ira en su contra que valiera la pena”. Hay una humanidad lírica y serena en este relato, una dulzura casi desprovista de remordimiento, acogedora e inclusiva, muy alejada del pesimismo complejo y denso, de la fanfarronería de las novelas posteriores, en las que tal vez sea más difícil para los personajes volver a casa y encontrar consuelo al final del día.
2005

Aviary (Parrot Music Box)
(ca. 1945, 47,3 × 41,1 × 12,7 cm).
Así como en Bretaña no existe una única versión de la cofia de encaje, sino más bien distintos modelos, tampoco existe un único traje nacional holandés, a pesar de lo que podamos creer al mirar las ilustraciones que adornan las latas de galletas o la ropa de las muñecas holandesas. A partir de los siglos XVI y XVII, cada región de los Países Bajos (y a veces cada isla o incluso cada aldea) desarrolló su propia vestimenta típica: un pequeño gorro blanco ajustado por aquí, una gran gorro negro con alas por allá; un delantal de rayas por aquí, medias negras el domingo por allá; collares de coral de varias vueltas en muchas zonas del país, pero no en todas. En el siglo XIX, cuando Holanda pasó de ser un puñado de provincias unidas bajo un gobierno central a una sola entidad unificada, los trajes tradicionales, en respuesta a la amenaza de pérdida de la identidad, se volvieron aún más individuales y más particulares a nivel local.
Parece que el relativo aislamiento de las distintas comunidades influyó en el desarrollo de la vestimenta típica. Muchas de las comunidades del área costera se establecieron originalmente en islas que solo más tarde se unieron al continente a través de la incesante recuperación de tierras que ha sido fundamental en la formación de los Países Bajos. El aislamiento sumado a las exigencias del clima y del trabajo (la agricultura y la pesca en el caso de los hombres, el cuidado del hogar y la venta en los mercados en el caso de las mujeres) llevó a que se perfeccionaran ciertas prendas, como los pantalones amplios e impermeables, hechos de lana gruesa, para los hombres, las faldas abrigadas con múltiples enaguas para las mujeres, las gorras infaltables para mantener caliente la cabeza y los zuecos de madera. Los grupos religiosos que vivían en una misma región comenzaron a diferenciarse gracias a la vestimenta, al igual que, en Estados Unidos, las comunidades amish y huterita continúan vistiendo sus trajes característicos. El ocio obligado en invierno y el tiempo tormentoso bien pueden haber favorecido la evolución de la recargada ornamentación distintiva de algunos trajes, por ejemplo, el canesú bordado o las incontables piezas de encaje que “caen” de un voluminoso tocado. Otro elemento de los trajes era la exhibición de riquezas: monedas de plata en las chaquetas o pantalones de los hombres, joyas en las gorras de las mujeres.
Mercado en Middleburg, Zelanda. En primer plano, se observa a las visleteursters, las vendedoras ambulantes de pescado, de la aldea de Arnemuiden; en segundo plano, a los compradores; en tercer plano, los puestos del mercado frente al famoso stadhuis o ayuntamiento.
Por ejemplo, Volendam, al noreste de Ámsterdam, y la península cercana, Marken, que alguna vez fue una isla, están cerca geográficamente, pero las religiones predominantes y los trajes tradicionales de estos dos lugares no se parecen. El sombrero blanco de visera y alas hacia arriba, tantas veces repetido en las ilustraciones holandesas exportadas que podríamos confundirlo con el tocado nacional, se usa solo en Volendam, mientras que las gorras redondas que aparecen en la foto de la página 349, donde se ve un grupo de niñas que camina junto al agua, y los calzones anchos hasta las rodillas del chico solitario que las sigue se usan en Marken.
Está disponible en línea una tabulación fascinante de la supervivencia de la vestimenta típica en los Países Bajos, realizada hace más de quince años: se detalla el número de hombres y mujeres que todavía usan trajes tradicionales durante todo el año en veintiún lugares diferentes, así como la edad de los más jóvenes; si el traje se ha dejado de usar, se incluye el año en que desapareció y, a menudo, el nombre y la edad de la última persona que lo llevó (el draagster, en neerlandés). En algunas regiones, en 2003, solo un puñado de personas seguían vistiendo la ropa típica; en otros, cientos. Seguramente haya menos ahora, y quienes la usen sean aún mayores, por supuesto: en las fotografías familiares neerlandesas del siglo XX, es común ver a la mayoría de los integrantes en atuendos contemporáneos y a la generación más vieja, a menudo una sola mujer, vistiendo el traje tradicional.
Cabe agregar que la vestimenta típica se usaba ante todo entre la clase trabajadora, en general los pescadores, agricultores y sus familias, y resultaba más frecuente en el campo que en la ciudad. Nicole, que tiene una librería cerca de mi casa y cada tanto me sirve de informante sobre todo lo relativo a su país, creció en una pujante ciudad cerca de La Haya. Me cuenta que su bisabuela, nacida a fines de la década de 1870, nunca hubiera soñado con usar el traje regional tradicional, sino que durante sus décadas de viuda y hasta que murió en 1959, aparecía a diario con un sencillo vestido largo negro de cuello blanco y con un broche en la garganta.
Fue un hecho fortuito el que me llevó a interesarme un día por la cultura y la historia de los Países Bajos: en Ámsterdam, tras una conversación con un amigo, decidí intentar traducir algunos textos muy breves del neerlandés. Durante los años siguientes, mientras avanzaba con esas traducciones, aprendí a leer textos en neerlandés básico y también fui aprendiendo más sobre los Países Bajos, aunque tengo grandes lagunas.
Luego, varios años después, fui a visitar a dos viejos amigos de Filadelfia, y una noche mientras hablábamos sobre mis traducciones del neerlandés, Francie sacó una computadora portátil y me mostró varias fotos antiguas que un antepasado suyo había tomado en Holanda. Me quedé fascinada. No recordaba haber visto fotos de época de los Países Bajos donde se retrataran a personas comunes y corrientes con sus trajes locales, trabajando o jugando. De repente, pasé de las representaciones estilizadas, repetidas hasta el cansancio, de las simpáticas figuras holandesas a la realidad laboral cotidiana de ese pequeño país, densamente poblado y complejo, con su rica historia. Es cierto, a veces las fotos muestran las mismas cosas que se ven en esas imágenes estilizadas (como las cofias, los vestidos largos, los delantales y los chales de las mujeres, o los sombreros de ala ancha de los hombres, los zuecos de madera y los barcos en los canales), pero en ese contexto la vestimenta tradicional era parte de la vida cotidiana: se veía a las mujeres regresando de la iglesia, a los niños jugando con veleros de juguete en un canal, a las vendedoras ofreciendo pescado fresco en el mercado. La vida cotidiana transcurría y los viajeros estadounidenses que la presenciaron capturaron las imágenes con su cámara.
¿Quién había tomado esas fotos, que tienen, en muchos casos, composiciones tan armoniosas? Al principio, Francie no conseguía recordarlo, pero de pronto se acordó: su tatarabuelo, Theo Shaw, y su esposa, Sarah van Doren Shaw. Theo era un comerciante de buen pasar que vendía alimentos secos en Chicago; Sarah, una pintora de acuarelas. Eran viajeros apasionados, pero había dos razones particulares para visitar los Países Bajos: Sarah tenía ascendencia holandesa, de Nueva Ámsterdam, y soñaba con pintar escenas de ese país.
Lo que nos quedaba por averiguar era cuándo se habían tomado las fotos y en qué lugar exacto.
Los trajes tradicionales, por supuesto, son una de las primeras cosas que llamaron la atención del turista y fotógrafo, y que ahora hipnotizan al espectador moderno; es lo exótico lo que ansiamos, en la monotonía de nuestras propias vidas. También son los trajes los que ayudan a localizar las fotos: dado que las prendas caracterizan un área no muy extensa, si logramos identificarlas, entonces sabremos dónde se sacaron las fotos. Pero que hayan sobrevivido con escasos cambios incluso hasta la contemporaneidad significa, al mismo tiempo, que no nos servirán para establecer si las fotos pertenecen a la década de 1890, como pensé al comienzo, o a principios de la década de 1900, como resulta más probable. Solo la ropa “moderna” y cosmopolita, con sus modas cambiantes, puede fechar las fotos con mayor precisión cuando está presente.
Sin embargo, las fechas posibles están acotadas por varios hechos inmutables: el tipo de cámara que probablemente se usó, según descubrí, fabricada entre 1896 y 1904; el formato de las fotos, que vio la luz en 1903; y la muerte de Theo, que ocurrió en 1906.
Creí dar con otra buena pista: la foto del mercado de Middelburg muestra el amplio stadhuis del siglo XVI a la distancia, al otro lado de la plaza, una estructura de profusa ornamentación con un techo largo y empinado que tiene capacidad para no menos de tres hileras de buhardillas. Como en la sección de la izquierda hay andamios, se me ocurrió que las fechas de la restauración podrían ayudarme a determinar el período en el que se tomó la foto. Pero varias preguntas al archivero del stadhuis me revelaron que el edificio tenía andamios casi siempre, ya fuera en una sección u otra. Sin embargo, el archivero contempló la imagen y, al menos, estuvo de acuerdo con mi hipótesis de que databa de principios del siglo XX.
Gracias a un amigo belga que de niño solía visitar el mercado, también descubrí que el edificio y la ciudad hace largo tiempo son un destino turístico bastante popular. Entonces entendí lo que debería haber sido obvio de inmediato: quizás nuestros amigos estadounidenses, los Shaw, recorrían solo los lugares más conocidos de Holanda, en lugar de buscar sitios menos concurridos. Tal vez esa información serviría para identificar los sitios puntuales donde se tomaron las fotos.
Tuve el primer indicio cuando investigué un poco sobre los tocados que se usaban en una de las primeras fotos que me mostró Francie: las niñas que caminaban junto al agua. Un amigo neerlandés, Paul, había especulado de inmediato: Volendam, Marken, Urk, Stavoren, “een haven langs de voormalige Zuiderzee [un puerto a lo largo del antiguo Zuiderzee]?”.
Y no se equivocó, porque los pueblos y ciudades fotografiados están al norte de Ámsterdam. El antiguo pueblo de pescadores de Volendam, ahora lo sé, es un destino turístico popular porque no está lejos de Ámsterdam y ha conservado algo de su carácter tradicional, en particular en los trajes típicos que todavía usan algunos de sus habitantes.
Es curioso que el traje típico fuera común hasta bien entrado el siglo XX y que se siga llevando incluso al día de hoy. Intervinieron varios factores obvios en su desaparición gradual: las modificaciones en la geografía que redujeron el aislamiento; los cambios en el trabajo, tanto de los hombres como de las mujeres; la penetración cultural de la vida moderna a través de la televisión y otros medios. Y un factor que no hay que ignorar parece haber sido, irónicamente, la intrusión de los turistas que miraban boquiabiertos a las personas con trajes regionales. Paradójicamente, ahora es el interés de los turistas, así como de los propios holandeses, lo que fomenta la práctica deliberada de las costumbres regionales y su exhibición, incluida la vestimenta.
Al examinar estas fotos, claro está, pienso en el lado invisible de cada encuentro. Observando a los habitantes de los Países Bajos a través del lente había dos estadounidenses bastante mayores, con la vestimenta estadounidense de la época, recargada y sorprendente a su manera. A juzgar por sus expresiones, los locales no parecen contentos con los extranjeros, y dudo que se les haya pagado por posar, como sucedía a veces, aunque no tenemos certezas. En la mayoría de las fotografías no hay artificio: los retratados suelen estar en movimiento, a menudo a mitad de sus actividades, como los niños que llevan a su hermano menor en un cochecito o las ancianas que tejen y conversan. Algunos ni siquiera parecen notar la cámara, como los chicos de la playa. Otros la ven, pero con curiosidad, indiferencia o quizás hasta hostilidad, como el padre que tiene al bebé en su regazo. Y solo algunos, como la niña que carga dos cestas, parecen congelados, a la espera de que el obturador haga clic.
Entre los efectos de la naturalidad, se encuentra el siguiente: alcanzamos a intuir algo de la vida real de los sujetos, y nos sentimos más presentes cuanto menos observados por ellos.
2013
Niña con paraguas, probablemente en Middelburg, Zelanda. Esta elegante niña, con orejeras en la sien y vestida con la ropa típica de la isla de Walcheren (como las demás niñas y mujeres de la foto), se ha apartado durante un instante del espectáculo que atrae a la multitud. A su espalda, hay dos mujeres paradas sobre sillas, para ver mejor. El diseño que se observa en la puerta se encuentra a menudo en los postigos y las puertas de otros edificios públicos y privados de Holanda, incluido el stadhuis de Middelburg. Los paraguas (se alcanzan a ver dos más, casi fuera de cuadro) sirven para protegerse del sol, no de la lluvia.
Tres niños con un cochecito de bebé. Como muchos otros en estas fotos, estos chicos están trabajando (en este caso, cuidando a su hermano menor) y pareciera que los han tomado por sorpresa, a juzgar por las expresiones y los pies en movimiento.
Joven vendedora ambulante de pescado de Arnemuiden. Aquí hay una versión más joven de las visleursters que aparecen en el mercado de Middelburg. El diseño de las cestas, un estampado de damero dispuesto en dos hileras del tejido (pero no, por lo general, en la tercera), es típica de las vendedoras ambulantes de pescado, al igual que los zapatos, ya sean de hombre o botas bajas, que calzaban para recorrer entre los tres y cinco kilómetros hasta la aldea costera. En ocasiones cargaban hasta ochenta kilos de pescado en el juk de madera, a lo largo del camino de Arnemuiden. El camino, pavimentado con ladrillos en algunas secciones, surcaba campos, cruzaba zanjas en estrechos puentes de tablones y era interrumpido por al menos un canal que las mujeres atravesaban en ferry. Una vez en la ciudad, cada vendedora visitaba a sus clientes habituales de puerta en puerta o se dirigía al mercado. Esta joven lleva en las sienes las típicas orejeras de oro del oorijzer que tiene escondido bajo la cofia. De esas orejeras, las mujeres podían colgar preciosos adornos como signo de su riqueza. Este tipo de yugo de madera también se usaba para transportar quesos o agua. Si se observan las mangas cortas ajustadas, se verán los brazos fuertes, tradicionalmente un atributo atractivo. La fachada limpia y bien mantenida del edificio y la calzada parecerían ser comunes, a juzgar por este grupo de fotos.
Esta imagen, de un niño que viste el traje característico de Volendam (pantalones anchos, botones plateados, visera de costado y klompen o zuecos) quizás sea la más estereotípicamente neerlandesa del grupo. Pero hay un rasgo inusual: parece el retrato de un gigante, porque la calzada pavimentada con ladrillos donde está parado el niño se encuentra muy por encima del nivel de la casa que tiene detrás y, además, el fotógrafo está muy cerca de su objetivo.
Hombres, mujeres y niños en el puerto de Volendam. En esta elegante y atmosférica foto, de composición formal y equilibrada, las figuras están de pie o sentadas sobre algo muy importante que queda oculto de nuestra vista. Vale la pena detenerse a mirar la posición de brazos y manos, la combinación de intimidad y aislamiento en las figuras, el fondo descolorido de cielo y agua, y los barcos amarrados a la distancia que pescan en el Zuider Zee. Las faldas de rayas que llevan dos de las mujeres eran típicas de la zona.
Mujeres cruzando la plaza, Volendam. Se ven con nitidez tres mujeres que llevan el traje tradicional de Volendam y una cuarta figura, probablemente de un hombre, que se desdibuja en la negrura de la casa del fondo. Una mujer más joven, una chica tal vez, se vuelve para mirar al fotógrafo. Su compañera lleva bastón y se la ve un poco encorvada. Debido a que las mujeres no llevan cestas ni ningún otro objeto asociado con el trabajo, y porque todas se dirigen hacia las casitas del fondo, tenemos la impresión de que regresan de algún evento más festivo o ceremonioso, tal vez de misa. Los pequeños pañuelos blancos que llevan dos de ellas respaldan esa suposición, ya que solo se usaban en ocasiones especiales. No proyectan sombras largas, así que podemos suponer que es alrededor del mediodía.
Niño con canasta. Está echado ligeramente hacia atrás para contrarrestar el peso de una canasta llena que, al parecer, contiene algas o pescado envuelto en algas, aunque quizás solo se trate de verduras. Está de pie sobre los adoquines, cerca de la ventana de una casa o una tienda. Bajo la canasta, asoman los pantalones o un par de calcetines gruesos, que casi siempre se usaban para amortiguar los zuecos.
Niños con un bote de remos, Volendam. En segundo plano, se observa lo que parecerían ser casas de pescadores y se ve la ropa colgada en el frente. Junto a los niños (pero a una gran distancia, al fondo) también han colgado a secar muchos hoekwant, una especie de hilo de pescar con varios anzuelos. Dado el ángulo de la foto, da la impresión de que el fotógrafo se agachó bastante para hacer el retrato. ¿Habrá sido Sarah, entonces, la fotógrafa y no Theodore, que era unos años mayor (y más corpulento)?
Niños caminando, Marken. Estas chicas alegres, que visten canesús estampados y marchan por la calle costera, son de Marken: lo sabemos por su ropa y la del niño solitario. Los calzones abullonados hasta la rodilla y su sombrero de ala son típicos de esa isla y muy diferentes, por ejemplo, del atuendo de los chicos en la foto anterior.
Padre con zuecos de madera y bebé, Volendam. Se solían dejar los zuecos en la entrada de la casa para no ensuciar el piso. Los neerlandeses, como se solía decir, eran muy limpios, incluso hasta el punto de fregar los escalones de sus casas y el pavimento del frente una vez a la semana; a veces, todos los vecinos lo hacían al mismo tiempo para que la calle entera quedara limpia. Los zuecos se usaban desde la infancia, y ni siquiera los niños pequeños tenían problemas para caminar con ellos. Si nos parecen demasiado grandes es porque lo eran: para que fueran más cómodos, se usaban con uno o dos (o más) pares de calcetines gruesos, quizás con la adición de una almohadilla de piel de oveja o (más recientemente) un periódico en el interior. Fueron y siguen siendo muy abrigados y prácticos, en particular en el barro y la arena y para hacer tareas al aire libre.
Ancianas tejiendo. Estas tres ancianas, aunque no son holandesas, también fueron fotografiadas por los Shaw, se mezclaron con las demás fotos, y hemos optado por incluirlas por las manos atareadas, las caras expresivas y los zapatos resistentes. Hablan mientras tejen, y quien quiera ser parte de su círculo, quizás no se encuentre a gusto con el tema de conversación. En la pared hay un anillo de enganche de hierro, para un caballo u otro animal. El espacio evoca un corral, por el terreno irregular, el anillo, las escaleras y otros accesorios que están en segundo plano. O puede que se trate de un callejón o una calle de superficie desnivelada. Aunque los trajes no son holandeses, aparecen los mismos elementos, incluidos los omnipresentes tocados. Aquí, hay uno negro, mientras que los otros son blancos, lo que sin duda tendría algún sentido.
Patos y veleros de juguete, Volendam. Los tres niños juegan con los veleros en un canal que corre detrás de las casas, o quizás los dos niños jueguen con los veleros mientras la niña mayor les da de comer a los patos que nadan cerca. ¿Dónde está el fotógrafo? Y, suponiendo que se trata de Sarah, ¿está en un barco que navega por ese canal o está caminando por un sendero frente a los niños? Si nos guiamos por el agua, pareciera estar navegando, y tal vez su bote haya dibujado la estela que se observa en primer plano.
Fue con La sentencia de muerte de Maurice Blanchot que tuve una prolongada iniciación en la tarea de traducir siguiendo muy de cerca el original y con mucha precisión, siguiendo más de cerca el original y con más precisión que nunca antes, porque en el caso de sus palabras no quería parafrasear ni normalizar; era necesario respetar cada palabra y su posición en relación con las demás palabras. Fue allá por 1974. En los años posteriores, hasta aproximadamente 1991, me tocó trabajar varias veces con la prosa de Blanchot, porque traduje tres de sus novelas y una novela corta, así como la selección de ensayos literarios que componían el volumen luego publicado bajo el título The Gaze of Orpheus. Durante ese período, mantuve correspondencia a intervalos con él, porque a veces pasaba un año o más entre carta y carta, y se convirtió en una presencia benévola que sobrevolaba la obra. En una oportunidad, cuando yo tenía planes de ir a París, le pregunté si podíamos reunirnos, sabiendo que ya rara vez se encontraba con alguien, pero pensando que podría hacer una excepción conmigo. Rechazó la propuesta con una explicación amable: “De un tiempo a esta parte, vivo completamente retirado y he puesto tal distancia entre mí y el mundo que…”.
Los ensayos constituyeron la experiencia de traducción más difícil que había tenido hasta ese momento, y quizás la más difícil de toda mi vida. (Un poema de Anne-Marie Albiach fue igual de difícil, pero por otro motivo: porque las palabras y las frases solían aparecer aisladas o casi sin contexto). Como si estuviera traduciendo, de hecho, una obra de ficción de Blanchot, el sentido de cada frase u oración difícil se convirtió en una entidad física que se me escapaba, que huía de mí, que estaba a punto de alcanzar, que no lograba alcanzar, en una búsqueda que tenía lugar dentro del escenario de mi cerebro, por más que mi cerebro también fuera el perseguidor de aquella cosa evasiva y fugaz: el sentido. Comprender se volvió un acto profundamente físico.
Fue durante esa traducción que viví otro forcejeo extraño con el sentido: aunque, cuando había secciones más sencillas, podía seguir el hilo del argumento de Blanchot de una oración a la siguiente y le encontraba sentido, me resultaba imposible resumir lo que acababa de leer, al final de una página o incluso al terminar un párrafo. Pensé que era por mi propia flaqueza intelectual, pero después, cuando les expliqué mi dificultad a otros, descubrí que les pasaba lo mismo: al parecer, resistirse al resumen constituía la naturaleza de la trama de Blanchot, aunque resistirse al resumen no significaba resistirse a ser comprendida. Por algún motivo, la experiencia de lectura tenía que ocurrir momento a momento; había que estar en el momento y no reflexionar sobre el conjunto; o había que habitar dentro del momento sin mirarlo desde afuera; comprender el texto era como seguir la linterna del guía, que ilumina uno a uno los animales pintados en la pared de la cueva prehistórica mientras todo lo demás permanece en la oscuridad, o al menos en la penumbra.
Me resulta difícil, también al escribir esto, hacer una apreciación general o abarcadora de Blanchot, así como no es fácil resumir lo que sucede en sus novelas, pero sí es posible identificar ciertos temas recurrentes.
La ausencia es uno de esos temas, y ha aparecido en gran medida no solo en su narrativa de ficción, y como elemento de su crítica literaria, sino también en el enigma biográfico central de su existencia: la ausencia física de Blanchot, su resistencia a apersonarse excepto en cartas y llamadas telefónicas, su resistencia a las representaciones visuales. Que este sea un hecho tan conocido y destacado no lo hace menos intrigante: que un hombre conectado por el afecto con sus amigos viva en semejante reclusión, semejante aislamiento, aunque sea totalmente coherente con cuanto ha escrito. Y, entonces, ¿sería paradójico (o simplemente ilógico) decir que se lo extrañará a Maurice Blanchot ahora que de verdad ha partido? Y sin embargo, cuánto más alejado está, ahora, de lo que ya estaba por la creciente debilidad de la vejez, por su tendencia a la invisibilidad, por los años acumulados de silencio epistolar (en mi caso y en el de otros corresponsales).
Tenía fama entre quienes lo veían cara a cara en sus días de menos retraimiento (en los días, hace algunas décadas, cuando se encontraba con un amigo, por ejemplo, en una simpática plaza de iglesia, como Saint-Sulpice, y se dirigía con él a un café cercano; o cuando se encontraba con un amigo en problemas en una estación de tren a medianoche para consolarlo con una cena) de ser, en su humildad, generosidad y sencillez, parecido al príncipe Myshkin de Dostoievski. Sin duda, en las cartas que me escribió a lo largo de los años y que estoy releyendo, siempre es muy amable y atento, y nada egocéntrico. Cuando le solicito, solo una vez, que exprese un deseo, es modesto, aunque muy claro; cuando, en otra ocasión, manifiesta una objeción a un hecho consumado (la tapa de un libro), lo expresa con moderación usando el condicional compuesto (“Habría preferido que el rostro permaneciera invisible allí donde se había desvanecido”) y luego lo mitiga con una observación de lo más particular: “Pero lo invisible permanece, no obstante”. Contesta a algunas de las novedades que le cuento diciendo: “Permítame responderle en mis pensamientos”, frase cordial y efectiva.
En las cartas, le preocupa lo que está sucediendo en el mundo, por lo general nada bueno (en 1981, a propósito de Ronald Reagan: “Hasta ahora, todo parece haberle salido bien, pero llegará un momento en el que, sin advertirlo, se encontrará frente al abismo”; diez años más tarde, fue la guerra del Golfo, con “sus crueldades, sus atrocidades”). Muestra el don de la empatía cuando observa que la enseñanza universitaria es una “rude épreuve” (un doloroso calvario). Después, pasa a describir el comportamiento de Georges Bataille en el aula: “Sus clases se veían interrumpidas por largos e interminables silencios; era angustiante, pero por esa misma razón enriquecedor”. Agrega, en una carta posterior, que Bataille podía “quedarse en silencio como si meditara sin que los oyentes experimentaran más que su sensación de angustia”. Hay una constancia, a lo largo de los años, en sus preocupaciones, en sus recuerdos, en sus referencias a los amigos, de los que habla con muchísimo afecto, y entre ellos están tres de los más cercanos que perdió en una rápida sucesión en 1990 y 1991: Robert Antelme, Michel Leiris y Edmond Jabès (mort inattendue).
En cierta medida se hace presente otra vez, o todavía, en sus textos y en especial en las cartas que escribió. Las cartas hablaban de su ausencia cuando no era distante más que geográficamente, e invisible por costumbre; hablan con la misma claridad ahora que Blanchot de verdad no está, aunque lo que tampoco está ahora, a diferencia de entonces, es la posibilidad de responderle, excepto en mis pensamientos.
2003