JOSÉ LUIS COMELLAS

Historia breve del mundo contemporáneo

(1776 1945)

Séptima edición

EDICIONES RIALP

© 1998 by JOSÉ LUIS COMELLAS

© 2021 by EDICIONES RIALP, S. A.,

Manuel Uribe, 13-15, 28033 Madrid

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ISBN (versión impresa): 978-84-321-5375-4

ISBN (versión digital): 978-84-321-5376-1

ÍNDICE

PORTADA

PORTADA INTERIOR

CRÉDITOS

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

El Antiguo Régimen y las raíces de la Revolución

La época de las revoluciones

I. EL PERÍODO REVOLUCIONARIO (1776-1814)

1. LA EMANCIPACIÓNDE LOS ESTADOS UNIDOS

Las Trece Colonias

Los orígenes del movimiento emancipador

La guerra de independencia

La organización de un régimen naciente

2. LA REVOLUCIÓN FRANCESA

La prerrevolución

Los Estados Generales

La revolución en París

Las revueltas campesinas

La obra de la Constituyente

La sobrerrevolución

La Convención y el Terror

El Directorio

3. LA ÉPOCA NAPOLEÓNICA (1799-1815)

La personalidad de Napoleón

El Consulado

La guerra y la paz

Del Consulado al Imperio

El sistema continental

La hora de Inglaterra

Los errores y la caída de Napoleón

4. LA EMANCIPACIÓN DE HISPANOAMÉRICA

La época de las Juntas

La época de los libertadores

La separación de Brasil

II. LIBERALISMO, ROMANTICISMO, REVOLUCIÓN INDUSTRIAL (1815-1848)

5. LA RESTAURACIÓN

Los principios y los Congresos

El Congreso de Viena

El ciclo revolucionario de 1820

El «cierre de la frontera» y la crisis económica

6. LAS REVOLUCIONES DE 1830 Y EL LIBERALISMO HISTÓRICO

La revolución en Francia

Los cambios en el resto de Europa

El liberalismo

7. EL ROMANTICISMO

Algunos caracteres

Todo es romántico

8. LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

El impulso demográfico

En Gran Bretaña

En el Continente

Las comunicaciones

Los artífices

9. LOS CONFLICTOS SOCIALES

Los aspirantes a redentores

III. LOS NACIONALISMOS Y EL NUEVO PANORAMA MUNDIAL (1848-1870)

10. EL CICLO REVOLUCIONARIO DE 1848

Las causas y los caracteres

La revolución en Francia

En el mundo germánico

En el mundo eslavo

En Italia

En España

11. LA ÉPOCA DE NAPOLEÓN III

Napoleón III en Francia

Gran Bretaña y su política mundial

La cuestión de Oriente

12. LA UNIDAD ITALIANA

La primera fase

Segunda fase

Tercera fase

El imperio latino

13. EL PROCESO DE LA UNIDAD ALEMANA

La guerra de los Ducados

La guerra austroprusiana

La guerra francoprusiana

14. LAS NUEVAS POTENCIAS EXTRAEUROPEAS

La transformación de los Estados Unidos

La guerra de Secesión

La revolución Meiji en Japón

IV. LA ERA DEL REALISMO Y LA PAZ ARMADA (1870-1914)

15. LA ACTITUD POSITIVISTA

El progreso científico

Los ataques a la Iglesia

Los avances tecnológicos

16. LAS GRANDES POTENCIAS

La Inglaterra victoriana

La III República en Francia

La Alemania de Bismarck

Austria y Rusia

Los Estados Unidos

La intervención en el resto del continente

Japón

17. IMPERIALISMO Y COLONIALISMO

El conocimiento del mundo

La filosofía del colonialismo

El imperio colonial británico

Otros imperios coloniales

18. LA PAZ ARMADA

El internacionalismo

El juego de las alianzas

Los focos de tensión

V. LA CRISIS DEL SIGLO XX Y LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL (1900-1918)

19. LA NUEVA CIENCIA

La ciencia del hombre

20. EL PENSAMIENTO

La crisis del arte y la literatura

Del realismo al impresionismo

La filosofía del «no»

21. LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

Los orígenes del conflicto

La guerra de movimientos

El fracaso de la guerra

La decisión de la guerra

VI. EL PERIODO DE ENTREGUERRAS (1918-1939)

22. LA ORGANIZACIÓN DE LA PAZ

Los catorce puntos de Wilson

La paz de Versalles

Otras paces

La Sociedad de Naciones

23. LA REVOLUCIÓN SOVIÉTICA

Las tres revoluciones

24. LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES

Estados Unidos

Panorama iberoamericano

La Gran Bretaña

Francia

25. LAS NUEVAS REPÚBLICAS

Alemania

La Unión Soviética

La república turca

La nueva China

26. LOS FELICES AÑOS VEINTE

El «espíritu de Locarno»

La prosperidad material

La crisis del pensamiento

La crisis de los valores estéticos

El ritmo de vida

27. LA GRAN DEPRESIÓN Y LOS TOTALITARISMOS

La depresión y sus mecanismos

El papel del Estado

La tendencia a los sistemas autoritarios

Los totalitarismos

El fascismo italiano

El nacionalsocialismo alemán

Otros movimientos

VII. LA ÉPOCA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL (1939-1945)

28. LOS CAMINOS DE LA GUERRA

Los conflictos previos

El rearme alemán

La guerra de Etiopía

La guerra de España

La espiral de la expansión alemana

El «Anschluss»

Los sudetes y Checoslovaquia

El corredor polaco

29. LAS GRANDES OFENSIVAS ALEMANAS

La conquista de Polonia

El episodio de Noruega

La campaña del oeste

La batalla de Inglaterra

El Mediterráneo y África

Yugoslavia y Grecia

La invasión de Rusia

Japón ataca en el Pacífico

30. LA VICTORIA DE LOS ALIADOS

Stalingrado

El Alamein y África del Norte

La invasión de Italia

El desembarco en Normandía

La caída de Alemania

La caída de Japón

VIII. LA NUEVA REALIDAD DEL MUNDO (1945...)

31. LA ORGANIZACIÓN DE LA PAZ

Las reuniones previas

Los acuerdos de paz

La ONU

32. FACTORES DE LOS NUEVOS PLANTEAMIENTOS

De los cinco Grandes a los dos Grandes

De Este-Oeste a Norte-Sur

La crisis de las ideas

CRONOLOGÍA (1776-1945)

COLECCIÓN HISTORIA

AUTOR

INTRODUCCIÓN

De acuerdo con un principio generalmente aceptado, por lo menos en los países latinos, la Edad Contemporánea comprende los dos últimos siglos vividos por la humanidad (el XIX y el XX), con la necesidad de retrotraerse en algunos casos a fines del siglo XVIII para analizar el arranque de los fenómenos revolucionarios que originan el tránsito a esta nueva edad histórica. Hoy, por razones metodológicas más que por otro motivo se admite ya, en España y en otras partes, una etapa incluso posterior a la contemporánea, la «historia del mundo actual» —o «historia de la España actual»— cuyo comienzo se sitúa en 1945, al término de la segunda guerra mundial, y cuya denominación encierra, más aun que la «contemporánea», una cierta contradicción en los términos, de suerte que podría denominarse más bien «historia de los tiempos recientes» (recientes al menos para nosotros).

En realidad, toda parcelación de la Historia es artificiosa, y el concepto de «contemporáneo» lo es de una manera muy especial. Con todo, y esto es lo que nos interesa, la realidad de lo que llamamos contemporáneo sigue teniendo, al menos hasta mediados del siglo XX, una cierta homogeneidad y también una cierta relación con lo actual. Lo que se consagra tras las revoluciones sigue vigente, en sus líneas generales, aún en nuestros días: en lo ideológico (la libertad, la valoración positiva de la tolerancia, el pluralismo); en lo político (las Constituciones, el sistema parlamentario y electivo, los partidos); en lo institucional (la racionalización y regularización de las administraciones); en lo social (la coexistencia de clases, derivadas más de la capacidad económica, la cultura o el talento que de la prosapia), y en lo económico (economía de mercado, libertad de movimientos).

En suma, la época de las Revoluciones que conducen del Antiguo al Nuevo Régimen plantea una problemática que en muchos aspectos no ha terminado de resolverse aún en nuestros días, y resulta por tanto «actual». Del mismo modo, nos encontramos con que los puntos que se debatían en las asambleas constituyentes de fines del siglo XVIII o principios del XIX son con sorprendente frecuencia los mismos que seguimos debatiendo hoy. En ese sentido, no solo parece acertado admitir la existencia de una «Edad Contemporánea», sino que, hasta ahora mismo por lo menos, parece también aceptable su mismo nombre. Si comparamos los hechos, las estructuras, los ritmos históricos, las mentalidades y hasta la forma de ver las cosas en esta «Edad Contemporánea» con lo que conocemos de edades anteriores, caeremos muy pronto en la cuenta de la distancia que nos separa de otras épocas y de la notable coherencia que, a pesar de todo, tiene desde su comienzo la edad en que aún nos sentimos integrados.

Cierto que la consideración de la Edad Contemporánea como un todo, ya desde sus inicios, plantea innumerables problemas, y nos hace ver que resulta peligroso simplificar las cosas. Por de pronto ocurre que, si identificamos la Edad Contemporánea con todos los caracteres que antes hemos señalado —la libertad, el constitucionalismo, los derechos humanos, el liberalismo económico, el clasismo, etc.—, aún existen países que no parecen haber entrado en los «tiempos contemporáneos», y si nos situamos, por ejemplo, en 1830, comprobaremos que solo una pequeña parte (en líneas generales, los de América y la Europa Atlántica) cumplen esas condiciones.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la era de las Revoluciones pone las bases para llegar a las formas propias de la contemporaneidad incluso en aquellos países en que persiste el Antiguo Régimen; basta que en unas partes del mundo se haya impuesto lo contemporáneo, para que el resto del mundo civilizado, y en cierto modo también el no civilizado, esté sometido a una vivencia histórica nueva. No es posible cerrar los ojos al hecho de la contemporaneidad aunque los poderes políticos o las leyes pretendan ignorarlo. La Revolución Industrial se opera en Alemania antes de que llegue el liberalismo. Liberales y perfectamente «contemporáneos» son Goethe, Beethoven, Hegel, Leopardi y hasta Dostoyewski, a pesar de que vivieron bajo régimenes teóricamente autocráticos. Liberales son las universidades, las corrientes artísticas y los periódicos de cualquier país occidental, con independencia del régimen político en él imperante.

Por otra parte, la Edad Contemporánea presencia el prevalecimiento de un tipo de hombre, el que llamará Spengler «hombre fáustico», capaz de alcanzar todas las fronteras de trascendencia posibles. El hombre contemporáneo conquista, coloniza, civiliza, explora los confines más apartados del globo y lleva a todas partes el sello de su cultura y su civilización. Antes, existían en el mundo una serie de historias prácticamente independientes, sin apenas relación recíproca. Solo en la Edad Contemporánea, cada vez de forma más categórica, se impone en el planeta una auténtica Historia Universal.

Y no es esto todo: el hombre de la Edad Contemporánea, descontento siempre de lo que ha alcanzado, avanza en los terrenos de la organización humana, de la ciencia, de la tecnología, de la medicina y sanidad, de los medios de transporte y comunicación, de la utilización de la energía; en el campo de la información o de los procedimientos de trabajo hasta extremos impensables para el hombre del Antiguo Régimen. No solo ha conquistado el mundo entero, sino que últimamente se ha lanzado a la conquista de otros mundos, inaugurando, simbólicamente al menos, una nueva forma de entender la historia «universal». En otros campos, el pensamiento, los valores del espíritu, la literatura, el arte, el hombre contemporáneo, con su tendencia de ruptura con «lo anterior», ha buscado también nuevos horizontes, aunque en alguno de ellos por lo menos no es en absoluto seguro que su búsqueda haya significado un avance real. En definitiva, la Edad Contemporánea significa un nuevo ritmo de vida, una nueva inquietud, un desasosiego que impulsa a pretender lo nuevo, lo nunca alcanzado, que caracteriza una manera de ser muy especial, en contraste con el talante más sosegado —más asentado también— del hombre del Antiguo Régimen.

El Antiguo Régimen y las raíces de la Revolución

Suele confundirse el Antiguo Régimen con el sistema político, social y organizativo reinante en los países de Occidente en el siglo XVIII. Ni todo el Antiguo Régimen se exprime en el siglo XVIII ni todos los caracteres del siglo XVIII definen inequívocamente lo que es el Antiguo Régimen. Lo que ocurre es que aquella centuria es la última en que se encuentra vigente semejante sistema, aquel con que choca de forma frontal la Revolución.

También existen lugares comunes sobre la realidad del Antiguo Régimen, que solo en los últimos tiempos se han comenzado a revisar. El concepto de «monarquía absoluta», si damos a la palabra absoluto el sentido conceptual que le confirió Hegel ya en plena Edad Contemporánea, resulta sorprendentemente inadecuado si lo aplicamos a los reales poderes monárquicos o estatales anteriores a la Revolución. Por otra parte, la disparidad entre la teoría y la práctica llega a extremos que es preciso comprender para asumir la realidad vital del Antiguo Régimen. Afirmaciones como la de que «la voluntad del rey es la ley» —que no se formularon en todas partes o en todo momento, pero que en determinados casos se formularon— no fueron efectivas porque el rey no quiso, y, más aún, no pudo, llevarlas a la práctica. Los medios del Antiguo Régimen son, por paradójico que parezca en un principio, incomparablemente más limitados que los del Nuevo. En el Antiguo Régimen era fácil eludir el servicio militar, o el pago de los impuestos, desobedecer un real decreto, atravesar una frontera prohibida, comerciar con un país enemigo, escapar a la justicia o cambiar de nombre. Faltaban información y órganos de vigilancia. Faltaban también —y esto es un rasgo negativo— organismos lo suficientemente eficaces para evitar la comisión de abusos por parte de los gobernantes, cuando estos se producían.

En el Antiguo Régimen se daban formas de intolerancia que hoy consideraríamos indignantes; pero este hecho no parece que dependiera, o al menos que dependiera exclusivamente, de la voluntad de los más responsables; sino que obedece en su forma más visible a una actitud que se encontraba entonces muy impresa en las mentalidades colectivas. El hombre del Antiguo Régimen estaba completamente seguro de una serie de verdades eternas, y casi igualmente seguro de una serie de otras verdades que hoy nos parecerían discutibles —o en casos falsas—, pero en torno a las cuales se había consagrado una especie de consenso universal, o, como se decía entonces, de «sentido común».

Lo religioso impregnaba profundamente las conciencias y las costumbres colectivas, aunque no siempre los comportamientos individuales. Significaba para las sociedades occidentales —y para otras sociedades también— el acatamiento a un principio superior a toda discusión o a toda contestación, que hacía sentirse al hombre, por orgulloso o prepotente que fuera, por debajo de una instancia suprema a la que estaba reservado el último juicio. Los principios morales se basaban en una perfecta conjunción de la Ley Natural con la Ley Divina, que venía a confirmarla o explicitarla. Las conductas debían ajustarse a esa ley, que se presentaba tan clara a los ojos de los hombres, que no tenía siquiera sentido discutirla.

En el plano político, el Rey aparecía como la encarnación de uno de esos principios naturales; así como corresponde al orden de la naturaleza que el padre sea el cabeza de familia, también el monarca, padre de sus súbditos, personifica una institución natural que asegura el buen orden de la sociedad. La devoción monárquica de los hombres del Antiguo Régimen, difícilmente concebible hoy, no significaba el acatamiento a la tiranía o la arbitrariedad, puesto que el rey estaba moralmente más obligado que nadie a ser justo y benefactor; pero conllevaba por lo general un respeto que no era una simple formalidad, sino la admisión de una autoridad de orden natural que se imponía por sí sola. La condición «paternal» del monarca hacía que en el sentimiento común se le considerase bondadoso. Todas las revueltas operadas en el Antiguo Régimen —por lo general limitadas, excepto en el caso de Inglaterra— enarbolaban como lema más común el de «viva el rey, muera el mal gobierno».

También el Antiguo Régimen considera de orden natural la división de la sociedad en «estados» o estamentos, de suerte que en ella unos enseñan, otros defienden y otros trabajan (clero, nobleza y estado llano). En principio, cada orden ayuda a los demás en su ámbito y es ayudado por los demás en sus carencias. Es una división teoricamente funcional, basada directa o indirectamente en la República de Platón, pero que, por degenerar con rapidez en situaciones de privilegio, fue la primera estructura que resultó criticada. Con todo, no existe en el Antiguo Régimen una clara conciencia de la lucha o rivalidad de clases: por el contrario, la lucha de clases ha sido específica, al menos durante los siglos XIX y XX, del Nuevo Régimen.

La economía no dejaba de tener sus reglas, basadas en principios éticos o de solidaridad social, aunque casi nunca tomados con excesiva rigidez. Una tasa de interés o un margen de beneficios superior al 10 por 100 se consideraba un abuso o incluso un pecado. Las formas corporativas de trabajo (gremios, hansas, guildas) trataban de evitar enriquecimientos especulativos y de lograr un mejor reparto de beneficios. Las corporaciones económicas, sometidas a severos reglamentos, impedían por lo general que sus individuos se enriquecieran en exceso, o bien que se murieran de hambre. Bajo las formas del Antiguo Régimen era difícil imaginar una revolución industrial, que solo empezó a insinuarse conforme aquellas normas fueron decayendo.

Con todo, el Antiguo Régimen no se caracteriza por el equilibrio socioeconómico. En una época en que el sector agrario predominaba con gran diferencia sobre los demás, la posesión de la tierra era a la vez signo de distinción social y de riqueza. De ahí la concentración de la propiedad, no de una manera absoluta, pero sí considerable, en manos de las clases privilegiadas.

En el Antiguo Régimen había —como hubo luego en el Nuevo— grandes diferencias entre ricos y pobres; sí existía un cierto sentido de solidaridad que se manifestaba en instituciones asistenciales —escuelas, hospicios, hospitales, asilos, comedores gratuitos— sostenidas generalmente por la Iglesia; pero también por otras instituciones: nobleza, municipios, gremios, fundaciones. No por eso, ni por el hecho de que no hubiese conflictos propiamente dichos, hay motivos para hablar de un orden social justo. Con todo, la propagada revolucionaria, convertida muchas veces en un tópico hasta fines del siglo XX, nos ha pintado un Antiguo Régimen ominoso, opresor, tiránico o arbitrario. Muchos de estos tópicos han comenzado a ser matizados o reducidos a sus justos términos, sobre todo a partir de 1989.

La época de las revoluciones

Entre 1789, año en que estalla la Revolución francesa y se proclama la Constitución de los Estados Unidos, y 1825, en que, después de la batalla de Ayacucho toda América se hace independiente, se opera la Gran Revolución, esto es, el paso del Antiguo al Nuevo Régimen. En unos casos, como el americano, se trata de un movimiento de emancipación respecto de la antigua metrópoli; en otros, como el francés, de un hecho subversivo, violento y sangriento; hay casos de una revolución pacífica, al menos inicialmente, como la española; y hasta puede registrarse una simple evolución sin traumas graves, como ocurre en Inglaterra. En todo caso, se trata del paso a un Nuevo Régimen, caracterizado

a) en lo ideológico, por el pluralismo. La libertad de pensar, ya sin principios absolutos indiscutibles, da lugar a formas de pensamiento muy distintas entre sí, que han de coexistir mediante la virtud de la tolerancia;

b) en lo político, el liberalismo —más tarde la democracia—, caracterizados por la división de poderes, la residencia del legislativo en una asamblea elegida por el pueblo o parte de él, una constitución, unos derechos de los ciudadanos oficialmente reconocidos, un mayor grado de libertad formal, y, de hecho, la existencia de distintos partidos políticos;

c) en lo institucional, la racionalización y por lo general la unificación o centralización de las instituciones y de la administración, en contraste con la variopinta realidad del Antiguo Régimen;

d) en lo social, la desaparición del estado de órdenes o estamentos, de suerte que en adelante todos los ciudadanos serán iguales ante la ley, poseerán los mismos derechos y estarán obligados a los mismos deberes. Sin embargo, el uso de la propia libertad, sobre todo en el campo económico, pero no solo en él, hará que unos ciudadanos destaquen más que otros, o lleguen más lejos que otros, estableciéndose un sistema de clases sociales, o clasismo, un fenómeno tal vez no deseado por los primeros revolucionarios, pero evidente por lo menos durante los doscientos años que siguen a la revolución;

e) y en lo económico, el liberalismo o librecambismo, como empezó a llamársele (hoy esta expresión se utiliza solamente para el comercio exterior), caracterizado por la total libertad para producir, vender, comprar (lo que implica también libertad de precios), transportar, introducir, y contratar. Y gracias a la ley de bronce de la oferta y la demanda, «dejar que la libertad corrija a la misma libertad», es decir, que el equilibrio se alcance por sí solo, sin intervención del poder. Del liberalismo económico derivará un fenómeno que ya se estaba insinuando a finales del Antiguo Régimen: el gran capitalismo, y con él, la Revolución Industrial, tan operativa en la historia como la propia revolución política.

Los principios del Nuevo Régimen no surgieron de la nada, y se fueron generalizando en la conciencia de muchas personas cultas a lo largo del siglo XVIII, y especialmente de su segunda mitad. Pueden tener raíces socioeconómicas —el convencimiento de la inutilidad e injusticia del orden estamental, el deseo de igualdad de oportunidades, o, como entonces se decía, de «la fortuna abierta a los talentos»; el deseo de un orden económico más libre—; aunque hoy por lo general se estima que el factor más importante fue el ideológico. El racionalismo, un movimiento que comenzó a desarrollarse ya a fines del siglo XVII, consagra en el XVIII (o «siglo de las luces») el prevalecimiento de la razón humana sobre el dogma, la normativa rígida o la costumbre consagrada.

Son los «filósofos» de la Ilustración los que difunden las ideas de libertad política, regularización administrativa, supresión de las barreras sociales o económicas, con un cuerpo de doctrina que aparece ya sumamente elaborado, al punto de que la Revolución propiamente dicha no necesitó improvisar ningún principio fundamental nuevo. Montesquieu enunció la teoría de la separación de poderes, Rousseau el dogma de la soberanía popular, Sieyès la teoría de la disolución de los estamentos y la jerarquización de la escala social según el mérito, Adam Smith el principio del liberalismo económico. Los continuos contactos entre los pensadores o ensayistas dieciochescos —por ejemplo, en la empresa colectiva de la Enciclopedia, que nació con un expreso fin ideológico, o con la continua correspondencia entre intelectuales europeos e incluso americanos—, permitió esa República de las letras que según Th. Molnar fue decisiva para la consagración de un cuerpo de doctrina coherente. Las mismas o muy parecidas ideas circulaban por Francia, España, Alemania, Italia, Rusia, también en los ambientes más cultos de América. Que en unas zonas del mundo occidental triunfase o no la Revolución depende del grado de difusión de estas ideas, de la estructura social, de la fortaleza de las instituciones del Antiguo Régimen y de la mayor o menor participación de los grupos populares en los intentos revolucionarios.

I. EL PERÍODO REVOLUCIONARIO (1776-1814)

1. LA EMANCIPACIÓNDE LOS ESTADOS UNIDOS

El proceso revolucionario comenzó en América y culminó en América. El hecho puede parecer sorprendente, porque tanto las estructuras sociopolíticas vigentes como el desarrollo del pensamiento teórico hacen suponer como más lógico el inicio de su desencadenamiento en Europa. Pero es preciso tener en cuenta que en las colonias británicas que hoy son los Estados Unidos faltaban los elementos de resistencia: la realeza, la nobleza, o el propio ejército real comandado por nobles. Aparte de que los hechos, por obra de unas circunstancias inesperadas, se precipitaron en América del Norte, y tiene todo el valor de un símbolo que el país que iba a convertirse por muchos motivos en el más representativo —y también el más poderoso— de la «Edad Contemporánea» fuese el primero en penetrar en esa Edad.

El adelantamiento norteamericano fue uno de los hechos que inspiraron por los años 60 del siglo XX a R. Palmer y J. Godechot su teoría de la «Revolución Atlántica». Esta teoría, combatida durante un tiempo, especialmente por la escuela marxista, no ha sido nunca rebatida del todo, y viene cuando menos confirmada por un hecho: los primeros países en que triunfó el Nuevo Régimen fueron países bañados por el Atlántico: Estados Unidos, Francia, Bélgica, España, Portugal, Brasil, Hispanoamérica. También tiene la revolución norteamericana un cierto sentido de revolución internacional. En ella participaron simbólicamente, y no por casualidad, héroes de los más diversos países europeos: Lafayette, Kosciusko, Steuben, Mazzei: que lucharon en territorio americano, más que por la independencia de los Estados Unidos en sí, por la causa de la libertad.

Por eso parece que es ociosa la discusión entre quienes pretenden que lo ocurrido en Estados Unidos entre 1774 y 1784 fue un movimiento de emancipación y los que defienden que fue una revolución política: las dos teorías no son incompatibles, y la guerra de liberación americana tuvo rasgos de ambas cosas a la vez. No fue una revolución en el sentido de que no se levantó contra un Antiguo Régimen propiamente dicho imperante en aquel territorio, y sobre todo en el de que no supuso ninguna transformación social (abolición de privilegios, etc.); pero cuando los Estados Unidos se proclaman como una colectividad independiente, adoptan todas las formas propias del Nuevo Régimen.

Las Trece Colonias

El territorio que se levantó en 1776 contra la dominación británica estaba formado por trece colonias distintas, New Hampshire, Massachusetts, Conneticutt, Rhode Island, New York, New Jersey, Pensilvania, Maryland, Delaware, Virginia, Carolina Norte y Sur, y Georgia. Iban desde las fronteras de Canadá, que había sido francés, y nunca fue incorporado a la misma administración que las colonias, a la de Florida, un territorio que desde el siglo XVIII se disputaban ingleses, franceses y españoles. Su población apenas pasaba entonces de los cuatro millones de habitantes.

A su vez, las colonias tenían administración bastante diferente entre sí, de acuerdo con su origen o con los derechos alcanzados ante la metrópoli. Dependientes de la corona británica, y cada cual dirigida por un gobernador nombrado o aceptado según los casos por el monarca, disponían de organismos semiautónomos, como los consejos y asambleas de colonos. Durante mucho tiempo gozaron de la que se llamó «negligencia saludable», por parte de los británicos, más interesados en comerciar con aquellas dependencias que de establecer en ellas un estricto control administrativo.

Es preciso matizar el tópico de que «todas las colonias eran iguales», así como el de que «todos los colonos eran iguales». Formadas en épocas históricas muy distintas, cada región tenía su propia personalidad. Cabe distinguir tres grupos: las colonias el Norte —lo que en general se llamó y llama Nueva Inglaterra— estaban habitadas por puritanos, austeros y tradicionales, dedicados a la pequeña agricultura o pequeñas industrias; las del centro, encabezadas por Nueva York y Filadelfia, habían sido pobladas por cuáqueros, y poseían un carácter eminentemente comercial; mientras al Sur, las Carolinas y Georgia eran tierra de grandes propietarios, y de cultivos extensivos, facilitados por la abundante mano de obra negra.

Por tanto, puede hablarse de los primitivos estadounidenses como de un pueblo sencillo, un tanto patriarcal, sin grandes contrastes sociales e incluso económicos —excepto en lo que respecta a los esclavos agrícolas—, en marcado contraste con las complejas estructuras sociales de Europa. Los historiadores norteamericanos gustan de decir de sus predecesores que «eran gentes sencillas, naturales, como usted o como yo»: lo cual puede significar ya un exceso de generalización.

Las Trece Colonias poseían una administración independiente entre sí; pero aun a pesar de sus diferencias —o precisamente gracias a ellas— los contactos mutuos eran muy frecuentes, en cuanto que sus economías resultaban complementarias. Sin embargo, solo poco a poco se fue formando una conciencia común, «norteamericana», conciencia que estuvo muy lejos de consagrarse hasta que sobrevino el movimiento de protesta contra la metrópoli. Tanto como esta conciencia común jugó el papel de las nuevas ideas venidas de Europa. También en Norteamérica hubo «ilustrados», tertulias intelectuales y logias masónicas, que cumplieron un papel nada despreciable. Tales ideas pudieron ser patrimonio de una minoría —Crane Brinton estima que los independentistas militantes no pasaban del l0 por 100 de la población—; pero quienes las profesaban eran por lo general las personas más prestigiosas e influyentes.

Los orígenes del movimiento emancipador

Todos los autores están de acuerdo en que la primera causa precipitante de la rebelión norteamericana está en la guerra de los Siete Años (1756-63), que no sólo afectó con sus gastos y molestias al territorio, sino que significó un recrudecimiento del régimen colonial. Los británicos afianzaron su autoridad y disgustaron a los colonos con decisiones como el Acta de Quebec, que confería un régimen especial a los canadienses, sin posibilidad de que los norteamericanos se expandiesen hacia el Norte; y cedían Florida a los españoles, lo que les frenaba toda posibilidad de expansión por el Sur. Al mismo tiempo, se acentuaba el «pacto colonial», que obligaba al comercio exclusivo con la metrópoli, y a los nuevos impuestos como consecuencia de la penuria del erario británico después de la guerra.

Los colonos, a través de sus asambleas, formadas en gran parte por intelectuales y gentes bien situadas, protestaron primero (1765) contra la Stamp Act, luego contra las «cinco actas intolerables» de 1767, y finalmente ante los nuevos impuestos. En 1770, los ingleses abolieron estos impuestos excepto el que gravaba el té, producto que sería monopolizado por la británica Compañía de las Indias. Fue justamente la un tanto banal cuestión del té la que abrió la serie de violencias, cuando el 2 de octubre de 1773 un grupo de colonos arrojó al mar los cargamentos de té que tres navíos británicos traían al puerto de Boston (la famosa Boston Tea Party). Los británicos enviaron tropas a la ciudad, mientras los norteamericanos endurecieron sus protestas. De momento, fue una acción policiaca, para resolver una cuestión de orden y de obediencia. Parece que por entonces, los colonos no proyectaban hacerse independientes, sino hacer valer sus derechos. Pero la indignación iba creciendo, y se establecieron «comités de correspondencia» entre las distintas colonias, en los que figuraban ya personas como Jefferson, Adams, Washington, o Patrick Henry.

A la idea de los derechos de los colonos se fue uniendo, por obra de los intelectuales, la de los «derechos del hombre»; es decir, una filosofía que implicaba una cuestión de régimen y en definitiva de soberanía, actitud que acabaría conduciendo a un intento de independencia de las Colonias respecto de la Gran Bretaña. El independentismo por tanto, —excepto, tal vez, en algunas mentes— fue una idea tardía, y no se generalizó hasta después de que hubo estallado la guerra.

La guerra de independencia

El descubrimiento de un alijo de armas que los colonos habían escondido, condujo a la intervención abierta de las tropas británicas, y a la respuesta armada de los colonos. Estos no disponían de un verdadero ejército, y su armamento era precario, hasta que franceses y españoles empezaron a proporcionárselo; pero contaban con un gran entusiasmo y con un jefe de categoría cuando un hacendado de Virginia, George Washington, se reveló como un excelente militar.

Los ingleses no disponían de grandes efectivos en Norteamérica, pero hubieran podido enviar refuerzos y poseían cuando menos superioridad técnica sobre los colonos. Estos, posiblemente, hubieran tenido que ceder sin la intervención de Francia y España, que declararon la guerra a Gran Bretaña, más que por simpatía hacia los americanos, por desquitarse de las derrotas de años atrás. La contienda con otras potencias distrajo a los británicos y dificultó las comunicaciones marítimas, con lo que las tropas metropolitanas en América se vieron en apuros. La lucha tuvo, y eso conviene no olvidarlo, algo de guerra civil, en parte por razones ideológicas, en parte por la fidelidad de muchos colonos a la Corona. Al finalizar la contienda, más de 70.000 de estos colonos hubieron de exiliarse, por haberse puesto militantemente en contra de la independencia de su propio país; mientras que en Londres se dividieron tories y whigs, estos últimos partidarios de la concesión de la autonomía e incluso de la independencia a los norteamericanos. En 1776, causó escándalo en Inglaterra la publicación por Thomas Payne de un alegato (The Common Sense), defendiendo la causa de los americanos. El conflicto, que había comenzado por razón de intereses, acabó tomando un carácter eminentemente ideológico.

En 1774, se reunió en Filadelfia el primer Congreso Continental, formado ya por representantes de las Trece Colonias, aunque todavía no se veía en él un indiscutible programa independentista. El segundo Congreso, en 1775, acordó la guerra contra las tropas reales, pero sin decidirse todavía por una ruptura total con la metrópoli. Solo cuando en 1776 R. L. Lee, diputado por Virginia, pidió la formación de una Federación Americana Independiente, se constituyó un comité presidido por Thomas Jefferson, quien redactó una Declaración de Independencia, y al mismo tiempo, para añadir un ingrediente ideológico, la Declaración de Derechos. Emancipación y entrada en el Nuevo Régimen fueron así, en en los nacientes Estados Unidos, la misma cosa. Al mismo tiempo, Washington, al frente de tropas cada vez mejor organizadas, obtenía sobre los ingleses las victorias decisivas de Yorktown y Saratoga.

La organización de un régimen naciente

Los Estados Unidos, como país formado por una sociedad joven, poco lastrada por el peso del pasado, y sin diferencias demasiado fuertes entre sus miembros, pudieron autoconstituirse con más facilidad que cualquiera de los países europeos. Por de pronto, no necesitaban realizar ninguna reforma social ni abolir seculares estatutos o privilegios. Cuatro millones de hombres que nunca habían visto un rey, no tuvieron inconveniente en proclamar una República.

De todas formas, las diferencias entre los Estados eran más grandes de lo que pretende el tópico, y hubieron de mediar largas y a veces difíciles negociaciones para erigir un status común. Entre la proclamación de la Independencia y la de la Constitución mediaron 13 años, y el hecho ya puede ser significativo. Entretanto, varios Estados habían elaborado ya su propia Constitución. Pero los norteamericanos fueron desde el primer momento un pueblo realista, en el que cada parte supo ceder un poco de sus aspiraciones. Ni federación de Estados, ni poder unitario, sino un intermedio entre las dos concepciones. Ni democracia pura ni voto de los mejores, sino un sistema de sufragio amplio, pero no universal.

La Constitución de 4 de marzo de 1789, precisa en lo esencial, flexible en lo accesorio, proclamaba un régimen federal dirigido por un Presidente elegido cada cuatro años, no por los electores, sino por los compromisarios previamente votados por éstos. El poder legislativo recaía en una Cámara de Representantes —luego Congreso—, cuyo número de miembros era proporcional a la población de cada Estado, y un Senado al que cada Estado proporcionaría dos representantes. El poder judicial sería independiente, con un Tribunal Supremo con capacidad para sentar jurisprudencia.

George Washington fue un Presidente moderado y autoritario al mismo tiempo. Se rodeó de un boato casi monárquico, pero respetó los derechos y las libertades individuales. Aunque teóricamente representante de la voluntad del pueblo, el poder de los Estados Unidos quedó vinculado desde el primer momento a los grandes comerciantes o grandes propietarios, pero provisto de una mentalidad abierta, opuesta a abusos de cualquier género.

El carácter inicial de los Estados Unidos es muy difícil de definir, libre y tradicional a un tiempo. Las condiciones especiales en que se desarrolló el nuevo país evitaron toda clase de innovaciones traumáticas o de revanchismos. El influjo que el ejemplo norteamericano pudo ejercer en el mundo occidental es muy discutido. Para los revolucionarios franceses, fue una especie de mito, aunque muy pocos llegaron a conocerlo bien. G. Gunsdorf pretende que los americanos buscaron erigir una forma de convivencia más justa y al mismo tiempo más tradicional que la de la propia metrópoli; los franceses, en cambio, iban contra esas tradiciones. Las condiciones fueron muy diversas; las ideas, en muchos casos, parecidas; el influjo, más virtual e idealizado que efectivo.