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Miguel Lourenço Pereira (Oporto, 1984) es escritor, periodista e historiador. Nacido en Portugal, lleva ya 15 años afincado en España, donde colabora con distintas publicaciones. Ha publicado varios libros dedicados al fútbol; el último, Noches Europeas (2015). Tras escribir sobre la historia de la Copa del Mundo y de la Copa de Europa, ya le tocaba firmar el hat-trick literario de los torneos que soñaba con ganar cuando de pequeño todavía creía que iba a ser jugador profesional.

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Primera edición: Febrero 2021

© Sueños de la Euro, 2021

© Textos: Miguel L. Pereira

© Prólogo: Vicente del Bosque

© Ilustración de portada: holasoyka (Carmen Casado)

Diseño y maquetación: Anna Blanco

© Grupo Editorial Belgrado 76, S.L.

C/Grassot 89, bajos

08025 Barcelona

www.panenka.org

ISBN: 978-84-120735-7-7

Producción del ePub: booqlab

Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento sin el permiso expreso de los titulares del copyright.

 

 

A mis hermanos Ernesto, Fran, Juanjo, Nono,
Jorge, Vassalo y Silva por ser una inspiración.
A Sharma y a Cris por el amor inquebrantable.

Al niño pequeño que llevo dentro
y que nunca deja de soñar con las camisetas
de sus ídolos y los goles que nunca anotará…

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

Capítulo 1:

LOS SOÑADORES

1927-1960

Capítulo 2:

CARA O CRUZ

1960-1968

Capítulo 3:

LOS AÑOS DE PLOMO

1972-1980

Capítulo 4:

EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO

1984-1988

Capítulo 5:

HÉROES POR ACCIDENTE

1992-1996

Capítulo 6:

DEL CIELO AL INFIERNO

2000-2004

Capítulo 7:

NUNCA DEJES DE CREER

2008-2016

PRÓLOGO

Vicente del Bosque

La Eurocopa es, indudablemente, un torneo que ha sido parte importante de mi vida. Si miro hacia atrás, lo primero que recuerdo es mi debut con la camiseta de España de la mano de Ladislao Kubala, en un partido de clasificación para la Euro de 1976 que jugamos contra Rumanía, en el Santiago Bernabéu. Por aquel entonces, si te convocaban, el técnico te daba una gorra con la fecha del debut bordada, y yo todavía tengo guardada la mía en Salamanca. El primer y único gol que marqué con la selección fue en un partido contra Chipre de clasificación para la Euro 80. Y luego también recuerdo el único encuentro que disputé en la fase final de aquella edición, contra Bélgica, en el que entré sustituyendo a Asensi. Es cierto que mi recorrido como jugador de la selección fue corto, pero la mayoría de mis experiencias con el equipo nacional estuvieron relacionadas con este campeonato. Aunque, en aquella época, más que disputar una Eurocopa, lo que queríamos los futbolistas era llegar a ser internacionales. No se jugaban tantos partidos de selecciones como ahora, y vestir la camiseta de nuestro país nos importaba más que la competición que íbamos a jugar.

Al pensar en la Eurocopa, también me viene a la memoria la final que le ganamos a la URSS en 1964, en la segunda edición del torneo; yo todavía era muy joven y la vi en un escaparate de una tienda de televisores de mi ciudad, en blanco y negro, porque en mi casa aún no teníamos televisión. Esos jugadores que ganaron el título dejaron una huella muy grande en el fútbol español, pero yo, con 14 años, tampoco tenía todavía la ilusión de llegar a ser jugador de fútbol profesional, era algo que no me pasaba por la cabeza en aquellos tiempos. Hoy los chavales empiezan muy pronto a soñar con llegar hasta ahí, son más conscientes de la importancia que tienen campeonatos como la Eurocopa, pero a los de mi generación eso no nos pasaba, también porque era una competición muy nueva. Sinceramente, no me imaginaba la importancia que años más tarde acabaría teniendo en mi carrera como jugador y, sobre todo, claro, como entrenador.

Cuando pienso en las Eurocopas que viví como seleccionador siempre recuerdo con cariño la final de Kiev de 2012, esa frescura y esa euforia que demostramos contra una Italia que venía muy motivada. Fue uno de los momentos más bonitos que me ha dado el fútbol. Más allá de que conseguimos el título, tengo que reconocer que fuera del terreno de juego lo pasamos de maravilla. Aquel era un grupo muy fácil de conducir, de entrenar, y casi ni nos dábamos cuenta de lo que estábamos logrando. Nos sentíamos muy cómodos, con nuestra manera de jugar y con nuestra manera de comportarnos. Aunque empatásemos contra Italia en el primer partido, ese día ya vimos que nos sentíamos muy bien con nuestra idea de juego, y fuimos a más hasta que volvimos a encontrarnos en la final y los ganamos. Yo de pequeño había sido delantero, pero siempre me he visto como un centrocampista, y en aquel vestuario también todos se sentían un poco de la misma manera, así que al final montamos un equipo con alma de centrocampista, y presumo un poco de eso, porque éramos un conjunto que sabía que sin el balón no se podía jugar al fútbol, y que en el fondo representaba algo de lo que yo había sido como jugador.

Veníamos de levantar el Mundial y la gente esperaba mucho de nosotros aquel verano, pero es verdad que, a diferencia de la Copa del Mundo, la Eurocopa es un torneo muy proclive a las sorpresas. Checoslovaquia, Dinamarca, Grecia, la última Portugal… Equipos que, al empezar el torneo, no estaban ni siquiera en la terna de favoritos y que acabaron logrando algo muy complicado. Es parte de la magia del fútbol. En un campo siempre hay elementos imprevisibles y nunca se puede dar nada por garantizado, y luego hay que tener en cuenta que es una competición corta en la que hay que llegar muy enchufado, saber gestionar tu grupo de trabajo y encajarlo en el sistema táctico correcto. La Eurocopa te obliga a encontrar un equilibrio muy difícil entre todos esos factores, y a veces hay equipos muy potentes que tienen problemas para manejarlos; los países que llegan sin tanto peso ni expectativas, en cambio, se encuentran más a gusto con sus ideas y eso hace que pueda pasar cualquier cosa. Como espectador, tengo grabada la Eurocopa que ganaron los checos en el 76, la que decidió aquel penalti de Panenka. Aunque su éxito fuera una sorpresa para todos, ese equipo no fue campeón por casualidad: tenía a grandes futbolistas y no se arrugó ante una Alemania Occidental que venía de conquistar la Eurocopa y el Mundial, un poco como nosotros aquel año en Polonia y Ucrania.

La historia de las Eurocopas también es una parte de la historia reciente de Europa como continente, y ayuda a entender su unión. El fútbol sirve para eso. En los 60, ir a jugar un partido a Yugoslavia era pisar otro mundo, pero con el tiempo han desaparecido muchas fronteras. Todos hemos alimentando incluso la esperanza de jugar una Euro en distintos países a la vez, algo bonito que demuestra que ya no hay muchas distancias ni diferencias, tanto en el campo como en la vida de los europeos.

INTRODUCCIÓN

Europa siempre se dedicó a pelearse consigo misma. Son siglos de conflictos armados, ideológicos y sociales en un continente que, para ser tan pequeño, da muchísima guerra. En un determinado momento, hartos de batallar en nuestro propio territorio, los europeos exportamos esa mentalidad bélica al resto del mundo, algo que no habla nada bien de algunos de nuestros valores. Pero el fútbol, en cierto sentido, nos salvó de nosotros mismos. Qué hubiera sido de la historia del continente si el juego se hubiese inventado siglos antes es algo que nunca vamos a poder saber, pero tenemos claro que, desde que se transformó en una parte fundamental de nuestras vidas, el balón actuó como contrapeso a esa tendencia casi crónica de vivir con un hacha en la mano. De los campos de batalla a los terrenos de juego; hemos aprendido a convivir y a solucionar nuestras diferencias con un trozo de cuero en el césped. De hecho, el fútbol ha hecho más que cualquier otro proyecto comunitario por la fraternidad de los europeos. Es difícil pelear contra lo que amas, y cuando futbolistas y entrenadores empezaron a cruzar fronteras para compartir conocimientos y experiencias, dejaron de ser parte del ellos para ser definitivamente parte del nosotros. Aunque no fue fácil llegar hasta ese punto. Nada fácil. Fue necesaria la capacidad de soñar y de creer de un puñado de personas que, contra las sensibilidades de su propia época, se empeñaron en hacer de Europa un espacio de unión y no una trinchera perpetua. El fútbol fue, probablemente, la más exitosa de las herramientas que se utilizaron para ese fin.

Y no existe una historia que represente mejor ese proceso que la de la Eurocopa.

De acuerdo, la Euro no tiene el glamur de las competiciones europeas de clubes, pero porque estas se mueven en otro registro, más local y cercano. Las rivalidades entre equipos de un mismo país se han traspuesto a una sana competición continental, pero siempre a partir del punto de vista local. Del barrio. De la calle. Del club de toda la vida. Los Mundiales, por su parte, son una celebración colectiva del mundo, una fiesta de colores y sonidos que nos encandila. Nos enseñan que el planeta es enorme y muy distinto a lo que nos muestra nuestra cotidianidad. Ahí las divisiones tienen menos sentido todavía, porque las rivalidades geográficas ascienden a otra dimensión y se transforman, casi siempre, en rivalidades futbolísticas.

Pero en la Eurocopa hay algo más profundo. Hay un continente que se mira a los ojos y decide estrecharse la mano. Cuando el balón echa a rodar, las naciones representan a muchos más aficionados que en cualquier otro escenario. El proyecto de la Unión Europea fue la gran conquista del siglo XX. Tras esa unión económica, llegó también una especie de comunión política, y con ella, varias iniciativas que han hecho mucho por juntar a los europeos bajo un mismo paraguas, como la moneda única, los viajes para jóvenes del Interrail o los programas Erasmus, sin olvidar la posibilidad de cruzar casi todo el continente sin tener que parar en cada aduana. Todo ello es la demostración de un avance extraordinario que, sin embargo, siempre vino por detrás de lo que el fútbol ya había sido capaz de lograr. En cierta manera, el europeo estaba preparado para el proyecto político común porque este deporte ya le había demostrado que somos mejores cuando remamos juntos. La lucha de los que nunca dejaron de creer en el sueño se convirtió con los años en la lucha de pequeñas naciones que querían hacerse un nombre entre los grandes. De futbolistas desconocidos que se convertían en referentes de todo un país. Gracias al fútbol, la integración racial, social y cultural en Europa es un hecho. Al contrario de los Mundiales, aquí los equipos por los que nadie da un duro sí pueden salir ganadores. Solo tienen que creérselo hasta el final. Y no son pocos los que lo han logrado.

En el viaje que pretende ser este libro, esos soñadores comandan el barco. El fútbol es el hilo conductor, pero, en realidad, cuando hablamos de la Eurocopa y de su historia, hablamos de Europa y de nosotros mismos. De nuestros anhelos y expectativas, de nuestras vidas en común. Es gracias a este torneo, de hecho, que muchos aprendimos a situar en el mapa a esos países y a sus gentes, a través de sus equipos y sus hinchadas. A conocer sus problemas y su pasado. El relato es igual para todos, del mismo modo que la Eurocopa es una reivindicación de lo que somos y de lo que queremos ser. La idea de Henri Delaunay de crear este campeonato nos enseñó que es posible querer ser mejor que nuestro vecino sin la necesidad de odiarlo. De hecho, gracias al sueño de ese parisino, muchos han aprendido a amar a Europa como a un todo. En un mundo en el que, cada vez más, se promueve el conflicto para atraparnos de nuevo en la ignorancia y el desprecio, no hay mejor ejercicio que volver a mirar a las entrañas emocionales de este torneo y observar cómo, desde su difícil parto, siempre supo ser un faro de esperanza y de unidad.

Esta es una historia de las Eurocopas, pero también es una historia de Europa, de sus ídolos y de sus héroes anónimos. De sus potencias y de sus cenicientas. Es la historia de quienes nunca han dejado de soñar.

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Capítulo 1

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LOS
SOÑADORES

1927-1960

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TORNEOS
PREDECESORES
DE LA EUROCOPA

British Home Championship

(1884-1984)

Participantes:

Inglaterra (54 títulos)

Escocia (41 títulos)

Gales (12 títulos)

Irlanda/Irlanda del Norte (8 títulos)

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Copa Nórdica

(1924-1983 / 2000-2001)

Participantes:

Suecia (9 títulos)

Dinamarca (3 títulos)

Noruega (1 título)

Finlandia (1 título)

Islandia

Islas Feroe

Copa Internacional de Europa Central / Dr. Gerö

(1927-1960)

Participantes:

Italia (2 títulos)

Austria (1 título)

Checoslovaquia (1 título)

Hungría (1 título)

Suiza

Yugoslavia

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Siempre se empieza con un sueño. Una idea. Por muy improbable que parezca, por muchas trabas que se crucen en el camino, el sueño es el motor de todo lo nuevo. Henri Delaunay era un hombre propenso a soñar. Más que eso, era un hombre al que le gustaba dar forma a sus más audaces sueños. Seguramente, cuando volvía a casa por la noche de sus tertulias en el Quartier Latin parisino, con el sombrero entre sus manos, en su cabeza se dibujaban sueños imposibles, quimeras que pocos podían siquiera concebir. Hombre de su tiempo, pero avanzado a su época, viajante empedernido, Delaunay pertenecía a esa clase rara de personas que luchan toda la vida por un ideal. En una era en la que la vieja Europa seguía su destructivo camino entre divisiones, peleas y rencillas que pasaban de generación en generación, él solo estaba interesado en una cosa: unir a la gente alrededor de un sueño común. Su proyecto vital miraba más allá de fronteras y de intereses geopolíticos. Delaunay veía el continente como un todo que tenía el balón en el centro. Pero, incluso para un soñador como él, resultaba imposible imaginar entonces que Alemania y España, dos países con una trayectoria futbolística casi insignificante hasta ese momento, se acabarían coronando como los más prolíficos reyes de Europa. Y qué decir de Éder, Charisteas o Antonín Panenka, personajes que jamás se cruzaron por su mente pero que serían los héroes improbables de las gestas que él, solamente él, parecía ser capaz de poner en perspectiva. Delaunay tenía un sueño, y ese sueño se llamaba Campeonato de Europa de Naciones. Eso que nosotros conocemos, coloquialmente, como Eurocopa.

Quizá a nadie sin ese espíritu aventurero se le hubiese ocurrido algo similar. Pero, poco a poco, otros soñadores se fueron cruzando en su camino. Algunos ambicionaban algo tan grandioso como lo que él proponía. Otros se conformaban con aspiraciones más modestas. Lo importante para la historia del fútbol fue que su intercambio de experiencias y conocimientos llevó el juego a otra dimensión. Antes de que la televisión o la radio pusieran cara y voz a los protagonistas de su legado, estos soñadores sentaron las bases con sus ideas, sus esfuerzos y sus sacrificios. Su narrativa es tan bella y trágica como la de los grandes héroes. Porque Henri Delaunay nunca llegaría a ver cómo ese sueño cobraba vida. Lo dejó en herencia a los que, con su misma ilusión, vinieron después. Ahora, cada cuatro años, un europeo con un brazalete de capitán, representante ungido de toda una nación, levanta a los cielos un trofeo de plata que lleva el nombre de aquel pionero. Un trofeo que da forma física a lo que, al principio, fue solamente una idea.

***

En 1927, el fútbol europeo caminaba a pasos acelerados por una de sus primeras grandes revoluciones. El deporte rey llevaba ya casi dos décadas implementado en todo el continente de forma evidente. Había sobrevivido a los horrores de una guerra mundial. Y, sobre todo, había aprendido a hablar y a pensar por sí mismo, cada vez más distanciado de las directrices caciquistas de la Football Association inglesa, que veía entre el asombro y la negación como el juego que ella misma había levantado para los suyos era ya de todos; un espectáculo que crecía mucho más allá de las fronteras impuestas por los muros de sus colegios y sus fábricas. En Estados Unidos se vivía la primera edad de oro del soccer (que el crac del 29 destrozaría por completo). Al sur, a orillas del río de la Plata, se encontraban las dos grandes potencias mundiales, Uruguay y Argentina, que iban a marcar los tiempos y las ideas de juego de toda América. En África, las colonias habían abrazado la afición preferida de la mayoría de los europeos, hasta el punto de que ya no eran solamente las élites las que la practicaban. Lo mismo sucedía en Asia, aunque a un ritmo distinto, debido a su extensión. En la Europa continental, todo se movía a distintas velocidades hacia un mismo centro. El fútbol se hacía mayor de edad, y empezaban a licenciarse las primeras ligas inequívocamente profesionales. Los modestos campos de juego con gradas de madera, construidos antes de la guerra para la clase burguesa, se iban quedando pequeños con la llegada de nuevas multitudes que se apropiaban de la emoción del juego. Se proyectaban nuevos estadios, se cobraba más por las entradas, y los futbolistas ya no solo jugaban por el honor, sino también por un sueldo, algo que los unía a la clase obrera y generaba los primeros rechazos entre las élites y sus estrictos códigos de conducta sociales. Pero en ningún lugar fue más evidente ese proceso que en el corazón del continente: en la cuenca del Danubio se forjaría la primera identidad reconocible del fútbol europeo más allá de las islas británicas.

Antes de que Europa decidiera cometer un suicidio a larga escala que atrincheró a una generación durante cuatro infernales años, el fútbol continental ya brillaba con luz propia en Viena, Budapest y Praga. Fue en las grandes capitales del Imperio austrohúngaro donde los últimos grandes equipos amateurs de la Europa central se citaron para disputar las primeras competiciones europeas de clubes, empezando en 1897 por la Der Challenge Cup. Entre los participantes de esa competición, se encontraba el hijo de una reconocida familia de origen hebreo de Bohemia con un importante peso en la banca del imperio. El adolescente, llamado Hugo Meisl, se había enamorado perdidamente de ese juego que practicaban los gentlemen ingleses, y entendió antes que nadie que el fútbol, más que un deporte, era un mecanismo de unión en un mundo que caminaba a paso acelerado hacia la fragmentación. Al final de la Primera Guerra Mundial, asumiendo definitivamente un rol directo en la evolución de su gran pasión, Meisl se convirtió en figura clave de la renovada federación austriaca. El mapa europeo había cambiado de la noche a la mañana. Ya no quedaban vetustos regímenes que defender. Mientras Rusia seguía ajena a todo en su viaje hacia las contradicciones del espíritu revolucionario comunista, y el Reino Unido se creía el único heredero legítimo de la era de los imperios, una serie de Estados nación brotaron por todo el continente. Alemania era un país herido y en crisis. Del antiguo Imperio Habsburgo surgían Estados que, desde los viejos reinos de Austria y Hungría, no sabían lo que era vivir separados. Convertidos en repúblicas, Checoslovaquia y Yugoslavia aglutinaban naciones diversas. Polonia volvía a cobrar vida tras siglos de ocupaciones, y Rumanía, Bulgaria, Albania y Grecia pasaban a ocupar territorios que llevaban generaciones en manos del Imperio otomano, ahora reducido a un Estado llamado Turquía, puente entre dos continentes. Con tantos nuevos actores políticos, Europa renacía, y Hugo Meisl fue de los primeros en entender que el fútbol podía jugar un papel fundamental para garantizar que la tragedia de las trincheras no volvería a repetirse. Al fin y al cabo, si las naciones tenían cuentas pendientes o viejas rencillas, ¿no era mejor solucionarlo de forma honrosa y pacífica, con un balón en los pies, en lugar de hacerlo con una bayoneta en las manos?

A lo largo de la década de 1920, cada uno de esos nuevos países encontró en el fútbol una forma de dar una identidad colectiva a su sociedad. El deporte funcionaba como un elemento de unión nacional. Hasta ese momento, los partidos internacionales despertaban escaso interés, hasta tal punto que, muchas veces, los seleccionados para esos duelos no eran más que los jugadores de un club concreto ataviados con la vestimenta de la selección. Los equipos se convirtieron rápidamente en el verdadero símbolo de ese nuevo fútbol. Eran un fenómeno local, más preparado para crear una conexión emocional con la comunidad, e iban de la mano de una nueva mentalidad individualista que fue determinante en los grandes cambios políticos y sociales que se producirían. Meisl lo sabía, por lo que no es casualidad que él mismo fuera clave en la fundación de uno de los grandes equipos vieneses, el FK Austria. También gracias a su gestión, en 1924, la liga austriaca se profesionalizó totalmente, un paso que dieron también de inmediato sus vecinos húngaros y checoslovacos. La facilidad de Meisl para aprender idiomas —a los 18 años dominaba ya el alemán, el checo, el inglés, el italiano, el castellano y el francés— le había abierto puertas en toda Europa. Tenía una idea clara de lo que representaba el deporte, una pasión capaz de unir a la gente, ya fueran obreros o de clase alta, alrededor de las banderas comunes de los clubes, y, ahora, también, de las de sus naciones. Recordando el ejemplo de la Der Challenge Cup, Meisl empezó a valorar la creación de las estructuras necesarias para poner en marcha competiciones de clubes y selecciones en las que tomaran parte todos los países europeos. Su razonamiento no era nuevo, pero venía acompañado del pragmatismo de un tiempo cambiante. Europa estaba ya en la etapa final de su revolución industrial y las distancias geográficas seguían menguando. El tren unía casi todos los puntos fundamentales del continente a un ritmo seguro y fiable. Las ciudades habían crecido exponencialmente y, con ello, un nuevo urbanismo con capacidad de albergar espectáculos lejos de los cascos antiguos. Después de los primeros años de la crisis en la que la Primera Guerra Mundial había sumido al continente, la economía parecía ir mejor que nunca. Había dinero para gastar en una industria del entretenimiento que iba a llegar por primera vez más allá de la burguesía. En los barrios obreros, las nuevas legislaciones permitían empezar a disfrutar de días de descanso y de la recién implementada jornada laboral de ocho horas, con mejores sueldos de los que habían disfrutado las generaciones anteriores. El cine era una diversión al alza y, para las clases altas, los cafés y sus tertulias suponían un entretenimiento garantizado. Pero ninguna actividad tuvo tanto eco como el fútbol, que ofrecía todo eso y más. Era un espectáculo en sí mismo, pero movía pasiones y también servía de punto de partida para debates intelectuales. En los cafés de Viena, Praga y Budapest se debatía sin complejos sobre filosofía y fútbol, a la vez que las peñas obreras forjaban sus identidades alrededor de instituciones deportivas que se fomentaban para favorecer el espíritu de grupo y para mejorar la condición física de cara al duro trabajo en las fábricas. Dos mundos muy distintos y un punto en común: el balón.

Antes de la Primera Guerra Mundial, un partido de fútbol en Viena podía atraer, como mucho, a 20.000 espectadores. Diez años después, se había superado ya la franja de los 80.000 en muchos encuentros, y se empezaban a construir estadios con mayor capacidad. El crecimiento, además, no se vivía solamente en las gradas. Los practicantes inscritos en las federaciones también se habían triplicado, de los 14.000 en todo el Imperio austrohúngaro antes de la guerra a los 35.000 solamente en Austria a principios de los años 20. Todo equipo que nacía de las cenizas de otro anterior o que se creaba de cero encontraba rápidamente un grupo de seguidores y una base social sólida. Había clubes de las comunidades judías de las grandes ciudades, y también de las clases obreras, a veces conectados directamente con los sindicatos de los distintos gremios. Los intelectuales de los cafés también apadrinaban equipos, muchos de los cuales eran los sucesores de las escuadras de gentlemen que habían existido años antes. Los entrenadores británicos —sobre todo, escoceses— constituían ya una figura habitual en los equipos de todo el continente, pero había pasado ya una generación desde su desembarco, lo cual llevó a que, por primera vez, empezaran igualmente a surgir entrenadores locales, más vinculados a la idiosincrasia de cada club. El periodo de aprendizaje estaba llegando a su fin y Europa estaba lista para dar un paso más rumbo al futuro. Un futuro de unión. En cierto modo, ese futuro venía tomando forma desde hacía tiempo, aunque a un ritmo mucho más lento de lo que a Meisl le hubiera gustado.

***

El primer torneo de selecciones organizado de forma regular adelantó en más de cuatro décadas su ambicioso plan. En 1883 el fútbol apenas había cruzado el canal de la Mancha y muchos países todavía no habían visto ni siquiera un balón. En las islas británicas, no obstante, era ya un fenómeno popular desde hacía décadas. Con la consolidación del juego, llegó también una identificación nacional bastante más diversa de lo que se puede pensar. El 30 de noviembre de 1872, por primera vez, dos naciones, aunque dentro de un mismo Estado, se midieron frente a frente en un terreno de juego. El partido entre ingleses y escoceses, disputado en Glasgow, y que terminó con un empate a cero, sentó las bases de todos los encuentros entre países que vendrían después. Aquel partido, como muchos otros en aquella época, se disputó con reglas distintas en cada mitad: el juego estaba todavía lejos de alcanzar un consenso en criterios hoy considerados básicos. Diez años después, aun así, las federaciones británicas llegarían a un acuerdo y formarían el International Board of Review, el organismo responsable de uniformar las reglas del deporte y ajustar todos los cambios futuros.

A partir del año siguiente, los encuentros entre los cuatro países integrantes del Reino Unido se disputaron por primera vez de una forma organizada, pero no fue hasta 1890 que se decidió dar a esa serie de partidos forma de torneo. La competición se llamó British Home Championship, y reflejó el gusto de los británicos por reducir el mundo a sus fronteras: el ganador de cada edición sería nombrado ‘Campeón del mundo’. Fue en 1908 cuando la federación inglesa publicó una primera tabla retroactiva que reconocía como campeones a los ganadores de cada edición desde 1883. Se dictaminó que los vencedores de las cuatro primeras habían sido los escoceses. Inglaterra tuvo que esperar hasta 1888 para sumar su primer título, y no fue hasta 1907 cuando Gales alzó el trofeo. En 1914, justo antes del inicio de la Gran Guerra, la todavía unificada Irlanda también conquistaría una competición que, poco a poco, había ido atrayendo a más gente a los estadios. Atrás habían quedado episodios trágicos como el desastre de Ibrox de 1902, en Glasgow, cuando una de las gradas del estadio del Rangers colapsó en la primera mitad de un partido entre escoceses e ingleses, y causó la muerte de 25 aficionados y más de 500 heridos. En 1935, además, para celebrar el jubileo del monarca Jorge V, se contempló por primera vez presentar un trofeo físico, de plata maciza, al equipo ganador. Gracias a la fidelidad de los británicos a su idiosincrasia, el Home Championship logró subsistir mucho más de lo esperado, transcurriendo de modo paralelo a Mundiales y Eurocopas, y sirviendo incluso en ocasiones como método de clasificación para dichos campeonatos. En 1983, finalmente, la federación inglesa anunció que abandonaba una competición que para muchos había perdido el sentido. Las demás federaciones no tuvieron más remedio que seguir su ejemplo. Precisamente, ese año terminó también la aventura de otro de los primeros torneos entre naciones europeas.

En 1919, la federación danesa llegó a la conclusión de que estaba a punto de caducar el contrato amistoso que había firmado con la sueca y la noruega para que sus selecciones jugaran entre sí con regularidad. Louis Østrup, presidente del ente danés, decidió entonces ir un paso más allá y crear una competición que enfrentara a los combinados nórdicos. La idea fue aceptada por las demás asociaciones, pero no se puso en práctica hasta 1924. La decisión de crear el torneo, bautizado como Copa Nórdica, vino propiciada por la falta de contacto de los escandinavos con las federaciones de sus vecinos del sur, por cuestiones logísticas y económicas. A lo largo de cuatro años, los tres países jugarían entre ellos cinco partidos a ida y vuelta. La edición inaugural coronó a los daneses como campeones, aunque el máximo goleador del certamen fue el delantero sueco Sven Rydell, el más prolífico anotador de su país hasta que Zlatan Ibrahimovic le arrebató el récord en 2014. La siguiente edición, ya con Finlandia incorporada al cuadro, se celebró en 1929, y en esa ocasión fue Noruega la que salió vencedora, mientras que todas las siguientes, hasta 1977, fueron conquistadas por Suecia. Su hegemonía fue absoluta en la posguerra, los años dorados del fútbol nórdico, durante los que los suecos también fueron campeones olímpicos y finalistas del Mundial que organizaron, en 1958. A finales de los 70, sin embargo, tal como sucedió con el Home Championship, el destino de la Copa Nórdica quedó definitivamente marcado por la congestión del calendario. La última edición tuvo lugar en 1983, y se cerró con un triunfo de la misma Dinamarca que había dado origen al certamen.

Hugo Meisl tomó como base esos dos torneos. Gracias a su extensa red de contactos, en las primeras semanas de 1927 logró reunir en su despacho de la federación austriaca a representantes de las federaciones vecinas de Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia e Italia, la zona geográfica conocida como ‘Mitteleuropa’ o ‘Europa central’, una terminología que recuerda al mapa de la Tierra Media de J. R. R. Tolkien. Su plan era muy sencillo: cada uno de esos países disponía ya de una liga profesional o estaba a punto de tenerla, tenía una fuerte tradición de equipos de máximo nivel y contaba con algunos de los mejores jugadores del mundo, así que había llegado la hora de que se midieran unos contra otros para dirimir quién era el mejor del continente. Un continente, por cierto, en el que el fútbol seguía avanzando a distintas velocidades. Con el mencionado aislamiento de británicos y nórdicos, Meisl y los suyos consideraban al resto de selecciones casi como una división de plata del fútbol europeo, países que no habían hecho méritos para entrar en un proyecto de esa magnitud. Muchas de ellas no tenían siquiera ligas nacionales en activo —como ocurría en España, Portugal, Francia o Alemania— o bien pertenecían a territorios en los que todavía se abrazaba el ideal del deporte amateur.

El torneo que Meisl había confeccionado tras mucho debatir en las tertulias del café Ring de Viena o en su correspondencia con varios pensadores del juego —entre los que se encontraba el propio Henri Delaunay— se disputaría en dos modalidades, una dedicada a los clubes y otra a las selecciones nacionales. En el caso de los clubes, se adoptaría un formato con una periodicidad anual y una estructura muy similar a la de la actual Champions League, con varios participantes por país en un torneo del KO con final a ida y vuelta. La mayoría de los partidos se disputarían en un radio de poco menos de 1.000 kilómetros, un microcosmos que se extendía desde el centro de Italia hasta los confines del Danubio. Y el torneo tendría el nombre de Copa Mitteleuropa, aunque, con el tiempo, acabaría conociéndose como Copa Mitropa.

A la vez, también se sentaron las bases de un torneo para combinados nacionales que tenía características propias, acordes al ritmo distinto al que avanzaba el fútbol de selecciones. En 1927, el único campeonato global entre países era el olímpico, que se disputaba cada cuatro años. No existía una cultura de enfrentamientos anuales ni una logística que lo permitiera. Muchas federaciones todavía no contaban con un seleccionador trabajando a tiempo completo, y tener que elegir a jugadores de equipos distintos suponía una complicación añadida. Teniendo eso muy en cuenta, Meisl pensó en un equivalente a la Mitropa que respetara esas particularidades. El torneo se disputaría en ciclos cortos, de dos a tres años como mucho, para permitir a las selecciones competir en igualdad de condiciones. Y se seguiría un formato de liga, para garantizar una recaudación equitativa entre todos los participantes. La competición se bautizó como Copa Internacional de Europa Central, nombre que estuvo vigente hasta los años 40, cuando pasó a llamarse Copa Dr. Gerö en homenaje al directivo austriaco Josef Gerö, uno de los hombres fundamentales en la organización de la competición en sus primeros años. El trofeo que se entregaría a los ganadores se llamaría Copa Svehla, ya que Antonín Svehla, por entonces el primer ministro checo y un apasionado del fútbol, tuvo el detalle de donarlo a la organización; aunque nunca logró verlo en manos de sus compatriotas, que no saldrían vencedores hasta finales de los años 50. Svehla sería el primer Antonín que se cruzaría en el destino del fútbol europeo de selecciones. Pero no sería el último.

La edición inaugural arrancó el 18 de septiembre de 1927, prácticamente tres meses después de la oficialización del nuevo torneo. Meisl no pudo rechazar el cargo de secretario general del certamen y Mauro Ferretti, miembro de la federación italiana, fue elegido presidente. Austríacos e italianos fueron, sin duda, los protagonistas de ese primer campeonato, que terminó dos años y medio después. Los austriacos, entrenados por el mismo Meisl —una situación que no generó ningún tipo de polémica—, no empezaron bien. En el primer partido fueron superados por los checos. Peor todavía: una semana después, en Budapest, los húngaros golearon a sus rivales imperiales por 5-3 y asumieron el liderato de la tabla (se repartían dos puntos por victoria y uno por empate, con la diferencia de goles como criterio de desempate). La remontada austriaca, aun así, no se hizo esperar. El torneo demostró ser un éxito y las gradas se llenaban con facilidad, pero fue la histórica victoria de la selección italiana contra la favorita Hungría, la primera en su haber, la que puso de manifiesto su popularidad. La federación transalpina, con el beneplácito de Benito Mussolini, pagó a cada jugador 24.000 liras como premio por esa victoria. El dictador italiano, de hecho, llevaba años utilizando el deporte como arma de propaganda política. Había sido uno de los hombres clave en establecer los pilares de la llamada ‘Carta de Viareggio’, el documento que cambió para siempre la normativa del fútbol en el país y lo lanzó a la profesionalización. Los éxitos de la ‘Azzurra’ eran fundamentales para construir esa imagen de nueva potencia mundial, y conquistar la Copa Centroeuropea era parte indispensable de esa política. El doble triunfo de los italianos contra los suizos —después de una breve pausa en la competición para que ambos países disputaran los Juegos Olímpicos de Ámsterdam—, y la victoria posterior sobre los checos, colocaron a Italia claramente a la cabeza de la clasificación con nueve puntos a su favor y dos partidos por disputarse. El problema para los transalpinos, aun así, era que entre ambos encuentros transcurriría un año, mientras que sus rivales todavía tenían encuentros pendientes en el calendario. Derrotados por los austriacos a principios de abril de 1929, pasaron más de un año con la calculadora en la mano mientras sus rivales tropezaban. En vísperas del último partido, austriacos y checos lideraban la tabla con diez puntos, mientras que húngaros e italianos les pisaban los talones con nueve, por lo que un empate en Budapest entre estos últimos llevaría a un inesperado escenario de cuádruple empate en cabeza. Fue entonces cuando entró en escena Vittorio Pozzo.

Figura clave de la historia del fútbol italiano y europeo, Pozzo había jugado en varios equipos suizos antes de regresar a Italia, donde fue uno de los fundadores del Torino. De ahí pasó a los banquillos, intercalando su cargo de entrenador de la selección con su trabajo en la compañía de neumáticos Pirelli. A mitad de los años 20, se retiró totalmente del fútbol para dedicarse a su vida familiar, pero la inesperada pérdida de su mujer lo sumió en una profunda depresión de la que solo el balón le pudo rescatar. Fue nombrado seleccionador nacional por cuarta vez a finales de 1929, y su misión, un encargo directo del general Giorgio Vaccaro, figura eminente del Gobierno fascista, era la de convertir a Italia en una potencia mundial en los terrenos de juego. Pozzo no era solamente uno de los mejores entrenadores de su generación, un innovador táctico como pocos, sino que también era un gran estratega emocional. En vísperas del partido decisivo contra los húngaros, su primer duelo oficial tras recuperar el puesto, concentró la comitiva italiana unos días en Milán para hacer piña. Luego, se marcharon a Budapest con varios días de antelación para enterrar la evidente ansiedad que el partido estaba produciendo entre los suyos. Entre el grupo de jugadores convocados, se encontraban las primeras grandes estrellas del calcio, entre ellas, Julio Libonatti. Nacido en Rosario, en el corazón de Argentina, Libonatti pasó a la historia como el primer oriundi: Pozzo había detectado una carencia de talento en comparación con sus rivales centroeuropeos, e indagó junto con el Ministerio de Deportes del Gobierno de Mussolini la opción de nacionalizar a los deportistas extranjeros que pudiesen tener antepasados italianos, sobre todo aquellos cuyas familias habían emigrado a Sudamérica a inicios de siglo. Libonatti encajaba perfectamente en ese perfil. Sus padres eran naturales de Calabria y habían escapado del hambre a finales del siglo XIX hasta llegar a Argentina, donde Julio nació poco después. Empezó su carrera deportiva en Newell’s, convirtiéndose en una de las primeras grandes figuras del fútbol que despuntaba fuera de Buenos Aires. Su llamada a la selección lo convirtió en una leyenda en todo el país: fue el primer delantero argentino apodado ‘Matador’. Su fama traspasó fronteras y el Torino se hizo con sus servicios en 1926. Libonatti pagó con creces la confianza de los piamonteses, al anotar 150 goles en ocho campañas y llevar al club a levantar sus dos primeros Scudetti. Pozzo era un enamorado de su estilo de juego, y presionó en los despachos para que le otorgaran la nacionalidad italiana a tiempo de disputar la Copa Centroeuropea. La decisión no pudo ser más acertada. Libonatti no fue solamente el máximo anotador del torneo, con seis goles, sino que también fue el asistente más prolífico. Dos de sus goles, además, llegaron cuando su selección más los necesitaba.

El equipo italiano que entró en el estadio del Ferencváros el 11 de mayo de 1930 había visitado la tarde anterior al partido uno de los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, a las afueras de Budapest, donde el seleccionador pronunció un inspirado discurso sobre patriotismo y fútbol. Galvanizados, los italianos fueron una auténtica pesadilla para los locales. Lo apostaron todo al contragolpe, y aprovecharon la velocidad y el desparpajo de un adolescente de apenas 19 años llamado Giuseppe Meazza. El joven había debutado semanas antes con la ‘Azzurra’, y esa tarde firmó su primer hat-trick; estaba a punto de convertirse en la primera gran leyenda del calcio. Los visitantes salieron del terreno de juego con un 0-5 a su favor y el título en su palmarés. En el tren de vuelta, a Pozzo se le cayó el trofeo mientras lo contemplaba. Un pequeño trozo se soltó y resbaló sobre sus pies. Sin decir nada a nadie, lo guardó en el bolsillo. Y ese pedazo se convirtió con los años en su amuleto de la suerte, como él mismo más tarde confirmó. Lo llevaría para siempre en el bolsillo de la chaqueta para recordar su primer gran triunfo profesional. En Roma, la delegación vencedora fue recibida por todo lo alto. Para los italianos, ese triunfo tenía un sabor especial, un sabor a cetro mundial.

Tal y como había sucedido con la Copa Mitropa, el éxito indiscutible del modelo propuesto por Meisl, tanto entre los aficionados como entre los deportistas, dejó claro cuál era el camino a seguir. Italia tenía ahora la mirada puesta en la Copa del Mundo —tras convencer a Jules Rimet para ser elegida organizadora del segundo Mundial de la historia, el de 1934—, pero eso no significaba que se olvidara de conservar el título conquistado en Hungría. En la segunda edición del torneo, que iba a disputarse durante un periodo más corto, de dos años, tendrían un rival a la altura. Meisl había cedido finalmente a la presión popular y convocó por primera vez para el equipo austriaco a un joven delantero delgado pero extremadamente creativo, ideal para imponer orden en la línea de ataque, por delante del más físico Josef Uridil, el primer héroe popular del fútbol europeo. Si Uridil era un pozo de fuerza con un apetito voraz por el gol cuyas gestas ya inspiraban canciones populares que se escuchaban en las noches de los cabarets de Viena, su sucesor como delantero centro de Austria era más reconocido por los intelectuales que frecuentaban las tertulias vespertinas de las cafeterías. Matthias Sindelar pasó a la posteridad como el ‘Hombre de papel’ por su complexión delicada, y sus logros fueron mucho más allá de los títulos que conquistó a lo largo de su carrera. Fue uno de los primeros falsos ‘9’ de la historia, un jugador que no se ataba a ninguna posición en la línea de ataque. Artesano con el balón y visionario de la geometría del césped, desde sus inicios como delantero en el FK Austria, un club contracultural y conectado con la izquierda más contestataria de Viena, empezó a recular su demarcación en el terreno de juego, buscando orden en el caos. No era un jugador al uso. Por las tardes pasaba por el café Ring, donde debatía hasta bien entrada la noche con personalidades como el filósofo Ludwig Wittgenstein o el arquitecto Paul Engelmann, entre ceniceros a rebosar y vasos de cerveza casi siempre vacíos. En el campo era igualmente militante, un futbolista dotado de una gran técnica pero que siempre buscaba mejorar al colectivo. Un importante crítico teatral dijo de él que jugaba con el cerebro en los pies. Meisl dudaba al principio de su implicación, y temía que su físico fuese un problema en un equipo pautado sobre todo por la velocidad. Aun así, practicaba un juego de toque inspirado en las enseñanzas del técnico inglés Jimmy Hogan, su amigo y consejero desde los tiempos anteriores a la Gran Guerra. La influencia del británico venía de lejos. Hogan tenía mucho que enseñar y Meisl era una esponja; entre ambos formaron un tándem único en la historia del fútbol europeo. Puede que el inglés fuera clave en el cambio de percepción del austriaco. Lo que está claro es que los buenos resultados del FK Austria en la liga y en la Mitropa y la baja forma física de Uridil hicieron al seleccionador cambiar de planes a inicios de la segunda Copa Centroeuropea. La decisión selló el título a su favor. Tal y como iba a suceder con la Copa Mitropa, que entre los años 1930 y 1935 fue conquistada en exclusividad por equipos italianos y austriacos, la segunda edición del torneo de selecciones fue de principio a fin un mano a mano entre ambos países.

El partido inaugural tuvo lugar el 22 de febrero de 1931 en Milán, y los italianos salieron vencedores gracias a la inspiración de un ya consagrado Meazza. Si Meisl había encontrado en Sindelar al símbolo de su renovada Austria, lo mismo podía decir Pozzo de Meazza. El delantero era un Beckham a la antigua, la versión futbolera de Rudolph Valentino, un icono sexual popular entre la afición y la prensa. Elegante, combinaba la potencia física con un nivel técnico superlativo, y desde muy joven transmitía una enorme seguridad. Era el rostro perfecto para esa era de ‘superhombres’ que Mussolini pretendía implementar en la sociedad transalpina. Pozzo había perfeccionado aún más su modelo de juego, que bautizó como ‘Il Metodo’. Era una variante de la WM que Herbert Chapman había popularizado años antes en el Arsenal, pero con una mayor organización defensiva; en la práctica, funcionaba como una MM. En ese esquema de juego, el rol de Meazza era absolutamente determinante. Entre Meisl, Pozzo y Chapman —a los que les unía una larga relación de amistad— se estaba forjando el camino táctico que iba a seguir Europa en los años 30, una evolución con matices aportados por cada uno de sus ideólogos. El posicionamiento de sus equipos trazó una línea divisoria entre la escuela danubiana de Meisl, que bebía todavía de las enseñanzas de Hogan, era fiel al romántico 2-3-5 y contaba con seguidores en las repúblicas herederas del Imperio austrohúngaro, y la versión más física que preconizaba Pozzo. Ese choque entre ambos estilos fue evidente a lo largo de los dos años que duró la edición de la competición. Los austriacos, después de la derrota inicial contra los italianos, encontraron la fórmula mágica, y no volvieron a tropezar en ninguno de los restantes siete encuentros, sellando así el título con una victoria contundente contra Suiza en el Prater de Viena.

La secuencia de partidos sin perder de los austriacos, de hecho, se amplió a 14 con una serie de amistosos, hasta que en diciembre de 1932, en Stamford Bridge, los ingleses lograron poner fin a la racha en un duro partido que se jugó sobre un terreno con más barro que hierba. Para los austriacos, aun así, la derrota importaba menos que las formas. El modo como su estratega había retocado la pirámide invertida para dar más protagonismo al mediocentro, transformándolo en un organizador más que en un elemento defensivo, propulsó una variación ofensiva y altamente asociativa en la que la figura del falso ‘9’ cobraba máxima importancia. Entre Smistik, en el centro del campo, y Sindelar, que pisaba todos los metros de hierba a su alrededor sin quedarse mucho tiempo quieto, se generó una sintonía que marcó la pauta de un equipo inolvidable. Había nacido el ‘Wunderteam’, el ‘equipo maravilla’.

La fama del ‘Wunderteam’ y la derrota de Italia llevaron a Pozzo a buscar una necesaria renovación de su selección, ya que la tercera edición de la Copa Centroeuropea sería, a la vez, la antesala de un Mundial que los italianos tenían la obligación de ganar. El seleccionador sabía que Mussolini no les daba más alternativa que un triunfo indiscutible, así que tomó todas las decisiones necesarias para cumplir con lo que de él se esperaba. Siguiendo el ejemplo de Libonatti años antes, incorporó al combinado nacional a una serie de futbolistas de origen sudamericano que habían destacado en la primera edición de la Copa del Mundo. Así llegaron Luis Monti —un mediocentro físico y reconocido por ser implacable en la marca al hombre—, el veloz Enrique Guaita y el malabarista ofensivo Raimundo Orsi. Todos ellos habían sido internacionales argentinos, y se unieron a la rocosa defensa de la Juventus, compuesta por el fiable portero Combi y los zagueros Rosetta y Caligaris. Angelo Schiavio, el elegante delantero del Bolonia, compartía la punta con Meazza. La combinación de dos atacantes totalmente distintos fue clave para dotar a los italianos de una eficacia goleadora que había echado claramente de menos en la edición anterior. En su debut frente a los suizos, un triunfo por 0-3 dejó claro que el futuro sería más halagüeño. Sendas victorias contra el resto de contrincantes parecían sentenciar el torneo a finales de 1933, pero con el nuevo año llegó el esperado encuentro contra los vigentes campeones. En Turín, ante su gente, los italianos sufrieron un inesperado correctivo. Al descanso, los austriacos ganaban ya por 0-3. El triunfo final (2-4) fue incontestable. Faltaban cuatro meses para el Mundial y en Italia saltaban todas las alarmas.