¡Mambo!

Desde que el clarinetista y saxofonista cubano Paquito D’Rivera actuó como solista de la Sinfónica de Minería, los días 15 y 16 de julio del 2006, no se había presenciado en la Sala Nezahualcóyotl un estallido de júbilo como el del sábado 13 de septiembre del 2008, cuando la OFUNAM ofreció su programa de fiestas patrias.

El Himno Nacional inició el concierto en el proscenio profusamente adornado por dos banderas que flanqueaban el podio ocupado por Alun Francis, director titular del conjunto universitario, así como por numerosas banderitas colocadas sobre los atriles, rebozos multicolores en los respaldos de las sillas y tres grandes sarapes de Saltillo al frente.

Pero no se crea que hayan sido el Intermezzo de la ópera Atzimba de Ricardo Castro, las Danzas cubanas de Mario Ruiz Armengol, ni el Primer Concierto para piano y orquesta de Gonzalo Curiel los catalizadores de la euforia desbocada.

Silvia Navarrete, que había sido solista de esta última obra, comenzó el jaleo con un arreglo de la canción Temor, de Curiel, realizado ex profeso por el cubano Gonzalo Romeu, en el que la acompañaron algunos instrumentistas. El resultado: un delicioso ambiente de piano bar.

Una vez abiertas las cataratas del regocijo popular, la noche fue en un continuo crescendo con La noche de los mayas, de Revueltas y Huapango, de Moncayo.

Lo mejor vino justamente en el momento en que todo parecía haber terminado, puesto que el galés Alun Francis, imperturbable y quizás ajeno a tanto alboroto patrio, salió del proscenio.

En ese momento, diversos músicos, la mayoría de ellos percusionistas, dieron un regalo inesperado: música oaxaqueña, dirigida por el clarinetista Marino Calva, y el Mambo número 8, de Dámaso Pérez Prado, coreado una y otra vez en la cuenta “uno, dos, tres, cuatro...” por toda la sala.

Al salir de la Nezahualcóyotl, cuando todos los temas sinfónicos nos habían abandonado, en nuestro nervio acústico todavía resonaba el grito de “¡Maaaambo!”.

Una diana para los instrumentistas

En 1951, cuando Leonard Bernstein llegó a México, para estrenar en este país su Sinfonía Número 1 para Mezzosoprano y Orquesta denominada Jeremiah (Jeremías), venía presidido por una fama asombrosa.

Todo el mundo comentaba que la había compuesto a la edad de 25 años; que había estrenado mundialmente la Sinfonía Turangalila, de Olivier Messiaen, y la Segunda Sinfonía de Charles Ives; que había dirigido el estreno estadounidense de la ópera Peter Grimes, de Benjamin Britten, cuando apenas tenía 29 años.

Sobre todo, su fama estribaba en el famoso concierto al frente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, transmitido a todo Estados Unidos el 14 de noviembre de 1943, cuando sustituyó en el último momento al legendario Bruno Walter, enfermo de gripe.

En mis años de adolescente, sólo conocía “de oídas” las proezas de este músico. Lo único que me llamó la atención cuando le vi entrar en el proscenio del Palacio de Bellas Artes, huésped de la Orquesta Sinfónica Nacional, fue su apariencia física: alto, delgado y joven (tenía él 33 años); sonriente, vestido informalmente por más que su traje fuese negro.

Sobre todo, lo que más me impresionó fueron sus ademanes y su campechanería, radicalmente opuesta a la solemnidad característica en aquel tiempo de los maestros de la batuta, empezando por Carlos Chávez.

La interpretación de la Sinfonía Jeremías, con la participación solista de la mezzosoprano mexicana Gabriela Viamonte, fue recibida con entusiasmo por un público en el que estaban presentes tantos melófilos judíos, que un amigo de mi papá hizo el comentario: “Está reunido en Bellas Artes todo el seno de Abraham”.

Yo estuve entre los aplaudidores del público, quizá en una premonición temprana de que Leonard Bernstein se convertiría, en mi madurez, en uno de mis más admirados héroes de la música. Y me uní al público que vitoreó a Bernstein tras su interpretación de un concierto de Mozart que dirigió desde el teclado.

Un hecho se me quedó para perpetua memoria: la diana que inició Carlos Luyando con un impetuoso redoble de timbal y la forma en que Bernstein corrió al teclado y, de pie, repitió el festivo tema, a un tempo vertiginoso, y lo ofreció con las manos extendidas a los instrumentistas de la Sinfónica Nacional.

Los ogros también lloran

Visto a la distancia, mi amigo el percusionista Antero Chávez parece un ogro temible: casi dos metros de estatura, más de 160 kilos, barba...

Quien se acerca a él, verá que la apariencia es engañosa. Y si después del concierto acude a felicitarlo por los “solos de platillos”, recibirá un trato tan afectuoso que llevará a muchos de sus seguidores a abrazarlo.

Una admiradora suya comentó que dar un abrazo a Antero es sentirse como lagartija en tronco de árbol.

Su popularidad es tan grande entre los melófilos que un día, al término del programa en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, se formaron dos grandes filas: una de ellas, para saludar a Carlos Miguel Prieto, quien había dirigido la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México; la otra, para saludar a Antero.

Quince minutos después, el director había despedido al último de sus amigos; pero la fila para ver a Antero no tenía para cuándo terminarse. Entonces Prieto se formó también y, cuando llegó al hombre de los platillos, le dijo: “Maestro, ¿podría hacerme el favor de escribirme un autógrafo en mi partitura?”

En una ocasión descubrí a este músico en medio del público que llenaba la Sala Nezahualcóyotl. La OFUNAM, dirigida por Diemecke, interpretaba la Patética de Chaikovski, sinfonía que concluye en el silencio de la muerte. Me di cuenta entonces de que tenía un pañuelo blanco en la mano: lloraba como un niño.

Variaciones Enigma de Elgar es una de las obras que más le conmueven. En la variación “Nimrod”, aprovecha que no toca, por lo que –no sin cierto esfuerzo– se arrodilla durante todo el pasaje y cualquiera diría que se pone a rezar.

Siempre de buen humor y aficionado a las bromas candorosas, suele llevar dos tarjetas: una amarilla y otra roja, las cuales saca para amonestar o expulsar al impertinente –según el caso– como el más severo de los árbitros de futbol, su deporte favorito, que practicó en su juventud con los Pumas de la UNAM.

Hace muchos años lo vi preguntar a sus colegas si tenían cambio de un billete grande. Cuando le respondieron qué tan grande, sacó del bolsillo una gran sábana, en forma de billete, y estalló en júbilo.

Sus anécdotas suelen ser deliciosas. Mi favorita es ésta: participaba en el ensayo de Los Planetas de Gustav Holst, conducido por Eduardo Mata, cuando llegó a un pasaje en que, supuestamente, debía estallar el bombo con máxima enjundia. Tomó vuelo, pero el estrépito dejó atónito al director, porque en ese momento el percusionista tenía unos compases de silencio.

Cuando al final del ensayo le preguntó uno de sus compañeros qué le había sucedido, respondió: “Vi en mi particella la abreviatura GP, pero en lugar de interpretarla como gran pausa, pensé que se trataba de gran putazo”.

BMM302.tifLas peripecias de Antero incluyen situaciones que lo han llegado a sonrojar:

“Una vez estaba tan fascinado por la participación solista de Jorge Federico Osorio en la “Danza lejana”, segunda parte de Noches en los jardines de España de Manuel de Falla, que me recargué en el bombo para poder disfrutar mejor.

“Al estar a punto de llegar a cierto pasaje, pensé que en él convendría un ligero trémolo en el platillo suspendido. Desperté entonces de mi ensueño: ¡pero si el compositor así lo pedía! Lo peor fue que ya no tuve tiempo de correr a tocarlo, porque estaba lejos de mi instrumento”.

En un concierto de la Orquesta Sinfónica de Minería dio tres platillazos en el compás equivocado durante la interpretación de la Primera Sinfonía, Ensueños invernales, de Chaikovski. Al final acudió muy apenado al camerino de Carlos Miguel Prieto, para ofrecerle una disculpa.“No te preocupes –le respondió el director–, quedan tan bien ahí, que los voy a agregar a la partitura”. Tomó un lápiz y así lo hizo.

En otra ocasión tocaba con la Filarmónica de la Ciudad de México y lo había conmovido tanto la dramática Cuarta Sinfonía de Ralph Vaughan-Williams, que tras la intervención de los platillos en los últimos compases, olvidó que el golpe final lo tiene exclusivamente el bombo. “Estaba tan encarrerado que, sin habérmelo propuesto, acompañé al bombo con un sonoro platillazo. Me dio tanta pena, que salí presuroso al término del concierto para no encontrarme con el director”.

Antero me contó que durante un viaje de la Filarmónica de Berlín a Tokio, donde interpretaría la Séptima Sinfonía de Bruckner, que tiene una sola intervención de los platillos a lo largo de 75 minutos, Herbert von Karajan se dio cuenta de que el jefe de personal no había incluido al percusionista, por lo que pidió que lo llevaran en el primer vuelo. “No me importa que sólo venga a tocar en un compás. No confío en otro percusionista”.

De acuerdo con su peculiar estilo, Karajan dirigía en ese concierto con los ojos cerrados y en profunda concentración. La música llegó por fin al compás de la intervención del platillo. El director dio un brinco en el podio, abrió descomunalmente los ojos y su rostro se contrajo en un rictus de desesperación: los platillos no habían sonado.

BMM307.tifBalones en Bellas Artes

Tan regocijado estaba el director de orquesta Shinik Hahm el viernes 24 de mayo del 2008 por la reacción del público de Bellas Artes y la nutrida presencia de paisanos suyos en el concierto de la Sinfónica Nacional, que al final volvió a salir al proscenio. Llevaba una bandera mexicana de gran tamaño y una bolsa de plástico.

“Ya les regalamos música –dijo en inglés el huésped coreano–, ahora les traigo unos balones de futbol”. Ante el asombro generalizado, los lanzó uno por uno con la precisión de un saque de manos. Estuve a punto de atrapar uno, pero la estrecha marcación de mis vecinos de butaca me impidió que controlara la pelota.

El último balón de obsequio fue certeramente pateado, tomó altura y por poco entra en el perpetuamente vacío palco presidencial, lo que habría arrancado el grito de ¡goool!

Los más solemnes seguidores de la Sinfónica consideraron que esto no era digno del Palacio, hijo póstumo del porfiriato. Pero los iconoclastas aplaudimos divertidos la ocurrencia. Francamente, fue de agradecerle su reconocimiento a la pasión futbolística de los mexicanos, aun cuando vivamos, en términos de este deporte, en el país del “ya merito”.

Pierrot Lunaire a las tres de la mañana

Si usted es melómano incurable, quizá haya hecho la prueba de dormir con grabadora, iPod o radio encendidos.

Habrá notado que, entre el sueño y la vigilia, la música adquiere extraños, mágicos efectos: los rasgos se estilizan, las melodías se subliman y todo se mueve en un ambiente onírico.

Esto lo experimenté por primera vez de niño, en una ocasión en que me quedé dormido con el aparato sintonizado en la ya desaparecida estación capitalina XELA. Soñé que escuchaba una música fuera de este mundo, con melodías tan exquisitas que parecían irreales.

Desperté sobresaltado, para encontrar que la estación había salido del aire a media noche, y solamente se escuchaba el zumbido característico. ¿Qué había soñado o qué había escuchado en la duermevela?

Una de aquellas melodías me dejó particularmente cautivado, por lo que me propuse localizar de qué se trataba. En los días siguientes, escuché radio de la mañana a la noche, pero pasaron muchos años sin que apareciera por ningún lado el tema de mis sueños. Llegué a suponer que yo lo había creado y vi en ello un indicio de que quizá tenía talento como compositor.

Ya en la adolescencia, fui a un concierto a Bellas Artes. Estupefacto, escuché el motivo musical que tanto amaba, cuya paternidad me había adjudicado. Se trataba de una de las “Danzas Polovetsianas” de la ópera El príncipe Igor, de Borodin. Qué sentimientos encontrados tuve en ese momento. Por un lado, mi regocijo por haber descubierto ese tema fue de grandes proporciones; por otro, sentí un profundo desencanto al percatarme de que no había sido yo llamado para la composición, como había supuesto.

Desgraciadamente no se ha repetido una experiencia similar. Pero como el virus de la melomanía se inocula en la infancia y se vuelve más activo en la vejez, ahora suelo recurrir al experimento de dormir con radio, para lo cual aprovecho la estación Opus, que transmite música de concierto las 24 horas.

Durante la mayor parte de la noche, no queda huella de lo oído, pero de vez en cuando despierto y me digo, por ejemplo: “Estoy escuchando Variaciones Goldberg, de Bach, en transcripción para piano. Por los tempi, supongo que el intérprete es Claudio Arrau”, lo que me hace sentir un erudito. Pero hay ocasiones en que no tengo idea de lo que están transmitiendo. Entonces me consuelo: “Uno se acuesta para dormir, no para hacerla de musicólogo”.

Hace algunos días me revolvía en la cama sin poder descansar plenamente y lo escuchado no era como para arrullar a un bebé. Prendí la luz; vi que eran casi las tres de la mañana. Identifiqué el Pierrot Lunaire de Arnold Schoenberg, obra que disfruto en la vigilia, pero me parece horrenda entre sueños. Desde entonces he empezado a preguntarme si de veras será tan aconsejable dormir con música.

Mónica, la vidente

“Perdone, señor, ¿es usted José Alfredo Páramo?”

—Así es. ¿Tengo el gusto de conocerlas?

“No... no nos conocemos; pero ahora el gusto es nuestro. Usted escribe en El Economista, ¿verdad?”

—Sí... ¿Cómo supieron quién soy?

“Mónica, mi hija, lee sus columnas en La Plaza y desde hace mucho tiempo quería conocerlo. Cuando lo vio, pensó que usted debía de ser, porque da exactamente el perfil que ella había imaginado”, dijo la señora María Eugenia.

El insólito diálogo tuvo lugar en la Sala Nezahualcóyotl, durante el ensayo del Concierto Candela para percusión y orquesta, de Gabriela Ortiz, por parte de la OFUNAM, dirigida por Ronald Zollman.

Así comenzó, bajo el patrocinio de Euterpe y la vocación de vidente, una sincera amistad.

—¿Acaso crees, Mónica, en la percepción extrasensorial?

“Por supuesto. ¿No hubo el día que nos conocimos algo de eso?

“Por citar otro ejemplo: un día escuché en la radio una obra cuyo nombre no dijeron en la presentación, ni al final de la transmisión. Tampoco mencionaron en ninguna de esas ocasiones el nombre del compositor.

“Cuando terminó, hablé por teléfono con Antero Chávez, mi amigo, el percusionista de la Filarmónica de la Ciudad de México, y le dije que había oído una música que me había gustado mucho, pero que nada, absolutamente nada sabía de ella, ni tampoco pude tararearle la melodía.

“Él escuchaba mis palabras emocionadas, cuando de pronto empezó a silbar, con la precisión que lo hace, un lindo tema. Le dije asombrada que eso era lo que acababa de escuchar en la radio. Me respondió que se trataba del “Otoño”, del ballet Las estaciones, de Glazunov.

“Corrí a comprar el disco y volví a disfrutar esa música encantadora, cuyo misterio había quedado revelado por una especie de telepatía”.