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Editado por Harlequin Ibérica.
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28001 Madrid
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 491 - mayo 2022
© 2013 Natalie Anderson
Una desconocida en mi cama
Título original: Whose Bed Is It Anyway?
© 2016 Dolce Vita Trust
Boda por contrato
Título original: Contract Wedding, Expectant Bride
© 2018 Jessica Lemmon
Amantes solitarios
Título original: Lone Star Lovers
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2016, 2017 y 2019
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1105-739-4
Créditos
Índice
Una desconocida en mi cama
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Boda por contrato
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Amantes solitarios
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Capítulo Quince
Capítulo Dieciséis
Capítulo Diecisiete
Capítulo Dieciocho
Capítulo Diecinueve
Capítulo Veinte
Capítulo Veintiuno
Capítulo Veintidós
Capítulo Veintitrés
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Nueva York, la ciudad que nunca duerme...
James Wolfe tampoco dormía apenas. Y menos cuando viajaba en avión, en barco o en coche. Y entre los vuelos de larga distancia que había encadenado, los espantosos retrasos y el atasco en el que estaba en ese momento, llevaba ya más de cuarenta y ocho horas sin dormir.
Solo unos minutos más y podría meterse en la cama, se dijo. En su cama; no en la litera de un albergue, ni en la cama de un hotel, ni en un saco de dormir dentro de una tienda de campaña. Estaba impaciente por llegar, y deseó para sus adentros que los coches se apartaran para dejar pasar al taxi en el que iba.
–¿Ha estado de viaje? –le preguntó el taxista.
James asintió con la cabeza y esbozó una media sonrisa.
–Se le ve agotado –comentó el taxista.
Finalmente llegaron a su destino. El taxista aparcó frente al bloque de apartamentos y se ofreció a ayudarlo con la maleta, pero él rehusó con una sonrisa, asegurándole que no era necesario. Y luego el tipo le dijo que no le cobraba la carrera. Lo había reconocido, y durante el trayecto se había deshecho en elogios hacia él, diciéndole cuánto lo admiraba.
–Le agradezco el gesto –le dijo James–, pero si hace usted el turno de noche, imagino que es porque necesita el dinero –sacó unos cuantos billetes de su cartera–; seguro que tiene una familia que alimentar.
Le tendió el dinero, y el hombre lo aceptó a regañadientes.
–Gracias. Pero si algún día necesita que lo lleve a alguna parte, no dude en llamarme –le dio su tarjeta–. Es usted un...
James sonrió de nuevo y se bajó del taxi antes de que acabara la frase. En ese momento no se sentía como un héroe; solo se sentía exhausto.
Al entrar en el edificio saludó con la mano al guarda de seguridad y se fue derecho al ascensor para subir al apartamento que había comprado a medias con sus dos hermanos, Jack y George.
Cuando entró, le invadió un profundo alivio. Dejó caer la maleta al suelo, pero no se molestó en encender las luces. La penumbra era como un bálsamo para sus ojos cansados. Solo le llevó un momento hacerse a ella, aunque tampoco había nada que ver. El apartamento había sido vaciado por completo para que lo reformaran.
Mientras atravesaba el salón se descalzó, se desabrochó el cinturón y se quitó los pantalones. Solo esperaba que la gente de la empresa de reformas hubiese cumplido con lo que habían acordado antes de su marcha: acabar lo primero el dormitorio y el cuarto de baño y equiparlos con todo lo necesario para que pudiera hacer uso de ellos.
Al entrar en el dormitorio lo encontró pintado, amueblado, enmoquetado... pero al llegar a los pies de la cama se paró en seco, parpadeó y se frotó los ojos. Había una mujer preciosa acurrucada en su cama.
Las cortinas estaban descorridas, y las luces de la ciudad teñían la habitación con un brillo tenue que iluminaba también a aquella hermosa desconocida. El largo cabello rubio estaba desparramado por la almohada, y un brazo de blanca piel descansaba sobre la sábana.
Tenía que estar soñando. Miró a su alrededor. No había ninguna maleta, ni ropa por ninguna parte. El resto de la habitación estaba en perfecto orden. No había duda: tenía que estar soñando. Si fuera real sería demasiado cruel. Encontrarse a una mujer preciosa en su cama cuando estaba tan cansado que sería incapaz de hacer con ella ninguna de las cosas que estaban pasándole por la cabeza en ese momento.
Eso debía ser, que estaba tan cansado y llevaba tanto tiempo sin practicar el sexo que su mente había conjurado una fantasía surrealista de una hermosa mujer esperándolo en la cama.
Parpadeó de nuevo, pero la visión no se desvaneció. Carraspeó, pero ella no se movió.
–Eh... oye... despierta –la llamó.
No surtió efecto, pero la bella durmiente frunció ligeramente el ceño.
–Perdona, pero tienes que irte –le dijo.
Bueno, tal vez podría dejar que siguiera durmiendo y echarse a su lado. Lo que él necesitaba en ese momento era eso, dormir. Por la mañana, cuando estuviese descansado, podría hablar con ella... y hacer cualquier otra cosa que le pidiese el cuerpo.
Pero justo en ese momento ella abrió los ojos, y cuando lo vio gimió sobresaltada y se incorporó como un resorte, sujetando la sábana contra el pecho.
–¿Quién eres? –le preguntó James.
La joven parpadeó aturdida. El cabello le caía desordenado en torno al rostro, y sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas por el sueño.
–¿Qué quieres de mí? –le preguntó ella.
¿Por qué estaba torturándolo aquella visión de esa manera? ¿Estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera?
–Esto... perdona, pero ahora mismo dudo que pudiera...
Ella se quedó mirándolo un buen rato y sus hombros se relajaron.
–Ah, eres James.
¿Cómo podía saber su nombre? Cada vez estaba más convencido de que tenía que ser una fantasía.
–Pues sí, y lo siento mucho, porque aunque eres preciosa y estoy seguro de que sería increíble... en fin, no va a pasar nada entre nosotros esta noche. Así que, en fin, esfúmate y vuelve otro día.
Ella parpadeó de nuevo, pero no se movió, sino que se quedó mirándolo otra vez y, al ver cómo se teñían sus mejillas de rubor, James sintió que un cosquilleo le recorría la espalda.
–George me dijo que viniera aquí –murmuró ella, frunciendo el ceño.
¿Eh? ¿Por qué tenía su hermano que entrometerse en una fantasía suya?
–¿George te mandó aquí... para mí? –inquirió confundido. Y el cosquilleo se tornó frío y desagradable.
¿Aquella chica estaba allí porque George le había dicho que fuera? ¿O porque le había pagado para que fuera allí? No, imposible. George nunca le haría algo así. Le había estado dando la lata durante meses con que debería salir por ahí, ligar y divertirse, pero enviar a una prostituta a su casa no era su estilo.
Fuera como fuera, estaba demasiado cansado como para dilucidar aquel misterio. Lo que quería hacer era dormir.
Cerró los ojos, con la esperanza de que la tentadora visión hubiese desaparecido al volver a abrirlos, pero cuando lo hizo seguía allí.
Estaba mirándolo con los ojos entornados, y alzó la barbilla, como molesta, para espetarle:
–¿Te has creído que estaba esperándote?
¿No era así? James abrió la boca, volvió a cerrarla y tragó saliva. Mierda...
Caitlin Moore echó la cabeza hacia atrás para mirar bien a James Wolfe. Nunca había visto unos ojos tan oscuros. Eran más oscuros que los de su hermano gemelo, eso sin duda; y su cabello, del mismo color, también era más oscuro.
Pero no era esa la diferencia más evidente entre ambos, sino la cicatriz que le cruzaba parte del rostro desde la sien hasta el pómulo. Sabía cómo se la había hecho. Todo el mundo había visto, en la prensa o la televisión, esa imagen de él con el rostro ensangrentado y una niña malherida en brazos, avanzando indolente por un pueblo asolado por un corrimiento de tierra. Era el paradigma del héroe moderno. Pero un héroe que pensaba que era una furcia.
No se quedó mirando su cicatriz, ni se recreó admirando su físico atlético, a pesar de que solo lleva unos boxer y una camiseta. Una camiseta gris como la que ella había tomado prestada de su armario, aunque a él le quedaba muchísimo mejor.
Sin embargo, a pesar del esfuerzo que hizo por no mirarlo demasiado, no pudo evitar fijarse en su piel bronceada y sus músculos. Y tampoco le pasó desapercibido el brillo irritado en sus ojos, como si se le estuviera agotando la paciencia.
Pues a ella también se la estaba colmando. ¿Cómo era eso que le había dicho? «Aunque estoy seguro de que sería increíble, no va a pasar nada entre nosotros». ¿Se podía ser más presuntuoso?
–A ver, ¿qué tal si me dices quién eres y qué fue lo que te dijo George? –le preguntó él.
Ella sabía perfectamente quién era él –un médico de una ONG que participaba en las operaciones de rescate en países devastados por desastres naturales, un héroe–, pero él, según parecía, no tenía ni idea de quién era ella.
No sabía nada de la pesadilla que había dejado atrás al abandonar Londres. Sin duda no había leído los titulares de los periódicos ni había visto la bilis que estaba soltando la gente sobre ella en Internet.
–¿De verdad has pensado que tu hermano me había mandado aquí para que hicieras conmigo lo que se te antojara? –le espetó, ignorando su pregunta.
Alargó el brazo para encender la lámpara de la mesilla de noche, pero él no contestó, sino que permaneció allí plantado, a los pies de la cama, mirándola fijamente con esos ojos oscuros como el chocolate negro.
–Esa camiseta que llevas es mía –dijo.
¿Qué clase de respuesta era esa? ¿Acaso eso la convertía en su propiedad? Al ver el modo tan intenso en que estaba mirándola, sintió que una ola de calor le afloraba en el vientre.
–Agradece que no te tomara prestados también unos boxer –le respondió–, porque estuve a punto.
–¿Mis...? –James se quedó callado y tragó saliva–. Entonces, ¿qué más llevas puesto?
Parecía casi atormentado, y Caitlin no pudo resistir la tentación de apretarle las tuercas un poco más.
–Solo tu camiseta –contestó encogiendo un hombro–. Mi ropa está colgada en el baño, secándose.
Él no apartó los ojos de ella.
–¿Solo?
–Bueno, me pareció que tenías camisetas de sobra –le respondió. Había como veinte en el vestidor, todas planchadas, dobladas y del mismo color–. ¿Quién habría pensado que al honorable James Wolfe, el héroe nacional, le gustaría tener a una mujer de mala reputación esperándolo en la cama a su regreso de una misión? –le espetó con sarcasmo.
Él se quedó mirándola como atontado, como si le costase comprender sus palabras. ¿Estaría borracho?
–Entonces... ¿no estás aquí por...? –se quedó callado un momento; casi parecía incómodo–. ¿... por mí?
–No, tu hermano no me ha pagado para que viniera y me convirtiera por unas horas en tu juguete sexual –contestó ella, sonriéndole con irónica dulzura–. Además, si fuera una profesional del sexo –añadió ladeando la cabeza–, ¿no crees que me habría puesto algo más sexy que una de tus camisetas?
Él apretó los labios y la miró furibundo.
–Mira, estoy cansado. Y sí, he cometido un error, y lo siento, pero no puedes quedarte aquí.
Bueno, al menos se había disculpado. El problema era que ella no tenía dinero para irse a otro sitio.
–Pero es que tu hermano me dijo que podría quedarme aquí un mes.
–¿Un mes? –James la miró boquiabierto–. No, no, no... Ni hablar.
–Bueno, pues ya veré qué haré, pero lo que es esta noche, no pienso irme de aquí.
–Tienes que hacerlo.
–Escucha –le dijo Caitlin, dejando a un lado su orgullo y su dignidad–, estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo. No me importa dormir en el suelo.
Él frunció el ceño.
–No voy a dejar que duermas en el suelo.
Caitlin suspiró.
–Oye, no te pongas ahora caballeroso. ¿O es que has olvidado que hace un momento he visto tu verdadera cara? Ya sabes, ese tipo que cuando encuentra a una desconocida en su cama piensa que es una fulana.
–No vas a dormir en el suelo.
Ella optó por cambiar de táctica.
–Muy bien; entonces compartiremos la cama –le echó un vistazo al enorme colchón–. Es muy amplia.
–No lo suficiente.
Caitlin tragó saliva.
–Nos apañaremos –replicó estoicamente–. Mira, yo me acurrucaré en este lado –dijo moviéndose hacia el borde de la cama–, y en medio ponemos un par de almohadones. ¿Te basta con eso?
–No.
–¿Cómo? No irás a ponerte puritano ahora, ¿no?
–Jamás he pagado a cambio de sexo, y tampoco tengo por costumbre dormir con mujeres poco dispuestas.
Caitlin se quedó mirándolo. ¿Qué esperaba que respondiese a eso? Porque, si prestase oídos al cosquilleo que estaba recorriéndole la piel en ese momento, tendría que negar lo que él acababa de decir: aunque contra su voluntad, estaba dispuesta. Más que dispuesta...
Y decirle eso sería un error, porque, aunque fuera guapísimo, estaba comportándose como un capullo.
James, que ya no podía más con el cansancio que arrastraba, solo quería que aquella conversación terminase. Necesitaba dormir, por lo menos veinte horas seguidas.
–Mira, creo que podré controlar mis instintos más básicos lo suficiente como para no abalanzarme sobre ti en medio de la noche –le dijo, arrastrando las palabras.
Era evidente que estaba haciendo todo lo posible para fastidiarlo.
Cerró los ojos, pero aquella criatura, exasperante y endiabladamente sexy, siguió hablando, diciéndole otra vez no sé qué de unos almohadones y de lo espaciosa que era la cama.
–Oye, estoy reventado –la interrumpió levantando las manos en señal de rendición–. Voy a dormir; hablamos mañana.
Y dicho eso se dejó caer en la cama y dejó por fin que lo arrastrara el sueño.
James Wolfe se aferró a aquel sueño erótico y pecaminoso. Notaba en la lengua un sabor mezcla de dulce y salado, y un cuerpo cálido y de formas blandas apretado contra el suyo. Aquellos ojos de color azul verdoso brillaban desafiantes, pero también con deseo; y los labios, carnosos, le sonreían. La sensual voz le susurró algo, y él alargó la mano, queriendo tocarla, pero las yemas de sus dedos se deslizaron sobre una sábana fría.
Abrió lentamente los ojos, volviendo de mala gana a la realidad, y lo primero que vio fue el espacio vacío a su lado. Frunció el ceño y parpadeó, convencido de que la mujer del sueño había yacido junto a él.
Entonces oyó el ruido de la ducha. Ah, estaba en el baño..., pensó sonriendo plácidamente, y volvió a cerrar los ojos. Pero los recuerdos de la noche pasada volvieron a su mente, disipando la niebla del agradable sueño, y se puso rígido antes de incorporarse como un resorte.
Sí que había habido una mujer en la cama con él. Una mujer a la que él había tomado por una... Maldijo para sus adentros. Según ella, George le había dicho que podía quedarse allí un mes.
Su hermano nunca invitaba a desconocidas al piso, o al menos no para más de una noche y sin estar él allí, así que... tenía que ser su novia. No le había dicho nada de que se hubiera echado novia, pero también era cierto que hacía tiempo que no hablaban. Así que... sí, era probable que fuese su novia.
¿Y qué había hecho él? Prácticamente llamarla prostituta y decirle que se fuera. George se pondría furioso cuando se enterase, y con razón. Y él tendría que arrastrarse para disculparse con los dos.
El ruido de la ducha cesó, y James se puso tenso. ¿Debería decirle que la noche anterior el cansancio que arrastraba le había impedido pensar con claridad?
La puerta del baño se abrió y salió la misteriosa desconocida, que lo miró con recelo. Vestida parecía cualquier cosa menos una prostituta. Se había recogido el pelo en una coleta, no se había maquillado, y llevaba un jersey negro de cuello vuelto y unos vaqueros del mismo color que le estaban grandes.
–Creo que deberíamos presentarnos como es debido –le dijo–. Bueno, tú ya sabes quién soy, pero no me has dicho tu nombre.
–Caitlin –contestó ella en un tono seco.
James la miró de arriba abajo, fijándose de nuevo en la ropa, que obviamente no era de su talla, y no pudo resistir la tentación de pincharla un poco.
–¿Tienes por costumbre ponerte la ropa de otras personas, Caitlin?
Ella se sonrojó.
–Me perdieron la maleta en el vuelo de Londres a Nueva York.
O sea, que había llegado hacía poco.
–¿Por eso te pusiste anoche mi camiseta?
Ella asintió con la cabeza.
–Ya te lo dije: había lavado mi ropa y todavía estaba húmeda.
–Entonces, la que llevas puesta... ¿de verdad es tuya? –inquirió él, enarcando las cejas. Cuando ella lo miró con irritación, se dio cuenta de que se estaba pasando un poco. Aunque le divertía pincharla, no quería enfadarla aún más–. Perdona; era broma. En fin, ¡qué mala suerte lo de la maleta!
Ella apartó la vista y paseó la mirada por la habitación.
–Espero que llegue hoy; di esta dirección en la oficina de reclamaciones.
–Ya. Bueno, pero si necesitas comprar algo de ropa mientras tanto estás de suerte, porque en esta zona hay un montón de tiendas –dijo él, preguntándose cómo sacar el tema de lo suyo con George.
–Eso puede esperar.
James frunció el ceño, confundido. No tenía otra cosa que ponerse más que lo que llevaba, ¿y no tenía prisa por comprarse ropa? Volvió a fijarse en su atuendo, y se dio cuenta de que tal vez hubiese vuelto a meter la pata. A lo mejor no era que no quisiese comprarse ropa, sino que no podía permitírselo.
¿Sería ese el motivo por el que la noche anterior se había negado en redondo a marcharse?, ¿porque no podía pagarse una habitación de hotel? Por el brillo orgulloso en sus ojos, tuvo la impresión de que, si ese era el motivo, jamás lo admitiría.
–¿Y a qué has venido a Nueva York? –le preguntó.
–A pasar mis vacaciones.
–¿Un mes de vacaciones?
Ella asintió, pero James tuvo la sensación de que estaba ocultándole algo. No acababa de entender de qué iba aquello, y le fastidiaba que su hermano le hubiera dicho que podía quedarse allí un mes entero. Para él aquel era su hogar. Allí podía estar a solas y en paz, lo que necesitaba entre misión y misión para reponer fuerzas y descansar.
Claro que, si ella iba a estar allí de vacaciones, se pasaría todo el día visitando lugares turísticos, cenaría fuera y saldría a bailar y cosas así, ¿no? Si fuera así, apenas tendrían que verse.
El único problema era que, con el apartamento en obras, el único dormitorio que se podía utilizar por el momento era aquel. Y compartir la cama con la novia de su hermano era algo que entraba en la lista de cosas que para él estaban completamente prohibidas. Suponiendo que fuese la novia de su hermano...
–Así que George dijo que podías quedarte –comentó, inclinándose hacia delante para observar su reacción.
Ella asintió de nuevo y volvió a apartar la vista.
–Pero es obvio que si me quedo no voy a hacer más que causar molestias.
Si se iba, su hermano jamás se lo perdonaría.
–¿Y cómo es que George...?
–Es un buen amigo –lo interrumpió ella, antes de que pudiera acabar la pregunta–. Lo conocí por mi hermana, y cuando supo que venía a Nueva York me dijo que podía quedarme aquí.
¿Un amigo? ¿No eran más que eso?, ¿amigos? James se pasó una mano por el pelo y se frotó la nuca. Si hablase con su hermano más a menudo lo sabría y no tendría que preguntar.
–¿Y lo conoces bien?
–No en el sentido bíblico, que creo que es lo que en realidad quieres saber, ¿no? –le espetó ella–. Y ya que estamos, ¿puedo saber qué te importa a ti?
Esa respuesta desafiante lo enervó.
–¿De verdad necesitas que te lo explique?
–En algunos aspectos te pareces mucho a tu hermano –dijo ella con aspereza.
–Pero no soy él.
¿Por qué no podía apartar la vista de los carnosos y sensuales labios de Caitlin? Debería comportarse y reprimir sus instintos, se dijo. ¡Pero es que estaba tan cansado de hacer siempre lo correcto...!
Caitlin ladeó la cabeza y lo escrutó en silencio.
–¿Te molesta? Que la gente os confunda, quiero decir.
No eran gemelos idénticos, pero sí lo bastante parecidos como para que la mayor parte de la gente creyera que sí lo eran. O al menos antes de que se hiciese la cicatriz que ahora le cruzaba el rostro. Claro que esa diferencia era solo superficial. Las verdaderas diferencias entre ellos no eran visibles, sino que se habían marcado a fuego en su interior cuando, años atrás, por su culpa, una familia había quedado destrozada.
Un sudor frío le recorrió la espalda, como cada vez que recordaba aquel suceso. Se irguió y lo apartó de su mente. Había superado aquello; estaba haciendo algo útil con su vida. Sacudió la cabeza y respondió:
–Antes sí. Pero somos muy distintos. De hecho, a veces pienso que me gustaría parecerme más a él.
–¿En qué sentido? –inquirió Caitlin.
James se quedó callado un momento, con la mirada perdida, antes de que sus labios se curvaran en una media sonrisa y un destello travieso asomara a sus labios.
Caitlin sabía que George era un donjuán: encantador, divertido, inteligente... un maestro en conquistar a las mujeres, pero James Wolfe, a diferencia de su hermano, tenía más de depredador que de donjuán. Con él no se sentía segura como con George. Incluso en ese momento, a pesar de la sombra de barba, la mirada soñolienta y el cabello revuelto, resultaba increíblemente cautivador.
–Si fuera más como George no habría tenido problema en decirte anoche lo bien que te sentaba mi camiseta –James sonrió un poco más, y en la mejilla le apareció un hoyuelo–. Por cierto, siento mucho lo brusco que fui contigo. Espero que puedas perdonarme.
Caitlin nunca se fiaba de quien intentaba ganársela con buenas palabras, y si era un hombre, menos.
–¿No te preocupa que vaya a ir por ahí, contando que en realidad James Wolfe, al que todos reverencian, es un capullo?
Él alzó la barbilla y sonrió con socarronería.
–No me importa en absoluto, aunque sí me preocupa un poco lo que podría decir mi hermano si se enterara de lo que pensé de ti anoche y cómo me comporté.
–¿Y qué pensabas?, ¿que desplegando tu encanto personal esta mañana me deslumbrarías, y que me olvidaría de lo de anoche?
Él enarcó las cejas.
–Pues pensé que, cuando menos, no perdía nada por intentarlo.
–¿Por qué? –le preguntó ella–. ¿Es que necesitas que todo el mundo piense bien de ti? ¿O es que tienes un ego tan grande que esperas que todas las mujeres te deseen?
James se rio.
–No, solo pretendía hacerte olvidar lo descortés que fui contigo anoche. Pero si me deseas, te diré que me siento halagado –contestó encogiéndose de hombros.
–¿Qué dices? Yo no te deseo.
–¿Ah, no? –inquirió él, con una expresión muy cómica de fingida decepción.
Caitlin no pudo evitar echarse a reír.
–Eres lo peor...
Ya sabía ella que solo estaba tomándole el pelo... La mirada que le había echado hacía un rato de arriba abajo no había sido más que teatro. Si a James le importaba qué clase de relación tenía con George, sin duda era porque temía por su propia reputación, no porque se sintiese atraído por ella y no quisiese pisarle el terreno a su hermano.
–Pues lo siento por ti –le dijo–, pero no estoy entre los millones de mujeres que te idolatran.
Él alzó la barbilla con un movimiento brusco, como un depredador que acabara de olfatear en las proximidades el olor de una presa apetecible.
–Desde luego tengo que decir que no te pareces en nada a las mujeres con las que trato habitualmente –contestó pensativo.
–Me lo tomaré como un cumplido.
–Y respecto a lo que te dijo George de que podías quedarte aquí...
No iba a suplicarle; ya se las apañaría. Se irguió y, haciendo de tripas corazón, lo interrumpió para decirle:
–Me iré a un hotel.
La respuesta de James la dejó patidifusa.
–¿A un hotel? No, mujer, ¿cómo te vas a ir a un hotel? Los hoteles son lugares fríos e impersonales. Quédate –le dijo con un brillo divertido en los ojos.
–Pero es verdad que no hay espacio para los dos.
–Pues claro que sí –replicó él–. Anoche compartimos la cama sin problemas, ¿no?
Sí, claro... La noche anterior había tardado una eternidad en dormirse. Había estado con los ojos abiertos, nerviosa, y sin casi atreverse a respirar o moverse, hasta que se había convencido de que el hombre tumbado a su lado estaba profundamente dormido, tan inmóvil como una estatua de piedra. Se aclaró la garganta.
–No sé, ¿estás seguro de que no te importa? Tampoco quiero obligarte a que estemos como sardinas en lata...
–Te aseguro que por mi trabajo he dormido en sitios mucho peores y en condiciones mucho peores –contestó él divertido–. Además, tengo un hermano gemelo; estoy acostumbrado a compartir –le explicó James–. De niños trazamos una línea divisoria en nuestro cuarto con cinta adhesiva para marcar el territorio de cada uno.
Aunque Caitlin sonrió, dudaba de que lo hubieran hecho por problemas de espacio. Los Wolfe eran gente de dinero. Eran los dueños de una editorial que vendía millones de ejemplares al año de sus guías de viaje en todo el mundo. Por eso estaba segura de que James había crecido en una casa enorme. Se conmovió al comprender que estaba intentando hacer que se sintiera mejor, pero tampoco iba a dejar que pensara que era tan crédula como para tragarse esas exageraciones.
–¿No teníais cada uno vuestra propia habitación?
–Ya lo creo que no –replicó él al instante–. Y durante un tiempo también compartimos el cuarto con nuestro otro hermano, Jack –añadió riéndose.
–O sea que... ¿estás diciéndome que, si me quedo, compartiríamos el dormitorio como si fuésemos hermanos o algo así? –le preguntó.
–Exacto –asintió él sonriente–. Como te he dicho estoy acostumbrado a compartir... Muchas veces, cuando me mandan a algún sitio en una misión, tengo que dormir en una tienda de campaña con mis compañeros, y ahí sí que estamos como sardinas en lata. Además, solo serán un par de días, como mucho. Pronto me asignarán otra misión y tendré que irme, así que tendrás el apartamento para ti sola durante el resto del mes.
Teniendo en cuenta que no tenía un plan B, difícilmente podía permitirse decir que no, pero había algo que seguía incomodándola.
–¿De verdad crees que funcionaría... después de lo que pensaste de mí al verme?
–Estaba agotado y no podía pensar con claridad –respondió él, apartando la vista por primera vez–. Y no puedes culparme por ello; estoy seguro de que la mayoría de los hombres piensan en sexo cuando te miran.
–¿Eso se supone que es un cumplido? –le preguntó Caitlin con aspereza.
–¿Qué quieres?, yo también soy un hombre.
–Ya. Pues precisamente por eso me parece que no sería buena idea que me quedara aquí.
Él esbozó una sonrisa amable.
–Cariño, conmigo no tienes nada que temer.
Por algún motivo, el que estuviera intentando tranquilizarla la ofendió más que el que la hubiera insultado la noche anterior.
–¿Cariño?
James volvió a sonreír, esta vez de un modo travieso.
–¿Prefieres preciosa? ¿Encanto?
–Parece que has olvidado mi nombre: Caitlin.
–No lo he olvidado. Eres difícil de olvidar –replicó él con un brillo divertido en los ojos.
Caitlin sintió que se le subían los colores a la cara.
–No, está claro que no puedo quedarme aquí –respondió. Incluso durmiendo en la calle estaría más segura.
–Pues claro que puedes.
–No si vas a flirtear conmigo de ese modo tan descarado –le espetó ella.
James se rio. Tenía una risa cálida y contagiosa.
–¿No te gusta flirtear?
–En este caso no me parece que sea muy apropiado –contestó Caitlin.
Él sonrió divertido.
–¿De verdad crees que un hombre y una mujer no pueden compartir una habitación sin...? –no terminó la frase, pero enarcó las cejas, dándole a entender a qué se refería.
Genial. Ahora pretendía retratarla como a una obsesa del sexo.
–No es eso, pero...
–Ah, así que sí te parezco atractivo –murmuró James, asintiendo con una sonrisa de adolescente.
–Sabes que lo eres –le contestó ella, algo irritada.
–¿Lo soy? –James giró la cabeza y deslizó un dedo por la cicatriz que le atravesaba el rostro–. ¿Esto te parece atractivo?
Caitlin miró la cicatriz y luego lo miró a los ojos.
–Creo que la mayor parte de tu atractivo reside en tu mirada –le contestó en un tono quedo.
Él sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa irónica.
–Más bien en mi cuenta corriente –dijo–, y en mi apellido. Y en la fama que he adquirido.
A ella no le atraía el que fuera famoso, ni tampoco su dinero ni su posición social.
–¿Estás intentando darme pena? ¿Te preocupa que la única razón por la que las mujeres te desean sea tu dinero y no tu personalidad?
–No lo sé; dímelo tú –contestó él, reprimiendo una sonrisa.
–No pienso alimentar tu ego, si es lo que esperas que haga.
James dejó escapar otra risa cálida.
–O sea que no te sientes atraída por mí –murmuró asintiendo con la cabeza–. Bueno, entonces supongo que no tendremos ningún problema en compartir la habitación.
Caitlin tuvo que admitir para sus adentros que era listo.
–Y evidentemente tú tampoco te sientes atraído por mí, ¿no? –le preguntó, con un suspiro fingido.
Él volvió a sonreír, pero no dijo nada.
–Lo digo porque te quedaste dormido nada más caer en el colchón, y porque no hacía más que insistir en que no podía quedarme –añadió Caitlin.
Él encogió un hombro, como disculpándose de mala gana.
–No es eso; es que creí que eras... ya sabes, y no tenía cuerpo para eso.
–Si hubiera sido una prostituta tú solo habrías tenido que disfrutar de mis servicios, hacer tu parte y en veinte segundos habríamos terminado.
–¿Veinte minutos? Yo no soy así en la cama –replicó él herido en su pundonor, clavando su mirada en ella.
De repente Caitlin se sintió acalorada.
–Bueno, si hubiesen sido diez segundos tampoco se habría hundido el mundo. No tienes por qué sentirte mal si es eso todo lo que aguantas.
Él se inclinó hacia delante y sonrió con condescendencia.
–No me siento mal porque siempre me porto bien con las mujeres con las que me acuesto. Pero anoche estaba reventado y no tenía ganas de ser paciente y portarme bien.
–Umm... ¿O sea que, aunque eres un héroe, te entran ganas de portarte mal de vez en cuando?
El fuego en los ojos de James se avivó. Apartó las sábanas y se levantó de la cama.
–No puedo permitirme portarme mal.
–¿Por qué no? –insistió ella, haciendo un esfuerzo para no bajar la vista y admirar sus musculosas piernas–. ¿Es que no puedes hacer lo que te venga en gana?
–Las cosas no son nunca así de simples –replicó él, y echó a andar hacia ella.
–¿Ah, no? –respondió Caitlin, alzando la barbilla y reprimiendo el impulso de retroceder–. ¿Pues sabes qué te digo? Que es una suerte para ti que no te sientas atraído por mí, porque soy una persona horrible y arruinaría tu reputación.
En las últimas semanas las revistas de cotilleos habían estado hablando mal de ella. Necesitaban un villano, y ese mes le había tocado a ella ese papel. Había olvidado lo horrible que era ser vilipendiada por la prensa; creía que había logrado escapar de todo eso.
–Yo no he dicho que no me sintiera atraído por ti –replicó James con mucha calma–. Y al igual que dudo que seas una persona horrible, dudo que pudieras arruinar mi reputación –se sacó la camiseta y la arrojó sobre la cama–. Estoy hecho a prueba de balas; ¿lo sabías?
A Caitlin se le escapó un gemido ahogado al ver su torso desnudo. Sí, con esos pectorales y esos abdominales esculpidos seguro que rebotaban las balas...
–Pero debo decir que me pica la curiosidad. ¿Qué has hecho que sea tan malo? –le preguntó divertido.
Acabaría averiguándolo antes o después. Y le dijera lo que le dijera, sabía que no la creería. En vez de responder a su pregunta, le espetó:
–Anoche solo con verme ya pensaste que te traería problemas.
–Y no me equivoqué –contestó él con una sonrisa–. Pero, por si no lo habías oído, me gustan los problemas –dijo deteniéndose frente a ella–. Tengo la mala costumbre de apartarme de mi camino para ir en busca de problemas.
–Pero lo haces para arreglarlos –replicó Caitlin, mirándolo airada–. Y lo siento, guapo, pero yo no necesito que me arreglen.
–¿Ah, no? –murmuró él. Estaba tan cerca de ella que Caitlin podía sentir el calor de su cuerpo a pesar del grueso jersey que llevaba puesto–. ¿Y tampoco necesitas nada de mí?
Ella apenas podía respirar por la tensión sexual que se masticaba en el ambiente.
–Lo único que necesito es que me dejes un poco de espacio en la cama para dormir; nada más.
La sonrisa de seductor volvió a aflorar a los labios de James.
–Tal vez –dijo apartándose de ella–. Pero te sorprendería ver las cosas que puedo hacer –añadió mientras se dirigía al cuarto de baño.
Caitlin no pudo resistir la tentación de volverse y, algo irritada al ver que también estaba como un tren por la espalda, le espetó:
–¿Qué te crees?, ¿que eres irresistible?
Él giró la cabeza al llegar a la puerta del baño, con los pulgares enganchados en la cinturilla elástica de sus boxer, y respondió con una sonrisa traviesa:
–Supongo que estamos a punto de averiguarlo.